17/12/16

Borges profesor. Clase 19: Poemas de Robert Browning. Una charla con Alfonso Reyes."The Ring and the Book"







Proseguimos ahora con el estudio de la obra de Robert Browning. Recuerdo que a éste le preguntaron una vez el sentido de un poema suyo, y él contestó: «Lo escribí hace tiempo. Cuando lo hice, Dios y yo sabíamos lo que significaba. Ahora, sólo Dios lo sabe», para eludir la contestación.
Hablé de algunos poemas menores suyos, y hay un poema que yo querría recomendar a ustedes, pero que no puedo exponer siquiera ligeramente. Es quizás el más extraño de todos, y se titula «Childe Roland to the Darle Tower Came».346 «Childe Roland», «childe» no significa «niño» aquí. Es un antiguo título de nobleza y se escribe con una «e». «Childe Roland a la oscura torre llegó», esta línea está tomada de Shakespeare:347 es el nombre de una balada que se ha perdido. Es quizá lo más extraño del poema, de los poemas de Browning. El gran poeta americano Carl Sandburg ha escrito un poema titulado «Manitoba Childe Roland».348 Cuenta cómo le leyó ese poema a un niño349 en una granja en Minnesota, y cómo el niño no entendía nada —quizás el lector tampoco lo entendiera del todo— pero cómo los dos se dejaron llevar por la fascinación del misterio de ese poema que nunca ha sido explicado. Está lleno de circunstancias mágicas. Ocurre evidentemente en la Edad Media. No una Edad Media histórica, sino la Edad Media de los libros de caballerías, de los libros de la biblioteca de Don Quijote.
Y ahora, antes de hablar de The Ring and the Book, quiero referirme a otros poemas de Browning, un poco al azar. Hay uno que se titula: «Mr. Sludge, the Medium»,350 «El señor Sludge, el médium». El protagonista de este poema es un médium, un falso médium que le sacaba mucho dinero a un millonario americano que está desesperado por la muerte, por la reciente muerte de su mujer. Mister Sludge ha puesto en comunicación al viudo con el espíritu de la mujer muerta. Y luego ha sido descubierto por aquél, por el propio millonario americano, y el otro dice que lo va a denunciar a la policía, por impostor, pero finalmente dice que no hará nada a condición de que Mr. Sludge, el falso médium, le cuente la verdadera historia de su carrera, una carrera hecha de imposturas. Y el otro dice que oyó hablar de espiritismo y pensó que podía aprovecharlo, que no es difícil engañar a personas que están deseosas de ser engañadas. Que en realidad los engañados por él —sin excluir al propio señor iracundo que lo amenaza— han sido cómplices, han cerrado los ojos ante mentiras burdas. Le dice cómo él al principio les mostraba a sus víctimas textos escritos de la propia mano de Homero, y que como él no conocía el alfabeto griego, las palabras griegas estaban representadas por redondeles y por puntos «antes que encontrara el libro útil que sabe». Después fue adquiriendo su confianza y llega a una especie de exaltación de sí mismo y luego, de pronto, al abandono de sí mismo, y quiere recuperar la confianza de su víctima. Le dice al otro que si no oye en ese momento la voz de su querida mujer, de esa mujer a quien él mismo ha aprendido a querer a través del amor del otro y del diálogo con su espíritu. El otro lo amenaza entonces con violencias físicas. Mr. Sludge sigue confesando la verdad y llegamos así al final del poema. Un largo poema, porque Browning había estudiado muy bien el tema, el tema de las imposturas médium. Llegamos al final a esta conclusión del todo inesperada por el lector y por quienes han seguido la historia de sus imposturas y el mecanismo de sus viejas imposturas. Al final el médium, a quien el otro está a punto de atacar, de castigar físicamente, le dice que todo lo que ha dicho es verdad, que no ha sido un impostor. En cuanto a las cartas de su mujer muerta, él las llevaba escondidas en las mangas del saco. «Sin embargo —agrega—, yo creo que hay algo en el espiritismo, yo creo en el otro mundo», a pesar de todas sus trampas. Es decir, el protagonista reconoce que ha sido un impostor, pero eso no quiere decir que no haya otro mundo y que no haya espíritus. Se ve cómo a Browning le gustaban las situaciones y las almas ambiguas. Por ejemplo, en este caso, el impostor es asimismo un creyente.

