6/12/15
Jorge Luis Borges: Un mañana
Loada sea la misericordia
de Quien, ya cumplidos mis setenta años
y sellados mis ojos,
me salva de la venerada vejez
y de las galerías de precisos espejos
de los días iguales
y de los protocolos, marcos y cátedras
y de la firma de incansables planillas
para los archivos del polvo
y de los libros, que son simulacros de la memoria,
y me prodiga el animoso destierro,
que es acaso la forma fundamental del destino argentino,
y el azar y la joven aventura
y la dignidad del peligro,
según dictaminó Samuel Johnson.
Yo, que padecí la vergüenza
de no haber sido aquel Francisco Borges que murió en 1874
o mi padre, que enseñó a sus discípulos
el amor de la psicología y no creyó en ella,
olvidaré las letras que me dieron alguna fama,
seré hombre de Austin, de Edimburgo, de España,
y buscaré la aurora en mi occidente.
En la ubicua memoria serás mía,
patria, no en la fracción de cada día.
En El oro de los tigres (1972)
Y en La rosa profunda (1975)
Foto: Retrato de Borges, CeDoc Diario Perfil
5/12/15
Jorge Luis Borges: Herman Melville
Siempre lo cercó el mar de sus mayores,
los sajones, que al mar dieron el nombre
Ruta de la ballena, en que se aúnan
las dos enormes cosas, la ballena
y los mares que largamente surca.
Siempre fue suyo el mar. Cuando sus ojos
vieron en alta mar las grandes aguas
ya lo había anhelado y poseído
en aquel otro mar, que es la Escritura,
o en el dintorno de los arquetipos.
Hombre, se dio a los mares del planeta
y a las agotadoras singladuras
y conoció el arpón enrojecido
por Leviathán y la rayada arena
y el olor de las noches y del alba
y el horizonte en que el azar acecha
y la felicidad de ser valiente
y el gusto, al fin, de divisar a Ítaca.
Debelador del mar, pisó la tierra
firme que es la raíz de las montañas
y en la que marca un vago derrotero,
quieta en el tiempo, una dormida brújula.
A la heredada sombra de los huertos,
Melville cruza las tardes de New England
pero lo habita el mar. Es el oprobio
del mutilado capitán del Pequod,
el mar indescifrable y las borrascas
y la abominación de la blancura.
Es el gran libro. Es el azul Proteo.*
* Es el azul Proteo. La hipálage es de Ovidio y la repite Ben Jonson.
En La moneda de hierro (1976)
Image: From a photo taken at the age of sixty-six by Rodkwood
Undated. Yale University Library
Collection Bettmann/Corbis
4/12/15
Noemí Ulla entrevista a Jorge Luis Borges
U. — Borges, ¿quiere que lea todas las preguntas?
B. — No, no. ¿Cuántas son?
U. — Son nueve.
B. — Está bien, es una cifra mágica.
U. — ¿Cómo comenzó a
escribir? ¿Cómo se publicó su primer libro?
B. — No recuerdo una época en que yo no leyera
o escribiera. Yo podría creer que son facultades innatas, pero después me han
dicho que no, que yo aprendí a leer, que aprendí a hablar, que aprendí a
escribir. Yo no guardo recuerdo de esta etapa... Quiere decir que eso debe
haber ocurrido antes de los cuatro años, ya que la memoria —dicen-- alcanza
hasta los cuatro años o hasta los cinco años de edad. Todo eso tiene que ser anterior,
no posterior a. Yo nací el 99, todo eso tiene que ser algo posterior a 1904,
1905. Puede ser, sí. Sigamos. ¿Cuál es la otra cosa?
U. — ¿Cómo se publicó
su primer libro?
B. — Sí. Mi padre me dijo que no me apresurara
a publicar, que solo escribiera cuando sintiera la necesidad de hacerlo y que
leyera mucho, pero solo lo que me gustaba. Entonces yo escribí y destruí varios
libros y luego, el año 1923, entregué el manuscrito de Fervor de Buenos Aires. Mi padre me dijo que él podría corregirlo,
sin duda mejorarlo fácilmente, pero que yo tenía que cometer "tú mismo tus
errores", me dijo en inglés. Lo que corrige otro ya no tiene ningún valor
para el autor. El me dio trescientos pesos. Con trescientos pesos se costeó en
1923 una edición de trescientos ejemplares en la imprenta de una calle del sur,
junto a la pileta Balcarce. Ese libro se imprimió en cinco días cuando nos
fuimos a Europa. Eso le costó a mi padre trescientos pesos. El libro no se puso
en venta, yo no lo mandé a los diarios ni a escritores, pero yo fui a la
revista Nosotros y Bianchi me dijo: "¿Pero qué voy a hacer yo con estos
libros ? ¿Venderlos ?". "No —le digo yo—, he recordado que la gente
que viene aquí es muy friolenta y Ud. puede aprovechar su distracción para
donar un libro a cada sobretodo que venga a la redacción". En la plaza
Libertad era. Entonces, efectivamente, no sé cuántos ejemplares le dejé. En
fin, algunos de los visitantes leyeron el libro y hasta escribieron sobre eso. Y
luego yo me quedé sin ejemplares a fuerza de repartirlos entre amigos, pero
encontramos un ejemplar que tenía escondido mi padre. El no me hizo ningún comentario,
de lo cual juzgo que su opinión no sería demasiado favorable. Pero ese ejemplar
de él, que estaba lleno de correcciones, tenía páginas enteras tachadas. Yo
aproveché casi todas esas correcciones y agregué otras para la reedición que
figura en mis Obras completas. Bueno, ésa es la segunda. Y la tercera ¿cuál es?
U. — ¿Cómo recuerda
Ud. hoy ese período?
B. — Como un período de mucha lectura. Creo que
este libro no sé si fue el cuarto o el quinto que yo escribí, porque yo he destruido
otros libros anteriores. Eran realmente muy malos. Había uno a favor de la
revolución rusa que tenía el título no demasiado bello de Ritmo rojos. Eran poemas ultraístas, muy débiles, con versos como
"La trinchera es en la estepa / un barco al abordaje con gallardete de hurras".
