30/8/15

Jorge Luis Borges-Manuel Mujica Láinez: Dos talentos en su tinta







La vida, la muerte, la fama, ellos y los demás en un diálogo cruzado, Jorge Luis Borges y Manuel Mujica Láinez


Entrevistador: Para muchos, Borges y Mujica Láinez son seres casi intocables, monstruos sagrados. ¿Cómo se sienten frente a esa realidad?

Borges: —Yo creo que es una invención del periodismo, y sin duda un disparate. Eso de monstruo sagrado tiene algo de animal de circo... ¡Eso mismo!, como si uno fuera un animal en exhibición.
Mujica Láinez: —Personalmente no me siento ni sagrado ni monstruo, ¡por suerte! Estoy de acuerdo con Borges: en todo esto tuvo mucho que ver el periodismo. A Lugones, por ejemplo, ni se le conocía la cara...
B.: —¡Ah, pero es que Lugones era muy feo! (risas.)


—Sin embargo, la fama tiene que producir algún efecto en ustedes, ¿o no?

B.: —La fama es algo incómodo, es como un error. Pero por suerte es un error pasajero.
M. L.: —Borges y yo estamos en niveles distintos, no se puede hacer una comparación. Sobre mí se ha escrito muy poco aunque confieso que el tema me aburre.
B.: —En todo caso yo preferiría ser un hombre invisible. Cuando viajé a Suiza, hace un tiempo, sólo me reconocieron unos amigos íntimos. Y le puedo asegurar que fue una sensación muy grata.


—Si tampoco se sienten best-sellers. ¿piensan que sus libros van a quedar, o eso no les preocupa?

B.: —Me gustaría que quedaran algunos cuentos —que alguien reescribiera mejor que yo—. Y algún verso que se citara olvidando mi nombre. Sinceramente, yo espero ser olvidado: además, a la larga todos seremos olvidados... ¡Ese es el destino final!
M. L.: —Si me fuese dado volver al mundo después de muerto, creo que me llevaría una sorpresa: mi libro menos interesante es, seguramente, el que va a quedar... No sé, pienso en Cané o Mansilla, y no creo que —si pudieran volver— les gustara ser reconocidos por Juvenilia o La Gran Aldea. Pero es comprensible: Cervantes creía que lo mejor de su pluma era Persiles y Segismunda, y hoy nos parece ilegible.
B.: —Posiblemente en el futuro la literatura vuelva a ser anónima, y ya no se piense en nombres de autores. Algo que me parece bien... es melancólico eso de convertirse en el nombre de una calle.
M. L.: —¿Pero vos estás condenado a busto en la Biblioteca Nacional, eso seguro! (risas.) En cambio yo, una foto en la Academia, todos juntos.
B.: —No, no..., ¡si con mi cara no puede hacerse nada! (Risas.)

—¿Ustedes creen que el país tiene una literatura propia, una identidad que la diferencia de las literaturas europeas, por ejemplo?
B.: —La literatura argentina tiene una entonación distinta. Recuerdo siempre un poema de Enrique Banchs que menciona tejados y ruiseñores. Alguien podría decir que tejados y ruiseñores son elementos literarios que no se dan en el país: acá no hay ruiseñores, y decimos azotea y no tejado. Pero sin embargo, esos versos son argentinos. ¿Por qué?: porque son versos discretos que no alzan la voz.
M. L.: —Estoy de acuerdo, ése es un rasgo que nos diferencia de todas las demás literaturas. Los españoles son enfáticos, por ejemplo, pero los argentinos tienden a hablar en sus versos, o en todo caso piensan en voz alta y sin complejos

—En relación con los escritores jóvenes, ¿creen que la literatura argentina pasa un buen momento?
B.: —No puedo decir mucho sobre el tema", en 1955 perdí mi vista y desde entonces me dediqué a releer. Schopenhauer decía que no hay que leer ningún libro de menos de cien años de antigüedad porque no se sabe si es bueno o malo... (Risas.)
M. L.: —No es para tanto. Yo tengo muy buena impresión de la literatura argentina en este momento, hay varios buenos autores... Es que siempre incomoda dar nombres...
B.: —Muy cierto. Lo primero que se nota en una lista son las omisiones, y además uno no convence a nadie con catálogos o adjetivos superlativos.

—¿No quieren dar ni un solo nombre?
B.: —Tengo entendido que Zama, de Antonio Di Benedetto. es una excelente novela. . ., pero no puedo decir mucho más. Salvo que admitamos que Adolfo Bioy Casares es un escritor joven. (Risas.)
M. L.: —Leo pocos autores jóvenes, pero si tengo que dar nombres creo que Héctor Lastra es un buen narrador.
B.: —Las diferencias de edad son muy importantes cuando uno es joven, pero después se igualan los tantos. Se empardan, como en el truco.