Hay un poema breve titulado «Memorabilia»,351 «cosas dignas de ser recordadas», en latín. El título creo que está tomado de algunas escenas intercaladas en la obra del gran místico sueco Swedenborg. Es el caso de dos señores que están conversando, y resulta que uno de ellos ha conocido al poeta ateo Shelley,352 ese poeta que influyó tanto en la juventud. Y uno le dice al otro: «Pero cómo, ¿usted le habló a Shelley? ¿Usted lo vio, le habló y usted le contestó? ¡Qué raro es todo esto y sin embargo es verdadero!» Y el otro le dice que una vez tuvo que atravesar un páramo, un páramo que tenía su nombre y que sin duda tenía su uso, su empleo, su destino en el mundo. Y sin embargo él se ha olvidado de todo. Lo que él recuerda es una pluma de águila. Todo lo demás, las millas en blanco, ha sido borrado. Ahí él vio y él recogió y puso en su pecho la pluma del águila, y se ha olvidado de lo demás. Así ocurre en su vida, en otras circunstancias. Él ya se ha olvidado, pero recuerda su encuentro con Shelley.353

Este año yo lo conocí a Alfonso Reyes. Él me habló del gran poeta mexicano Othón,354 y yo le dije: «¿Cómo? ¿Usted lo conoció a Othón?» Y Reyes se acordó inmediatamente del poema de Browning y repitió la primera estrofa:

Ah, did you once see Shelley plain,
And did he stop and speak to you?
And did you speak to him again?
How strange it seems, and new!

Y luego, al final:

