21/11/18

Iván Almeida: Goethe y la trastienda de "El pudor de la Historia" de Borges







Was ich besitze, seh’ich wie im Weiten, 
Und was verschand, wird mir su Wirklichkeiten 
Goethe: Faust, Zueignung


La fascinación casi inmediata que suelen ejercer en el lector los ensayos de Borges conlleva a veces un riesgo directamente proporcional: retener inmediatamente la idea genial, focalizar la expresión consagrada, pasando por alto ciertos detalles ínfimos, marginales, aparentemente irrelevantes, que parecen obstaculizar una lectura linealmente definida. Van quedando así retazos de citas, de alusiones, de nombres propios, que forman una suerte de trastienda donde figuran los artículos que nadie compra. La intención de este trabajo, voluntariamente disperso, es hacer el inventario de algunos de esos trastos textuales para ver si no hay algo más que lo que celebra la lectura habitual. En este caso preciso, se trata de llegar, por caminos tortuosos y necesarias digresiones, a responder a la pregunta sobre el porqué de la diatriba contra Goethe que inicia el ensayo “El pudor de la historia” (Otras inquisiciones, OC 2: 132-34). Para ello se necesita ir expandiendo con referencias y citas lo que en Borges aparece como simple mención. Comenzaremos por la batalla de Valmy.


Valmy 

En 1775 Goethe tenía 26 años y ya había publicado Werther, que Walter Benjamin consideraba “el éxito literario más grande de todos los tiempos” (907). Regresando de un breve viaje a Suiza, conoce por casualidad a Karl August, de 18 años, heredero del ducado de Sachsen-Weimar, y acaba aceptando la ulterior invitación del príncipe a instalarse en la ciudad capital como su consejero personal.

El ducado de Sachsen-Weimar era uno de los trescientos estados de opereta que, situados en la actual Alemania, formaban parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Weimar, la capital del ducado, era un caserío de 6000 habitantes, el resto eran campos de miseria, y sólo Iena podía distinguirse por una universidad que llegó a ser famosa. Goethe, que no era sólo un homme de lettres, sino también un hombre de estado, con formación de jurista y claras ideas políticas, llegó con el tiempo a tener a su cargo casi toda la organización política, militar y económica del pequeño estado, y a él se debe el apelativo que luego mereció Weimar como “la Atenas del Norte”, cuna del clasicismo alemán, laboratorio de ideas, artes y letras. En signo de reconocimiento, en 1782 el emperador le concedió la nobleza hereditaria.

Luego de diez años de intensa actividad política, Goethe retoma su actividad creadora, y es en ese período que ocurre, en 1792, la batalla de Valmy, de la que da larga cuenta en su libro Campagne in Frankreich. Un año antes, Luis XVI, rey de Francia, habiendo intentado una fuga hacia el norte, es apresado por las tropas revolucionarias en Varennes. Una multitud de miembros de la nobleza francesa opta por emigrar al imperio austrogermánico constituyendo allí un fuerte grupo de presión. Apremiados por el grupo de emigrados, el rey de Prusia y el emperador firman, en agosto de 1791, una declaración en contra de los revolucionarios franceses y apoyando el retorno de Luis XVI al trono de Francia. Allí se originan esas campañas de Francia, referidas por Goethe. Como muchos otros pequeños estados del imperio, el ducado de Sachsen Weimar vivía básicamente de alquilar mercenarios al emperador, de modo que el duque Karl August, que estaba en contra de una invasión a Francia, se vio obligado a implicarse en la guerra. 

Como responsable histórico de la reorganización del ejército ducal, Goethe debió acompañar a Karl August durante toda la campaña. La intención del príncipe era que Goethe pudiera estar presente en la toma de París, para celebrarla como correspondía. Las cabezas pensantes de la vida literaria alemana (Kant, Herder, Klopstock, Hölderlin, Wieland) habían recibido con gran entusiasmo las noticias revolucionarias que venían de Francia. Goethe, como Schiller, era más escéptico. Pero la seguridad de un retorno victorioso lo llevó a prepararse con un entusiasmo casi infantil, solicitando cartas de recomendación para visitar a gente de París, y hasta haciendo listas de regalos para traer a sus amigos. Su larga crónica de la campaña abunda sobre todo en observaciones sobre bellas mujeres, sobornos y robos de vino en las cavas francesas. 

Desde el punto de vista militar, Goethe cuenta el optimismo de las tropas aliadas luego de dos fáciles victorias en Longwy y Verdún. Hasta que un día, en Valmy, advierte que el ejército de los suyos ha sido atenazado por dos destacamentos franceses que bloquean toda posible retirada. Unos pocos tiros de cañón y el ejército imperial se ve obligado a rendirse. Así cuenta esos momentos de desolación de sus compañeros de infortunio:
La más grande consternación invadió nuestro ejército. Esa misma mañana todavía no se pensaba más que en ensartar y comerse a todos los franceses, y yo mismo me había sentido atraído a esas aventuras por la confianza absoluta que me inspiraban nuestro ejército y el duque de Brunswick. En cambio ahora, cada uno se alejaba, avanzando como en un sueño. Nadie miraba a los otros o, cuando lo hacía, era para insultar o maldecir. Al anochecer, la casualidad quiso que formáramos un círculo, en cuyo centro ni siquiera se pudo, como de costumbre, encender un fuego. La mayoría permanecía en silencio, algunos hablaban, pero a decir verdad, nadie estaba en condiciones de pensar o de juzgar. Finalmente, me preguntaron qué pensaba sobre la situación, porque yo acostumbraba amenizar y reconfortar a la compañía con cortas sentencias. Esa vez dije: “en este lugar y en este día nace una nueva era en la historia del mundo y vosotros podréis decir que estuvisteis presentes”. 1 
Esta última frase es célebre, el autor la data el 20 de septiembre de 1792. Ocho meses más tarde, durante el cerco de Maguncia, los soldados le recuerdan esas palabras proféticas y él comenta: “esa profecía no sólo se había verificado en un sentido general, sino también literalmente, puesto que a partir de ese día los franceses cambiaron su calendario”. 2


El pudor y el salto

De forma inusual, Borges da comienzo a uno de sus más lúcidos ensayos, “El pudor de la historia” (1952), mediante una evocación sarcástica de esta frase de Goethe. Luego de ironizar con las circunstancias (“había acompañado al duque de Weimar en un paseo militar a París”) y citar más o menos textualmente la declaración de Goethe, Borges parodia el estilo solemne del alemán (“en este día nace” [Goethe] / “desde aquel día han abundado” [Borges]) para hacerlo responsable de otro comienzo –aborrecible esta vez– dentro de la historia de la humanidad: 
Desde aquel día han abundado las jornadas históricas y una de las tareas de los gobiernos (singularmente en Italia, Alemania y Rusia) ha sido fabricarlas o simularlas, con acopio de previa propaganda y de persistente publicidad. Tales jornadas, en las que se advierte el influjo de Cecil B. de Mille, tienen menos relación con la historia que con el periodismo (2: 132)
Paradójica e inusitadamente, Borges se dispone a abordar con su más grande maestría el tema del pudor, no sólo en la historia sino en la escritura, con diatribas poco pudorosas, y de una cierta socarronería. Las rarezas de ese íncipit no parecen haber sido muy exploradas. A ese enigma retornarán estas páginas, luego de haber hecho un breve recorrido de los entrañables sabores intelectuales que nos deja este ensayo. 

A continuación de lo dicho, y sin saltar de párrafo, el tempo del discurso pasará súbitamente del presto con brio de la diatriba apodíctica al habitual andante moderato del estilo de Borges, pudoroso y modalizado por la incertidumbre: 
[Y]o he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas. Un prosista chino ha observado que el unicornio, en razón misma de lo anómalo que es, ha de pasar inadvertido. Los ojos ven lo que están habituados a ver. Tácito no percibió la Crucifixión, aunque la registra su libro. (2: 132) 
Esta última afirmación parece un resumen del funcionamiento global del ensayo. De hecho, Tácito, en Annales XV: 44, narrando el incendio de Roma (64), menciona la condena a muerte de “Cristo”, no la crucifixión, como pretende Borges. Simplemente recuerda que algunos acusaban a los seguidores de Cristo de la responsabilidad del incendio de Roma y aprovecha para dar una reseña de la persona que los sospechosos veneran: “Cristo, autor de ese nombre, cuando imperaba Tiberio había sido condenado al suplicio por el procurador Poncio Pilato”. 3 

Mediante esta evocación de Tácito, Borges instaura la figura del mensajero “ayuno”, que transmite un mensaje sin entenderlo. Es el conocido esquema del salto, en que dos instancias comunican a expensas de una que es mediadora ciega o incompetente. Tácito trasmite algo que no comprende, pero su mediación es necesaria. La estructura de una tríada con un mediador descalificado fue consagrada por Kierkegaard, sobre todo en Frygt og Bæven [Temor y temblor], cuyo epígrafe anticipa lo que será la estructura ternaria dentro de la obra: “Lo que Tarquinio el Soberbio dijo con el lenguaje de las amapolas, su hijo lo entendió, pero no el mensajero”. 4 La frase se refiere a una historia contada por Tito Livio, según la cual siendo Tarquinio el Soberbio rey de Roma, su hijo Sexto, exiliado en la ciudad de Gabii, envió un mensajero a su padre pidiendo consejo para gobernar la ciudad. Y cuenta Tito Livio: 
A este mensajero, supongo que porque no parecía muy de fiar, no le fue dada ninguna respuesta verbal. El rey, como absorbido en la meditación, entró en el jardín de su casa, seguido por el enviado de su hijo. Allí, caminando de arriba a abajo sin decir una palabra, fue cortando con su bastón las cabezas de las amapolas más altas. Cansado de hacer preguntas y esperar una respuesta, el mensajero regresó a Gabii, considerando su misión incumplida. Allí contó lo que había dicho y lo que había visto. Dijo que, guiado por la ira, el odio, o el orgullo patrio, el rey no había pronunciado una sola palabra. Tan pronto como a Sexto le quedó claro lo que su padre quería decir y lo que significaban los consejos silenciosos, se deshizo de los hombres más importantes del estado. 5
Esta anécdota ha tenido numerosos avatares. 6 Pero siempre está en juego el esquema que Borges menciona a propósito de Tácito, alguien que transmite un mensaje sin entenderlo. En esa poética del salto se funda la idea de “pudor” de la historia; hay hechos que el discurso de la historia transmite sin relevar, y que acaban siendo los verdaderos acontecimientos fundadores. Pero en esa terna se basa también el acto de lectura que Borges propone para develar lo que la historia, pudorosamente, disimula. Es necesario pasar por encima del autor, y esforzarse en cumplir ese ideal que, de Kant 7 a Dilthey, 8 representó el lema de la hermenéutica romántica: “comprender a un autor mejor de lo que él pudo comprenderse”. En este caso, saltar por encima del libro, hacer pie en una frase casual para mirar por sobre los hombros del texto, y percibir lo que, sin querer, dice. Al pudor de la historia corresponde el pudor del texto.


