28/4/18

Jorge Luis Borges: Conversación con Roberto Alifano sobre las elecciones de 1983







El político Azorín definía a la política como un juego sucio entre matones; entre nosotros, el político Solano Lima, la redefinió como un juego sucio entre caballeros. Borges, escéptico en todo, lo era aún más en política. Con motivo del retorno a la democracia y de las inminentes elecciones de 1983, mantuvimos esta conversación mientras almorzábamos en un restaurante de la calle Paraguay.

Alifano: —¿Por quién va a votar en las próximas elecciones, Borges? —le pregunto indiscretamente.

Borges: —Más bien yo diría contra quién voy a votar. Votaré contra los militares, contra los peronistas, pero no sé por quién. Es un pretexto, quizá, o un error, pero sinceramente no sé por quién voy a votar. Si pudiera, votaría en contra de todos los políticos.

—Ya veo que no tiene buena opinión de los políticos.


—No. En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad. Yo no sé hasta qué punto la profesión de político es honrada. Recuerdo que Lincoln, después de haber ganado las elecciones en los Estados Unidos —lo cuenta Harrison en uno de sus libros—, no cumplió con lo que había prometido durante la campaña: liberar a los negros inmediatamente. Entonces una persona le reclamó, y él, sonriendo, por supuesto, le contestó: «Bueno, eso yo lo dije durante mi campaña, pero esas cosas los políticos las prometemos y luego es imposible cumplirlas».

—¿De manera que él prometió esas cosas sin estar seguro de poder cumplirlas?

—Sí. ¿No le parece una imnoralidad eso? Bueno, por esa razón yo no puedo admirar a ningún político. La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias.

—¿No cree que puede haber políticos sinceros?

—Yo no los conozco. No puedo admirar a personajes que se la pasan retratándose todo el tiempo y simulando cortesía. Los políticos son la forma más detestable de la hipocresía.

—Pero usted en algún momento se afilió a un partido político, el Partido Conservador.

—Sí, es cierto. Fue como una manera de asumir mi escepticismo, y, por qué no, mi aburrimiento. La política no me importa. De joven yo fui, como todo el mundo, socialista, fui también nacionalista. Al peronismo lo detesté. Ahora soy un hombre de centro, un hombre que votó por el radicalismo, ya que era la única posibilidad contra los peronistas.

—Sin embargo, usted ha manifestado muchas veces que es un anarquista spenceriano.

—Es cierto. Bueno, un anarquista que quiere un máximo de individuo y un mínimo de Estado, pero ya ve, el Estado se inmiscuye en todo. Yo me considero un anarquista individualista, un discípulo inofensivo de Herbert Spencer, un anciano melancólico y resignado. 


En: Alifano, Roberto; El humor de Borges (1995)
Jorge Luis Borges con Raúl Alfonsín Foto ©Juan Carlos Piovano

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