3/5/17

Edwin Williamson: Borges era su propio cuento








Escribir una biografía de Borges resultó una empresa bastante ardua: una larga caza de documentos, testimonios y fuentes que duró unos nueve años: aproximadamente el doble de lo que había proyectado. Esta caza me llevó varias veces a Buenos Aires para buscar material inédito en hemerotecas y bibliotecas, y para recoger testimonios. Mi investigación, se benefició de amplias entrevistas con personas que trataron a Borges en distintos periodos: familiares, amigos, discípulos, colegas y hasta enemigos. Los datos biográficos que iba recogiendo fueron organizados según un minucioso ordenamiento cronológico de los textos borgeanos, y esta metodología me abrió la posibilidad de establecer un juego dialéctico entre experiencia y escritura, donde la una era capaz de iluminar aspectos insospechados de la otra. Esta manera de proceder producía concentraciones cronológicas de textos a veces sorprendentes, y sacaba a la luz relaciones intrigantes entre textos y vivencias o hilos intertextuales que se cruzaban y entrecruzaban a lo largo de la obra. Poco a poco fueron dibujándose los contornos de la experiencia personal de Borges, hasta que por fin fue posible tomar el pulso del 'corazón que late en la hondura' de sus textos [...].


Borges era un hombre que sufrió agudos conflictos internos. No obstante, se enfrentó a estas dificultades con una lucidez y un coraje realmente impresionantes. En gran medida concebía la creación literaria como un proceso de autorrealización y, de hecho, hay cierta dimensión autobiográfica en sus textos donde sondea e interroga constantemente su propia realidad psicológica. A la larga, escribir le ofreció una salida a estos conflictos: a mediados de los años sesenta, esta turbulenta lucha interna culminó en una extraordinaria liberación de las trabas y contradicciones que lo habían oprimido desde la infancia.
Si los textos de Borges registran indirectamente los conflictos de su mundo interior, tampoco son inocentes de las realidades externas. Sorprendentemente quizá para los que quieren tener a Borges encerrado en una 'biblioteca total'; fue un intelectual público durante toda su vida. Desde un principio mostró un gran afán de protagonismo en el mundo literario, y mi estudio sigue en detalle sus aventuras en las vanguardias española y argentina. También he analizado sus creencias y actividades políticas, desde su temprana simpatía por los bolcheviques hasta su pacifismo último, pasando por su afiliación al Partido Radical, su obstinada lucha antifascista, su antiperonismo acérrimo y su apoyo a las dictaduras militares. Lo que he procurado hacer es analizar la lógica de estos cambios en el contexto de la historia argentina para llegar a comprender lo que él veía como la constancia fundamental de sus valores políticos. El hecho es que, lejos de vivir de espaldas a las grandes cuestiones de su tiempo, Borges estaba imbuido de una fuerte conciencia de la responsabilidad del escritor ante la historia: tenía un sentido muy hondo de la patria y hasta el final de su vida se comprometió con el destino de la Argentina. Por eso, aunque sus temas literarios no fueran políticos, fue un escritor engagé a su manera [...].

Enamoramientos y frustraciones


La partida de Norah Lange [1928] había dejado a Borges en un estado de abatimiento absoluto, y en ausencia de la amada, su sentido de la 'nadería de la personalidad' amenazaba con invadirlo una vez más. Aunque continuó con su costumbre de explorar los barrios de Buenos Aires después de su operación de la vista, ahora había un toque de desesperación en sus vagabundeos: se aventuraba en plena noche en las zonas de peor fama, lugares donde los delincuentes iban armados con cuchillos y pistolas y donde se sabía que había perros feroces que atacaban a los transeúntes. En una ocasión escapó por poco al daño corporal grave mientras caminaba con Ulyses Petit de Murat y Sixto Pondal Ríos en el Bajo de Belgrano, una zona desagradable de criaderos y establos de caballos, refugio notorio de criminales. [...].
Después de su rechazo definitivo por Norah Lange, Borges estaba asediado por las pesadillas y el insomnio y estuvo a punto de matarse. Trató de sobrellevar ese sufrimiento dedicándose por entero a su trabajo en Crítica. Dos cuentos que iba a publicar en Crítica nos dan cierta perspectiva sobre la gravedad de su crisis personal. Los dos fueron escritos con el seudónimo 'Alex Ander', y su estilo melodramático, crudamente escrito, es difícil de reconciliar con la elegancia de la escritura posterior de Borges, pero era consonante con el populismo amarillista de Crítica y tiene que haberse debido en no poca medida a la angustia extrema de su autor en ese momento [...].
De los treinta y siete lectores que compraron un ejemplar de Historia de la eternidad, uno fue Adolfo Bioy Casares, un aspirante a escritor. Tal era el apetito del joven por las curiosidades literarias que fue engañado por la reseña falsa de El acercamiento a Almotásim y pidió la novela inexistente a un librero de Londres. Con el tiempo, Bioy Casares se convertiría en uno de los compañeros más cercanos y leales de Borges, así como en el autor, con él, de una serie de cuentos y unos guiones cinematográficos [...].