A moulted feather, an eagle-feather
Well, I forget the rest.355

Y hay otro poema sobre un hombre que está muriéndose, y viene un pastor, un pastor protestante, que evidentemente le dice que el mundo es un valle de lágrimas.356 Y el hombre le dice: «Do I see the world as a valley of tears? No, reverend Sir, not I»: «¿Veo yo acaso el mundo como un valle de lágrimas? No, reverendo señor, no yo». Y entonces él, que está desfigurado y muriéndose, le dice que lo que él recuerda del mundo no tiene nada que ver con un valle de lágrimas. Que lo que él recuerda es una casa, una quinta en la que vive una mujer, sin duda una sirvienta con la cual él tuvo amores. Y para describir la topografía de la casa, él se vale de las botellas de remedio de la mesa de luz. Y él dice que «esa cortina que hay ahí es verde o es azul para una persona sana, pero a mi me sirve para recordar la persiana de la casa, cómo era, y el callejón que había al lado, porque yo, escurriéndome por ahí, podía llegar a la puerta, y allí estaba ella, esperándome». «Yo sé» —dice—, «that all this is improper», «que todo es impropio, que todo esto es indecente, pero estoy muriéndome».357 Y entonces le dice que él recuerda esos amores ilícitos con la sirvienta. Eso es lo único que él recuerda, eso es lo único que la vida le ha dejado en esos últimos momentos, y lo que él recuerda al fin, sin remordimientos.
Hay otro poema cuyo protagonista es Caliban.358 Browning había leído un libro sobre las fuentes que usó Shakespeare y sobre las divinidades patagónicas, un dios llamado Setebos. Y Browning se basa en esas noticias sobre la religión de los indios patagónicos para este poema, titulado «Caliban sobre Setebos».
Y hay otro poema: «El amor entre las ruinas»,359 y éste se desarrolla en la campaña de Roma. Y hay un hombre —podemos suponer que es un pastor— que habla de las ruinas y que describe el esplendor de una ciudad que había existido ahí. Habla de los reyes, de los miles de jinetes, de los palacios, de los banquetes, un tema parecido a la elegía anglosajona de «La Ruina». Y después dice que él solía encontrarse ahí con una muchacha, y que esa muchacha lo esperaba, y que él veía el amor en sus ojos antes de acercarse a ella y abrazarla. Concluye diciendo que de todo lo que hay en el mundo lo mejor es el amor, que a él le basta con el amor, que qué le importan los reyes e imperios que hayan desaparecido. Porque hay en Browning —y yo no he hablado suficientemente de ello— muchos poemas de amor, de amor físico también. Y es este tema del amor el que se refiere en el libro que trataremos hoy, antes de hablar de Dante Gabriel Rossetti —que funda la fraternidad prerrafaelista, Pre-Raphaelite Brotherhood, y que es algo posterior a Browning—. Pero el gran libro de Browning, un libro escrito con una técnica muy curiosa, es The Ring and the Book, «El anillo y el libro». No sé si alguno de ustedes vio un admirable film japonés que se estrenó hace muchos años titulado Rashômon.360 Ahora, el autor del argumento de ese film, Akutagawa,361 fue el primer traductor japonés de Browning, y tomó la técnica de este admirable film de The Ring and the Book de Browning. Salvo que The Ring and the Book es mucho más complejo que el film. Lo cual se explica, porque un libro puede ser mucho más complejo que un film. En el film tenemos la historia de un samurai que atraviesa la selva con su mujer. Lo ataca un bandolero. El bandolero mata a la mujer, y luego tenemos tres versiones de un mismo hecho. Una la cuenta el samurai, otra la cuenta el bandolero y otra la cuenta el espíritu de la mujer a través de la boca de una bruja. Y las tres historias son diferentes. Sin embargo, se refieren a un mismo hecho. Ahora, Browning intentó algo parecido, pero algo mucho más difícil, porque a Browning le interesaba la búsqueda de la verdad. Empecemos por el título del libro: The Ring and the Book, «El anillo y el libro». Esto puede explicarse así: Browning empieza diciendo que para hacer un anillo —y el anillo viene a ser una metáfora del libro que él está a punto de escribir, que ya ha empezado a escribir, The Ring and the Book— es necesaria una aleación de metales. El anillo no puede estar hecho de oro puro, es necesario mezclar el oro con otros metales de ley más baja. Y él, para hacer el libro, ha tenido que agregar al oro —esta humildad también es típica de Browning—, él ha tenido que mezclar metales más bajos, los metales de su propia imaginación. En cuanto al metal puro, él lo ha encontrado. Lo ha encontrado, pero ha tenido que extraerlo también de un libro que encontró en un puesto en Florencia, y ese libro es la historia de un proceso criminal que ocurrió un siglo antes en Roma.
