13/10/15

Jorge Luis Borges: 1982








Un cúmulo de polvo se ha formado en el fondo del anaquel, detrás de la fila de libros. Mis ojos no lo ven. Es una telaraña para mi tacto.

Es una parte ínfima de la trama que llamamos la historia universal o el proceso cósmico. Es parte de la trama que abarca estrellas, agonías, migraciones, navegaciones, lunas, luciérnagas, vigilias, naipes, yunques, Cartago y Shakespeare.

También son parte de la trama esta página, que no acaba de ser un poema, y el sueño que soñaste en el alba y que ya has olvidado.

¿Hay un fin en la trama? Schopenhauer la creía tan insensata como las caras o los leones que vemos en la configuración de una nube. ¿Hay un fin de la trama? Ese fin no puede ser ético, ya que la ética es una ilusión de los hombres, no de las inescrutables divinidades.

Tal vez el cúmulo de polvo no sea menos útil para la trama que las naves que cargan un imperio o que la fragancia del nardo.



En Los conjurados (1985)
Foto: Borges autografiando sus obras
Librería y Editorial Tres Américas, Buenos Aires

12/10/15

Jorge Luis Borges: The Cloisters





De un lugar del reino de Francia
trajeron los cristales y la piedra
para construir en la isla de Manhattan
estos cóncavos claustros.
No son apócrifos.
Son fieles monumentos de una nostalgia.
Una voz americana nos dice
que paguemos lo que queramos,
porque toda esta fábrica es ilusoria
y el dinero que deja nuestra mano
se convertirá en zequíes o en humo.
Esta abadía es más terrible
que la pirámide de Ghizeh
o que el laberinto de Knossos,
porque es también un sueño.
Oímos el rumor de la fuente,
pero esa fuente está en el Patio de los Naranjos
o en el cantar Der Asra.
Oímos claras voces latinas,
pero esas voces resonaron en Aquitania
cuando estaba cerca el Islam.
Vemos en los tapices
la resurrección y la muerte
del sentenciado y blanco unicornio,
porque el tiempo de este lugar
no obedece a un orden.
Los laureles que toco florecerán
cuando Leif Ericsson divise las arenas de América.
Siento un poco de vértigo.
No estoy acostumbrado a la eternidad.



En La cifra (1981)
Foto: Borges en Madrid para recibir el premio Cervantes 1979 
Archivo AP, Madrid 1980


11/10/15

María Kodama: Epílogo [Atlas]









¿Qué era un atlas para nosotros, Borges?
Un pretexto para entretejer en la urdimbre del tiempo nuestros sueños hechos del alma del mundo.
Antes de un viaje, cerrados los ojos, juntas las manos, abríamos al azar el atlas y dejábamos que las yemas de nuestros dedos adivinaran lo imposible: la aspereza de las montañas, la tersura del mar, la mágica protección de las islas. La realidad era un palimpsesto de la literatura, del arte y de los recuerdos de nuestra infancia, tan semejante en su soledad.
Roma será para mí su voz recitando las Elegías de Goethe y Venecia, para usted, lo que yo le transmití un atardecer en San Marcos, escuchando un concierto; París será usted niño, terco, encerrado en un hotel, comiendo chocolate mientras leía a Hugo, su manera de descubrir París; para mí, nuestras lágrimas cuando vi en lo alto de la escalinata del Louvre la Victoria de Samotracia, esa estatua sobre la que mi padre me enseñó la belleza. La belleza era la armonía materializada, era haber logrado lo imposible, detener la brisa del mar en el movimiento de los pliegues de la túnica para la eternidad.
El desierto fue la batalla de Ondurman y Lawrence y la mística del silencio, hasta aquella noche en que junto a las pirámides usted me ofreció un imperio de palabras, modificó el desierto y me reveló que la luna era mi espejo.
El tiempo era cóncavo y protector para nosotros. Entrábamos en él como Odín y Beppo, nuestros gatos, en los canastos y en los armarios, con la misma inocencia y la misma ávida curiosidad para descubrir misterios.
Ahora estoy aquí, forjando un tiempo más allá del tiempo donde usted recorre las constelaciones y aprende el lenguaje del universo, donde usted sabe ya que la poesía, la belleza y el amor son allí, por su intensidad, incandescentes.
Mientras, yo recorro aplicadamente los días, los países, las personas, cada instante que irá acercándome a usted hasta que se cumplan todas esas cosas que son necesarias para que otra vez se junten nuestras manos. Cuando esto suceda seremos otra vez Paolo y Francesca, Hengist y Horsa, Ulrica y Javier Otárola, Borges y María, Próspero y Ariel, definitivamente juntos, sólo luz para la eternidad.
Querido Borges, que la paz y mi amor sean con usted. Hasta entonces.
María Kodama








Texto e imágenes en Atlas
Buenos Aires, Emecé, 2008


10/10/15

Jorge Luis Borges: A la suerte de la espada







La espada de aquel Borges no recuerda
sus batallas. La azul Montevideo
largamente sitiada por Oribe,
el Ejército Grande, la anhelada
y tan fácil victoria de Caseros,
el intrincado Paraguay, el tiempo,
las dos balas que entraron en el hombre,
el agua maculada por la sangre,
los montoneros en el Entre Ríos,
la jefatura de las tres fronteras,
el caballo y las lanzas del desierto,
San Carlos y Junín, la carga última...
Dios le dio resplandor y estaba ciega.
Dios le dio la epopeya. Estaba muerta.
Quieta como una planta nada supo
de la mano viril ni del estrépito
ni de la trabajada empuñadura
ni del metal marcado por la patria.
Es una cosa más entre las cosas
que olvida la vitrina de un museo,
un símbolo y un humo y una forma
curva y cruel y que ya nadie mira.
Acaso no soy menos ignorante.