Crisis suicidas


La pérdida de Haydée [en 1940, Haydée Lange, hermana de Norah y a quien cortejaba Borges, se había enamorado de otro hombre] provocó otra crisis suicida, al menos en su imaginación, porque en la misma libreta de notas en la que había compuesto Tlön, Uqbar, Orbis Tertius bosquejó el siguiente guión: después de desempeñar sus deberes como auxiliar segundo en la biblioteca del suburbio monótono de Boedo, compraba un revólver en un negocio de armas de la calle de Entre Ríos, una novela policial de Ellery Queen que ya había leído, y un pasaje de ida a Adrogué, donde se registraba en el hotel Las Delicias, bebía pero no pagaba dos o tres coñacs y después se pegaba un tiro en una de las habitaciones superiores* [...].
Pero lo peor de todo era que un líder carismático había surgido de entre el conciliábulo de jóvenes oficiales que habían orquestado el golpe de Estado de 1943. Se trataba del coronel Juan Domingo Perón, que, como ministro de Trabajo, estaba construyendo una enorme base de apoyo apartando a los trabajadores de sus sindicatos tradicionales con una serie de medidas populistas. Perón exhibía los atributos de un Mussolini, y no podía pasar mucho tiempo sin que orquestara algún tipo de putsch que le daría el poder para convertir la Argentina en una dictadura fascista" [...].
En 1946 es elegido presidente de Argentina Juan Domingo Perón, político al que Borges detestaba profundamente. Ese mismo año escribió: "... las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a lectores del Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?" [...]
Fue la esposa de Bioy, Silvina Ocampo, quien expresó memorablemente la opinión imperante sobre las inclinaciones amorosas de Borges: 'Borges tiene un corazón de alcaucil. Ama a las mujeres hermosas. En especial si son feas, porque entonces puede inventarles la cara con mayor comodidad'. Silvina tenía razón sobre la cualidad imaginativa de sus encaprichamientos, pero se equivocaba si con 'corazón de alcaucil' quería decir que era incapaz de sentimiento auténtico por una mujer en particular. Las dedicatorias literarias de Borges eran muestras de amistad, sin duda sinceras, pero, por cierto, ninguna guía de la profundidad de su aprecio por la dama en cuestión. En cambio, uno debiera distinguir entre las numerosas mujeres que admiraba y otro grupo de mujeres con quienes trató de llevar adelante relaciones serias, y que le provocaron en general mucho sufrimiento [...].

Borges iba tomando conciencia del aprieto que lo acosaría como de hecho acosaría a la política argentina por el resto de su vida. Porque ¿cómo se crea una democracia cuando el sector mayor del electorado elegirá a un líder totalitario que es ideológicamente hostil a la democracia liberal? ¿Debe uno aceptar la 'voluntad del pueblo' sin tener en cuenta los principios o los valores? Borges estaba siendo llevado a una posición por la cual deseaba restaurar la democracia, pero sólo podía confiar en que una elite no representativa lo lograra. Era una contradicción, desde luego, y hay pocas dudas de que era consciente de sus implicaciones, tanto para el país como para él mismo. Perón lo estaba obligando a cuestionar la sabiduría de 'el pueblo', y eso amenazaba con poner en entredicho, si no destruir, su sueño de una Argentina democrática. [...].
Borges no tuvo que esperar mucho para saborear los frutos de la victoria. A semanas de la derrota de Perón, lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, nada menos [...].