La deslectura 

Por eso importa detenerse en el uso de los verbos, adverbios y adjetivos en este primer ejemplo de pudor de la historia: “A esta reflexión me condujo una frase casual que entreví al hojear una historia de la literatura griega y que me interesó, por ser ligeramente enigmática. He aquí la frase: He brought in a second actor (Trajo a un segundo actor). Me detuve, comprobé que el sujeto de esa misteriosa acción era Esquilo” (2: 132). 

De las tantas páginas que podía contener esa historia de la literatura griega, Borges retiene (o mejor, se deja llevar: “me condujo”) por una sola “frase casual”, “ligeramente” enigmática. Todo parece leve y hasta distraído, en este acto de lectura. Como él lo pretende de la historia, el acto de lectura de Borges es pudoroso y minimalista: “Hojea” el libro (él lo dice, no lo “lee”, lo “hojea”) y “entrevé” una frase, no la mira. Su atención es flotante, difusa, casi distraída, lo suficiente para que una frase que califica de “casual” lo lleve a detenerse y reflexionar. 

Borges no “lee”, sino “deslee”. Su lectura no se parece a la forma en que nos enseñaron a leer. Es casi una mala lectura. Hojea un libro de miles de páginas, entrevé una frase fortuita por la que se deja llevar, y produce de inmediato una reflexión que parece extemporánea. 

Eso es lo que propongo llamar “des-lectura”. Parcialmente, el término puede servir de traducción al inglés misreading, 9 la lectura desfasada. La des-lectura es una lectura heterodoxa, una miopía adivinadora. Un árbol, para Borges, nunca oculta el bosque. Tampoco lo representa como un paradigma. Pero siempre habrá un árbol particular, o una brizna, un pecíolo, un pétalo, que distraídamente va a revelar la esencia del bosque con mayor relevancia que una visión de conjunto. Borges lo declara explícitamente a propósito del Ulysses de Joyce, del cual más de una vez ha demostrado captar el meollo más íntimo: 
Confieso no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran, confieso haberlo practicado solamente a retazos y sin embargo sé lo que es, con esa aventurera y legítima certidumbre que hay en nosotros, al afirmar nuestro conocimiento de la ciudad, sin adjudicarnos por ello la intimidad de cuantas calles incluye. (Otras inquisiciones, OC 2: 23)10 
La des-lectura no es solamente un desplazamiento de focalización hacia lo mínimo y aparentemente marginal. Es también un desvío deliberado hacia una prolongación creativa. La pequeña frase que suele extraer se ve expandida en un sentido diferente del texto que la contiene, como saltando por encima de un mensajero inepto encarnado por el autor mismo.Ese leve fragmento, generalmente secundario, es considerado por Borges no como compendio, como una “cifra”, lo que se cifra en el texto… 

La práctica de la deslectura, evidenciada aquí en la forma en que Borges filtra una frase anodina dentro de una larga historia de la literatura, parece ser el equivalente textual del pudor de la historia.


La saga de Harald Hardrada 

Borges propone dos ejemplos paradigmáticos de pudor. Retendré aquí solamente el segundo, por haber tratado in extenso el primero en otro trabajo (“Deslecturas filosóficas de Borges” en Rosato y Álvarez), y por razones tácticas cuya justificación con respecto al enigma de Goethe podrá evaluarse al final del recorrido.

Se trata de un pasaje de la saga de la saga de Harald Hardrada, narrada por el escritor islandés del siglo XIII Snorri Sturluson en su Crónica de los reyes de Noruega (o Heimskringla). La versión de los hechos que da Borges será confrontada con la autorizada versión inglesa de Samuel Laing (1844).11 

Los personajes en escena son tres, Harald Sigurdson, apodado Hardrada, rey de Noruega y protagonista de la saga, y dos ingleses, herederos del rey Godwin. Uno de los hermanos, Harold, ocupa el trono de Inglaterra y el otro, el conde Tostig, que ha debido exiliarse, se lo disputa. 

En la escena relatada por Sturluson se van creando pares de complicidad entre los tres personajes. El primer par es el que constituyen el conde Tostig, pretendiente del trono, y el rey noruego Harald Hardrada; es una complicidad de guerra, una alianza fiel pero ocasional contra un enemigo común. El segundo par es el de los hermanos ingleses, enemigos en la guerra, pero cómplices en la afección y en la comunicación alusiva. El tercer par es el de los dos reyes, quienes no se conocen hasta el momento de la invasión. Sturluson presenta dos breves escenas simétricas, que encuadran la anécdota narrada por Borges, y describen la forma en que llegan a conocerse los dos reyes. 

En la primera, el noruego, que es gigantesco, se cae del caballo en el momento en que el rey inglés se acerca de incógnito al lugar de los hechos. El inglés pregunta por la identidad del caído y le responden: “Es el rey en  persona.” Entonces declara: “Es un hombre grande y de aspecto señorial, pero me parece que la suerte lo ha abandonado.” 

En cambio en la escena final los roles y los juicios se invierten. Luego del diálogo que evoca Borges y que abordaremos a continuación, el rey noruego pregunta a Tostig: “¿Quién era el hombre que hablaba tan bien?”, y ante la respuesta “Es el rey Harold Godwinson” declara: “Era un hombre pequeño, pero bien apoyado en sus estribos.” 

Entre las dos escenas figura el diálogo que Borges resume a su manera en su ensayo* y que trataré de presentar a partir de la versión de Laing. 

Un grupo de veinte caballeros ingleses bien armados, entre los cuales se disimula el mismísimo rey Harold, se enfrenta al ejército invasor que dirigen Tostig y Hardrada. Los dos hermanos enemigos están ahora cara a cara pero simulan no conocerse o, mejor expresado por Borges, “Harold finge no reconocer a su hermano, para que éste, a su vez, advierta que no debe reconocerlo”(2: 134). El rey noruego, aunque comprende la lengua, queda fuera del diálogo y del alcance de las alusiones. Sin embargo, la narración adopta su punto de vista y la evolución de su conocimiento. 

Harold abre el diálogo con la fingida pregunta “¿Está el conde Tostig entre vosotros?” Tostig responde, en forma igualmente críptica: “No se puede negar que puedas encontrarlo aquí” (o, según Borges, “No niego estar aquí”) (2: 133). El jinete dice: “Tu hermano, el rey Harold, te saluda y te comunica que te dejará la totalidad de Northumberland, que no deberás estarle sometido, y que te dará la tercera parte de su reino para que gobiernes con él.”
El conde replica: “Esto es algo diferente de la enemistad y el desprecio que ofreció el pasado invierno, y si hubiera hecho esta oferta entonces, habría salvado la vida de muchos hombres ahora muertos, y habría sido mejor para el reino de Inglaterra. Pero si acepto esta oferta, ¿qué le dará al rey Harald Sigurdson por la pena que se ha dado?” El jinete respondió: “También ha hablado de esto, y le dará siete pies de tierra inglesa, y más si necesita, puesto que es más alto que los demás hombres.” “Entonces”, dijo el conde, “vete ahora a decirle al rey Harold que se prepare para la batalla, porque nunca podrán decir los vikingos que el conde Tosty abandonó al rey Harald Sigurdson para unirse a las tropas de su enemigo, cuando vino al oeste a pelear aquí, en Inglaterra. Tomaremos la resolución de morir con honor o conquistar Inglaterra por la victoria.”
El jinete se marcha. El rey Harald Sigurdson pregunta: “¿Quién era el hombre que hablaba tan bien?” El conde respondió: “Era el rey Harold Godwinson.”12 

Borges resume esta parte del diálogo, pero suprime su continuación. Simplemente advierte: “antes que declinara el sol de ese día el ejército noruego fue derrotado. Harold Sigurdarson pereció en la batalla y también el conde”(2: 133). 

Sin embargo, el diálogo de los dos jefes invasores continúa con tres réplicas más, extrañamente omitidas por Borges. Frente a la revelación de la identidad del interlocutor, el rey noruego reacciona:
“De esto no me había dado cuenta, porque se habían acercado tanto a nuestro ejército que este Harold se arriesgaba a no poder volver para contar la masacre de nuestros hombres”.
Entonces dijo el conde: “Es cierto que estos jefes fueron realmente imprudentes, y tal vez sea como usted dice, pero yo vi, por un lado, que me iba a ofrecer la paz y una gran posesión, y por otro lado, si yo lo desenmascaraba me convertía en su asesino, y prefiero, si uno de los dos debe morir, que él sea mi asesino y no yo el suyo.” Y el rey Harald Sigurdson comentó con sus hombres: “Era un hombre pequeño, pero bien apoyado en sus estribos.”13

Este eludido diálogo final ofrece todas las características que Borges atribuye al pudor de la historia: una de las más gloriosas victorias de la historia de Inglaterra (Stamford Bridge, 1066) se debió a la decisión de un hombre, Tostig, que opta por la muerte antes que provocar la de su hermano enemigo. Tampoco menciona Borges la sublime reacción de Hardrada admirando el estilo de locución del enemigo que le promete la tumba. 