En: La moneda de hierro (1976)
Foto sin atribución de autor incluida en El mundo de Borges,
Fascículos bajo la dirección de Roberto Alifano, Alejandro Vaccaro y Ámbito Financiero
Buenos Aires, Ámbito financiero, sin fecha




9/10/15

Jorge Luis Borges: Biografía sintética de e. e. cummings










Los hechos estadísticos de la vida del poeta Edward Estlin Cummings caben en pocas líneas. Sabemos que nació en Massachusetts, a fines de 1894. Sabemos que estudió en la Universidad de Harvard. Sabemos que a principios del año 1917 se alistó en la Cruz Roja y que una indiscreción epistolar le valió tres meses de cárcel. (En la cárcel, «donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación», concibió su libro inicial: El enorme cuarto.) Sabemos que después se batió como soldado de infantería. Sabemos que es un inspirado conversador y que líneas textuales de las literaturas de Grecia, de Roma, de Inglaterra, de Alemania y de Francia suelen ilustrar su discurso. Sabemos que en 1928 se casó con Ann Barton. Sabemos que suele practicar el dibujo, la acuarela y el óleo. Sabemos, ¡ay!, que a la literatura suele preferir la tipografía.

En efecto, lo primero que llama la atención en la obra de Cummings —Tulipanes y chimeneas (1923), XLI poemas (1925), y (1925), él (1923), Vivas (1932)— son las travesuras tipográficas: los caligramas, la abolición de signos de puntuación.

Lo primero, y muchas veces lo único. Lo cual es una lástima, porque el lector se indigna (o se entusiasma) con esos accidentes y se distrae de la poesía, a veces espléndida, que Cummings le propone.

He aquí una estrofa, traducida literalmente: «La cara terrible de Dios, más resplandeciente que una cuchara, resume la imagen de una sola palabra fatal; hasta que mi vida (que gustó del sol y la luna) se parece a algo que no ha sucedido. Soy una jaula de pájaro sin ningún pájaro, un collar en busca de un perro, un beso sin labios; una plegaria a la que faltan rodillas; pero algo late dentro de mi camisa que prueba que está desmuerto el que, viviente, no es nadie. Nunca te he querido, querida, como ahora quiero.»

(Una imperfecta simetría, un dibujo frustrado y aliviado por continuas sorpresas, es la notoria ley de esta estrofa. «Cuchara» en vez de «espada» o de «estrella»; «en busca» en vez de «sin»; «beso», que es un acto, después de «jaula» y de «collar», que son cosas; la palabra «camisa» en el lugar de la palabra «pecho»; «quiero» sin el pronombre personal; «desmuerto» —undead— por «vivo», me parecen las variaciones más evidentes.)

3 de septiembre de 1937









En Textos cautivos (1986)

También en Borges en El Hogar (2000)
Publicación original en revista El Hogar 
3 de septiembre 1937
Imagen: e. e. cummings: Female Nude 4 Via
Al pie: Texto completo del poema 
parcialmente traducido por Borges, perteneciente a W (ViVa) 

y la portada de la primera edición del libro, diseñada por S. A. Jacobs Via


8/10/15

Arturo Villalobos: Borges y el eterno retorno





      

Pocos filósofos se hicieron acreedores a las  refutaciones de Borges como ocurrió con el caso de Nietzsche; aparte de que este pensador era una referencia obligada  cuando Borges atacaba a los germanófilos, que abundaban en Argentina durante los años de la segunda guerra mundial, dos ensayos suyos nos permiten asomarnos a la disputa imaginaria, sobre la pluma y el papel,  entre el escritor y el filósofo (ya que nunca se conocieron, lamentablemente): Algunos pareceres de Nietzsche (1940) y La doctrina de los ciclos (1936). El primero, rescatado en Textos recobrados, como su nombre lo indica, se limita a pasar revista, sin abandonar la ironía teñida de perplejidad y respeto intelectual, de algunas ideas atrevidas que están en la periferia del pensamiento de Nietzsche. Borges conocía lo descomunal que podía ser la empresa de intentar una refutación sistemática,  más aun tratándose de un pensador que se quiere asistemático, así que se limitó a transmitir ciertas sospechas en el lector acerca de la coherencia aforística de Nietzsche. Es en el segundo ensayo, recopilado en Historia de la eternidad, donde Borges revela un formidable poder lógico y, al menos temporalmente, logra destruir la versión de Nietzsche de la teoría del eterno retorno. Sin embargo, a la luz de nuestra época, pese a lo aplastante de los argumentos de Borges, la discusión puede continuar.
            Dejemos a un lado el estilo poético con que Nietzsche postulaba su versión de la doctrina: él imaginaba un universo hecho de  materia en cantidad finita dentro de un espacio finito. En consecuencia, la materia está hecha de átomos también en cantidad finita, por innumerables que parezcan. Y también, por innumerables que parezcan, hay una cantidad de combinaciones posibles entre los átomos. Si el tiempo es infinito, necesariamente habrá no sólo simples repeticiones de algunas combinaciones universales de átomos, sino cíclicas repeticiones de todas las combinaciones posibles. Basta imaginarse al universo como una inmensa mesa de billar donde las bolas están chocando  eternamente unas con otras. La eternidad produce un eterno retorno cíclico de configuraciones en las bolas de la mesa. Todo el universo se vuelve una máquina – la máquina de Laplace - destinada a repetirse infinitamente en todas sus modalidades y secuencias posibles.  Las consecuencias son temibles: no sólo somos como máquinas que han sido producidas por otra máquina más gigantesca aun, con toda la anulación de nuestro libre albedrío que ello supone, sino que cualquier acto humano es justificable porque no es controlable. Además, por si fuera poco, será repetido una infinitud de veces. La necesidad se vuelve cósmica y la libertad ficticia. No está de más señalar el rasgo curioso de que Borges consideraba al libre albedrío como una ficción necesaria.
            Son dos los argumentos que edifica Borges contra la tesis de Nietzsche. El primero de ellos, de índole matemática, expone la teoría de los números transfinitos de Cantor: existen conjuntos de números en que existen dentro de ellos partes  tan voluminosas como esos mismos conjuntos. Por ejemplo: el conjunto de los números pares es potencialmente tan grande como el de los números naturales del cual forma parte. Ambos se pueden poner en relación y para cada número natural hay uno par, como para  una potencia de 10 o un múltiplo de 365:


