27/8/16

Jorge Luis Borges: El idioma infinito




Dos conductas de idioma (ambas igualmente tilingas e inhábiles) se dan en esta tierra: una, la de los haraganes galicistas que a la rutina castellana quieren anteponer otra rutina y que solicitan para ello una libertad que apenas ejercen; otra, la de los casticistas, que creen en la Academia como quien cree en la Santa Federación y a cuyo juicio ya es perfecto el lenguaje. (Esto es, ya todo está pensado y ojalá fuera así.) Los primeros invocan la independencia y legalizan la dicción ocuparse de algo; los otros quieren que se diga ocuparse con algo y por los ruiditos del con y el de —faltos aquí de toda eficacia ideológica, ya que no aparejan al verbo sus dos matices de acompañamiento, y de posesión— se arma una maravillosa pelea. Ese entrevero no me importa: oigo el ocuparse de algo en boca de todos, leo en la gramática que ello equivale a desconocer la exquisita filosofía y el genio e índole del castellano y me parece una zoncera el asunto. Lo grandioso es amillonar el idioma, es instigar una política del idioma.
Alguien dirá que ya es millonario el lenguaje y que es inútil atarearnos a sumarle caudal. Esa agüería de la perfección del idioma es explicable llanamente: es el asombro de un jayán ante la grandeza del diccionario y ante el sinfín de voces enrevesadas que incluye. Pero conviene distinguir entre riqueza aparencial y esencial. Derecha (y latina)mente dice un hombre la voz que rima con prostituta. El diccionario se le viene encima enseguida y le tapa la boca con meretriz, buscona, mujer mala, peripatética, cortesana, ramera, perendeca, horizontal, loca, instantánea y hasta con tronga, marca, hurgamandera, iza y tributo. El compadrito de la esquina podrá añadir yiro, yiradora, rea, turra, mina, milonga… Eso no es riqueza, es farolería, ya que ese cambalache de palabras no nos ayuda ni a sentir ni a pensar. Sólo en la baja, ruin, bajísima tarea de evitar alguna asonancia y de lograrle música a la oración (¡valiente música, que cualquier organito la aventaja!) hallan empleo los sinónimos. (Yo sé que la Academia los elogia y también que transcribe en serio una sentencia en broma de Quevedo, según la cual remudar vocablos es limpieza. Ese chiste o retruécano está en la Culta latiniparla y su intención no es la que suponen los académicos, sino la adversa. Quiero añadir que nunca hubo en Quevedo el concepto auditivo del estilo que sojuzgó a Flaubert y señalar que don Francisco dijo remudar frases, no vocablos, como le hace escribir la Academia. He compulsado algunas impresiones: entre ellas, una de Verdussen, del 1699).
Yo he procurado, en los pormenores verbales, siempre atenerme a la gramática (arte ilusoria que no es sino la autorizada costumbre) y en lo esencial del léxico he imaginado algunas trazas que tienden a ensanchar infinitamente el número de voces posibles. He aquí alguna de esas trazas, levantada a sistema y con sus visos de política:
a) La derivación de adjetivos, verbos y adverbios, de todo nombre sustantivo. Así de lanza ya tenemos las derivaciones lanceolado, lanceado, alancear, lanzarse, lanzar y otras que callo. Pero esas formaciones en vez de ser privilegiadas deberían ser extensivas a cualquier voz.
   
b) La separabilidad de las llamadas preposiciones inseparables. Esta licencia de añadirle prefijos a cualquier nombre sustantivo, verbo o epíteto, ya existe en alemán, idioma siempre enriquecible y sin límites que atesora muchas preposiciones de difícil igualación castellana. Así hay, entre otras, el zer que indica dispersión, desparramamiento, el all universalizador, el ur que aleja las palabras con su sentido primordial y antiquísimo (Urkunde, Urwort, Urhass). En nuestra lengua medra la anarquía y se dan casos como el del adjetivo inhumano con el cual no hay sustantivo que se acuerde. En alemán coexisten ambas formas: unmenschlich (inhumano) y Unmensch (deshombre, inhombre).

c) La traslación de verbos neutros en transitivos y lo contrario. De esta artimaña olvido algún ejemplo en Juan Keats y varios de Macedonio Fernández. Hay uno mentadísimo (pienso que de don Luis de Góngora y por cierto, algo cursilón) que así reza: Plumas vestido, ya las selvas mora. Mejor es este de Quevedo que cambia un verbo intransitivo en verbo reflejo: Unas y otras iban reciennaciéndose, callando la vieja (esto es, la muerte) como la caca, pasando a la arismética de los ojos los ataúdes por las cunas. Aquí va otro, de cuya hechura me declaro culpable: Las investigaciones de Bergson, ya bostezadas por los mejores lectores, etc., etc.

d) El emplear en su rigor etimológico las palabras. Un goce honesto y justiciero, un poquito de asombro y un mucho de lucidez, hay en la recta instauración de voces antiguas. Aconsejado por los clásicos y singularmente por algunos ingleses (en quienes fue piadosa y conmovedora el ansia de abrazar latinidad) me he remontado al uso primordial de muchas palabras. Así yo he escrito perfección del sufrir sin atenerme a la connotación favorable que prestigia esa voz, y desalmar por quitar alma y otras aventuritas por el estilo. Lo contrario hacen los escritores que sólo buscan en las palabras su ambiente, su aire de familia, su gesto. Hay muchas voces de diverso sentido, pero cuyo ademán es común. Para Rubén, para un momento de Rubén, vocablos tan heterogéneos como maravilloso, regio, azul, eran totalmente sinónimos. Otras palabras hay cuyo sentido depende del escritor que use de ellas: así, bajo la pluma de Shakespeare, la luna es un alarde más de la magnificencia del mundo; bajo la de Heine, es indicio de exaltación; para los parnasianos era dura, como luna de piedra; para don Julio Herrera y Reissig, era una luna de fotógrafo, entre aguanosas nubes moradas; para algún literato de hoy será una luna de papel, alegrona, que el viento puede agujerear.
Un puñadito de gramatiquerías claro está que no basta para engendrar vocablos que alcancen vida de inmortalidad en las mentes. Lo que persigo es despertarle a cada escritor la conciencia de que el idioma apenas si está bosquejado y de que es gloria y deber suyo (nuestro y de todos) el multiplicarlo y variarlo. Toda consciente generación literaria lo ha comprendido así.
Estos apuntes se los dedico al gran Xul-Solar, ya que en la ideación de ellos no está limpio de culpa.









En El tamaño de mi esperanza (1926)
©1995 María Kodama
©2016 Buenos Aires, Penguin Random House

Foto: PD, 2013


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