Ese libro ha sido traducido al inglés, publicado por la Everyman’s Library, que ustedes conocerán, bajo el título de The Old Yellow Book,362 El viejo libro amarillo. Ese libro contiene toda la historia de un proceso criminal, una historia muy sórdida, una historia bastante horrible. Ahí se trata de un conde que se ha casado con una mujer campesina creyendo que ella era una mujer rica. Luego él la ha repudiado, la ha encerrado en un convento. Ella ha logrado huir del convento para ir a vivir en casa de sus padres. Y ahí aparece el conde, que sospecha que ella ha sido adúltera, que ella ha tenido amores con un sacerdote. Ahí el conde ha sido acompañado de varios asesinos, han entrado en la casa y la han matado. Luego él ha sido arrestado, y el libro contiene las declaraciones del asesino y algunas cartas. Browning leyó y releyó, y entró en todos los pormenores de esta historia sórdida. Finalmente el conde es condenado a muerte por el asesinato de su mujer. Y entonces Browning resolvió averiguar cuál era la verdad y escribió The Ring and the Book.
Y en The Ring and the Book tenemos repetida, creo que diez veces, la misma historia. Y lo curioso, lo original, es que la historia —a diferencia de lo que ocurre con Rashômon— es, en lo que se refiere a los hechos, la misma. El lector del libro llega a conocerla perfectamente. Pero la diferencia está en el punto de vista de cada personaje.363 Posiblemente Browning se inspiró en las novelas epistolares que estaban de moda durante el siglo XVIII y a principios del XIX. Creo que Die Wahlverwandtschaften, Las afinidades electivas, de Goethe,364 pertenece a este género. Y se inspiró también en las novelas de Wilkie Collins. Collins, para aligerar el largo relato de sus tramas policiales, hacía que la historia fuera pasando de un personaje a otro. Y esto le servía para un fin satírico. Por ejemplo, tenemos un capítulo escrito por uno de los personajes. Ese personaje cuenta que él acaba de conversar con Fulano de Tal, a quien él impresionó mucho por la agudeza y profundidad de lo que dijo. Y luego pasamos al otro capítulo, escrito por el interlocutor, y en ese capítulo vemos que acaba de hablar con el autor del otro capítulo, y que el otro lo aburrió extraordinariamente con las imbecilidades que dijo. Es decir, hay un juego de contrastes y de sátira.
Ahora, Browning toma este método de las diversas personas que cuentan el cuento, pero no lo usa sucesivamente. Es decir, un personaje no le pasa el cuento a otro. Cada personaje cuenta su historia, que es la misma historia, desde el principio hasta el fin. Y la primera parte está dedicada por Browning a Elizabeth Barrett, que había muerto. Y al final le dice: «Oh, lírico amor, mitad ángel, mitad pájaro, toda una maravilla y un incontenible deseo». Y dice cómo a veces él ha mirado el cielo y le ha parecido ver un lugar en que el azul del cielo es más azul, es más apasionado, y pensaba que ella podía estar ahí. Recuerdo los primeros versos: «Ah, lyric Love, half angel, half bird, and all a wonder, and a wild desire». Y luego tenemos el primer canto del poema, titulado «Half Rome». Y ahí tenemos los hechos, los hechos contados por un individuo cualquiera que ha visto a Pompilia — Pompilia es la mujer asesinada—, ha quedado impresionado por su belleza, y está seguro de la culpa, de la injusticia del asesinato. Luego tenemos otro capítulo, que se titula «Half Rome» también, «Media Roma». Y ahí la misma historia está referida por un señor, un señor que ya tiene cierta edad, que se la cuenta a su sobrino. Y le dice que el conde, al matar a su mujer, ha obrado con justicia. Y él es un partidario del conde, del asesino. Después tenemos «Tertium quid», «tercero en discordia», y este personaje cuenta la historia, y la cuenta con lo que él cree que es imparcialidad: que la mujer tenía su parte de razón, que el matador tenía su parte de razón también. Cuenta la historia con tibieza.
Tenemos después la defensa del sacerdote. Después tenemos la defensa del conde. Y luego tenemos lo que dicen el fiscal y el defensor. El fiscal y el defensor usan un dialecto jurídico, y es como si no hablaran del asunto: están continuamente detenidos por escrúpulos judiciales. Es decir, hablan, digamos, fuera de la historia.