1          2          3          4          5          6          7             ... n
2          4          6          8         10        12         14          ...2n
110      210       310       410       510       610          710              ...n10
365     730      1,095   1,460   1,825   2,190   2,555     ...365n  


 La paradoja consiste en que existen tantos números pares como naturales, a pesar de que es evidente que hay números naturales que no son pares.  En El Aleph, Borges menciona de pasada un libro alemán sobre teoría de conjuntos y señala que esta letra hebrea es el símbolo de los números transfinitos, en que el todo no es mayor que las partes. La teoría es una de las más extrañas y difíciles en la matemática, probablemente el germen de una nueva ciencia, tal vez por ahora inconcebible, pero Borges termina concluyendo que el universo es un número infinito de términos, por lo tanto, las posibles combinaciones entre sus términos –  o átomos – son también infinitas, reduciendo casi a cero la probabilidad de un retorno. Así, vence a Nietzsche por anticipado. Borges parece confiar demasiado en las abstracciones de la matemática, pasando por alto las oscuridades de la física: la infinitud de términos del universo es una ficción matemática, nadie ha probado que sea una realidad física.  Las teorías más aceptadas de la  física moderna, por el contrario, conciben a  un universo ilimitado pero no infinito, como la superficie de una esfera, mientras que el cuanto, como la mínima cantidad de energía posible, establece límites para la reducción infinitesimal.
            El segundo argumento merece de respuesta sólo una hipótesis, porque se trata del decisivo; Borges lo formula en dos partes. La primera es tan concreta como ilustrativa: Basta proyectar una luz sobre una superficie negra para que se convierta en calor. El calor, en cambio, ya no volverá a la forma de la luz. La segunda hace uso de la segunda ley de la termodinámica, la cual establece que toda la energía del universo se encamina progresivamente a su desorganización. Llegará, al cabo de miles de millones de años, un tiempo en que toda la temperatura del universo estará repartida uniformemente por todos sus puntos. Borges: A fuerza de intercambios el universo entero lo alcanzará, y estará tibio y muerto. No se habla de números fantásticos, como los transfinitos, sino de una ley física, el universo tiene marcado un final.
            La reciente física, sin embargo, abre una nueva posibilidad para el retorno. El universo está expandiéndose y aún no se sabe si seguirá expandiéndose para siempre, se detendrá en un punto estático o, por el efecto de la gravedad, se contraerá de nuevo para colapsarse en  el punto primigenio del Bing-Bang y estallar de nuevo. Paul Davies en El universo desbocado, pinta bastante surrealistamente, sin proponérselo, la teoría del astrónomo y cosmofísico Thomas Gold:

En un planeta como la tierra, todo sería muy extraño. En vez de mezclarse con el agua caliente, los bloques de hielo crecerían y emitirían calor, que harían hervir el agua restante. Las personas, en lugar de hacerse viejas, se harían más jóvenes, al invertirse el metabolismo de sus cuerpos, y sus células emitirían energía, que viajaría por un circuito preestablecido para volver al sol.

            Y, por supuesto, el calor de la superficie negra se transformaría en luz. Paul Davies explica porqué  no hay razón para incomodarse ante estas alucinantes perspectivas:

            El tiempo no se puede invertir, ya que no se está moviendo: es, en realidad, sólo una medida de cambio y movimiento. La elección de palabras es sólo una conveniencia lingüística; lo que sucede verdaderamente es que todos los procesos físicos se invierten en comparación con el orden temporal original.

Así, se produce un retorno doble: viviremos nuestras vida tanto hacia atrás como hacia adelante, en ambos casos sin el menor recuerdo de esas vidas, y sin poder distinguir cuál es la dirección del flujo temporal, es decir, si vamos del pasado al futuro o al contrario. Ignoro si esto sea más espantoso y amoral que la teoría original del eterno retorno, Borges apunta al final de su ensayo la ausencia de  significado en una sucesión infinita de ciclos, su absurdo inherente, su delirio circular y sin sentido. En el enigmático final de un cuento suyo, La muerte y la brújula, se juega con la idea de un retorno cíclico para el detective y el criminal que lo ultima, ambos dentro de un laberinto de temporalidades.
¿Pero no es también revelador que uno de sus cuentos, El jardín de senderos que se bifurcan (1941), aborde el tema de los mundos narrativos paralelos que difieren entre sí casi imperceptiblemente, prefigurando la teoría cuántica de los universos múltiples, orbes ramificados e incomunicados en una vasta red de líneas temporales, postulada por Hugh Everett en 1957? Las hipótesis de un eterno retorno, y en ocasiones la ficción científica (Olaf Stapledon o Ray Bradbury), también juegan con la idea de un universo agotando todas sus posibilidades,  que serían en sí mismas otros universos. A Borges le obsedía el tema de la causalidad, a fin de cuentas ávido lector  de David Hume, y  sus consecuencias para la práctica narrativa, como aparece en un cuento como Examen de la obra de Herbert Qüainn. Se diría que para Borges, el narrador se enfrenta a la causalidad de lo real  tanto como a la fertilidad salvaje de los signos, a los intentos muchas veces desastrosos por clasificar el cosmos como a la ambigüedad  de las palabras.
 Se ha dicho que Borges ha sido el escritor más literario de Hispanoamérica, que, al igual que Cervantes, entendía al universo como un libro. También podría decirse que escasos autores como él se han arriesgado a visitar  regiones tan disímbolas del pensamiento humano y transmitirnos, con esa impecable lucidez,  las señales de sus expediciones. Borges sospechaba (porque su literatura es ajena a dogmatismos y nos contagia de sus sospechas)  que  ambos órdenes se reflejan mutuamente: el cosmos mental y el otro, el infinito y paradójico, el  que buscaba desde niño con la meticulosidad de un detective, desde que su padre le enseñó  el problema de Aquiles y la tortuga sobre un tablero de ajedrez.