¿Qué vergüenza, no? Pero yo escribía así entonces. Después escribí otros peores
en español antiguo, pero ya eso es bastante débil. Estuvimos cambiando malos
versos con Bioy y no se sabe quién ganó, "el juego de gana-pierde",
porque todos tenemos un pasado realmente atroz. Y felizmente todo eso ha
quedado inédito. Me propusieron editar todo eso, pero yo no quise. ¿Para qué
reeditar esa vergüenza? Creo que la revolución rusa, entonces, no tenía nada
que ver con el zarismo de ahora. Era una revolución a favor de las fronteras,
del ideal de todos los hombres. Era distinto el sentido. Ahora no, ahora
significa el zarismo, el imperialismo, el dominio del ejército. ¿Cuál es la
segunda?, que también consta de tres partes, es tripartita y mejor es que nos
olvidemos de primera, segunda y tercera, ya que es una trampa de Ud., porque
parece que son cien. ¿Están grabando lo que yo digo?
U. — Sí, sí.
B.— Entonces está bien.
U. — ¿Cuál fue el
clima intelectual de su casa y su infancia?
B. — El ambiente de mi casa era literario. Yo
creo que mi verdadera educación fue la biblioteca de mi padre, en gran parte de
libros ingleses. Yo leí el Quijote en
castellano y las novelas de Eduardo Gutiérrez, Amalia de Mármol, donde se habla de uno de mis mayores, del general
Soler, por ejemplo, Lafinur, y luego, naturalmente, lo que se leía entonces.
Almafuerte, que me fue revelado por Evaristo Carriego, que era amigo personal
de Almafuerte y recitó El misionero
un domingo en casa. Y luego la biblioteca de mi padre. Yo recuerdo sobre todo
la Enciclopedia Británica, que sigo
releyendo y que no he agotado aún. Mi padre era profesor de Psicología en Lenguas
Vivas, él tenía que dar las lecciones en inglés —mi abuela era inglesa— y era
secretario en un Juzgado Civil de los Tribunales, pero él era además profesor
de Literatura Inglesa y el sueldo que ganaba yo lo recuerdo exactamente: era
cien pesos por mes, eran dos clases semanales, pero cien pesos de entonces
significaban algo. En cambio ahora es una moneda quimérica, ilusoria. Claro que
antes un bollo costaba un centavo y ahora ¿qué hace Ud. con un centavo?
U. — Nada.
B. — Nada, absolutamente. Quizás los
numismáticos pueden apreciar la moneda de entonces, quizá un centavo tenga el valor
de una libra esterlina ahora, porque son tan raros. Un cobre. El ambiente, sí, fue
excelente. Se entendió siempre, de un modo tácito —el mejor modo de entender
las cosas—, que yo sería un escritor. Porque mi padre... Mi padre ejecutó mucha
obra literaria, pero solo publicó una novela en Mallorca —él sabía que no sería
leída por nadie—, una novela histórica entrerriana, y él me encargó reescribir
según ciertas modificaciones, pero mi padre murió en el 38 y yo no he emprendido
aún esa labor. Quizás no la emprenda nunca y yo debería hacerlo. Mi padre
publicó algunos sonetos bastante lindos en la revista Nosotros. [Fue
felicitado por dad, fue sueño?"]*
(Borges dice) "La noche azul, aquel jardín
callado, / los jazmines más blancos que la luna, / dime, ¿no vierten claridad
alguna, /son de horas muertas que no tienen dueño? / ¿Dime, te quise, fue verdad,
fue sueño?" Y luego están dirigidos esos poemas a una mujer que rozó su
amor y dice: "Y por el beso que no halló tus labios / y por la noche que
no tuvo azahares. / He aquí mi mano, ¿ves? Yo te la tiendo". Yo creo que
es un verso lindo ¿no?
U. — Sí, es muy lindo.
B. — Lindos versos románticos (vuelve a decir los últimos).
U. — ¿Fue una verdad,
fue un sueño?
B. — Eso es muy lindo. Lindo soneto, sí. El
dejó muchos otros, también tradujo las Rubayat
de Fitzgerald al castellano, pero eso no se publicó nunca, y una novela
también, No, un drama, Hacia la nada,
y un libro de ensayos, Mirando la vida,
y él destruyó todo eso. Él encargó a sus amigos que lo destruyeran. Como
Virgilio. Había un excelente ambiente en casa, un ambiente literario. Mi abuela
era muy lectora, mi abuela inglesa sabía de memoria la Biblia. Ellos habían
sido predicadores metodistas, gente de clase media en Inglaterra, de modo que
Ud. citaba un versículo bíblico y ella decía: Libro de los Reyes, capítulo tal, versículo tal. O Libro de Job, capítulo tal, versículo
tal, o El evangelio según Marcos,
capítulo tal, versículo tal, y seguía adelante. En alemán se dice Bibelfest, es una persona que está firme
en la Biblia. Creo que Hafiz sabía de memoria el Corán, que Hafiz quiere decir
"el recordador". Hay mucha gente que sabe de memoria el Corán y sé
que muchos protestantes, como mi abuela, saben de memoria la Biblia. Se sigue
la única lectura, puede ser aprendida.
U. — Ud. heredó esa
memoria prodigiosa.
B.— No, mi memoria se refiere a lo que yo he
leído, pero no a mi propia vida, menos a fechas.
U. — ¿Escuela, educación
formal e informal en la adolescencia, los grupos y las amistades literarias;
autores decisivos en su formación literaria?
B. — No, muy poca. Yo estudié hasta sexto grado
y luego hice mi bachillerato en Ginebra, pero yo me di cuenta de que podía
descuidar enteramente todas las materias si atendía a dos. De modo que yo no sé
nada de mineralogía, de botánica, de zoología, de música, de gimnasia, de
física, de química, porque me especialicé en dos materias, que fueron: el
francés, que aprendí en Ginebra —tenía quince años—, y el latín. Las otras materias
podían descuidarse, no importaban. Pero desgraciadamente francés es falible y
mi latín...