Borges elige otra moraleja. Después de un excurso algo disipado sobre el heroísmo, y de admirar el “delicado juego psicológico” y la “destreza verbal” del diálogo de los hermanos, dictamina: 
Una sola cosa hay más admirable que la admirable respuesta del rey sajón: la circunstancia de que sea un islandés, un hombre de la sangre de los vencidos, quien la haya perpetuado. Es como si un cartaginés nos hubiera legado la memoria de la hazaña de Régulo. (2: 134)
Una vez más, daría la impresión de que Borges “deslee” la anécdota narrada por Sturluson, en beneficio de una observación sobre el acto de escritura del islandés: el pudor de la historia se cifra, para él, en el hecho que de que un escritor narre las hazañas de un personaje o de un ejército enemigo. Por eso considera que la verdadera “jornada histórica” no se sitúa en Yorkshire en el año 1066, escenario del célebre diálogo y de la batalla de Stamford Bridge –donde mueren Tostig y Hardrada–, sino más de dos siglos después, cuando un cronista islandés llamado Snorri Sturluson escribirá la historia que los recuerda:
No el día en que el sajón dijo sus palabras, sino aquel en que un enemigo las perpetuó marca una fecha histórica. Una fecha profética de algo que aún está en el futuro: el olvido de sangres y de naciones, la solidaridad del género humano. La oferta debe su virtud al concepto de patria; Snorri, por el hecho de referirla, lo supera y trasciende. (2: 134)
Desde aquí partiremos para volver al íncipit sobre Goethe, no sin antes hacer hincapié en el acto de deslectura de Borges.


Un ensayo sublime y deshilachado 

Su costumbre de deslectura extrapoladora lleva a Borges a alguna imprecisión, voluntaria o no, en la consignación de los hechos y los dichos. Por ejemplo los “siete pies de tierra inglesa” que menciona Snorri, para él son seis. Es cierto que la expresión “seis pies de tierra” circula normalmente en el habla de los británicos para indicar la tumba, pero no corresponde al texto de Snorri.14 Tampoco coincide con Carlyle, a quien Borges cita y critica. Al alabar la economía verbal con que el rey inglés amenaza de muerte al noruego, Borges advierte a pie de página: “Carlyle (Early Kings of Norway, XI) desbarata, con una desdichada adición, esa economía. A los seis pies de tierra inglesa, agrega for a grave (‘para sepultura’)” (2: 134). 

Sin embargo, el texto de Carlyle es explícito en señalar la cifra de siete pies: “pero en lo que se refiere a Harald y a la parte de Inglaterra que le estaba destinada, Tostig respondi(ó) con estas palabras: “Siete pies de tierra inglesa, o más, si lo requiere, para una tumba”.15 Carlyle se asombra, incluso, de tamaña estatura, dos páginas más adelante, cuando narra la muerte de Hardrada: “Algunos dicen que necesitó una tumba de más de siete pies; Laing, interpretando las medidas de Snorri, hace a Harald alto de ocho pies, espero que con algún error en exceso”.16 

Los principales partidarios de los seis pies dicen apoyarse en la Historia Anglorum, del diácono Enrique de Huntingdon, escrita un siglo antes que las sagas de Sturluson, pero ni en el texto latino ni en la traducción inglesa de la obra de Enrique hay huellas del diálogo en cuestión.17 Otros prefieren, como Borges, retomar la expresión corriente de la lengua inglesa, aunque algunos no dudan en tomar como fuente histórica fidedigna este texto mismo de Borges. 

Lo cierto es que la historicidad de los datos es poco relevante. El mismo Snorri Sturluson, en el prólogo , afirma que va a narrar historias que ha oído contar a gente conocida, o que ha sacado de crónicas familiares o de canciones y baladas populares transmitidas por los antepasados para divertir a la gente, y que si no se puede discernir lo que tienen de verdadero, al menos la gente que las contaba las tenía por tales.18 

Lo que interesa, en cambio, es percibir la forma en que el ensayo de Borges deslee los textos. Sin descartar su lectura directa de la obra de Snorri, es muy posible que haya retenido esta anécdota de las crónicas de Carlyle, y que haya acabado citando de memoria,19 actualizando sus reconocidas facultades de olvido creativo. 

Borges reprocha a Carlyle un desliz que él mismo comete: desbarata la destreza verbal de Tostig, al adelantar la respuesta en primera persona, “no niego estar aquí” en lugar del ambiguo “no se puede negar que puedas encontrarlo aquí”, del original. 

La impresión es que este ensayo, conducido por una intuición genial, haya padecido de una escritura urgente e improvisada. Los ejemplos referidos al “sabor de lo heroico” no parecen tener mucho que ver con “el  juego psicológico”, “la destreza verbal” y la superación del concepto de patria que observará en la escritura de Snorri. 

Podría atribuirse igualmente a la improvisación el débil final, el “they were glorious” de Lawrence referido al ejército alemán, que vino a reemplazar, al momento de editar Otras inquisiciones (1952) , un incomprensible final que llevaba la versión original, publicada en La Nación en marzo del mismo año y que decía: “Entiendo que algo análogo ocurre con Don Segundo Sombra. Güiraldes es muy superior al gaucho ladino que propone a la admiración”. 

Es una experiencia extraña la del lector de este ensayo, que lee con cierta inquietud el comienzo y avanza con un justificado goce en el primer ejemplo de “pudor de la historia”, en el que encuentra al mejor Borges, para luego sentirse perdido en un discurso descosido. 

No se trata aquí de buscar razones psicológicas o históricas a ese desconcierto. Más estimulante parece la tarea de hacer una apuesta de coherencia siguiendo más de cerca la tesitura del ensayo. Y allí es donde se hace necesario volver a Goethe.


Goethe, del menosprecio y la injuria a la denegación

Borges parece tener dos paradigmas de relación polémica con otros escritores. Por una parte estaría el paradigma Lugones, a quien ataca para cubrir su admiración y, por otra, Carriego, a quien intenta admirar sin poder disimular su desestima. Su relación con Goethe participa de las dos actitudes. Lo cierto es que, reuniendo las instancias en que Borges lo menciona en sus escritos, la impresión de menosprecio es abrumadora. 

En el mismo íncipit de “El pudor de la historia” funciona ya, aunque veladamente, uno de los mecanismos enunciados en “El arte de injuriar”. Llamar, por única vez, a Goethe “Johann Wolfgang von Goethe” equivale a llamar “el doctor Castro” al escritor Américo Castro. 

En el mismo “Arte de injuriar”, Borges da un ejemplo del que se sirve al mismo tiempo para practicar su propia injuria a Goethe. Dice así: “Un italiano, para despejarse de Goethe, emitió un breve artículo donde no se cansaba de apodarlo il signore Wolfgang. Esto era casi una adulación, pues equivalía a desconocer que no faltan argumentos auténticos contra Goethe” (OC 1: 420).

En la cita que sigue, que parece referirse a un escalafón de categorías cosmológicas, la injuria insinuada (“podemos prescindir de Goethe”) resulta de una implícita ecuación Goethe/espacio = Schiller/tiempo: “A Nietzsche le desagradaba que se hablara parejamente de Goethe y de Schiller. Y podríamos decir que es igualmente irrespetuoso hablar del espacio y del tiempo, ya que podemos prescindir en nuestro pensamiento del espacio, pero no del tiempo” (“El tiempo”, OC 4: 198). 

En 1933, Borges escribió en el diario El Litoral, de Santa Fe, un jugoso artículo titulado “Querer ser otro”. Comienza de esta manera: 
Quisiéramos ser Goethe, dicen que dice alguna página de Eugenio d’Ors. Quisiera ser Alvear, dice el discutidor de tejemanejes políticos. Quisiera ser Joan Crawford, dice en cualquier platea o cualquier palco, cualquier voz de mujer. Sintácticamente esos tres anhelos se corresponden. Para el gramático, para el mero inexistente gramático, la misma locución quisiera ser obra con igual sentido en los tres. Para mí, no. Quisiéramos ser Goethe me parece una mínima canallada, una pequeña simulación de escritor que finge renunciar a otras más evidentes codicias para codiciar una obra que pocos visitan con gusto, pero que se considera muy distinguida. (TR2 32) 
En cuanto a su obra de Faust dice que es un “vacilante y misceláneo drama” (TR2 202). Wilhelm Meister es una obra “inadmisible” (57) y su personaje es “absurdo” (This Craft 111). El Werther es llamado “narración lacrimógena” (TC 169) pero por suerte contiene traducciones de poemas de Macpherson difíciles de encontrar en otra parte (Borges profesor 163). 

Fuera de la obra canónica, pueden mencionarse, con las debidas reservas, los juicios sobre Goethe que refiere con confiable fidelidad Bioy Casares en el libro Borges, recopilado por Daniel Martino:
Dice que la autobiografía de Goethe es un libro completamente pointless: “Molesta mucho a sus admiradores, que no saben cómo justificarlo”. (255)
Qué imbécil Goethe. (426)
Cada día me interesa menos Goethe. (499)
Goethe, por ejemplo. Tiene tantas obras que si señalás alguna como pésima, el interlocutor siempre tiene otras para alegar. (523)
Nietzsche decía que las conversaciones de Goethe y Eckerman son el mejor libro de la literatura alemana: no le gustaría mucho la literatura alemana. (529). 
Goethe, sin afición por la música, sin capacidad para el pensamiento abstracto: llegó a decir que la lectura de Kant en ningún momento lo mejoró. (Es claro que la gente no da importancia a los méritos intelectuales, sólo cuentan los morales: por eso tienen prestigio los vascos.) (663)
Menos mal que no lo tenemos de colega a Goethe. ¡Cómo se entusiasmaría con toda clase de imbecilidades! Sería muy incómodo. (665)
Sebastián Soler me aseguró que no entendía a las personas que comparaban la Vida de Johnson de Boswell con las deliciosas conversaciones de Goethe con Eckermann. Yo le respondí que me pasaba lo mismo, pero al revés. (734)
Otra jugada es la de dejar muchos libros, para que no puedan juzgarlo a uno por ninguno, como Goethe. […] Eugenio D’Ors dijo: “Quisiéramos tener la lucidez de Voltaire, pero quisiéramos ser Goethe. Hablamos del prestigio personal de Goethe, aparentemente no apoyado en obras. […] Las conversaciones entre Goethe y Eckermann son el diálogo entre dos imbéciles. […] El Fausto es malísimo. (783)
[Bernárdez] es totalmente insensible. Puede abordar todos los géneros, la poesía religiosa, el cuento obsceno, la oratoria burocrática, el diálogo lunfardo, y fracasar en todos. Quizá de Goethe pueda uno decir lo mismo. (838)
La bibliofilia en nuestro país ha llegado a extremos rarísimos. Una primera edición del Fausto de Estanislao del Campo cuesta más que una del Fausto de Goethe, lo que secretamente sabemos que es justo. (866)
Milton y Goethe tienen como una tendencia a la bobería grandiosa. (889)
El haber descubierto que su situación –su amor de hombre por una mujer a quien pagaba y que gracias a él llevaba mejor vida– era una situación poética, demuestra en Goethe una sensibilidad que sorprende. (1068)
¿No te parece que [el Fausto de Goethe] es el mayor bluff de la literatura? Ninguna luz, como diría Ibarra. No hay versos memorables. ¿Las ideas? “Toda teoría es gris, la vida es verde.” Los personajes no dejan un recuerdo muy profundo. Mefistófeles resulta ser bastante burgués. Y Fausto consigue que lo perdonen porque hace un puente: la obra social. Muy interesante, desde luego. (1412)
En una carta a Schiller, Goethe dice que estuvo leyendo a Cervantes y que había tenido la alegría de comprobar que algo que todo el mundo alaba es realmente bueno. Qué bien, qué generoso. Qué distinto de casi todos los críticos, que se alegran de mostrar que un libro muy admirado no vale nada. Goethe leía una de las Novelas ejemplares, que es muy mala, pero eso qué importa. (1543)
Hasta Gervasio Montenegro, el personaje y a la vez prologuista de las obras de Bustos Domecq para burlarse de su autor lo llama “nuestro Goethe de ropavejería”, y a su Rosario natal, “su Weimar litoral” (OCC 302). Es decir que ahora la injuria es, aunque indirecta, más insidiosa porque es el nombre mismo de Goethe que se convierte en injuria. 