Arturo Villalobos, texto inédito año 2008
Blog personal
Foto AV en Manzanillo - Colima (México) (sin atribución de autor), 2008



7/10/15

Alejandra Pizarnik-Ivonne Bordelois: Entrevista a Jorge Luis Borges







El lector de esta entrevista no dejará de reconocer en las respuestas, que fueron orales, el sabor de la escritura de Borges. En efecto, no hemos corregido ni suprimido casi nada de lo que acogió la cinta grabadora. Solamente hemos omitido ciertos conmovedores sustentos del habla: "yo no sé", "me parece", “yo creo”, etc.
En particular, tuvimos que suprimir muchísimos "yo no sé".En fin, a partir de las respuestas ya se verá que la humildad es uno de los rasgos esenciales de Borges. Por ejemplo, en más de una ocasión se refiere a Leopoldo Lugones considerándolo superior a él (el tono de su voz al enunciarlo era el de quien afirma una verdad universal o una cosa obvia). Esta injusticia que se inflige a sí mismo la emplea, también, en sus "simpatías y diferencias". Así por ejemplo, nos dijo (en conversación fuera de la entrevista) que Kafka no es superior a Kipling. Pero esta misteriosa injusticia pertenece, también, a la tradición literaria y grandes escritores dieron testimonio de ella. Baste recordar a Víctor Hugo y a Goethe.


¿Qué interés le ofrece la literatura contemporánea?
J.L.B.  
En general me ofrece muy escaso interés. Yo tengo la impresión de que la literatura participa de la declinación general de esta época.

Entonces, ¿cuáles serían, a su juicio, las épocas de apogeo de la literatura?
J.L.B.  
Por mi parte, puedo hablar con cierta autoridad de las literaturas de lengua inglesa: Y pienso que no hay actualmente en Inglaterra escritores comparables a Shaw, a Chesterton, a Wells... Y creo, además, que el hecho de que yo tenga alguna fama es una de las pruebas de la declinación de la literatura.

¿No será, más bien, que usted pertenece a la época de esa otra literatura ["la de Shaw, de Chesterton, de Wells..."]?
J.L.B. 
No lo sé; pero sé, por ejemplo, que escritores argentinos evidentemente superiores a mí básteme recordar a Lugones o a Paul Groussac no alcanzaron, sin embargo, la resonancia y el renombre que yo he alcanzado. Y creo que si yo hubiera sido estrictamente contemporáneo de ellos, no se me conociera especialmente.


Literatura necesaria

¿Cuáles son, a su juicio, los defectos mayores de la literatura argentina frente a la literatura europea?
J.L.B.  
El defecto mayor de la literatura argentina y aquí estoy generalizando porque la pregunta es una pregunta general y exige una contestación general fuera de algunos casos contados, no parece una literatura necesaria. Recuerdo que Wordsworth decía de Goethe que le faltaba inevitabilidad. Entiendo que en este país hay muchos escritores que están ejerciendo su oficio con mucha destreza pero cuya obra no corresponde a la conciencia argentina o a los momentos actuales de esa conciencia. Es decir, conozco personalmente el caso de jóvenes escritores de nuestro país que hacen lo posible y a veces lo consiguen por ser Eliot o por Kafka o cualquier otro escritor. Pero al mismo tiempo no sé hasta dónde esto tiene sentido porque una obra como la de Kafka o una obra como la de Eliot a quien admiro pero menos que a Kafka, evidentemente corresponde, aunque el actor no lo quiera, a ciertos problemas. Por ejemplo, uno de los temas de la obra de Kafka es la relación del hombre con la divinidad, el lugar del hombre en el universo, el misterio de saber según qué cánones, y según qué leyes, somos juzgados; da por sentado que hay un juez que nos juzga. En fin, en un país esencialmente ateo como el nuestro, esos problemas no tienen mayor sentido o no pueden corresponder a una sinceridad del escritor.

Es decir que usted postula una radical consonancia de la literatura con la conciencia de su época. Ahora bien: ¿cree que la literatura fantástica también tiene que corresponder a ese tipo de consonancia o de acuerdo?
J.L.B. 
Yo creo que toda literatura debe hacerlo. Pero creo, también, que no deberíamos hablar de literatura fantástica. Y una de las razones que ya he declarado alguna vez es que no sabemos a qué género corresponde el universo: si al género fantástico o al género real. Otra razón es que, ya que toda literatura está hecha de símbolos, empezando por las letras y por las palabras, es indiferente que esos símbolos estén tomados de la calle o la imaginación. 
Es decir, creo que esencialmente Macbeth a quien llevan al crimen las tres brujas o parcas ("hermanas fatales, hermanas del destino") no es un personaje menos real que Rodion Raskoinikov. Pero, seguramente, Shakespeare, para concebir a un asesino, eligió una historia que encontró en viejas crónicas, y Dostoyevski, en cambio, imaginó una historia en San Petersburgo. Pero eso es indiferente: ambos personajes son igualmente reales y ambos viven y creo que seguirán viviendo en la imaginación de los hombres.