U. — Un método
bastante respetuoso del gusto de los alumnos.
B. — Sí, desde luego. Pero se insistía tanto en
las Humanidades... Yo hubiera podido estudiar griego, pero no, el latín me
gustaba mucho. Todos sentimos la nostalgia del latín. Todas las poesías del
mundo, en Milton, hay muchos ablativos absolutos. Por ejemplo: Light the night: la luz negada. En
inglés las palabras son sajonas, pero es un ablativo absoluto latino. En
castellano también Quevedo y Góngora tenían la nostalgia del latín. Y Dante, desde
luego, ya que está continuamente traduciendo y a veces mejorando a Virgilio.
U. — ¿Los grupos, las
amistades literarias, autores decisivos en su formación literaria?
B. — Yo quiero pensar en dos maestros orales
que fueron Rafael Cansinos Assens y Macedonio Fernández. Pero luego quizás
ejercieron más influencia los libros. Digamos Conrad, Chesterton, Quevedo,
Séneca también, porque yo llegué a leer a Séneca en latín y sé muchas
sentencias de Séneca de memoria que me han quedado de entonces, ya que es un
latín lapidario, como grabado. Eso que dice Browning: "El latín, el idioma
del mármol". ¿Qué lindo, no?
U. — ¿Cómo lo dice?
B. — In
Latin, marble's language. Qué bien está, ¿no?
U. — Muy preciso.
B. — Parece grabado en mármol también.
U. — Son dos mármoles
en uno.
B. — Cierto, sí.
U. — ¿Recuerda algo
que pudiera denominarse episodio de iniciación literaria?
B. — Cuando yo fui a Madrid asistí a la
tertulia de Cansinos Assens, pero antes de eso yo recuerdo largos diálogos con
mis dos amigos ginebrinos, Simón Jichlinski y Maurice Abramowicz, judíos, pero
buenos ciudadanos helvéticos. Discutíamos con ellos Verlaine, Hugo, Rimbaud,
los poetas simbolistas. Y luego yo me enseñé el alemán para leer a Schopenhauer
en el original. Yo lo había leído en inglés. Luego yo comprendí que era mejor
no empezar por Schopenhauer, de modo que yo elegí ese método que Ud. conoce y
que le recomiendo a todos: adquirir un ejemplar del Buch der Lieder, el Libro de
los Cantares de Heine, que es uno de sus primeros libros más sencillos
quizá y luego un diccionario —en mi caso yo conseguí un diccionario
alemán-inglés—. Alemán-castellano sería lo mismo, y al cabo de unos meses, que
no fueron muchos, yo leía una poesía; me puse a llorar, no sólo por la belleza
del idioma —yo tendría 16 años— sino por el hecho de que yo me había enseñado
ese idioma, sin gramática, sin profesoras. Yo leía aquellos versos que ahora
recuerdo.
Das Kusstë Mich auf deutsch und
sprach auf deutsch
—Man geaubt es kaum,
Wie gut es klang —das Wort:
"Ich liebe dich!"
Es War ein Traum.
Yo pensé: estoy leyendo estos versos por el
prestigio de la letra gótica, en un idioma que yo ignoraba hace tres o cuatro
meses, estoy leyéndolos y sintiéndolos —cosa más importante, no sólo
entendiéndolos—, y yo lloré. Luego me interesó mucho el expresionismo alemán,
que dio grandes poetas al mundo, espléndidos poetas, que eran pacifistas
durante la primera guerra mundial. Muchos judíos-alemanes, entre ellos, y
austríacos también. Y leí también a Hölderlin y a Hoffmannsthal, a Novalis y a
Goethe también. Recuerdo algunos versos de entonces. Hay uno muy lindo, que él
tiene que definir la luz de la luna: Füllest
wieder Busch und Thal Still mit Nebelgianz. "Vuelves a llenar el
boscaje y el valle / silenciosamente / con el resplandor de neblina" o
nebuloso resplandor. Compuesta, claro. Creo que es Nebelglanz; glan: brillo,
creo que tiene que ver con glanz,
mirada en inglés, una mirada brilla, y Nebel,
la misma palabra que nebula, que nube,
pero es neblina. De modo que Nebelglanz
viene a ser algo así como: brillo, nebulosa; el mundo que me rodea ahora. Una
especie de neblina luminosa. Esa palabra profética que se considera actual, que
la acuñó Goethe y la usó una sola vez, no volvió a usarla nunca más. A Goethe
le gustaba acuñar palabras y luego olvidarlas para siempre. Sigamos.
U. — ¿Cómo trabaja,
hace planes, esquemas?
B. — Sí, pero mis borradores son mentales, ya
que estoy ciego y que no aprendí la escritura Braille, de modo que yo hago
borradores mentales y cuando viene alguien aquí y se expone a que yo le dicte
algo, sigo escribiendo, pero un poco al azar de las personas que vienen a
verme, ya que no tengo secretario, yo no puedo costearme un secretario.
U. — ¿Lee a otros
autores en los períodos en que está trabajando en una obra propia?
B. — Cuando viene gente aquí les pido que me
relean algo, generalmente Conrad, Kipling, la Historia de la declinación y caída del Imperio Romano de Gibbon, o
libros de Filosofía, Bradley, Berkeley, Shopenhauer. La señora von der Lippen
me leía a Shopenhauer en alemán, a Novalis en alemán también.
U. — ¿Cuándo y cómo
corrige? ¿Lee alguien sus textos?
B. — Sí, qué otra cosa puedo hacer si soy
ciego. Ya sé que es un modo incómodo e imperfecto, pero no me queda otro; tengo
que aceptar eso.
U. — ¿Lee alguien sus
textos antes de que ingresen en el proceso de publicación? Bueno, esto no va
para Borges. ¿Escribe de alguna manera regular o por épocas?
