6/3/16

Jorge Luis Borges: La sepultura





Hacia 1957 reconocí con justificada melancolía que estaba quedándome ciego. La revelación fue piadosamente gradual. No hubo un instante inexorable en el tiempo, un eclipse brusco. Pude repetir y sentir de manera nueva las lacónicas palabras de Goethe sobre el atardecer de cada día: Alles nahe werde fern (Todo lo cercano se aleja). Sin prisa pero sin pausa —¡otra cita goetheana!— me abandonaban las formas y los colores del querido mundo visible. Perdí para siempre el negro y el rojo, que se convirtieron en pardo. Me vi en el centro, no de la oscuridad que ven los ciegos, como erróneamente escribe Shakespeare, sino de una desdibujada neblina, inciertamente luminosa que propendía al azul, al verde o al gris. Ya no había nadie en el espejo; mis amigos no tenían cara; en los libros que mis manos reconocían sólo había párrafos y vagos espacios en blanco pero no letras.
Entonces recordé cierta sentencia de Rudolf Steiner: “Si algo se acaba, debemos pensar que algo empieza”. El hermoso mundo del día y de la noche me había dejado; mi deber era poblar de algún modo ese gran vacío; recordé también la inscripción de la sortija de oro de María Estuardo: “En mi fin está mi principio”. El mayor pecado que un hombre puede cometer es tenerse lástima o permitir que otro le tenga lástima. ¿Qué hacer para salvarme de ese pecado? La cuestión era urgente.
Hacia 1917 yo me había enseñado el alemán sin otros instrumentos que el deleitable libro de los Cantares de Heine y un diccionario alemán-inglés del que no tardé en prescindir. ¿Por qué no acometer, cuarenta años después, una empresa análoga?
Siempre me habían atraído las letras de Inglaterra; resolví estudiar su raíz, el anglosajón, tan semejante a ese oro subterráneo que guarda la serpiente del mito. En uno de los anaqueles más altos de la biblioteca me aguardaban el Anglo-Saxon Reader, de Sweet, y un ejemplar de la Crónica anglosajona que yo había adquirido hace tiempo con la sospecha o convicción de no leerlos nunca. Su viejo lenguaje de hierro andaba por mi sangre; aprender sería recordar, según el dictamen socrático que ha rescatado (o inventado) Platón. Con la preciosa ayuda que algunos amigos me depararon, emprendí la larga aventura que no ha tocado aún a su fin y que nos llevó al estudio ulterior de la lengua madre del Norte, el islandés. En un idioma que ignoramos, cada palabra nueva se agranda como si la destacara una lupa y nos parece fea o hermosa. No olvidaré el asombro inicial del Lundenburh (Londresburgo) por Londres, de Romeburh (Romaburgo) por Roma, de Seaxland (Sajonia) por Inglaterra y de Waendelsae (Mar de los Vándalos) por el Mediterráneo. Ahora, en 1978, mi memoria está llena de aliterados versos anglosajones, que sonoramente acompañan mis soledades. Si de todos los poemas que cursamos tuviera que elegir uno —y nada nos obliga por cierto a una simplificación tan extravagante— vacilaría entre la famosa “Balada de Maldon” y una pequeña pieza casi secreta, “La sepultura”. La primera figura en casi todas las antologías del género; la segunda sólo en el libro Poetry and Prose of the Anglo-Saxons, Halle, 1960, del germanista alemán Martín Lehnert. Cabe conjeturar que ha sido omitida por lo tardío de su fecha —el único manuscrito data del siglo doce—, por lo impuro de su lenguaje, que ya deja traslucir el inglés y por ser del todo ajena a la tradición. Longfellow, que tradujo las Coplas de Manrique y la Comedia dantesca, la ha vertido literalmente al inglés, a veces palabra por palabra, lo cual es imposible en español. El escrúpulo de no repetir la versión clásica de Longfellow hace que la de G. K. Anderson (The Literature of the Anglo-Saxons, Princeton, 1949) sea notoriamente inferior. He aquí el texto, en prosa [¿? sic]:
LA SEPULTURA55
Para ti fue hecha la casa, antes que nacieras.
Para ti fue destinada la tierra antes que salieras de tu madre.
No la hicieron aún. Su hondura se ignora,
No se sabe aún qué largo tendrá.
Ahora te llevo a tu lugar.
Ahora te mido a ti primero y a la tierra después.
Tu casa no es muy alta. Es humilde y baja.
Cuando yazgas ahí, las vallas serán bajas, humildes las paredes.
La techumbre está cerca de tu pecho.
Habitarás entonces en el polvo y sentirás frío.
Toda tiniebla y toda sombra, se pudrirá la cueva.
Esa casa no tiene puerta y no hay luz adentro.
Ahí estás firmemente encarcelado y la muerte tiene la llave.
Aborrecible es esa casa de tierra y atroz morar en ella.
Ahí estarás y te partirán los gusanos.
Ahí estás acostado lejos de tus amigos.
Nadie irá a visitarte.
Nadie irá a preguntarte si esa casa te gusta.
Nadie abrirá la puerta.
Nadie bajará a ese lugar porque muy pronto serás aborrecible a los ojos.
Tu cabeza será despojada de su cabello y la hermosura de tu pelo se apagará.
Ahora te llevo a tu lugar.
Ahora te mido a ti primero y a la tierra después.
Hasta aquí el sombrío poema. Según los paleógrafos, los versos finales son de otra mano y corresponden a la escritura del siglo trece. Son una adición sentimental que desmerece del descarnado conjunto.
Un retórico diría que el poema no es otra cosa que una larga ecuación, cuyos dos términos son la sepultura y la casa. Esa metáfora ya está en el Eclesiastés (12,5) donde se lee que el hombre, al morir, va a su larga morada. Nuestra razón puede aprobar ese juicio, no nuestro sentimiento. Quien lee el atroz poema sabe que una voz directa le habla. No se trata de un hombre que se dirige a otros o a sí mismo; se trata del Destino, del Hado, cuyo rostro nunca hemos visto y cuya voz es nueva.
Nada sabemos del autor. Se conjetura que fue un monje benedictino, dado lo severo de la orden, pero el poema no es cristiano. En esta pieza medieval no se promete un cielo y no se amenaza con un infierno.
Diríase que la humanidad precisa este poema sepultado y tardíamente exhumado. En el siglo diecinueve dos famosos poetas, que no lo conocían, quisieron reescribirlo. Uno, Charles Baudelaire, nos ha dejado “La carroña”; otro, el suizo Gottfried Keller, las admirables estrofas de su “Enterrado vivo”, que Joyce ha traducido al inglés.