Evocación del ultraísmo

¿Qué importancia tiene para usted el ultraísmo?
J.L.B. 
Bueno, yo entiendo que esa época que se llama de Martín Fierro o de ultraísmo fue en todo caso, en este país, una suerte de equivocación, porque lo esencial del ultraísmo fue la renovación de la metáfora. Y esa renovación ya había sido predicada y ejercitada, sobre todo lo cual es más importante por Leopoldo Lugones en su Lunario sentimental, que se publicó en 1909, y fue una obra revolucionaria en esa época. Es decir, entiendo y esto lo dije antes del suicidio de Lugones que el movimiento ultraísta en este país fue un movimiento un tanto superfluo y tardío, porque Lugones ya había hecho todas esas cosas; y creo que las había hecho mejor que nosotros; o, en todo caso, mejor que yo porque no tengo por qué juzgar a otros poetas en su Lunario Sentimental, o sea, unos 15 años antes de nuestra supuesta producción. La otra diferencia entre el ultraísmo y Lugones, fue una diferencia negativa porque Lugones que había escrito en sus Montañas del Oro, de 1897, admirables versos libres a la manera de Walt Whitman, uno de los maestros entonces, llegó luego a creer que el verso moderno, por lo menos el verso en lengua española, necesitaba como elemento esencial la rima. Por eso, en las Montañas del Oro, él elige y alaba a cuatro poetas esenciales de la humanidad. Esos poetas son Homero, Dante, Hugo y Whitman. En cambio, en el prólogo del Lunario Sentimental, menciona a los tres primeros y no cita a Whitman. Sin duda porque pensó que Whitman se equivocaba al creer en la posibilidad de un verso sin sílabas largas y breves, como el hexámetro griego o latino, y al mismo tiempo sin rima.

No nos referíamos tanto a la alternancia entre escuelas literarias como a la relación que une a un escritor con otros escritores.
J.L.B. 
Yo vine de una España de cenáculos literarios. Tuve el honor de pertenecer al cenáculo de Rafael Cansinos-Assens, en el café Colonial, en Madrid. Cansinos-Assens ha muerto hace poco y era un hombre que parecía haber leído todos los libros, en todas las lenguas. Además, fue un gran poeta; un poeta en forma psálmica o en prosa, pero sin duda un gran poeta, y ahora ha sido olvido con injusticia... No sé porqué, posiblemente por la misma generosidad de Cansinos. El hecho de que dedicó buena parte de su vida a alabar a escritores muy inferiores a él (si yo les digo que ha dedicado libros a Concha Espina, que ha elogiado con exceso me parece a mí a Gabriel Miró, harto inferior a él en el mismo tipo de prosa musical y pictórica), todo esto, creo, debilitó el juicio que otros tuvieron de él. Pero esto ocurrió porque Cansinos era un gran poeta: de igual manera que para un gran poeta una puesta de sol, o una rosa, o una calle, o el rostro de una mujer entrevisto, puede ser el punto de partida para un poema, así ocurría para Cansinos con la lectura de un libro mediocre, pues no escribía sobre el libro mismo sino sobre lo que el libro hubiera podido ser. Esa sería una de las razones para el olvido en que ha caído Cansinos-Assens y que yo, personalmente, he hecho lo posible por corregir. Otra cosa: Cansinos publicó la primera traducción española de Las mil y una noches. Resulta un escándalo que en España, el país de Europa que está más vinculado al Islam, ya que los árabes vivieron durante tantos siglos ahí, no hubiera otra cosa sino traducciones del libro de Las mil y una noches, hechas de segunda mano (es decir, versiones del inglés y del francés). O sea que Cansinos, por increíble que parezca, fue el primer escritor español que en el siglo XX publicó una traducción directa de este libro que no pudo publicarse en España porque el Estado juzgó que no convenía publicar libros islámicos, además no siempre decorosos. Por eso la Editorial Aguilar tuvo que publicar esa versión en México porque en España eso era, y es, imposible.
Ahora bien, ya que he mencionado a Cansinos-Assens, quiero mencionar también a un gran escritor y sobre todo a un gran pensador y gran conversador argentino, Macedonio Fernández, que tenía su cenáculo aquí. Pero todo esto resulta anacrónico porque la pasión de nuestro tiempo es la política y no la literatura pero, por aquellos años estoy hablando del mil novecientos veintitantos existía una pasión literaria, es decir, era posible que se reunieran grupos jóvenes y estuvieran hasta el alba discutiendo si convenía o no usar rimas o usar metáforas, si convenía la poesía narrativa, la poesía descriptiva o la poesía musical, simbólica. Y eso ocurría de tal manera que si yo pienso en mis amigos de aquella época no sé que opiniones políticas tenían salvo en algunos casos. Quiero decir que la literatura podía ser una pasión en aquellos años, y actualmente, no sé si la literatura es una pasión entre la gente joven o si la literatura está supeditada a lo que se llama littérature engaggé, etc..

Sin embargo, se dice que Martín Fierro fue disuelto por un problema político a propósito de la candidatura de Irigoyen.
J.L.B.  
Yo no sé, lo que recuerdo de aquella época es que hubo una polémica entre dos grupos: el grupo de Boedo y el de Florida, y me consta que esa polémica fue organizada por Ernesto Palacios, del grupo de Florida, y por Roberto Mariani, del grupo de Boedo, y que a mi me inscribieron en el grupo de Florida. Por aquellos años, yo escribía poemas sobre los suburbios, sobre las orillas de Buenos Aires, y hubiera preferido estar en el grupo de Boedo, pero ya me habían inscrito en el grupo de Florida; y además nadie tomaba muy en serio esa polémica. Yo creo que todo eso ocurrió simplemente, con el fin de estar a la page: ya que había polémicas y grupos literarios en París, entonces no podían faltar en Buenos Aires. Pero no creo que eso tuviera mayor trascendencia, si bien luego ha sido tomado en serio y agigantado por los historiadores de la literatura.