Un golpe de suerte


La vida de Borges habría seguido por este camino penoso, de no mediar un golpe de suerte que cayó del cielo como un rayo en mayo de 1961. Estaba almorzando un domingo en la casa de Bioy Casares cuando recibió una llamada telefónica informándole de que había obtenido un premio internacional del que nunca antes había oído hablar. Al principio creyó que era una broma, pero resultó ser un premio que habían otorgado por primera vez ese año. Seis firmas editoras —Gallimard de Francia, Einaudi de Italia, Rowohlt de Alemania, la española Seix Barral, Weidenfeld y Nicolson de Londres y Grove Press de Nueva York— habían creado el Premio Internacional de los Editores, que le sería concedido a un autor 'de cualquier nacionalidad, cuya obra pueda llegar a ejercer, en opinión del jurado, una influencia perdurable sobre el desarrollo de la literatura moderna'. El ganador recibiría diez mil dólares y tendría un libro traducido y publicado en cada uno de los países representados por las editoriales patrocinadoras. [...].
Además de componer cuentos y colaborar en escribir proyectos con amigos, tenía sus clases de anglosajón los sábados por la mañana en la Biblioteca Nacional, que seguían atrayendo a un fiel grupo de estudiantes. El año anterior, Borges había invitado a una muchacha llamada María Kodama a unirse al grupo. María había admirado a Borges desde que su padre japonés la había llevado a una de las conferencias de Borges. En esa época tenía apenas doce años, pero un amigo de la familia le había presentado después al escritor, y habían charlado sobre Alicia en el país de las maravillas, el libro favorito de ella. Borges había olvidado aquel primer encuentro, pero unos años después, cuando María era estudiante en la Universidad de Buenos Aires, se anotó en la clase de Borges sobre épica, tema que la había fascinado desde que su padre le hablara sobre los cuentos de los samuráis [...].
Borges estaba bastante impresionado por esa muchacha medio japonesa, cuya belleza frágil la hacía parecer aún más joven de lo que era. Además, tenía una conducta amable, respetuosa, modesta. En una época de turbulencia emocional secreta para él, ella tiene que haber sido una presencia tranquilizadora, y podía pasarse el tiempo haciendo lo que más le gustaba: explayándose sin fin sobre temas literarios mientras María estaba pendiente de cada palabra, sin creer casi que se le hubiera acordado el privilegio de escuchar la sabiduría de su admirado maestro. Predeciblemente, no pasó mucho tiempo sin que su amistad en ciernes con la muchacha se convirtiera en algo más intenso, aunque era difícil definir a esa altura qué era lo que realmente sentía por ella [...].
En 1971, y tras una serie de conferencias en Estados Unidos, voló a Islandia el 13 de abril con Di Giovanni y su esposa, visita que iba a describir como 'la mayor revelación de mi vida' [...].

'Una especie de éxtasis'


Cuando llegó a Islandia, donde María lo estaba esperando, sintió 'una especie de éxtasis'; era un 'sueño hecho realidad' . Quedó impresionado por el paisaje desierto de volcanes cubiertos de nieve y géiseres humeantes. Hubo visitas al Althing, donde vio los restos del Parlamento medieval de jefes tribales, y a la casa de Snorri Sturluson en Borgafjord, así como también a otros lugares históricos, y mientras iba de un lugar a otro, recitando sus pasajes favoritos de las grandes sagas nórdicas, se conmovió hasta las lágrimas por la emoción de todo aquello [...].
Fue en ese estado de intensa emoción que reunió el coraje de declararle sus sentimientos a María, y ella contestó a su vez reconociendo que lo de ella era más que una amistad, era amor. Borges entonces le confesó a María que se sentía como si hubiera estado esperándola toda la vida, y fue en el contexto de un sueño de larga data hecho realidad donde concibió la idea para un cuento que, como le dijo a María en Islandia en esa época, se proponía dedicarle alguna vez. El germen de ese cuento era un encuentro entre un hombre mayor y una mujer joven que le recuerda a una muchacha que lo había rechazado en su juventud; mientras le hace el amor a la mujer, siente que el recuerdo del amor anterior, no correspondido, por fin queda borrado [...].
El 13 de junio [1986], María llamó a un amigo de los dos, el escritor francoargentino Héctor Bianciotti, editor de Borges en Gallimard, quien viajó a Ginebra desde París el mismo día. Esa noche se sentó junto al lecho de Borges mientras María descansaba un poco. Borges había entrado en coma, y en las primeras horas de la mañana, Bianciotti notó que su respiración, que había sido regular durante las últimas diez horas, o más, parecía apagarse. Llamó a María, y ella se sentó junto a Borges. Estuvo junto a él cuando, por fin, él se fue, con su mano en la de ella, hacia el amanecer del sábado 14 de junio.
*Véase Manuscrito hallado en la habitación de un suicida [Hotel Las Delicias, Adrogué, 1940]  -Nota de Florencia Giani-

Extractado de Borges, Una vida, Seix Barral, Madrid, 2006
Foto: Borges en Austin, 1976, Nettie Lee Benson, Latin American Collection University of Texas 
Icluida en en Borges, A Life de Edwin Williamson


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