Notas

55. La primera traducción que Borges realizó de este poema se encuentra en J. L. Borges, M. E. Vázquez, Literaturas germánicas medievales, 1965; años después, Borges y María Kodama, al publicar Breve antología anglosajona, 1978, incluyeron una nueva traducción que coincide con el texto que publicamos aquí. (N. del E.)

56. En Clarín, Buenos Aires, 29 de junio de 1978, bajo el título “Potencias sin pensadores”, se transcriben dos comentarios de Borges: “Rousseau no me interesa demasiado. Yo diría que bien poco, o quizá nada. Nunca me apasionó. Hay escritores y filósofos que en una época me interesaron mucho y después dejaron de interesarme, como Dostoievski o Zola. Rousseau no me interesó vivamente nunca. / Voltaire. Ojalá fuésemos contemporáneos de Voltaire. Tengo un verdadero culto por Voltaire y también por Montaigne. Voltaire es algo más que él mismo. Es una cumbre del espíritu de Europa. Yo no podría describir sin torpeza a semejante pensador. Tengo un verdadero fervor por su modo de pensar. Interesan poco, en cambio, sus intentos de literato. Hoy no hay en el mundo un pensador de su dimensión. Y Europa está muy lejos de tener actualmente un pensador como Voltaire. Europa ha perdido su hegemonía mundial en el terreno de la cultura, y yo lo lamento. La hegemonía cultural la tienen ahora países de pensadores mediocres, potencias como EE.UU. o la URSS. Potencias sí, pero sin un Voltaire”. (N. del E.)


* En diario Clarín, Buenos Aires, 19 de octubre de 1978.56

Luego en Textos recobrados 1956-1986
Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi
© 2003 María Kodama
© Emecé editores
Buenos Aires 2003


Foto: Pedro Meyer [+] [+] fotografiando a Borges en 1983
por Rogelio Cuéllar [+]


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