Sin embargo, ha habido puntualizaciones últimamente acerca de la falta de importancia que ha tenido ese incidente.
J.L.B. 
No tuvo absolutamente ninguna importancia, tanto así que recuerdo el caso de un poeta, Nicolás Olivari, que pertenecía a ambos grupos y a nadie se le ocurrió reprochárselo, porque nosotros estábamos más o menos en el secreto, sabíamos que todo eso correspondía... no sé, a un mecanismo de publicidad. En Francia, ciertamente, esos mecanismos de publicidad literaria están mucho más desarrollados que aquí, en primer término porque Francia es un país literario; además, los franceses tienen una conciencia literaria, es decir, a un francés le gusta saber exactamente qué está haciendo y aún aquellos franceses que son revolucionarios contra una tradición pero no ignoran que esa revolución formará parte de la tradición, ulteriormente. En cambio nosotros en este sentido por lo menos, nos parecemos a los ingleses que son individualistas y aquí podríamos recordar aquello de Novalis que dijo "cada inglés es una isla", es decir, a un escritor inglés no le preocupa tanto ubicarse en una escuela literaria. Por eso enseñar la literatura inglesa por escuelas no tiene mayor sentido porque estamos más bien ante individuos y no ante grupos colectivos.


La vocación literaria

El hecho de que en Europa un escritor pueda llegar a subsistir materialmente gracias a la literatura, ¿le parece que es de importancia para la obra en sí?
J.L.B. 
No, quizá sea importante para la obra. Creo que André Gide dijo "il faut décourager la litérature"; es decir, creo que si un hombre tiene vocación literaria he escrito un soneto sobre eso ¿no? entonces las desventuras personales, todo eso puede ser un alimento para su obra, y si me permite incurrir en ejemplos muy elementales y muy evidentes, no creo que la cárcel de Cervantes o de Verlaine, o la ceguera de Milton, les impidiera escribir poesía que aún admiramos. Ahora bien, en general yo creo que sería más conveniente para la obra literaria que se siguiera la tradición judía, es decir, la tradición que hace que el rabino, que vendría a ser también el hombre de letras, ejerza a la vez un oficio cualquiera y convendría, me parece, que ese oficio no fuera el periodismo, porque el periodismo se asemeja peligrosamente a la literatura y puede contaminar la obra del autor. Me parece mejor, digamos, el caso de Spinoza puliendo lentes y puliendo un sistema filosófico al mismo tiempo.

¿Cómo ve el actual desgaste de la palabra literatura o literato?
J.L.B.
 
Creo que los literatos tenemos alguna culpa en ello porque que yo sepa los pintores no hablan mal de la pintura ni los escultores de la escultura; en cambio como el instrumento del literato es la palabra, esa palabra ha sido usada también para desprestigiar la literatura y aquí hay un ejemplo famoso, que es aquel famoso verso de L'art poetique en donde se dice:

Que ton vers soit la bonne aventure 
eparse au vent cripe du matin 
Qui va fleurant la menthe et le thim
et tout le reste est littérature.

En este caso la palabra literatura está usada despectivamente, de modo que los mismos literatos tenemos alguna culpa de ello. Pero en lo que se refiere a la República Argentina, el hombre de letras tiene harto menos prestigio que en otras repúblicas americanas. Sin ir muy lejos en Uruguay, por ejemplo, a mí me pueden presentar en una reunión a un poeta o escritor Fulano de Tal, en cambio en Buenos Aires, ante una presentación así uno pensaría que hay cierta sorna en ello.También en Colombia me parece que el literato es una persona no solamente admitida sino admirada y esa admisión y esa admiración puede ser anterior al conocimiento de su obra, es decir, hay algo ya respetable en la idea de un literato.

Literatura española, inglesa y francesa

¿Cree usted que hay una resistencia particular del español a la poesía?
J.L.B. 
 
No, pero creo, con Unamuno, que una mayoría de escritores españoles son oradores por escrito. Ahora, en cuanto a resistencia del idioma, creo que no tenemos derecho a hablar de ello si hemos leído la Noche Oscura del Alma o si hemos leído a Góngora o a Darío o a Lugones o a Enrique Banchs, además que no se trata de acumular nombres aquí para demostrar que el idioma es capaz de poesía.
Ahora, ya que estamos en este tema, el español tendría una desventaja: y es que la mayoría de la palabras son, me parece, excesivamente largas. Y eso se nota cuando se quiere traducir, digamos, un soneto de Shakespeare al español. Y es que en el verso inglés ya el inglés en su parte germánico-sajona es prácticamente monosilábico cabe mucho más que en el verso español. Esta abreviación sería una suerte de perfección. Ahora bien, otro inconveniente ya que ustedes me llevaron a este tema es que en los adverbios el acento cae en el español en la parte no significativa. Por ejemplo, si uno dice "alegremente" o "tristemente" lo que se oye es "mente" y esto corresponde a un mero mecanismo del idioma. En cambio si uno dice "sadly", "gaily","darkly","lithly", el acento cae sobre la parte significativa, es decir, sobre el adjetivo y no sobre "ly", que simplemente nos dice que es adverbio.
Pero que no pueda escribirse poesía en español me parece una afirmación aventurada. Ahora recuerdo que la única vez que yo conversé con Pablo Neruda pero era una conversación sin rigor, una conversación que quería ser amistosa más que exacta llegamos a la conclusión de que el español era un idioma reacio a la poesía, y que era absurdo intentarla. Pero creo que ninguno de nosotros lo creía y la prueba está en que hemos tratado él con éxito, desde luego de escribir en español. En cambio, si hubiéramos pensado que estábamos tratando de manipular una materia del todo rebelde, no lo hubiéramos hecho.