And yet… 

A pesar de considerar que en Goethe “no hay versos memorables”, Borges manifiesta emoción por dos versos que cita con frecuencia. En uno de ellos, le interesa sobre todo la invención de una palabra compuesta Nebelglanz, resplandor de neblina, atribuido a la luna. El segundo caso es aquí de particular importancia. Se trata de un verso completo, que le sirve de inspiración tanto para un poema propio, como para otros ensayos o conferencias. En el poema “La joven noche”, de Los conjurados, escribe: 
Ya la sombra ha sellado
los espejos que copian la ficción de las cosas.
Mejor lo dijo Goethe: Lo cercano se aleja.
Esas cuatro palabras cifran todo el crepúsculo. (OC
3: 460)
Pero en la prosa se anima a citar ese verso en alemán y comentarlo en torno a su ceguera: 
Hacia 1957 reconocí con justificada melancolía que estaba quedándome ciego. La revelación fue piadosamente gradual. No hubo un instante inexorable en el tiempo, un eclipse brusco. Pude repetir y sentir de manera nueva las lacónicas palabras de Goethe sobre el atardecer de cada día: Alles nahe werde fern (Todo lo cercano se aleja). (“La sepultura” TR3 206)21 
Aquí comienzan los problemas. Un conocimiento rudimentario del alemán permite dudar de la autenticidad de la cita. El fraseo es más “argentino” que alemán, y abunda en elementos discutibles. Por empezar, el verbo werden está mal conjugado; la tercera persona singular del presente del indicativo es wird, no werde (subjuntivo). Además, no se entiende cómo, si se alaba a Goethe por construir palabras compuestas como Nebelglanz, aquí no se lo denueste por descomponer innecesariamente un verbo existente. Para “alejar” el alemán tiene el verbo “entfernen”. La frase, en ese caso debería ser (capitalizando la letra inicial del adjetivo substantivado) Alles Nahe entfernt sich, lo cual, musicalmente, no es un verso sino un adefesio. Pero aun así, queda todavía una insatisfacción frente al sentido algo trivial de la frase. Que lo cercano se aleje es propio de todo movimiento. Borges no puede haber quedado embelesado por tamaña obviedad. Probablemente lo que lee en este verso, que resume para él el crepúsculo y la ceguera, es que lo que está cercano, aun quedando cerca, ya se ha ido, porque la sombra lo aleja (puedo hablar con alguien que ya no veo). Eso es lo que sin duda lo impresionó el día que leyó la frase de Goethe, que, en realidad, es la siguiente: Schon ist alle Nähe fern, y corresponde al segundo verso del poema “Dämmerung senkte sich von oven”.22 Allí donde Borges pone un adjetivo neutro: nahe, Goethe optaba por el substantivo femenino Nähe, la cercanía, y el verbo no es de devenir sino de estado: “Ya está lejos toda cercanía.” 

De más está decir que desde que Borges recreó en “alemañol” la frase de Goethe, ésta ya es masivamente atribuida al poeta de Weimar y es más citada que el original.23 Tal vez éste sea, indirectamente, el mayor agravio de Borges a Goethe. Con pocos autores se habrá ensañado tanto. 

Es muy probable que, en su intimidad, Borges sintiera una real pero resistida seducción por Goethe. Pero no se trata aquí de la intimidad de Borges sino de la estructuración de un texto. En ese sentido, no sería demasiado osado considerar que el falso verso de Goethe es algo así como el ordenador implícito de todo el ensayo. Decir que lo cercano se aleja, literalmente, no es muy distinto que inventar un extraño proverbio chino según el cual “el unicornio, en razón misma de lo anómalo que es, ha de pasar inadvertido”. Para un lector avisado, esta cita es como una advertencia de Dupin en “The Purloined Letter”. Borges, por un procedimiento emparentado con el concepto freudiano de “denegación”, necesita comenzar alejando la figura demasiado evidente de Goethe que, si quedaba cercana, hubiera vuelto inútil el resto del ensayo. Aleja la figura de Goethe pero denegándola, no silenciándola, como para que un lector desconfiado pueda advertirla como lo anómalo que pasa desapercibido. Porque precisamente, como veremos a continuación, la anécdota de Goethe que él vitupera, es en realidad el sumario de todo lo que Borges exalta en su ensayo sobre el pudor de la historia.


Goethe y el pudor 

La batalla de Valmy no fue una de esas “jornadas históricas” que los gobiernos fabrican o simulan “con acopio de previa propaganda y de persistente publicidad”. La historia duda, inclusive, en llamarla batalla, y ha recibido desde aquel día mismo, el apodo de “Cañoneo de Valmy”, porque casi no hubo encuentros de infantería y dejó el mínimo saldo de unos 300 muertos, contando los dos campos. Puede decirse que fue una “no-batalla”. Goethe mismo cuenta que las tropas del imperio, vencedores ya en Longwy y en Verdún, la daban por ganada y la consideraban como una simple formalidad para entrar triunfantes en París.

Sin embargo, contra toda predicción, la estrategia, el azar y la disentería concedió una victoria casi inmediata a los ejércitos revolucionarios franceses, que no estaban formados por profesionales, sino, por primera vez en la historia, por inexpertos conscriptos civiles. De esos simples hechos de una inédita insignificancia bélica, la historia recogió, con pudor, el comienzo de una era, que se inauguró institucionalmente al día siguiente, con la abolición de la monarquía, la instauración de la república y la implantación de un nuevo calendario. 

Por otra parte, Borges sostiene que lo que marca como realmente histórica la crónica de Sturluson no es una conversación o una victoria sino el hecho de que sea un enemigo el que las perpetúe. En tal caso, las palabras de Goethe el mismo día de la victoria de Valmy, anunciando esa derrota de su propio ejército como el comienzo de una nueva era, corresponde exactamente a esa definición. 

Eso lo comprendieron los franceses, hasta tal punto que –caso raro en la historia– el monumento conmemorativo de la victoria de Valmy lleva como inscripción el apotegma de Goethe, del ejército enemigo. 

Volviendo atrás, y lejos de toda interpretación psicologista, no es muy arriesgado postular que son esas palabras de Goethe las que inspiran positivamente la idea del ensayo, y que el inspirador aparece denegado desde el comienzo, como un guiño cómplice al lector, como un ejercicio de irónico pudor, o como para indicar que es sólo a la hora del crepúsculo que lo cercano está lejos. 

Queda por justificar la inusual abundancia de imprecisiones que Borges siembra a lo largo de su ensayo. Tal vez pueden funcionar dentro del texto como las piedritas de Hänsel y Gretel para determinar un sendero dentro de un bosque, es decir, en este caso, para suscitar la sospecha de que hay otras lecturas. Borges sugiere este mecanismo en “Los avatares de la tortuga”
Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso (OC 1: 258). 

Iván Almeida  


Notas

1 Die größte Bestürzung verbreitete sich über die Armee. Noch am Morgen hatte man nicht anders gedacht, als die sämtlichen Franzosen anzuspießen und aufzuspeisen, ja mich selbst hatte das unbedingte Vertrauen auf ein solches Heer, auf den Herzog von Braunschweig zur Teilnahme an dieser gefährlichen Expedition gelockt; nun aber ging jeder vor sich hin, man sah sich nicht an, oder wenn es geschah, so war es um zu fluchen, oder zu verwünschen. Wir hatten, eben als es Nacht werden wollte, zufällig einen Kreis geschlossen, in dessen Mitte nicht einmal wie gewöhnlich ein Feuer konnte angezündet werden, die meisten schwiegen, einige sprachen, und es fehlte doch eigentlich einem jeden Besinnung und Urteil. Endlich rief man mich auf, was ich dazu denke, denn ich hatte die Schar gewöhnlich mit kurzen Sprüchen erheitert und erquickt; diesmal sagte ich: ‘Von hier und heute geht eine neue Epoche der Weltgeschichte aus, und ihr könnt sagen, ihr seid dabei gewesen’” (Campagne 53). 

2 “Gegen Abend fanden sich die Offiziere des Regiments beim Marketender, wo es etwas mutiger herging als vorm Jahr in der Champagne: denn wir tranken den dortigen schäumenden Wein, und zwar im Trocknen beim schönsten Wetter. Meiner vormaligen Weissagung ward auch gedacht; sie wiederholten meine Worte: ‘Von hier und heute geht eine neue Epoche der Weltgeschichte aus, und ihr könnt sagen, ihr seid dabei gewesen.’ Wunderbar genug sah man diese Prophezeiung nicht etwa nur dem allgemeinen Sinn, sondern dem besondern Buchstaben nach genau erfüllt, indem die Franzosen ihren Kalender von diesen Tagen an datierten” (Belagerung 199). [Hacia el atardecer se encontraban los oficiales de los regimientos cerca de los cuarteles, donde las cosas parecían andar mejor que el año anterior en Champagne, ya que el tiempo estaba hermoso y seco y estábamos degustando el vino espumante de la región. Se evocó también mi antigua predicción y repitieron mis palabras: “En este lugar y en este día nace una nueva era en la historia del mundo y vosotros podréis decir que estuvisteis presentes.” Bastante asombrosamente esa profecía no sólo se había verificado en un sentido general, sino también literalmente, puesto que a partir de ese día los franceses cambiaron su calendario]. 