B. — No, no, depende. Yo estoy continuamente
premeditando textos y versificando mucho, porque un soneto, digamos, es
portátil. En cambio, la prosa es más difícil, uno no puede recordar un largo
párrafo en prosa. Los versos sí, por una aptitud mnemónica de la rima. De modo
que yo ahora he vuelto al verso regular por eso, porque puedo recordarlo. Pero
también puedo recordar estrofas en verso libre, sobre todo si las repito muchas
veces, si me apresuro a dictarlas a alguien, pero sin duda mucho se pierde, lo
cual puede ser una ventaja, ¿no? Pero no soy un escritor metódico porque no puedo
serlo.
U. — ¿Y antes, Borges,
cuando veía?
B. — No, antes yo escribía todos los días. Yo
descolgaba el teléfono y escribía desde las dos de la tarde hasta las seis,
digamos, y por la mañana también, cuando podía.
U. — ¿Todas esas horas? ¿Escribía o leía?
B. — Ambas cosas, pero de noche me gustaba leer
o salir a caminar solo, también. Yo he recorrido con Bernárdez, por ejemplo,
casi todo Buenos Aires. Salíamos del centro y veíamos amanecer en el Puente Alsina,
por el barrio del cementerio del oeste, por la Chacarita, por el Bajo de
Saavedra. Siempre barrios así, lejanos. Salíamos del centro y caminábamos.
U. — ¿Con Bioy no
caminaban?
B. — Que yo recuerde no. Recuerdo varias
caminatas con dos poetas muertos: Carlos Mastronardi y Francisco Luis Bernárdez,
y quizás con otros amigos.
U. — ¿Con Petit de
Murat?
B. — No, Petit vino después, y no fue un amigo
íntimo como Mastronardi o Bernárdez. Era mucho
más joven. Con Adolfito no
recuerdo caminatas, pero posiblemente ocurrieron.
U. — Hay amistades de
caminatas y amistades sedentes...
B. — Sí, cierto. Sedentes, sí.
U. — Borges, se dice
que todo escritor tiene sus temas, constantes que definen su obra. ¿Cómo definiría
Ud. los suyos?
B. — Bueno, Ud. los conoce ya. El tiempo, los
laberintos, la muerte violenta, las armas blancas. El tema del tiempo, sobre
todo el hecho de que algo perdure y de que mucho cambie y sin embargo haya un
yo central, una especie de carozo secreto en cada uno de nosotros. Creo que es
un tema constante en lo que yo escribo, el tema de la memoria, del olvido, los
espejos también. Me dicen que he abusado de ellos. He abusado de los tigres.
Pobres tigres, ¿qué van a hacer para defenderse?
U. — ¿Cuál sería, a su
juicio, el lector ideal de su obra?
B. — Yo no sé si mi obra merece ser leída. Yo
aconsejaría más bien a otros autores, a otros lectores o a mis lectores sobre
todo, o a una persona que perdonara muchos errores verbales, que me leyera no sé
si a través —a pesar del texto—.
U. — Bueno, lo dejamos
así. ¿Con qué interés lee lo que la crítica dice sobre sus obras?
B. — Yo no he leído nada de lo que se ha
escrito sobre mí, salvo un libro titulado Borges,
enigma y clave, publicado por Ruiz Díaz, un escritor mendocino, y Marcial
Tamayo, un escritor boliviano, el primer libro que se escribió sobre excelentes
escritos sobre mí, por mí, que data, curiosamente, de 1952. Después no he leído
nada, porque sé que hay libros sin duda, por ejemplo Emir Rodríguez Monegal.
Hay un escrito... un mamotreto, Cahiers
de L'Herne, un estudio sobre mí. Yo no leo nada de lo escrito sobre mí. Ud.
buscaría en vano algún libro mío en esta casa, salvo en alguna parte hay un
libro mío, una serie de cuentos vertidos al japonés, pero eso lo tengo como una
curiosidad, ya que es inaccesible para mí. Yo he aprendido algunas palabras,
nombres de calles...
U. — ¿Cuáles son las
modalidades críticas a las que Ud. escucha con mayor interés?
B. — Me gusta mucho hablar de literatura, Ud.
ya sabe esto, he conversado mucho con Ud. Pera yo no profeso ninguna estética.
Creo que cada tema dicta su estética. Cada tema exige ser escrito en verso, en
prosa, exige ser situado en tal época, en tal país. Creo que la estética
depende de cada tema. Si uno quiere imponerla es un error. Yo trato de inmiscuirme
lo menos posible en lo que escribo. Dejo que las cosas se escriban a través de
mí o a pesar de mí, como ya dije. Yo trato de ser un amanuense.
U. — "Deja que
fluya clamorosa la noche".
B. — Está bien. ¿Qué es eso?
U. — Suyo...
B. — Bueno, no sabía...
U. — ¿Qué relación se
establece entre consagración crítica, éxito de público y calidad literaria?
B. — Es tan abstracta esa pregunta... Yo no sé
si mi obra tiene calidad literaria, pero éxito de público sí. En cuanto a la
crítica, ha sido muy indulgente conmigo, muy generosa, quizás muy equivocada
también. Yo no creo merecer mayor aprecio, pero trato de escribir con
sinceridad, trato de renunciar a ciertas vanidades verbales harto comunes,
vocabulario regional o arcaico. Trato de escribir un castellano que no se note
demasiado, pero desde luego sé que al escribir escribo como argentino y no como
español, no como colombiano o peruano. Creo que es así. Pero yo tampoco trato
de ser argentino puesto que ya lo soy. No puedo hacer ningún esfuerzo, si usara
el color local sería hacerme... Por eso últimamente he evitado palabras de las
cuales he abusado. Creo que ya no usaré nunca la palabra gaucho, la palabra pampa,
la palabra compadrito. Me parece que
ya hemos abusado de ellas, ya resulta ficticio, ya resulta artificial. Además,
yo le hice notar a Güiraldes… Le pregunté por qué usa tantas veces él en su
libro la palabra gaucho y pampa, palabras desconocidas, ya que en
el campo dicen un paisano o el campo, y me dijo: "Bueno, yo
escribo para porteños".