¿Por qué escribió usted dos poemas en inglés?
J.L.B. 
Bueno, la primera razón que se me ocurre es que los pensé en inglés, es decir, que no los escribí en español, y no los traduje al inglés sino que los sentí directamente en inglés. Y la segunda razón pero esto es un mero accidente genealógico es que una de mis abuelas era inglesa. Mi padre tenía una excelente biblioteca inglesa. Escribí alguna vez que yo nunca había salido de esa biblioteca; había pasado la vida leyendo y releyendo esos libros. Y en casa hablábamos indistintamente inglés y español. De modo que les pido que no crean que se trata de una pedantería. En absoluto. Los poemas salieron en inglés. La voluntad mía poco tiene que ver. Además no tengo por qué ocultar el hecho de que me gusta mucho el inglés y ustedes ya saben que hace cinco años que estoy estudiando inglés antiguo o anglosajón y que hará un mes he emprendido el estudio de los vikings, que se habló en Inglaterra como se habló también en tantas partes del mundo, en las calles de Constantinopla, en Groenlandia.

¿Es que el inglés le parece un idioma más apropiado para esos poemas?
J.L.B.
 
Yo creo que no, porque recuerdo que esos poemas los escribí espontáneamente y sin tener una teoría previa a la escritura en inglés. Los poemas se escribieron, digámoslo así, en inglés, y sólo dos poemas se escribieron en inglés; y luego nunca he vuelto a intentarlo. Ahora alguna vez he usado títulos ingleses, por ejemplo, hay un soneto mío que se llama Everness y no Eternidad, pero yo lo llamé Evernes porque la palabra Everness que es una palabra inglesa acuñada en el siglo XVII por el obispo Wilkins me parece una palabra más expresiva que la palabra eternidad o que la palabra común inglesa eternity, tomada del francés o del latín. Y, ya que estamos hablando de esto, quiero deciros que Wilkins acuñó otra palabra, -los poetas ingleses fueron tan torpes que no la recogieron nunca-, que tiene mucha más fuerza que el "never more" usado por Poe. Wilkins acuñó la palabra "neverness", es decir, aquello que nunca ha ocurrido, que nunca puede ocurrir. Aunque Keats usa dos veces la muy expresiva palabra "nothingness" es una lástima que no recogiera la palabra "neverness" que ha quedado sola como si el propio sentido hubiera influido en su soledad, como si hubiera habido una operación mágica.

¿Por qué la literatura francesa ocupa menos lugar en su lectura y en su producción crítica que la inglesa o que la alemana?
J.L.B.
 
Si pensamos que la literatura francesa ha producido La Chanson de Roland, y ha producido a Victor Hugo y ha producido a Verlaine y ha producido a poetas menores cuyas composiciones yo sé de memoria, como Toulet, por ejemplo, cualquier animadversión contra la literatura francesa sería absurda. Pero y aquí se trata de una idiosincrasia en particular, algo así como la torpeza de mi voz o el color de los ojos hay algo que me hace sentir de un modo mucho más intenso la literatura inglesa y la literatura alemana, y ahora la antigua literatura inglesa, la poesía anglosajona épica y elegíaca. Pero yo no quiero imponer estas preferencias a nadie. Entiendo que esto es más o menos como si discutiéramos la ventaja del café sobre el té. La verdad es que yo siento con mas profundidad la poesía inglesa que conozco bien. En cuanto al alemán, lo conozco menos, pero lo suficiente como para poder sentir hondamente una poesía de Angelus Silesius, de Hoffmmansthal o de Heine.


La emoción épica

¿Por qué cree usted que Martínez Estrada y Lugones son los mejores poetas argentinos?
J.L.B.
 
Bueno, aquí estamos en un terreno de sensibilidad. Yo estoy muy apartado personalmente de Martínez Estrada quien, como amigo, es una persona difícil. Pero creo, en primer término, que Martínez Estrada es un discípulo de Lugones, es decir, que la poesía de Martínez Estrada es inconcebible sin la poesía previa de Lugones. Al mismo tiempo pienso que Lugones era un hombre relativamente simple, que sentía profundamente ciertas cosas fundamentales: el amor, la patria, etc., y que inventó una manera compleja de versificar: inventó un sistema de rimas y metáforas complicadas. Entonces, hay cierta discordia muchas veces entre lo que Lugones está diciendo, que es relativamente simple, y la manera compleja en que lo dice. En cambio, Martínez Estrada recoge la tradición de Lugones y también, en buena parte, la de Darío: en la obra de Martínez Estrada se notan ambas influencias. Además, Darío influyó sobre Lugones, según es fama. Pero creo que Martínez Estrada hizo bien, porque Martínez Estrada es esencialmente un hombre complejo. Y ese sistema complejo de poesía se aviene más a su carácter que al carácter relativamente elemental y simple de Lugones.

¿Está usted de acuerdo con la afirmación hecha por alguno de sus críticos de que la poesía suya es un debate entre la lírica y la épica?
J.L.B.
 
Yo no sabía eso. Yo ignoraba esa afirmación. Pero, en cuanto a mí, personalmente, lo que me emociona más es la épica y además no es inútil recordar que la poesía comenzó por lo épico. Es decir, la poesía es anterior a la prosa, que son puramente poéticas. Pero una literatura sin épica es por lo menos en el occidente, inconcebible. Parece que la literatura empieza, como La Eneida, por el "arma virunque", es decir, por las hazañas y el hombre, por las armas y el hombre. Ahora, personalmente, lo que yo siento más es lo épico. A mí me ha sucedido, y no tengo por qué ocultarlo; cuando voy al cinematógrafo y de pronto siento que tengo los ojos con lágrimas. Ello no me ha ocurrido nunca en películas de guerra o en películas del Far West, que son una forma de la épica también. Ya que los poetas han resuelto abandonar la épica, alguien tiene que hacerse cargo de la épica, porque la épica es una de las necesidades fundamentales del alma humana. Y el hecho de que hayan tomado forma de cowboys no me parece censurable tampoco: es una forma de épica. Y, además, en este país tenemos el Martín Fierro, que es nuestra épica. Aunque fue escrito simplemente por motivos políticos lo que Hernández quería era censurar al Ministerio de la Guerra y a las levas que se hacían para mandar gente a la frontera y a la guerra del Paraguay Hernández escribió sin proponérselo, y acaso sin saberlo, un poema que tiene sabor épico: creo que no hay duda de ello. En todo caso, lo sentimos como épico, que es mucho más importante que la intención del autor.