Y luego hay algo que puede ser lo que la mujer hubiera dicho. Al final tenemos una especie de monólogo del conde, que ha sido condenado a muerte. El conde ya aquí abandona sus subterfugios, sus mentiras y cuenta la verdad. Cuenta cómo él ha sido torturado por los celos, cómo su mujer lo ha engañado, cómo ella fue cómplice en el engaño inicial. El creía que al casarse con ella se casaba con una mujer de dinero. Lo han engañado, y ella es cómplice de ese engaño. Y mientras él va diciendo estas cosas va amaneciendo. Y ve con horror la luz gris de la mañana. Vienen a buscarlo para llevarlo a la horca. Y entonces él concluye con estas palabras: «Pompilia, ¿vas a dejar que me asesinen?» —dice él, que la ha asesinado a ella—. «Pompilia, will you let them murder me?» Y luego al final habla el Papa. El Papa representa aquí la sabiduría y la verdad. El Papa cree que es justo que el asesino sea ejecutado. Y luego tenemos algunas reflexiones de Browning.
Ahora, yo he comparado a Browning con Kafka.365 Ustedes recordarán aquel poema, «Temores y escrúpulos», que he examinado al principio, ese poema sobre la ambigüedad de las relaciones del creyente con Dios. El creyente reza, pero no sabe si hay un oyente, un interlocutor. No sabe si hay un diálogo realmente. Pero en este libro —y ésta es la diferencia fundamental entre Browning y Kafka— Browning lo sabe. No está simplemente jugando con su imaginación. Browning cree que hay una verdad; Browning cree que hay o no hay un culpable. Él cree, es decir que siempre lo atrajo la ambigüedad del misterio esencial de las reacciones humanas y el Universo, pero Browning creyó en una verdad; Browning escribió este libro, Browning imaginó, Browning recreó este episodio criminal, para llegar a investir una verdad. Y creyó haber llegado a ella usando, desde luego, ese metal que él llamaba más bajo, el metal de la aleación con el oro, el metal de su imaginación.
Browning fue esencialmente un optimista. Hay un poema de Browning titulado «Rabí Ben Ezra».366 El rabino Ben Ezra fue un rabino español,367 y dice Chesterton que es típico de Browning que, cuando éste quiso decir su verdad final sobre el mundo, sobre el hombre, sobre nuestras esperanzas, puso esa verdad en boca de un oscuro rabino español de la Edad Media, un rabino olvidado, del cual apenas si sabemos que vivió en Toledo y después en Italia, y se quejó siempre de su mala suerte. Dijo que él tenía tan mala suerte que si él se hubiera puesto a vender velas, el sol no se habría puesto nunca, o si él se hubiera puesto a vender mortajas, los hombres habrían sido bruscamente inmortales. Y Browning pone en boca de este Rabí Ben Ezra el concepto al cual llegó sobre el mundo. El concepto de que todo lo que no logramos en la Tierra lo lograremos —o acaso lo estamos logrando— en el Cielo. Y él dice que lo que nos pasa a nosotros, lo que nosotros vemos, es como el arco de una circunferencia. Nosotros vemos apenas un fragmento o un arco siquiera muy leve, pero la circunferencia, la felicidad, la plenitud, existe en alguna otra parte y existirá también para nosotros. Y Browning llega también al concepto de que la vejez no es simplemente una declinación, una mutilación, una pobreza. La vejez es una plenitud también, porque en la vejez entendemos las cosas.368 Y él llegó a creer en esto. Este poema es otro de los grandes poemas de Browning, y concluye con esta idea: que la vejez sea la perfección de la juventud.
Había empezado con la metáfora del arco trunco y del círculo pleno y total. Hay una vasta bibliografía sobre Browning. Hay una enciclopedia hecha sobre Browning,369 con explicaciones muchas veces absurdas de los poemas. Dice por ejemplo que el poema «Childe Roland to the Darle Tower Carne», «Childe Roland a la torre oscura llegó», es un poema contra la vivisección.370 Hay otras explicaciones absurdas. Pero quizás el mejor libro sobre Browning, un libro de agradabilísima lectura, es un libro que Chesterton publicó en la primera década de este siglo, en el año 1907 o 1909, creo, y que figura en la admirable serie «English Men of Letters».371 Y leyendo una biografía de Chesterton, escrita por su secretaria, Maisie Ward,372 leí que todas las citas de Browning que hace Chesterton en el libro estaban equivocadas. Pero estaban equivocadas porque Chesterton había leído tanto a Browning que lo había aprendido de memoria. Y lo había aprendido tan bien que no había sido necesario para él consultar la obra de Browning una sola vez. Y se había equivocado precisamente porque lo conocía.373 Es una lástima que el corrector de la serie «English Men of Letters», Leslie Stephen,374 padre de Virginia Woolf, haya restablecido el texto original. Hubiera sido interesante comparar cómo son los versos de Browning en el texto original y cómo aparecen en la edición de Chesterton. Desgraciadamente fueron corregidos, y en el libro impreso tenemos el texto de Browning. Hubiera sido muy lindo saber cómo Chesterton transfiguró en su memoria —la memoria también está hecha de olvidos— los versos de Browning.