U. — Sabía lo del color
local muy conscientemente.
B. — Pero claro que sí, desde luego que sí.
U. — ¿En relación con
qué autores argentinos o extranjeros piensa Ud. su obra propia?
B. — Cuando yo empecé a escribir... No, digamos
en mi tiempo, todos sentíamos la gravitación de Lugones, queríamos: o ser
Lugones enfáticamente o enfáticamente no ser Lugones. Lo cual da lo mismo. Pero
todos sentíamos esa influencia. Nos parecía que escribir bien era escribir como
Lugones, aunque lo negáramos públicamente. Todos sentíamos eso. Una página bien
escrita es una página que Lugones podría firmar. Ahora creo que yo puedo escribir
de muchos modos que no son necesariamente idénticos al estilo de Lugones. No
digo esto contra el estilo de Lugones. Lugones es una de las posibilidades, una
espléndida posibilidad del castellano, pero no la única ciertamente, ya que la
literatura castellana no empieza con él.
U. — ¿Y de los
extranjeros, Borges?
E. — Yo creo que he imitado deliberadamente a
Chesterton, pero, sin embargo, es raro esto: que uno puede imitar a escritores
a quienes no admira mucho. Por ejemplo: yo creo que Kipling es muy superior a
Chesterton, pero sin embargo yo no he tratado de imitar a Kipling y sí a
Chesterton. O yo creo, por ejemplo, que no hay ninguna duda de que Fray Luis de
León o San Juan de la Cruz son superiores a Quevedo y a Góngora. Yo he tratado
de imitar a Quevedo y a Góngora y no a esos otros; quizá me parecían inaccesibles.
O demasiado secretos o de procedimientos —digamos así— lo contrario de evidentes.
En cambio, en Quevedo, en Góngora, en Lugones, los procedimientos son más o
menos obvios. La metáfora, la rima, es bastante evidente. En cambio, qué podemos
hacer con: "Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / Y sigue
la escondida senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han
sido". No, eso no puede imitarse, me parece. Y es una eficacia, secreta,
el modo de su eficacia es secreto. La eficacia no lo es, es evidente. Sigamos.
U. — ¿Cuáles son las
cualidades más importantes en un escritor?
B. — Yo creo que la sinceridad, el sentido de
que no importa que creamos lo que él dice, pero es importante creer que él ha
creído. Es decir, uno sabe que Las mil y
una noches son fábulas, pero creo que son fábulas sinceras. Es decir, quien
contó por primera vez Las mil y una
noches creía en ese cuento, como se cree en un sueño, no una realidad. Creo
que hay obras puramente verbales. Por ejemplo, estuvimos hablando esta mañana
de Marino. La obra de él me parece puramente verbal. La obra de Lugones es en
buena parte verbal y la obra de Joyce es en buena parte verbal, me parece. Y la
de Góngora. Creo que son escritores verbales. De modo que todo escritor es
verbal en el sentido de que debe usar la palabra, pero más bien uno debe
resignarse a la palabra y no venerarla, que sería una idea barroca o gongorina.
U. — Y en su opinión,
¿cuáles son los escritores argentinos o extranjeros —Ud. ya ha dicho
algunos—
que responden a ese modelo de sinceridad?
B. — Yo diría en primer término Conrad y
después... ¿quién se me ocurre inmediatamente? Las novelas de Tolstoi dejan esa
impresión; la segunda parte del Quijote,
no la primera, que es una serie de percances, nada más. La segunda sí, pero
para qué abundar en nombres, ya que lo que se nota siempre en las listas son
las omisiones. Lo que se omite parece terrible. Yo creo que actualmente el
primer poeta de lengua castellana sería Jorge Guillén, me parece indudable eso,
de éste o del otro lado del Atlántico. Pero yo no soñaría jamás en imitarlo; sería
una ambición excesiva de mi parte.
U. — Borges, ¿vive Ud.
de la literatura?
B. — Yo creo que vivo de la Caja de
Jubilaciones. Yo tengo dos jubilaciones, una de director de la Biblioteca
Nacional, a la que renuncié cuando volvió Perón, y la otra jubilación de
profesor de Literatura Inglesa, pero yo dejé atrás el límite de edad y me aconsejaron
que me fuera, quizá con toda razón. Me dicen ahora que yo he sido un mal
profesor; yo creía que había sido un buen profesor. Me dijeron que no, que los
alumnos me llamaban unicornio por lo raro, porque todos pasaban. Es verdad, en
diez años he aplazado a tres estudiantes. Yo enseñé en la calle Viamonte y en
la calle Independencia, después. Había un patio pompeyano. Yo volví hace poco y
lloré. Yo viví en ese barrio, en Santiago del Estero y Belgrano. Un ordenanza y
yo renunciamos cuando volvió Perón. Los demás se quedaron. Todos se resignaron.
Creo que Clemente se ha jubilado también. Hace tiempo que no lo veo.
U. — Entonces, ¿la
otra jubilación era la de la Facultad?
B. — Y lo que dan los libros, que es poco o
nada. Se rinden cuentas teóricamente cada seis meses, del 10% que le toca a un
autor, pero de hecho eso no es nada. Sin embargo, hay libros como las Obras completas (se refiere a las suyas) que han llegado a 11 ó 12 ediciones, pero
todo eso beneficia a los libreros, a ellos les toca el 30%, claro que tienen
que dar el 10% al estado, de manera que es el 20% lo que ganan.
U. — La jubilación se
la dan los otros países, que le permiten dar conferencias, que lo invitan...
B. - Ud. ve que yo vivo modestamente. Yo no
preciso más, desde luego. Yo no he sido nunca un hombre rico. Tengo esas dos
jubilaciones, mis libros me dan algo, mis artículos también algo, pero no
mucho. Pero sobre todo viajes me dan la ocasión de conocer países. Es un
generosísimo don.
U. - Borges, lo
dejamos.
B. ¿Pero, por qué? No eran diez preguntas, eran
cuatro o cinco no más...
* Así en el original.