3 “Ergo abolendo rumori Nero subdidit reos et quaesitissimis poenis adfecit quos per flagitia invisos vulgus Christianos appellabat. Auctor nominis eius Christus Tiberio imperitante per procuratorem Pontium Pilatum supplicio adfectus erat” (Annalium XV: 44).

4 “Was Tarquinius Superbus in seinem Garten mit den Mohnköpfen sprach, verstand der Sohn, aber nicht der Bote” (Kierkegaard 4). La cita es de J. G. Hamann (en una carta a Linden) y figura en alemán en el texto. 

5 “Huic nuntio, quia, credo, dubiae fidei videbatur, nihil voce responsum est; rex velut deliberabundus in hortum aedium transit sequente nuntio filii; ibi inambulans tacitus summa papauerum capita dicitur baculo decussisse. Interrogando exspectandoque responsum nuntius fessus, ut re imperfecta, redit Gabios; quae dixerit ipse quaeque viderit refert; seu ira seu odio seu superbia insita ingenio nullam eum vocem emisisse. Sexto ubi quid vellet parens quidue praeciperet tacitis ambagibus patuit, primores civitatis criminando alios apud populum, alios sua ipsos inuidia opportunos interemit” (I: 54). 

6 Aunque la cita, tal cual, se encuentra en una carta de J. G. Hamann a su amigo J. G. Lindner (Hamann 189-94), Kierkegaard parece haber leído la historia en los comentarios a las fábulas de Esopo de Lessing (164), quien la retiene explícitamente del Epítome de Floro (1: 7), el cual resume el Ab urbe condita de Tito Livio citado más arriba. Valerio Máximo (7: 4.2) evoca la misma anécdota, probablemente también inspirado en Tito Livio. Lo curioso es que, más que de un hecho histórico, se trata de un topos dentro de la literatura narrativa clásica. Por ejemplo, Herodoto, en el S. VI a C., narraba un hecho semejante, pero sucedido entre Periandro y Trasíbulo, dos tiranos griegos, y lo que Trasíbulo segaba no eran flores de amapolas sino espigas de trigo (5.92 f-g). Un siglo después, Aristóteles repite la misma historia, pero invirtiendo los roles de los dos tiranos (Política 1284ª).

7 “Ich merke nur an, daß es gar nichts Ungewöhnliches sei, sowohl im gemenen Gespräche, als in Schriften, durch die Vergleichung der Gedanken, welche ein Verfasser über seinen Gegenstand äußert, ihn sogar besser zu verstehen, als er sich selbst verstand indem er seinen Begriff nicht genugsam bestimmte, und dadurch bisweilen seiner eigenen Absicht entgegen redete, oder auch dachte” (Kritik der reiner Vernuft, A314/B371, 264). [Advierto simplemente que no hay nada de extraño en que, ya sea en la conversación cotidiana como en los escritos, se llegue, al confrontar los pensamientos que expresa un autor sobre su tema, a comprenderlo mejor que lo que él se comprendió, por no haber determinado suficientemente su propio concepto o por haberse dejado llevar a hablar o incluso a pensar en contra de su intención.] 

8 “Das letzte Ziel des hermeneutischen Verfahrens ist, den Autor besser zu verstehen, als er sich selber verstanden hat” (Dilthey. Die Entstehung 335). [El objetivo final del método hermenéutico es comprender al autor mejor que lo que él mismo se comprende].

9 Sin duda quien más ha extrapolado la noción de misreading es Harold Bloom, al decir que “Reading is […] a miswriting, just as writing is a misreading” (3) [Leer es un acto de desescritura de la misma forma que escribir es un acto de deslectura]. 

10 Esta confesión podría también interpretarse como una velada crítica a la escritura de Joyce. Para su propia narrativa, Borges prefiere el minimalismo de Dante: “Una novela contemporánea requiere quinientas o seiscientas páginas para hacernos conocer a alguien, si es que lo conocemos. A Dante le basta un solo momento. En ese momento el personaje está definido para siempre. Dante busca ese momento central inconscientemente. Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida. En Dante tenemos esos personajes, cuya vida puede ser la de algunos tercetos y sin embargo esa vida es eterna” (Divina Comedia OC 3: 213)

11 Cada vez que aparezca una cita del Heimskringla en inglés, estará referida a la traducción de Laing.

12 “One of the horsemen said, ‘Is Earl Toste in this army?’ The earl answered, “It is not to be denied that ye will find him here.” The horseman says, ‘Thy brother, King Harald, sends thee salutation, with the message that thou shalt have the whole of Northumberland; and rather than thou shouldst not submit to him, he will give thee the third part of his kingdom to rule over along with himself.’ The earl replies, ‘This is something different from the enmity and scorn he offered last winter; and if this had been offered then it would have saved many a man’s life who now is dead, and it would have been better for the kingdom of England. But if I accept of this offer, what will he give King Harald Sigurdson for his trouble?’ The horseman replied, ‘He has also spoken of this; and will give him seven feet of English ground, or as much more as he may be taller than other men.’ ‘Then,’ said the earl, ‘go now and tell King Harald to get ready for battle; for never shall the Northmen say with truth that Earl Toste left King Harald Sigurdson to join his enemy’s troops, when he came to fight west here in England. We shall rather all take the resolution to die with honour, or to gain England by a victory.’ Then the horseman rode back. King Harald Sigurdson said to the earl, ‘Who was the man who spoke so well?’ The earl replied, ‘That was King Harald Godwinson.’ ”(89) 

13 “Then, said King Harald Sigurdson, ‘That was by far too long concealed from me; for they had come so near to our army, that this Harald should never have carried back the tidings of our men’s slaughter.’ Then said the earl, ‘It was certainly imprudent for such chiefs, and it may be as you say; but I saw he was going to offer me peace and a great dominion, and that, on the other hand, I would be his murderer if I betrayed him; and I would rather he should be my murderer than I his, if one of two be to die.’ King Harald Sigurdson observed to his men, ‘That was but a little man, yet he sat firmly in his stirrups’ ” (89-90)

14 Cito aquí, con tímida osadía, el texto en islandés, en donde la expresión “siete pies” “sjö fóta” aparece inclusive en cifras romanas: “Sagt hefir hann þar nokkuð frá hvers hann mun honum unna af Englandi. VII. fóta rúm eða því lengra sem hann er hærri en aðrir menn” (205). 

15 “But, in regard to Harald and what share of England was to be his, answering Tosti with the words, ‘Seven feet of English earth, or more if he require it, for a grave’ ” (92). 

16 “He needed more than seven feet of grave, say some; Laing, interpreting Snorro’s measurements, makes Harald eight feet in stature,—I do hope with some error in excess!” (94). La nota de Laing a la que se refiere Carlyle (y de la que extrae sin duda la expression “for a grave” es la siguiente: “The old Norwegian ell was less than the present ell; and Thorlalcius reckons, in a note on this chapter, that Harald’s stature would be about four Danish ells, viz. about eight feet. It appears that he exceeded the ordinary height of men by the offer made him of seven feet of English ground, or a much more as he required for a grave, in chapter 94” (101).

17 Tenemos aquí otro caso de reguero desinformativo. La formulación “According to Henry of Huntingdon, ‘Six feet of ground or as much more as he needs, as he is taller than most men’, was Harold’s response” aparece en 2370 sitios distintos de internet, sin que ninguno mencione las debidas fuentes. 

18 “In this book I have had old stories written down, as I have heard them told by intelligent people, concerning chiefs who have held dominion in the northern countries, and who spoke the Danish tongue; and also concerning some of their family branches, according to what has been told me. Some of this is found in ancient family registers, in which the pedigrees of kings and other personages of high birth are reckoned up, and part is written down after old songs and ballads which our forefathers had for their amusement. Now, although we cannot just say what truth there may be in these, yet we have the certainty that old and wise men held them to be true” (1: 211). 

19 Podría igualmente haberla recordado de Walter Scott, quien en Ivanhoe reinventa la escena, pero siempre indicando “siete pies”: “—‘But should Tosti accept these terms’, continued the envoy, ‘what lands shall be assigned to his faithful ally, Hardrada, King of Norway?’—‘Seven feet of English ground,’ answered Harold, fiercely, ‘or, as Hardrada is said to be a giant, perhaps we may allow him twelve inches more’” (210).

20 Se trata de los versos Füllest wieder Busch und Tal / still mit Nebelglanz, del poema “An der Mond” (Poetische Werke 1:69). Borges lo comenta abundantemente en Carrizo 70-71. 

21 Ver igualmente  Siete noches, OC 3: 285.

22 Poetische Werke 2: 106. Famosamente puesto en música por J. Brahms, Lieder und Gesänge, op. 59. 

23 Inclusive, el gran poeta chileno, Gonzalo Rojas, premio Cervantes, cayó en la trampa de nombrar con esa frase imposible uno de sus más conocidos poemas (Rojas 98-99). Más enfático es el tropiezo de Enrique Vila Matas en “Bolaño a la distancia”, donde cuenta: “Decir esto me ha llevado a sentirme de pronto más cerca que nunca de Bolaño. Será prudente que vuelva a alejarme algo de él. Me acerco, me alejo, parezco encontrarme en un círculo infernal en el desierto de Sonora cuando viene de pronto en mi auxilio un verso de Goethe, que un personaje de la novela de Bolaño, Jordi Llovet, me enseñó ayer a pronunciar en correcto alemán: Alles Nahe werde fern. Es decir, ‘Todo lo cercano se aleja’. Goethe lo escribió refiriéndose al crepúsculo de la tarde. Todo lo cercano se aleja, es verdad, tengo que pensar que es verdad. De nuevo, respiro aliviado. Goethe me ha permitido volver a alejarme algo de Bolaño” (79).


Obras citadas 

Aristóteles. [Aristotle]. Politics. With an English Translation by H Rackham. The Loeb Classical Library. Londres: Heinemann / Cambridge: Harvard UP, 1959. 

Benjamin, Walter. Enzyklopädieartikel: Goethe. Gesammelte Schriften. Ed. R. Thiedemann & H. Schweppehaüser. Stuttgart: Suhrkamp: 1977. 