Tengo una especie de remordimiento. Me parece que he sido injusto con Browning. Pero con Browning sucede lo que sucede con todos los poetas, que debemos interrogarlos directamente. Creo sin embargo haber hecho lo bastante para interesarlos a ustedes en la obra de Browning. La lástima es, como ya dije, que Browning escribió en verso su obra. Si no, sería reconocido ahora como uno de los grandes novelistas y como uno de los cuentistas más originales de la lengua inglesa. Aunque si lo hubiera hecho en prosa hubiéramos perdido también mucha admirable música. Porque Browning dominó el verso inglés. Lo dominó tanto como Tennyson, como Swinburne o como cualquier otro. Pero es indudable que para un libro como The Ring and the Book, un libro que consta de la misma historia repetida muchas veces, hubiera sido mejor la prosa. Lo curioso de The Ring and the Book, al cual vuelvo ahora, es que aunque cada personaje cuenta los mismos hechos, aunque no hay ninguna diferencia en cuanto a lo que refiere, hay una diferencia fundamental en lo que corresponde a la psicología humana, y es el hecho de que cada uno de nosotros se cree justificado. Por ejemplo, el conde admite que es un asesino, pero la palabra «asesino» es una palabra demasiado general, y esta convicción la tenemos leyendo otros libros. Si leemos, por ejemplo, Macbeth, o si leemos Crimen y castigo —o como creo que se llama en el original, «Culpa y expiación»— de Dostoievsky, no sentimos que Macbeth o que Raskolnikov sean asesinos. Esa palabra es demasiado franca. Vemos cómo los hechos los han ido llevando a cometer un asesinato, lo cual no es lo mismo que ser un asesino. ¿Acaso un hombre queda agotado por lo que ha hecho? ¿Acaso un hombre no puede cometer un crimen, y no puede acaso su crimen estar justificado? El hombre ha sido llevado a su ejecución por miles de circunstancias. En el caso de Macbeth, por ejemplo, tenemos en la primera escena a las tres brujas, que son tres parcas también. Estas brujas le profetizan hechos que ocurren. Y entonces Macbeth, al ver que esas profecías son justas, llega a pensar que también ha sido predestinado a asesinar a Duncan, su rey, y luego a cometer los otros asesinatos. Y lo mismo ocurre en The Ring and the Book: ninguno de los personajes miente, pero cada uno de los personajes se siente justificado. Ahora, Browning cree que hay un culpable final, que ese culpable es el conde, aunque él cree que está justificado por las circunstancias que lo han llevado al asesinato de su mujer.
Y Chesterton en su libro sobre Browning habla de otros grandes poetas, y dice que Homero puede haber pensado por ejemplo: «Yo les diré la verdad sobre el mundo, y les diré la verdad basándome en la caída de una gran ciudad, en la defensa de esa ciudad», e hizo la Ilíada. Y luego otro poeta, cuyo nombre ya hemos olvidado, dice: «Yo les diré la verdad sobre el mundo, y la diré basándome en lo que sufrió un hombre justo, en los reproches de sus amigos, en la voz de Dios que baja desde un torbellino», y escribió el Libro de Job. Y otro poeta pudo decir: «Yo les diré la verdad sobre el mundo, y la diré describiéndoles un viaje imaginario o visionario por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso», y ese poeta es Dante. Y Shakespeare pudo haber pensado: «Yo les diré la verdad sobre el mundo narrándoles la historia de un hijo que supo, por la revelación de un espectro, que su madre había sido una adúltera y una asesina», y escribió Hamlet. Pero lo que Browning hizo fue más extraño. Dijo: «He buscado la historia de un proceso criminal, una historia sórdida de adulterio, la historia de un asesinato, una historia de mentiras, de impostores. Y basándome en esa historia, sobre la cual toda Italia habló, y la cual toda Italia olvidó, yo les revelaré la verdad sobre el mundo», y escribió El anillo y el libro.
En la próxima clase hablaré del gran poeta inglés de origen italiano Dante Gabriel Rossetti, y empezaré describiendo su trágica historia personal. Y luego veremos dos o tres de sus poemas, sin excluir algunos de sus sonetos, esos sonetos que han sido considerados quizá los más admirables de la lengua inglesa.