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982
Foto cabecera: Borges y Noemí Ulla (s.d.) Via
Al pie: Tapa de Encuesta a la literatura argentina contemporánea
y primera página de la entrevista de Noemí Ulla
y primera página de la entrevista de Noemí Ulla
3/12/15
Jorge Luis Borges: Talismanes
Un ejemplar de la primera edición de la Edda Islandorum de Snorri, impresa en Dinamarca.
Los cinco tomos de la obra de Schopenhauer.
Los dos tomos de las Odiseas de Chapman.
Una espada que guerreó en el desierto.
Un mate con un pie de serpientes que mi bisabuelo trajo de Lima.
Un prisma de cristal.
Unos daguerrotipos borrosos.
Un globo terráqueo de madera que me dio Cecilia Ingenieros y que fue de su padre.
Un bastón de puño encorvado que anduvo por las llanuras de América, por Colombia y por Texas.
Varios cilindros de metal con diplomas.
La toga y el birrete de un doctorado.
Las Empresas de Saavedra Fajardo, en olorosa pasta española.
La memoria de una mañana.
Líneas de Virgilio y de Frost.
La voz de Macedonio Fernández.
El amor o el diálogo de unos pocos.
Ciertamente son talismanes, pero de nada sirven contra la sombra que no puedo nombrar, contra la sombra que no debo nombrar.
Foto: En Palermo (Sicilia), 1984, por Ferdinando Scianna/Magnum Photos
2/12/15
Jorge Luis Borges: Cronos o Hércules
El tratado Dudas y Soluciones sobre los Primeros Principios del neoplatónico Damascio registra una curiosa versión de la teogonía y cosmogonía de Orfeo, en la que Cronos -o Hércules- es un monstruo:
"Según Jerónimo y Helánico (si los dos no son uno solo), la doctrina órfica enseña que en el principio hubo agua y lodo, con los que se amasó la tierra. Estos dos principios puso como primeros: agua y tierra. De ellos salió el tercero, un dragón alado, que por delante mostraba la cabeza de un toro, por detrás la de un león y por el medio el rostro de un dios; lo llamaron "Cronos que no envejece" y también "Heracles". Con él nació la Necesidad, que también se llama la Inevitable, y que se dilató sobre el Universo y tocó sus confines... Cronos, el dragón, sacó de sí una triple simiente: el húmedo Éter, el ilimitado Caos y el nebuloso Erebo. Debajo de ellos puso un huevo, del que saldría el mundo. El último principio fue un dios que era hombre y mujer, con alas de oro en las espaldas y cabezas de toro en los flancos, y sobre la cabeza un desmesurado dragón, igual a toda suerte de fieras".
Tal vez porque lo desaforado y monstruoso parece menos propio de Grecia que del Oriente, Walter Kranz atribuye a estas invenciones una procedencia oriental.
En El Libro de los Seres Imaginarios (1967)
Con la colaboración de Margarita Guerrero
Con la colaboración de Margarita Guerrero
1/12/15
Jorge Luis Borges: La promisión en alta mar
No he recobrado tu cercanía, mi patria, pero ya tengo tus estrellas.
Lo más lejano del firmamento las dijo y ahora se pierden en su gracia los mástiles.
Se han desprendido de las altas cornisas como un asombro de palomas.
Vienen del patio donde el aljibe es una torre inversa entre dos cielos.
Vienen del creciente jardín cuya inquietud arriba al pie del muro como un agua sombría.
Vienen de un atardecer de provincia, lacio como un yuyal.*
Son inmortales y vehementes; no ha de medir su eternidad ningún pueblo.
Ante su firmeza de luz todas las noches de los hombres se curvarán como hojas secas.
Son un claro país y de algún modo está mi tierra en su ámbito.
* En la edición de 1925:
"Vienen de un lacio atardecer de provincia, manso como un yuyal."
En Luna de enfrente (1925)
Tomado de la edición corregida de 1969
en Obra poética 1923-1985
© María Kodama & Emecé (Buenos Aires, 1989)
Foto: Borges en 1970 (Gentileza de M. E. de Miguel)
incluida en Encuesta a la literatura argentina contemporánea
Buenos Aires, CEAL, 1982
30/11/15
Jorge Luis Borges: All our yesterdays [soneto inédito]
Me pesan los ejércitos de Atila,
las lanzas del desierto y sus batallas
de Nínive, ahora polvo, las murallas
y la gota del tiempo que vacila
y cae en la clepsidra silenciosa
y el árbol secular en que clavada
fue por Odín la hoja de la espada
y cada primavera y cada rosa
de Nishapur. Me abruman las auroras
que fueron y que son y los ponientes,
Tiresias y el amor de las serpientes
y las noches, los días y las horas.
Sobre la sombra que yo soy gravita
la carga del pasado. Es infinita.
Imagen y texto en Borges: Cien Años
Publicado por Roberto Alifano
Ed. Especial PROA
Tercera Época, Número 42
Buenos Aires, 1999
29/11/15
Jorge Luis Borges: El advenimiento de Buenos Aires
Me he referido ya a las dificultades que ofrece una definición de Buenos Aires; buena prueba de ello es la perplejidad que sentimos cuando llega un hombre de otro país y queremos mostrarle nuestra ciudad. ¿Qué ocurre entonces, qué nos ocurre a todos entonces? Inevitablemente, instintivamente, le mostramos lugares inexpresivos o lugares que son típicos en sí mismos, pero no del alma general de Buenos Aires. De todos los paseos y plazas le mostramos el menos íntimo: el parque de Palermo; también le mostramos el centro, que es una suerte de tierra de nadie donde se congrega la gente de todos los barrios. Finalmente, ya que por obra del tango el suburbio de Buenos Aires ha logrado cierta nombradía en el mundo, le mostramos la Boca del Riachuelo, es decir un barrio sui generis, que también para nosotros es forastero. Los otros arrabales de Buenos Aires son casi iguales y poco importa su delimitación topográfica; están hechos de tierra, de llanura, de mucho cielo y ante todo de soledad. Nada de eso mostramos al amigo que visita nuestra república; lo llevamos a un suburbio muy populoso, a un suburbio movido, en el que hay algo que no encontramos en ningún otro: delicados y melancólicos tintes de crepúsculo y de agua. ¿Por qué obramos así? Yo entiendo que lo hacemos porque nos consta que Buenos Aires es incomunicable. Inútil sería mostrar el parque Lezama o tal o cual árbol memorable que hay en la Recoleta o los casi infinitos barrios modestos que integran la ciudad.