Bioy Casares, Adolfo. Borges. Ed. Daniel Martino. Buenos Aires: Destino, 2006. 

Bloom, Harold. A Map of Misreading. Oxford: Oxford UP, 2003. 

Borges, Jorge Luis. Obras completas. 4 vol. Barcelona: Emecé, 1996. 
—. Obras completas en colaboración. Barcelona: Emecé, 1997. 
—. Textos cautivos. Ed. E. Sacerio-Garí y E. Rodríguez Monegal. Barcelona: Tusquet, 1990. 
—. Textos recobrados 1931-1935. Buenos Aires: Emecé, 2001. 
—. Textos recobrados 1956-1986. Buenos Aires: Emecé, 2003. 
—. “El pudor de la historia”. La Nación, 3 de septiembre, 1952. 
—. Borges profesor. Curso de Literatura inglesa en la UBA. Ed. M. Arias y M. Hadis. Buenos Aires: Emecé, 2000. 
—. This Craft of Verse. Ed. C. A. Mihailescu. Cambridge: Harvard UP: 2000. 

Carlyle, Thomas. The Early Kings of Norway. Nueva York: Lovell’s Library, 1885. 

Carrizo, Antonio. Borges el memorioso. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. México: Fondo de Cultura Económica, 1979. 

Dilthey, Wilhelm. Die Entstehung der Hermeneutik. Gesammelte Schriften. Bd. V. Stuttgart: Teubner, 1964. 

Floro, Lucio Aneo. Lucii Annaei Flori epitome, Rerum romanarum. Ed. N. E. Lemaire. París: Bibliotheca Classica Latina, Didot, 1827. 

Goethe, Johann Wilhelm von. Belagerung von Mainz. Goethes Werke. Vol. 22. Ed H. Dünker. Berlín y Stutgart: Speman, 1851. 
—. Campagne in Frankreich. Goethes Werke. Vol. 22. Ed H. Dünker. Berlín y Stutgart: W. Speman, 1851. 
—. Poetische Werke. Berliner Ausgabe. Berlín: Aufbau, 1960. 

Hamann, Johann Georg. Schriften. Ed. Friedrich Roth. Vol 3. Berlín: Reimer, 1821. 

Herodoto. Herodotus. With an English Translation by A. D. Godley. The Loeb Classical Library. Vol III, Books V-VII. Londres: Heinemann, Cambridge: Harvard UP, 1938. 

Huntingdon, Henry of. Historia Anglorum. Londres: Longman, 1879. 

Kant, Immanuel. Kritik der reinen Vernunft. Ed. Benno Erdmann. Hamburg un Lepzig: Voss, 1884.

Kierkegaard, Søren. Frygt og Bæven. Dialektik Lyrik af Johannes de Silentio. Kjøbenhavn: Reitzelske Vorlag, 1895. 

Laing, Samuel. trad. The Heimskringla, or Chronicle of The Kings of Norway. By Snorri Sturluson. Londres: Longman, Brown, Green and Longmans, 1844. 

Lessing, Gotthlob Ephraim. Abhandlungen über die Äsopische Fabel. Samtliche Schriften 18. Band. Berlín: in der Bossischen Buchandlung, 1827. 

Livio, Tito. (Ab urbe condita). Livy in Fourteen Volumes. With and English Translation by B. O. Foster. Vol I, Books I-II. The Loeb Classical Library. Londres: Heinemann / Cambridge (Mass.) Harvard UP, 1947. 

Rojas, Gonzalo. Oscuro y otros textos. Santiago: Pehuén. 1999. 

Rosato, Laura y Germán Álvarez (ed). Borges lector. Actas del primer encuentro internacional en la Biblioteca Nacional. Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2012 (en preparación). 

Scott, Sir Walter. Ivanhoe: A Romance. Ed. P.L. MacClintock. Boston: Heath, 1910. 

Sturluson, Snorri. Heimskringla. Nóregs Konunga Sögur. Ed. Finnur Jónsson. Vol. III. København: Møllers, 1893. 

Tácito, Cornelio. Cornelii Taciti Annalium. Ed. C. D. Fisher. Oxford: Oxford Classical Texts, 1906. 

Valerio Máximo. De dictis factisque memorabilibus. Vol. II. Ed. B. Hase. París: Didot, 1823 

Vila Matas, Enrique. El viento ligero en Parma. Madrid: Sexto Piso, 2008.



En Variaciones Borges 34, 2012



Fuente https://www.borges.pitt.edu/
Universidad de Pittsburgh

Foto arriba: Ivan Almeida en las Jornadas Borges Lector 
Biblioteca Nacional de Buenos Aires, agosto 2011


17/11/18

Jorge Luis Borges: Dualidad en una despedida (1925)







Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y gustadora y monstruosa cual un Ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda y triste intimidad de los besos.
Nos adunó la perfección del sufrir.
El tiempo inevitable se divulgaba sobre el inútil tajamar del abrazo.
Prodigábamos pasión juntamente, no a nosotros tal vez sino a la venidera soledad.
Yo iba saqueando el porvenir en tus labios aún no amados de amor.
Nos rechazó la luz: la noche vino con urgencia de grito.
Solicitamos juntos la verja en esa dura gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de una pradería yo volví de tu abrazo.
Como quien sale de un país de espadas volví de tu sollozado querer.
Tarde que se alza como sueño notorio entre la errante soñación de otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando noches y singladuras.
A semejanza del candelabro judío que por gradual encendimiento se ilustra,
en luminarias de sucesiva esperanza te anhela mi amor de todas las horas.


En Textos recobrados 1919-1929 
© 1997 y 2007 María Kodama
Buenos Aires, Sudamericana, 2011


Proa, segunda época, Buenos Aires, Año 2, N° 8, marzo de 1925

En Luna de enfrente, 1925, con variantes y abreviada bajo el título "Dualidá en una despedida"

Imagen: Un encuentro con Borges en Biblioteca Comunale (Taormina) -noviembre 2018-
de Miguel Ruibal [+] [TW] [FB]




15/11/18

Jorge Luis Borges: Literatura francesa






Con alguna evidente salvedad (Montaigne, Saint-Simon, Bloy), cabe afirmar que la literatura de Francia tiende a producirse en función de la historia de la literatura. Si cotejamos un manual de la literatura francesa (verbigracia, el de Lanson o el de Thibaudet) con su congénere británico (verbigracia, el de Saintsbury o el de Sampson), comprobaremos no sin estupor que éste consta de concebibles seres humanos y aquél de escuelas, movimientos, generaciones, vanguardias, retaguardias, izquierdas o derechas, cenáculos y referencias al tortuoso destino del capitán Dreyfus. Lo más extraño es que la realidad corresponde a ese frenesí de abstracciones; antes de redactar una línea el escritor francés quiere comprenderse, definirse, clasificarse. El inglés escribe con inocencia, el francés lo hace a favor de a, contra b, en función de c, hacia d… Se pregunta (digamos): ¿Qué tipo de sonetos debe emitir un joven ateo, de tradición católica, nacido y criado en el Nivernais pero de ascendencia bretona, afiliado al partido comunista desde 1944? O, más técnicamente: ¿Cómo aplicar el vocabulario y los métodos de los Rougon-Macquart a la elaboración de una epopeya sobre los pescadores del Morbihan, que una al fervor de Fénelon la gárrula abundancia de Rabelais y que no descuide, por cierto, una interpretación psicoanalítica de la figura de Merlín? Esta premeditación que es la nota de la literatura francesa la hace abundar no sólo en composiciones de rigor clásico sino en felices o infelices extravagancias; basta, en efecto, que un hombre de letras francés profese una doctrina para que la aplique hasta el fin, con una especie de feroz probidad. Racine y Mallarmé (ignoro si la metáfora es tolerable) son el mismo escritor, ejecutando con el mismo decoro dos tareas disímiles… Hacer escarnio de esa premeditación no es difícil; conviene recordar, sin embargo, qué ha producido la literatura francesa, acaso la primera del orbe.

 «La paradoja de Apollinaire», 1946



En Borges A/Z
A. Fernández Ferrer y J. L. Borges (1988)
Colección La Biblioteca de BabelFoto: Borges por  Marcello Mencarini (Leemage) Vía



13/11/18

Jorge Luis Borges: Un libro de Thomas Mann sobre Schopenhauer [R]





6 de enero de 1939


La gloria suele calumniar a los hombres; a ninguno, tal vez, como a Schopenhauer. Una cara de mono deteriorado y una antología de malhumores (reunidos bajo el mote sensacional El amor, las mujeres y la muerte, rasgo feliz de algún editor levantino) lo representan ante el pueblo de España y ante el de estas Américas. Los profesores de metafísica toleran o estimulan ese error. Hay quienes lo reducen al pesimismo: reducción tan inicua y tan irrisoria como la de no querer ver en Leibniz otra cosa que el optimismo. (Mann, en cambio, razona que el pesimismo de Schopenhauer es parte inseparable de su doctrina. «Todos los manuales», anota, «enseñan que Schopenhauer fue en primer lugar el filósofo de la voluntad, y en segundo lugar del pesimismo. Pero no hay primero ni segundo: Schopenhauer, filósofo y psicólogo de la voluntad, no pudo no ser pesimista. La voluntad es algo desdichado, fundamentalmente: es inquietud, necesidades, codicia, apetito, anhelo, dolor, y un mundo de la voluntad tiene que ser un mundo de sufrimientos...») Yo pienso que optimismo y pesimismo son juicios de carácter estimativo, sentimental, que nada tienen que ver con la metafísica, que fue la tarea de Schopenhauer.

También fue incomparable como escritor. Otros filósofos —Berkeley, Hume, Henri Bergson, William James— dicen exactamente lo que se proponen decir, pero les falta la pasión, la virtud persuasiva de Schopenhauer. Es famosa la influencia que ejerció sobre Wagner y sobre Nietzsche.

Thomas Mann, en este su novísimo libro (Schopenhauer, 1938, Estocolmo), observa que la filosofía de Schopenhauer es la de un hombre joven. Alega la opinión de Nietzsche, que pensaba que cada cual tiene la filosofía de sus años, y que el poema cósmico de Schopenhauer lleva la marca de la edad juvenil en la que predominan lo erótico y el sentido de la muerte. En este elegante resumen, el autor de La montaña mágica no menciona otro libro de Schopenhauer que su obra capital: El mundo como voluntad y representación. Sospecho que de haberla releído, hubiera mencionado también aquella fantasmagoría un poco terrible de Parerga y Paralipómena, en la que Schopenhauer reduce todas las personas del universo a encarnaciones o máscaras de una sola (que es, previsiblemente, la Voluntad), y declara que todos los sucesos de nuestra vida, por aciagos que sean, son invenciones puras de nuestro yo como las desdichas de un sueño.