—¿Les preocupa la edad a la que llegaron?
B.: —Bueno, yo creo que ya abusé de mi longevidad, pero no me arrepiento de haber llegado a los 81 años. Claro, me gustaría vivir unos años más y terminar un cuento que he empezado... O conocer China y la India, considerando que me pasé la vida releyendo a Rudyard Kipling.
M. L.: —Cuando cumplí los 60 decía que era sexagenario (risas), pero ahora que llegué a los 70... no sé, tengo curiosidad por ver qué será de este mundo. Me entristece saber que no llegaré al año dos mil.
B.: —El dos mil es una superstición del sistema métrico decimal. Los 80 años aparecen algo terrible, caen encima de uno como una lápida. Y además toda la gente te los recuerda... pero fíjense que los 81 ya no parecen gran cosa.
M. L.: —Claro, ahí tenes el caso de D'Annunzio: el tiempo lo favoreció Hace unos años era palabra prohibida. Y hoy está de moda. Hasta Visconti se basó en él para su último filme, El Inocente.
B.: —Es que los escritores son como el cometa Halley, van y vuelven (risas). A veces tengo la impresión de que el mundo vive un período de declinación. Es más, creo que este siglo es sin duda inferior al siglo anterior. Pero reflexionando un poco quizá se deba a que tengo esta edad: el que declina es uno. y no el mundo.


—Se dice que los poetas tratan con el misterio, y sin duda la muerte, es uno de los enigmas al que todos se enfrentan. ¿Le temen o la aceptan?

B.: —La idea de la muerte total, en cuerpo y espíritu, es casi un consuelo para mí. Incluso, cuando me sentí desdichado en mi vida, pensaba: ¡Pero bueno, si al final todos estos estados de conciencia se van a ir conmigo, si uno es nada más que un punto!
M. L.: —Yo sospecho que la muerte va a ser una gran desilusión, imagino algo muy parecido a esto. Luego de atravesar un túnel —y una serie de pruebas personales— se desemboca en una situación muy parecida a ésta. Esa es mi idea de la muerte. ¡Seguramente Borges va a estar allí, esperándome, y podremos seguir esta conversación! Va a sobrar tiempo.
B.: —¡Con mucho gusto! (Se ríen.)

—Y esa pequeña muerte que es descartar un poema o un cuento, ¿cómo la deciden, cuál es el criterio de belleza que aplican?
B.: —Cuando un verso es hermoso, se siente físicamente. Si no lo conmueve, si uno no siente que ocurrió algo, ese verso es malo. Y si un verso causa asombro, tampoco es bueno: debe parecer algo natural y milagroso al mismo tiempo. Claro que a veces se desea que un buen cuento tenga su justificación intelectual, pero eso es una superstición.
M. L.: —Mis sensaciones en general son visuales. Cuando leo un buen cuento, o un poema, la belleza es siempre un resplandor, una luz que tiñe todo eso: se crea una atmósfera especial. Y entonces ya sé que esa creación es de calidad. Esto podrá parecer demasiado subjetivo, pero es que la belleza no tiene mucho que ver con lo racional.

—Algo que muchos lectores se preguntan es cómo nace un cuento o una novela. ¿Cuál es el proceso?
B.: —En mi caso, voy caminando por la calle, por ejemplo, y siento que va a ocurrir algo. Entonces espero, y me llega una modestísima revelación: puede ser un verso suelto, o el principio y final de un cuento. Después dejo que esa fábula crezca en mí, trato de no mezclar mis opiniones, de no intervenir racionalmente. Cuando escribo soy fiel a ese sueño.
M. L.: —Yo veo una especie de atmósfera en la que se perfilan dos o tres personajes. Muchas veces los rostros o actitudes de la gente son el punto de partida para mis novelas. Y después me dedico a llenar cuadernos con lo que va surgiendo.
B.: —¡Claro!, es lo que nos diferencia: vos tenés multitudes y sos de más largo aliento. En cambio yo, en el fondo soy el único personaje de mis cuentos.
M. L.: —Bueno, ¿pero no decís siempre que once páginas te cuestan tanto como una novela de Dickens?



En revista Somos, septiembre de 1980
Entrevistador: Eduardo Pogoriles
Fotografía: Eduardo Giménez
Edición digital Mágicas Ruinas, 2003

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