En ociosas y largas caminatas del crepúsculo y de la noche, he andado por todos los barrios de Buenos Aires; sospecho que cada uno es una especie de tácito convenio o de conspiración amistosa y está vedado a quienes no pertenecen a él. Cabe, sin embargo, afirmar la realidad de una división que ha entrado en el habla: la que separa el Norte y el Sur. Las dos corresponden a una nostalgia: el Norte es nuestra nostalgia de Europa, el Sur nuestra nostalgia del pasado. La primera de esas nostalgias es del espacio; Europa estará lejos, pero lo que ahora está lejos puede algún día estar muy cerca. La lejanía es una forma de lo alcanzable. La segunda de esas nostalgias es más patética, porque no es del espacio sino del tiempo, y del irrevocable tiempo que fue. Por eso, cuando extraño a Palermo, al borroso y ya mítico Palermo de la memoria, al Palermo de Evaristo Carriego y del caudillo Nicolás Paredes y de Muraña el guapo, no lo busco en las calles que se perdían hacia el Maldonado y hacia el poniente sino en el Sur. Sé que en el Sur un almacén que alumbra una esquina, un rostro aindiado y resentido o, alguna vez, una valerosa y trabajosa música de milonga me traerán lo que hace tantos años sentí en Palermo o lo que sueño haber sentido.
¿Cómo definir el Sur? La fácil tentación es definirlo por casas viejas, por arcos de zaguanes, por la puerta cancel detrás de la cual se adivinan patios o un patio, pero estas cosas también están desparramadas en el Norte y en el Oeste. Sin embargo, podemos llamarlas Sur, porque el Sur es menos una categoría geográfica que sentimental, menos una categoría de los mapas que de nuestra emoción. Buenos Aires cambia y se contradice incansablemente: las imágenes que creemos actuales pueden muy bien ya ser pretéritas. Hacia el ocaso yo imagino en una llanura menesterosa un arroyo de agua sangrienta, un arroyo aún más pobre que el Maldonado, que ahora también es un recuerdo; a esa increíble cosa le decían el Arroyo de la Sangre y salía detrás de los Mataderos. En el agua chapaleaban chicos descalzos y a los lados estaba la llanura, con ranchos y con huesos. El sol poniente enrojecía el arroyo rojo; todo esto yo lo he visto una tarde y seguiré viéndolo, pero el tiempo y la ciudad ya lo habrán borrado. En el Adonis de Marino leemos de un caballero que va a la Luna y descubre en una caverna de ese planeta (en el siglo XVII la Luna era todavía un planeta) a Saturno, que al principio es el anciano ritual de la mitología, con la guadaña y el reloj de arena. Luego el viajero ve que el rostro del dios cambia incesantemente, como las llamas. Lo mismo nos ocurre con Buenos Aires. Buenos Aires es lo que ha sido, lo que ahora es y lo que mañana será; quizá nada sabemos de ese mañana, que se desdoblará en muchos otros, pero todos estamos trabajando para su advenimiento.
* En diario Crítica, Suplemento Literario Letras Hispano-Americanas, a cargo de Héctor A. Murena, Buenos Aires, Año XLIV, Nº 15.121, 30 de noviembre de 1956
Luego, en Textos recobrados 1956-1986 (1999)
Foto: Borges y Nino Ramella en Mar del Plata (s-d)
28/11/15
Jorge Luis Borges: Cristo
Mi abuela decía —quizá gracias a sus comentarios empecé a interesarme en estos temas— que Cristo, si de veras cargaba con los pecados de todos los humanos, debe haber sido horrible, casi monstruoso. Y tal vez tenía razón. ¿Cómo un Dios que se hace hombre, que está a favor de los pobres de espíritu, de los humildes, de los desheredados de la tierra, va a autoconcebirse como un ser bello? Sería un acto injusto de Dios. Sería un acto racista de parte de Dios, imposible. Por eso, Cristo debe haber sido francamente feo y todas esas pinturas que nos lo muestran hermoso son pura tontería. Siempre he tenido una admiración muy especial por Cristo. Creo que es un pilar de la historia del mundo y que lo seguirá siendo, quizás inclusive más en el futuro.
Sin embargo, siento que hay algo que le sobra a Cristo. O que le falta, y que no lo hace todo lo
simpático que fuera de desear. Por ejemplo, a mí me parece que Sócrates es más simpático. Y Buda
también. En Cristo hay algo como de político que no acaba de convencer. Inclusive, por momentos me
parece hasta demagógico. Por ejemplo, aquello de que los últimos serán los primeros. ¿Por qué? Es
injusta esa aseveración. ¿Por qué? No lo entiendo. Y menos entiendo esa idea miserable de que los
ricos no entrarán al Reino de los Cielos porque aquí, en la Tierra, ya recibieron su recompensa. Si el
Reino de los Cielos es eterno, ¿cómo puede comparársele a unos cuantos años de supuesta felicidad
aquí en la Tierra? Lo eterno no tiene derecho a competir con lo temporal. Es injusto lo de la
condenación eterna. Yo no puedo creer en dolores que se prolonguen más allá de nuestra estancia en
la Tierra, que ya es de por sí bastante doloroso. Pero no hablemos más de esto, por favor, alguien
podría ofenderse. Los católicos son muy susceptibles.
Solares, 1976
En Borges A/Z
A. Fernández Ferrer y J. L. Borges, 1988
Primera publicación en el libro «Todo Borges y...»
A. Fernández Ferrer y J. L. Borges, 1988
Primera publicación en el libro «Todo Borges y...»