Viernes 2 de diciembre de 1966



Notas


346 Editado originariamente en Dramatic Romances (1845).
347 En King Lear, acto III, escena IV. Las palabras pertenecen a Edgar, hijo mayor de Gloucester: «Childe Roland to the dark tower came, / His word was still “Fie, foh, and fum, / I smell the blood of a British man”». Véanse también las notas 368 y 369 de esta clase.
348 El poema pertenece al libro Cornhuskers (1918). Se transcriben a continuación el inicio y la conclusión del poema: «Last night a January wind was ripping at the singles over our house and / whisding a wolf song under the eaves. // I sat in a leather rocker and read to a six-year-old girl the Browning poem, / Childe Roland to the Dark Tower Came. // And her eyes had the haze of autumn hills and it was beautiful to her / and she could not understand. // A man is Crossing a big praire, says the poem, and nothing happens — and / he goes and on — and its all lone some and emptyand nobody home (...) // I know he kepthis skirt and around his thudding heart mid the / blizzards of five hundred miles that one last wonder-cry of Childe / Roland — and I told the six-year-old girl all about it. // And while the January wind was ripping at the shingles and whisding / a wolf song under the eaves, her eyes had the haze of autumn hills / and it was beautiful to her and she could not understand». (Tomado de Carl Sandburg: Complete Poems.)
349 En realidad, a una niña de seis años.
350 Editado originariamente en el libro Dramatis Personae (1864).
351 Publicado originariamente en el libro Dramatic Lyrics (1842).
352 Percy B. Shelley, poeta romántico inglés (1792-1822).
353 El poema completo dice así: «Ah, did you once see Shelley plain,/ And did he stop and speak to you?/ And did you speak to him again?/ How strange it seems, and new!// But you were living before that,/ And you are living after,/ And the memory I started at— My starting moves your laughter!// I crossed a moor, with a name of its own/ And a use in the world no doubt,/ Yet a hand’s-breadth of it shines alone/ ’Mid the blank miles round about:// For there I picked up on the heather/ And there I put inside my breast/ A moulted feather, an eagle feather—/ Well, I forget the rest».
354 Manuel José Othón (1858-1906), poeta mexicano, nacido en San Luis de Potosí. Su sobresaliente obra poética se caracteriza por una profunda y vivida percepción de la naturaleza. Entre sus obras se cuentan: Poemas (1880), Poemas rústicos (1902), En el desierto, Idilio salvaje (1906). Escribió cuentos, novelas cortas y obras teatrales.
355 «Ah, te encontraste con el mismo Shelley, / ¿Y él se detuvo y habló contigo? / ¿Y tú le respondiste a él? / ¡Qué extraño parece, y nuevo! // [...] Una pluma caída, una pluma de águila / Bueno, he olvidado el resto.»
356 El poema es «Confessions», del libro Dramatis Personae (1864). La primera estrofa dice así: «What is he buzzing in my ears? “Now that I come to die, / Do I view the world as a vale of tears?” / Ah, reverend sir, not I
357 Quinta estrofa del poema: «At a terrace, somewhere near its stopper, / There watched for me, one June, / A girl: I know, sir, it’s improper, / My poor mind’s out of tune».
358 El poema es «Caliban upon Setebos; or Natural Theology in the Island», también de Dramatis Personae.
359 Se trata de «Love among the ruins», del libro Dramatic Lyrics (1842).
360 Rashôdmon, película estrenada en 1950, dirigida por Akira Kurosawa y con Toshiro Mifune como el bandolero y Machiko Kyo en el papel de la joven. Recibió el premio León de Oro del Festival de Venecia de 1951 y consagró a Kurosawa como un artista de proyección universal.
361 Akutagawa Ryünosuke, escritor japonés (1892-1927). Sus cuentos, novelas y ensayos, inspirados en hechos históricos, tradiciones y leyendas del antiguo Japón, demuestran una inusual capacidad de reinterpretación e incorporan perspectivas y técnicas de la literatura de Occidente. Dos de sus obras, Rashômon, de 1915, y Yabu no naka, de 1921, sirvieron de inspiración para el film Rashôdmon de Akira Kurosawa.
362 The Old Yellow Book, con introducción de Charles E. Hodell, volumen 503 de la Everyman’s Library.
363 Otra película que utiliza de modo ingenioso un mecanismo semejante es The Killing (1956), dirigida por el norteamericano Stanley Kubrick.
364 Novela publicada en 1809.
365 En el ensayo «Kafka y sus precursores» del libro Otras inquisiciones (1952).
366 «Rabi Ben Ezra», Dramatis Personae (1864)
367 Se trata de Abraham ben Meir ibn Ezra, rabino, filósofo y poeta español nacido en Toledo (1092-1167). Su gran erudición abarcaba la medicina, la lingüística y la astronomía; sus exégesis bíblicas representaron una importante contribución a la edad de oro del judaísmo español. Tenía además conocimientos de astrología y numerología. Se lo llamó el Sabio, el Grande y el Admirable Doctor. Viajó por distintas regiones de Europa y Medio Oriente. Visitó Londres, Roma, Narbona, Mantua y Verona, y también Egipto y Palestina.
368 Primera estrofa del poema: «Grow old along with me! / The best is yet to be, / The last of life, for which the first was made: / Our times are in His hand / Who saith “A whole I planned, / Youth shows but half; trust God: see all, nor be afraid!”»
369 Borges se refiere a la Browning Cyclopædia de Edward Berdoe, publicada por primera vez en el año 1891 en Londres por Swan, Sonnenschein and Co.
370 En su artículo sobre el poema «Childe Roland to the Dark Tower Carne», Berdoe afirma en efecto que éste constituye un verdadero alegato contra la crueldad de la ciencia, que obliga a los estudiantes a torturar a sus «víctimas animales» con el fin único de alcanzar la Torre Oscura del conocimiento, «que no tiene para ellos puertas ni ventanas». Según Berdoe, al escribir este poema, Browning no podría haber creado «una imagen más fiel de la ruina y desolación espiritual que esperan al estudiante de medicina, que se lanza sin saberlo al fatal destino de torturador experimental». «Tengo autoridad suficiente para afirmar —continúa diciendo Berdoe— que si el Sr. Browning hubiera leído esta interpretación, la habría aceptado cordialmente, al menos como una de las explicaciones posibles a su poema» (pp. 104-105). El mismo Browning se negó siempre a explicar el significado de estos versos, afirmando solamente que el poema había sido inspirado por un sueño.
371 Robert Browning, by G. K. Chesterton, de la serie «English Men of Letters», publicado en Londres por MacMillan Co.
372 El título de la biografía escrita por Maisie Ward es Gilbert Keith Chesterton, y fue publicada por Sheed Ward en Nueva York, en 1943.
373 «Siguiendo mi consejo, los MacMillan habían solicitado [a Chesterton] que escribiera el volumen correspondiente a Browning de la serie English Men of Letters... El viejo Mr. Craik, socio de la firma, me mandó a llamar y cuando llegué lo encontré blanco de furia, con las pruebas de Chesterton corregidas en lápiz; o mejor dicho sin corregir, ya que en una página había aún trece errores; la mayoría de ellos en citas de Browning. Chesterton había citado un fragmento de una balada escocesa de memoria y se había equivocado en tres o cuatro líneas. Le escribí a Chesterton advirtiéndole que en la editorial pensaban que, de publicarse, el libro iba a arruinar la reputación de la firma. La respuesta de Chesterton fue como el quejido de un elefante herido... A pesar de ello, el libro tuvo un éxito enorme.» Stephen Gwynn, citado por Cyril Stevens en Gilbert Keith Chesterton (pág. 145) de Maisie Ward.
374 Sir Leslie Stephen, escritor, crítico y filósofo inglés (1832-1904).