¿Considera usted que sus cuentos son una forma de poesía?
J.L.B.
 
Sí. Ahora que mi ceguera o mi casi ceguera me impide escribir cuentos, yo noto que en casi todos mis poemas hay algo narrativo. En cuanto a ser realista, en el sentido que suele darse a esta palabra, es algo que me ha tenido muy sin cuidado siempre, por aquello de que "la realidad no es verbal". Y tanto es así que el único cuento mío que puede llamarse realista, Emma Sunz, es un cuento cuyo argumento fue inventado por una excelente amiga mía, Cecilia Ingenieros, que me dijo que no tenía vocación literaria y me dio el argumento.Y vi que ese argumento exigía un tratamiento realista y así traté de hacerlo. No sé cómo ha salido el cuento. En cuanto a otro cuento mío que es demasiado famoso, Hombre de la esquina rosada, no es realista. Y hasta podría explicar porqué no lo es. Yo tengo 64 años y voy a cumplir 65. Bueno, yo he asistido a provocaciones entre gente criolla, orillera. Y las provocaciones nunca se hacían y eso lo sabía perfectamente cuando escribí el cuento, de la manera en que están hechas en el cuento, es decir, jamás un individuo se hubiera presentado ni hubiera dicho: "yo soy fulano de tal, un hombre del Norte, me han dicho que aquí hay uno que tiene fama de cuchillero". Jamás habría sido así; la provocación habría sido más lenta; habría empezado adulando al otro. Luego, esa adulación no habría sido tan excesiva en caso de ser una burla. Luego, el desafío habría venido después de una larga conversación desconcertante. Todo esto yo lo sabía cuando escribí el cuento. Pero yo lo escribí, también, influído por los films de Sternberg, influído por el ballet, es decir, quise hacer algo muy vivido, muy visual, muy dramático, y me desconcertó mucho cuando ese cuento fue leído como si fuera un cuento de compadritos o un cuento realista. Realmente, los compadritos no obran así.Yo sólo estaba tratando de hacer una fantasía muy visual sobre un tema criollo.Y si ustedes recuerdan el cuento, verán que todo es visual. Por ejemplo, el hombre provocado no solamente renuncia a pelear sino que toma el cuchillo y lo tira por la ventana para que veamos el fulgor del acero. Esto no era necesario. La intención, muy diferente, era digamos, meramente decorativa.





Entrevista realizada en casa de Borges
©Alejandra Pizarnik e Ivonne Bordelois
En revista Zona Franca de Literatura e Ideas

Número 2, Caracas, 2 de septiembre de 1964
Digitalizada por Patricia Venti
Foto: Living del departamento de Borges
En Jorge Luis Borges en Buenos Aires
©Sara Facio, Ed. La Azotea, 2004





6/10/15

Jorge Luis Borges: Shinto ~ De la salvación por las obras




Shinto


Cuando nos anonada la desdicha,
durante un segundo nos salvan
las aventuras ínfimas
de la atención o de la memoria:
el sabor de una fruta, el sabor del agua,
esa cara que un sueño nos devuelve,
los primeros jazmines de noviembre,
el anhelo infinito de la brújula,
un libro que creíamos perdido,
el pulso de un hexámetro,
la breve llave que nos abre una casa,
el olor de una biblioteca o del sándalo,
el nombre antiguo de una calle,
los colores de un mapa,
una etimología imprevista,
la lisura de la uña limada,
la fecha que buscábamos,
contar las doce campanadas oscuras,
un brusco dolor físico.

Ocho millones son las divinidades del Shinto
que viajan por la tierra, secretas.
Esos modestos númenes nos tocan,
nos tocan y nos dejan.



En La cifra (1981)


Mano de Borges en Izumo, 27 de abril de 1984
Foto de cierre
Atlas (1984)
Fundación Internacional Jorge Luis Borges
Foto probablemente de Maria Kodama


De la salvación por las obras


En un otoño, en uno de los otoños del tiempo, las divinidades del Shinto se congregaron, no por primera vez, en Izumo. Se dice que eran ocho millones pero soy un hombre muy tímido y me sentiría un poco perdido entre tanta gente. Por lo demás, no conviene manejar cifras inconcebibles. Digamos que eran ocho, ya que el ocho es, en estas islas, de buen agüero.
Estaban tristes, pero no lo mostraban, porque los rostros de las divinidades son kanjis que no se dejan descifrar. En la verde cumbre de un cerro se sentaron en rueda. Desde su firmamento o desde una piedra o un copo de nieve habían vigilado a los hombres. Una de las divinidades dijo:
Hace muchos días, o muchos siglos nos reunimos aquí para crear el Japón y el mundo. Las aguas, los peces, los siete colores del arco, las generaciones de las plantas y de los animales, nos han salido bien. Para que tantas cosas no los abrumaran, les dimos a los hombres la sucesión, el día plural y la noche una. Les otorgamos asimismo el don de ensayar algunas variaciones. La abeja sigue repitiendo colmenas; el hombre ha imaginado instrumentos: el arado, la llave, el calidoscopio. También ha imaginado la espada y el arte de la guerra. Acaba de imaginar un arma invisible que puede ser el fin de la historia. Antes que ocurra ese hecho insensato, borremos a los hombres.
Se quedaron pensando. Otra divinidad dijo sin apuro:
Es verdad. Han imaginado esa cosa atroz, pero también hay ésta, que cabe en el espacio que abarcan sus diecisiete sílabas.
Las entonó. Estaban en un idioma desconocido y no pude entenderlas.
La divinidad mayor sentenció:
Que los hombres perduren.
Así, por obra de un haiku, la especie humana se salvó.
Izumo, 27 de abril de 1984
En Atlas (1984)



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