Entrevista con Ignacio Solares realizada en 1976
Edición especial de revista Gente, 27 de enero de 1977
Retrato de Jorge Luis Borges por Jorge Sclar
Portada del libro Borges A/Z
Col. La Biblioteca de Babel
Portada del libro Borges A/Z
Col. La Biblioteca de Babel
27/11/15
Jorge Luis Borges: Sobre Oscar Wilde
Mencionar el nombre de Wilde es mencionar a un dandy que fuera también un poeta, es evocar la imagen de un caballero dedicado al pobre propósito de asombrar con corbatas y metáforas. También es evocar la noción del arte como un juego selecto o secreto -a la manera del tapiz de Hugh Vereker y del tapiz de Stefan George- y del poeta como un laborioso monstrorum artifex (Plinio, XXVIII, 2). Es evocar el fatigado crepúsculo del siglo XIX y esa opresiva pompa de invernadero o de baile de máscaras. Ninguna de estas evocaciones es falsa, pero todas corresponden, lo afirmo, a verdades parciales y contradicen, o descuidan, hechos notorios.
Consideremos, por ejemplo, la noción de que Wilde fue una especie de simbolista. Un cúmulo de circunstancias la apoya: Wilde, hacia 1881, dirigió a los estetas y diez años después a los decadentes; Rebeca West pérfidamente lo acusa (Henry James, III) de imponer a la última de estas sectas "el sello de la clase media"; el vocabulario del poema The Sphinx es estudiosamente magnífico; Wilde fue amigo de Schwob y de Mallarmé. La refuta un hecho capital: en verso o en prosa, la sintaxis de Wilde es siempre simplísima. De los muchos escritores británicos, ninguno es tan accesible a los extranjeros. Lectores incapaces de descifrar una página de Kipling o una estrofa de William Morris empiezan y concluyen la misma tarde Lady Windermere's Fan. La métrica de Wilde es espontánea o quiere parecer espontánea; su obra no encierra un solo verso experimental, como este duro y sabio alejandrino de Lionel Johnson: Alone with Christ, desolate else, left by mankind.
La insignificancia técnica de Wilde puede ser un argumento a favor de su grandeza intrínseca. Si la obra de Wilde correspondiera a la índole de su fama, la integrarían meros artificios del tipo de Les Palais Nomades o de Los Crepúsculos del Jardín. En la obra de Wilde esos artificios abundan, recordemos el undécimo capítulo de Dorian Gray o The Harlot's House o Symphony in Yellow- pero su índole adjetiva es notoria. Wilde puede prescindir de esos purple patches (retazos de púrpura); frase cuya invención le atribuyen Ricketts y Hesketh Pearson, pero que ya registra el exordio de la epístola a los Pisones. Esa atribución prueba el hábito de vincular al nombre de Wilde la noción de pasajes decorativos.
Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón. The Soul of Man under Socialism no sólo es elocuente; también es justo. Las notas misceláneas que prodigó en la Pall Mall Gazette y en el Speaker abundan en perspicuas observaciones que exceden las mejores posibilidades de Leslie Stephen o de Saintsbury. Wilde ha sido acusado de ejercer una suerte de arte combinatoria, a lo Raimundo Lulio; ello es aplicable, tal vez, a alguna de sus bromas ("uno de esos rostros británicos que, vistos una vez, siempre se olvidan"), pero no al dictamen de que la música nos revela un pasado desconocido y acaso real (The Critic as Artist) o aquel de que todos los hombres matan la cosa que aman (The Ballad of Reading Gaol) o a aquel otro de que arrepentirse de un acto es modificar el pasado (De Profundis) o a aquel,[1] no indigno de León Bloy o de Swedenborg, de que no hay hombre que no sea, en cada momento, lo que ha sido y lo que será (ibídem). No transcribo esas líneas para veneración del lector; las alego como indicio de una mentalidad muy diversa de la que, en general, se atribuye a Wilde. Éste, si no me engaño, fue mucho más que un Moréas irlandés; fue un hombre del siglo XVIII, que alguna vez condescendió a los juegos del simbolismo. Como Gibbon, como Johnson, como Voltaire fue un ingenioso que tenía razón además. Fue, "para de una vez decir palabras fatales, clásico en suma".[2] Dio al siglo lo que el siglo exigía -comedies larmoyantes para los más y arabescos verbales para los menos- y ejecutó esas cosas disímiles con una suerte de negligente felicidad. Lo ha perjudicado la perfección; su obra es tan armoniosa que puede parecer inevitable y aun baladí. Nos cuesta imaginar el universo sin los epigramas de Wilde; esa dificultad no los hace menos plausibles.
Una observación lateral. El nombre de Oscar Wilde está vinculado a las ciudades de la llanura; su gloria, a la condena y la cárcel. Sin embargo (esto lo ha sentido muy bien Hesketh Pearson) el sabor fundamental de su obra es la felicidad. En cambio, la valerosa obra de Chesterton, prototipo de la sanidad física y moral, siempre está a punto de convertirse en una pesadilla. La acechan lo diabólico y el horror; puede asumir, en la página más inocua, las formas del espanto. Chesterton es un hombre que quiere recuperar la niñez; Wilde, un hombre que guarda, pese a los hábitos del mal y la desdicha, una invulnerable inocencia.
Como Chesterton, como Lang, como Boswell, Wilde es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aun, a veces, de la aprobación del lector, pues el agrado que nos proporciona su trato es irresistible y constante.
Notas
[1] Cf. La curiosa tesis de Leibniz, que tanto escándalo produjo en Arnauld, La noción de cada individuo encierra a priori todos los hechos que a éste le ocurrirán. Según este fatalismo dialéctico, el hecho de que Alejandro el Grande moriría en Babilonia es una cualidad de ese rey, como la soberbia.
[2] La sentencia es de Reyes, que la aplica al hombre mexicano (Reloj de Sol, pág. 58).
En Otras inquisiciones (1952)
Foto: Oscar Wilde por Napoleon Sarony (1882)
Foto: Oscar Wilde por Napoleon Sarony (1882)
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