Thomas Mann: Schopenhauer, 1938












Jorge Luis Borges: Textos cautivos (1986)
Antología de trabajos publicados por JLB en la revista El Hogar entre 1936 y 1940
Edición de Enrique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal
© María Kodama, 1995
© Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2016




9/11/18

Jorge Luis Borges: La génesis de "El cuervo" de Poe (1935)






En su entrega de abril de 1846 —el primer año de la guerra con México, el año de la travesía del Misisipí por las carretas del heresiarca polígamo Brigham Young—, el "Graham's Magazine" de Filadelfia publicó un artículo a dos columnas de su corresponsal Mr. Poe, titulado "The philosophy of composition". Edgar Allan Poe, en ese artículo procuraba explicar la morfología de su ya glorioso poema "The raven". Diversos traductores —desde el venezolano Pérez Bonalde a Carlos Obligado— han vinculado ese poema a la literatura española. Cabe, pues, descontar su conocimiento y proceder a las glaciales revelaciones de su creador.

Éste comienza por alegar los motivos fonéticos que le indicaron el estribillo melancólico nevermore (nunca más). Dice luego su necesidad de justificar de un modo verosímil el uso periódico de esa palabra. ¿Cómo reconciliar esa monotonía, ese "regreso eterno", con el ejercicio de la razón? Un ser irracional, capaz de articular el precioso adverbio, era la solución evidente. Un papagayo fue el primer candidato, pero inmediatamente un cuervo lo suplantó, más decoroso y lóbrego. Su plumaje aconsejó después la instalación de un busto de mármol, por el contraste de esa candidez y aquella negrura. Ese busto era de Minerva, de Palas: por la eufonía griega del nombre y para condecir con los libros y con el ánimo estudioso del narrador. Así de todo lo demás... No traslado la fina reconstrucción ensayada por Poe; me basta recordar unos eslabones.

Inútil agregar que ese largo proceso retrospectivo ha merecido la incredulidad de los críticos, cuando no su burla o su escándalo. ¡Del interlocutor de las musas, del poeta amanuense de un dios oscuro, pasar al mero devanador de razones! La lucidez en el lugar de la inspiración, la inteligencia comprensible y no el genio, ¡qué desencanto para los contemporáneos de Hugo y aun para los de Breton y Dalí! No faltó quien rehusara tomar en serio las declaraciones de Poe: ellas no pasaban, se dijo, de una maniobra para utilizar la notoriedad del poema anterior, una de esas ladinas segundas partes "que nunca fueron buenas". La conjetura es verosímil, pero cuidémonos de no confundir "lucrativo" y "malo", "oportuno y digno de vituperio"... Otro censor, más inteligente y letal, pudo haber denunciado en aquellas hojas una vindicación romántica de los procedimientos ordinarios del clasicismo, un anatema de lo más inspirado contra la inspiración. (Es la tarea vitalicia de Valéry). Otros, harto crédulos, temieron que el misterio central de la creación poética hubiera sido profanado por Poe, y recusaron el artículo entero. Se adivinará que no comparto esas opiniones. De hacerlo no ensayaría este comentario, que importaría el descaro de suponer que el mero hecho de anunciar mi adhesión iba a acreditarlas. Yo —ingenuamente acaso— creo en las explicaciones de Poe. Descontada alguna posible ráfaga de charlatanería, pienso que el proceso mental aducido por él ha de corresponder, más o menos, al proceso verdadero de la creación. Yo estoy seguro de que así procede la inteligencia: por arrepentimientos, por obstáculos, por eliminaciones. La complejidad de las operaciones descritas no me incomoda; sospecho que la efectiva elaboración tiene que haber sido aún más compleja, y mucho más caótica y vacilante. En mi entender, Poe se redujo a suministrar un esquema lógico, ideal, de los muchos y perplejos caminos de la creación. Sin duda, el proceso completo era irrecuperable, además de tedioso.

Lo anterior no quiere decir que el arcano de la creación poética —de esa creación poética— haya sido revelado por Poe. En los eslabones examinados, la conclusión que el escritor deriva de cada premisa es, desde luego, lógica; pero no es la única necesaria. Verbigracia, de la necesidad de un ser irracional capaz de articular un adverbio, Poe derivó un cuervo, luego de pasar por un papagayo; lo mismo pudo haber derivado un lunático, resolución que hubiera transformado el poema. Formulo esa objeción entre mil. Cada eslabón es válido, pero entre eslabón y eslabón queda su partícula de tiniebla o de inspiración incoercible. Lo diré de otro modo: Poe declara los diversos momentos del proceso poético, pero entre cada uno y el subsiguiente queda —infinitesimal— el de la invención. Queda otro arcano general: el de las preferencias. ¿Qué necesidad inevitable hizo que el poeta compusiera ese poema particular? ¿Qué anhelo satisficieron en él esos dos símbolos del cuervo y del mármol? Entiendo que esas interrogaciones (y las que quiera proponer el lector) son inteligentes; entiendo con no menos convicción que la sola esperanza de una respuesta es aventurada. Bástenos comprender que a Edgar Allan Poe le gustaban esos dos símbolos.

Esa comprensión no es tan irrisoria como parece. La mente, por no sé qué superstición alemana de la "profundidad", suele magnificar el valor del contenido (conjetural) de los símbolos y desconocer los encantos de su forma plástica o verbal. Las formas de un pirata, de Gary Cooper, de un gaucho cuchillero, de un granadero de Carlos XII, de un "cowboy", son diversos guarismos que manifiestan la idea de coraje, pero quién no ve las atracciones o repulsiones peculiares de cada uno. Otra cara de esa verdad: el verso funciona por el delicado ajuste verbal, por las "simpatías y diferencias" de sus palabras, no por la firmeza de las ideas en que lo resuelve después el conocimiento. Busco un ejemplo clásico, un ejemplo que el más insobornable de mis lectores no querrá invalidar. Doy con el insigne soneto de Quevedo al duque de Osuna, "horrendo en galeras y naves e infantería armada".

Es fácil comprobar que en el tal soneto la espléndida eficacia del dístico:

Su tumba son de Flandes las campañas 
y su Epitaphio la sangrienta Luna

es anterior a toda interpretación y no depende de ella. Digo lo mismo de la subsiguiente expresión: "el llanto militar", cuyo "sentido" no es discutible, pero sí baladí: "el llanto de los militares". En cuanto a la "sangrienta Luna", mejor es ignorar que se trata del símbolo de los turcos, eclipsado por no sé qué meritorias piraterías de don Pedro Téllez Girón. En general, sospecho que la posible justificación lógica de esos versos (y de todos los versos) no es otra cosa que un soborno a la inteligencia. El agrado —el suficiente, máximo agrado— está en el equilibrio difícil, en el heterogéneo contacto de las palabras. De la palabra, a veces. En las 1001 Noches, en la entera novelística del Islam, es común el caso del héroe que se enamora de una mujer hasta la palidez y la muerte, por el solo encanto de su nombre.

¿Qué conclusiones autorizan los hechos anteriores? Juzgo que las siguientes: primero, la validez del método analítico ejercido por Poe; segundo, la posibilidad de recuperar y fijar los diversos momentos de la creación; tercero, la imposibilidad de reducir el acto poético a un puro esquema lógico, ya que las preferencias del escritor son irreducibles.

El valor del análisis de Poe es considerable: afirmar la inteligencia lúcida y torpe y negar la insensata inspiración no es cosa baladí. Sin embargo, que no se alarmen con exceso los nebulosos amateurs del misterio: el problema central de la creación está por resolver.


Diario La Prensa, Buenos Aires, 25 de agosto de 1935
Luego en Textos recobrados 1931-1955
© María Kodama 2001
© Emecé Editores 2001


Imagen: Edgar Allan Poe (right), who spent time at the Academy doing research on mollusks; John Leidy, a young medical student (center); and Samuel George Morton, a physician and naturalist, at the Academy’s new building at Broad and Sansom Streets during the winter of 1842-43. This daguerreotype is the oldest known photograph of the interior of an American museum.
ANSP Archives




7/11/18

Jorge Luis Borges: Herman Melville (Prólogo «Bartleby»)






En el invierno de 1851, Melville publicó Moby Dick, la novela infinita que ha determinado su gloria. Página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos: al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir a la Ballena Blanca; luego, que la Ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo. Para insinuar que el libro es simbólico, Melville declara que no lo es, enfáticamente: "Que nadie considere a Moby Dick una historia monstruosa o, lo que sería peor, una atroz alegoría intolerable" (Moby Dick, XLV). La connotación habitual de la palabra alegoría parece haber ofuscado a los críticos; todos prefieren limitarse a una interpretación moral de la obra. Así, E. M. Forster (Aspeas of the Novel, VII): "Angostado y concretado en palabras, el tema espiritual de Moby Dick es, más o menos, éste: una batalla contra el Mal, prolongada con exceso o de manera errónea".

De acuerdo, pero el símbolo de la Ballena es menos apto para sugerir que el cosmos es malvado que para sugerir su vastedad, su inhumanidad, su bestial o enigmática estupidez. Chesterton, en alguno de sus relatos, compara el universo de los ateos con un laberinto sin centro. Tal es el universo de Moby Dick: un cosmos (un caos) no sólo perceptiblemente maligno, como el que intuyeron los gnósticos, sino también irracional, como el de los hexámetros de Lucrecio.

Moby Dick está redactado en un dialecto romántico del inglés, un dialecto vehemente que alterna o conjuga procedimientos de Shakespeare y de Thomas de Quincey, de Browne y de Carlyle; Bartleby, en un idioma tranquilo y hasta jocoso cuya deliberada aplicación a una materia atroz parece prefigurar a Franz Kafka. Hay, sin embargo, entre ambas ficciones una afinidad secreta y central. En la primera, la monomanía de Ahab perturba y finalmente aniquila a todos los hombres del barco; en la segunda, el cándido nihilismo de Bartleby contamina a sus compañeros y aun al estólido señor que refiere su historia y que le abona sus imaginarias tareas. Es como si Melville hubiera escrito: "Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo". La historia universal abunda en confirmaciones de ese temor.

Bartleby pertenece al volumen titulado The Piona Tales (1856, Nueva york y Londres). De otra narración de ese libro observa John Freeman que no pudo ser comprendida con plenitud hasta que Joseph Conrad publicó cierta pieza congénere, casi medio siglo después; yo observaría que la obra de Kafka proyecta sobre Bartleby una curiosa luz ulterior. Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas. Por lo demás, las páginas iniciales de Bartleby no presienten a Kafka; más bien aluden o repiten a Dickens... En 1849, Melville había publicado Mardi, novela inextricable y aun ilegible, pero cuyo argumento esencial anticipa las obsesiones y el mecanismo de El castillo, de El proceso y de América: se trata de una infinita persecución, por un mar infinito.

He declarado las afinidades de Melville con otros escritores. No lo subordino a estos últimos; obro bajo una de las leyes de toda descripción o definición: referir lo desconocido a lo conocido. La grandeza de Melville es sustantiva, pero su gloria es nueva. Melville murió en 1891; a los veinte años de su muerte la undécima edición de la Encyclopaedia Britannica lo considera un mero cronista de la vida marítima; Lang y George Saintsbury, en 1912 y en 1914, plenamente lo ignoran en sus historias de la literatura inglesa. Después, lo vindicaron Lawrence de Arabia y D. H. Lawrence, Waldo Frank y Lewis Mumford. Raymond Weaver, en 1921, publicó la primera monografía americana: Herman Melville, Mariner and Mystic; John Freeman, en 1926, la biografía crítica Herman Melville.

La vasta población, las altas ciudades, la errónea y clamorosa publicidad, han conspirado para que el gran hombre secreto sea una de las tradiciones de América. Edgar Allan Poe fue uno de ellos; Melville, también.


Herman Melville: Bartleby. Traducción y prólogo de J.L.B. 
Buenos Aires, Emecé Editores, Cuadernos de la Quimera, 1944 

Posdata de 1971. Valéry-Larbaud ha contrastado la pobreza de la literatura hispanoamericana con la abundancia de la de los Estados Unidos. Es común atribuir esa disparidad a razones de orden territorial y demográfico. No debemos olvidar, sin embargo, que los grandes escritores americanos procedieron de un área limitada: New England. Eran virtualmente vecinos. Inventaron todo, incluso la primera revolución y el Far West.









Antologado en Prólogos, con un prólogo de prólogos (1975)
© 1995 María Kodama
© 2016 Buenos Aires, Penguin House Mondadori



Imagen arriba: 
Herman Melville. Reproduction of photograph, frontispiece to Journal Up the Straits. Ca. 1860 
Location: DS48.M5 (Rare Book and Special Collections Division). Reference copy in Biographical File
Reproduction Number: LC-USZ62-39759



Ver el otro Prólogo que Borges dedicó a Bartleby 

3/11/18

Jorge Luis Borges: La criolledad en Ipuche (1925)






  La órbita del arte gauchesco ha sido siempre ribereña del Plata y el río innominado es como un armonioso corazón en la interioridad de su cuerpo y sus estrofas clásicas, que nada saben del chañar y del mistol, son decidoras del ombú y la flechilla. Ya en el siglo pasado la pampa dijo su primitiva gesta pastoril en el poema de Ascasubi, su burlería conversada en el Fausto y la previsión de un morir en las andanzas del Martín Fierro. Hoy las cuchillas del Uruguay son canoras. En este lado la única poesía de cuya hondura surge toda la pampa igual que una marea, es la regida por Ricardo Güiraldes. En la otra banda están Silva Valdés y Pedro Leandro Ipuche.

  Los versos de Fernán Silva Valdés son posteriores en el tiempo a los compuestos por Ipuche y encarnan asimismo una etapa ulterior de la conciencia criolla. La criolledad en Silva Valdés está inmovilizada ya en símbolos y su lenguaje, demasiado consciente de su individuación, no sufre voces forasteras. En Ipuche el criollismo es una cosa viva que se entrevera con las otras. La palabra gauchesca en su dicción es una virtud más y los sujetos que maneja no son forzosamente patrios. Más aún: entre los motivos camperos suele conceder preeminencia a los que la leyenda no ha prestigiado. Su mayor decoro es el ritmo; su destreza en arrear fuertes rebaños de versos trashumantes, su inevitable rectitud de río bravo que fluye pecho adentro, enorgulleciéndonos. Las otras eficacias que hay en su dicción varonil —adjetivación pensativa, justedad trópica, gracia de narrador— pasan atropelladas y huidizas a flor de la preclara impetuosidad de su verbo. Esta omnipotencia del ritmo es índice veraz de la nervosa entraña popular de su canto. No de otra suerte la lírica andaluza, tan callada de imágenes, se ostenta generosa en configuraciones estróficas y ha pluralizado su voz en la soleá y en la soleariya y en la alegría y en la cuarteta y en la seguidilla gitana.

  Hay en Ipuche un sentido pánico de la selva. Tierra honda se intitula su mejor libro y el epíteto es decidor de un sentirse arraigado y amarrado a la tierra vivaz, de un echar dulces y anhelantes raíces en la tierra nativa. Yo adjetivé una vez honda ciudad, pensando en esas calles largas que rebasan el horizonte y por las cuales el suburbio va empobreciéndose y desgarrándose tarde afuera; pero la palabra en boca de Ipuche equivale a muy otra cosa, y habla de un sentimiento casi físico de la tierra que es grave bajo las errantes pisadas y en que está verbeneando un vivir atareado y primordial. Esa conciencia de entrevero gozoso afirma su más explícita realización en los Poemas de la luz negra y me recuerda siempre el verso de Lucrecio, donde la imagen de conjuntas ramadas esfuerza la otra imagen de los cuerpos que anudó la salacidad:

  Tune Venus in sylvis iungebat corpora amantum

  Ipuche no es un ateísta si bien en los Poemas de la luz negra ensancha la presencia operativa que, al decir de los teólogos, le conviene a Dios en el mundo, en presencia esencial y se avecina al panteísmo. Su figuración de Dios, como luz, está en los maniqueos que también disolvieron la divinidad en almáciga de almas y apodaban lúcidas naves a la luna y al sol.

  Ipuche es un notable gustador de la dialogación y señaladamente de la emulación amistosa y del compañerismo y del conjunto acuerdo en que se ayudan individualidades sueltas. Escasas son las composiciones suyas que mi corazón no ha sentido. Mi gratitud quiere hoy puntualizar la singular beneficencia que hube de las poesías El corderito serrano, Mi vejez, La clisis, El caballo, Correría de la bandera y Los carreros. Su verso es de total hombría, sabe de Dios y de los hombres y se ha mirado en los festivos rostros de la humana amistad y en la gran luna de la cavilación solitaria.

  Una confesión última. He declarado el don de júbilo con que algunas estrofas de Tierra honda endiosaron mi pecho. Quiero asimismo confesar un bochorno. Rezando sus palabras, me ha estremecido largamente la añoranza del campo donde la criolledad se refleja en cada yuyito y he padecido la vergüenza de mi borrosa urbanidad en que la fibrazón nativa es ¡apenas! una tristeza noble ante el reproche de las querenciosas guitarras o ante esa urgente y sutil flecha que nos destinan los zaguanes antiguos en cuya hondura es límpido el patio como una firme rosa.



En Inquisiciones (1925)



También en Obras Completas, I (1923-1949) [2ª ed.]
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2016

Imagen arriba: Borges por Hermenegildo Sábat 
Edición de Clarín del 22 de diciembre de 1983 
Gracias, MS y RRR


1/11/18

Jorge Luis Borges: Caña de ámbar (1923)







He aquí una flor
llamada caña de ámbar.
Es recuerdo querido de una tarde
en que me dio su boca una palabra
dichosa como un beso.

Esas líneas publican mi secreto
semejante al de todos.
¿A qué apilar altos alardes verbales,
decoro de sentencias y de imágenes,
para decirte lo que sabes?
También tú junto a la esperanza viviste
y hubo en ti dicha dolorosa, desolación de ausencia
    y gloria inconstante
y certidumbre venturosa entre dudas
y amartelada gustación de otra alma.
Quiero que ante esta flor y esa palabra
nos reconozcamos iguales
como ante una común música patria.



En Fervor de Buenos Aires, Buenos Aires, Imprenta Serrates, 1923

Luego en Textos recobrados 1919-1929 
© 1997 y 2007 María Kodama
Buenos Aires, Sudamericana, 2011
Referencia en nota [83] de antología mencionada:
[83] *Fervor de Buenos Aires. [Poemas] Buenos Aires, Imprenta Serantes, [jun] 1923. Edición del autor. 300 ejemplares. Hay edición facsimilar de Alberto Casares, Buenos Aires, 1993. Contenido: A quien leyere. [Prólogo] - *Las calles - *La Recoleta - *Calle desconocida - *E1 Jardín Botánico - Música patria - *La plaza San Martín - *E1 truco - *Final de año - Ciudad - Hallazgo - *Un patio - *Barrio reconquistado - *Vanilocuencia - Villa Urquiza - Sala vacía - Inscripción sepulcral (Dilató su valor allende los Andes...) - *Rosas - Arrabal -Remordimiento por cualquier defunción - Jardín - Inscripción en cualquier sepulcro - Dictamen - *La vuelta - *La guitarra - Resplandor - Amanecer -*E1 Sur - Carnicería - Alquimia - *Benarés - Alba desdibujada - Judería -Ausencia - Llaneza - Llamarada - Caminata - La noche de San Juan -Sábados - Cercanías - Caña de ámbar - Inscripción sepulcral (Las cariñosas lomas orientales...) - Trofeo - Forjadura - Atardeceres - Campos atardecidos - Despedida. [Publicamos en este libro los poemas que no llevan asterisco]Fervor de Buenos Aires. Buenos Aires, Emecé Editores, 4a reimpresión, 1996. (Contiene la última versión de los poemas revisados por el autor en 1977 y se completa con ocho poemas excluidos de las ediciones anteriores). 



























Imagen arriba: Borges en sus últimos años (s-d) en El mundo de Borges (cover al pie)
Buenos Aires, diario "Ambito Financiero" Fascículo 10


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