En Borges profesor 
Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires 
Edición, investigación y notas: Martín Arias & Martín Hadis 
Buenos Aires © María Kodama, 2000

Foto: Borges (1975) by Willis Barnstone 
at Borges at Eighty: Conversations, AA.VV., 1982 
Edition, foreword and photographs: Willis Barnstone 
Contributing authors: Willis Barnstone, Alastair Reid, 
Dick Cavett, Alberto Coffa, Kenneth Brechner & Jaime Alazraki



16/12/16

Adolfo Bioy Casares: "Borges" (Mayo de 1956)





Martes, 1º de mayo. Me levanto temprano, para buscar a Borges, que llega de Mendoza. Tanto él como su madre parecen muy conmovidos porque Silvina y yo hayamos ido a esperarlos. Me dice que en Mendoza, como en Tucumán, en Santiago del Estero, en Córdoba y aun en Pehuajó, es inevitable que un joven se le acerque a uno y le pregunte con expresión intensa: «¿No cree usted que el escritor no debe resignarse a repetir la nota cosmopolita, sino que debe bucear en lo regional...?» Dice también que oyó la palabra cajonario, por de cajón
Tomo el té chez Borges, donde voy en busca de consejo sobre si debo aceptar o no el nombramiento como Director de Asuntos Culturales. Allí están Norah, sus hijos, un muchacho Paz Leston. Norah y la madre de Borges me aconsejan que acepte; Borges, que de ninguna manera acepte: «Escondete en la Laguna de los Cisnes; cualquier cosa, pero no aceptes. No hay que aceptar un puesto que se parece tan poco a uno; que uno de ningún modo hubiera inventado». Norah y la madre opinan que debemos sacrificarnos por la patria. Borges concluye: «¿Es necesario, para salvar a la patria, emplear a todos los chambones? Porque, ¿qué sabemos nosotros, Adolfito o yo, de cosas de gobierno?»

Jueves, 3 de mayo. Comen en casa Borges y Wilcock. Borges comenta poemas del Marino. Después, en un aparte, me dice que no sabe qué hacer con un poema que Wilcock le mandó para la Revista de la Biblioteca: un poema sin duda irónico, porque Wilcock sabe lo que hace, pero que deja una sensación incómoda —bueno, ¿y qué?— y que no parece adecuado para una revista oficial. 
Hablo de los rollos del Mar Muerto; de mi proyecto de escribir sobre ellos; de que Edmund Wilson no menciona a De Quincey, cuando repite su hipótesis, aparentemente confirmada hoy, de la identidad entre los esenios y los cristianos (¿o lo confirmado, o casi confirmado, es que Cristo fue esenio?).1 

Martes, 8 de mayo. Después del almuerzo, la madre de Borges me hace leer una página de Borges que se titula «Borges y yo»: algo muy sencillo, escrito de una manera llana, triste, noble.

Miércoles, 9 de mayo. Frías me dijo hoy que nuestro trabajo en Emecé (el de Borges y el mío) había terminado. ¿Cómo lo dijo? Preocupándose por nosotros, contra Emecé. FRÍAS: «¿Cuál es la situación de ustedes?». BIOY: «No nos pagan desde hace uno o dos meses». FRÍAS: «En ese caso, yo no seguiría leyendo».2 Finis, pues. Le cuento la escena a Borges. «Una abeja le puso miel en la boca», comenta. 

Sábado, 12 de mayo. Comen en casa Borges, Mauricio y Martín Müller, y Wilcock. Los Müller cuentan que Martínez Estrada está medio peronista, medio comunista: en Montevideo habló de la falta de libertad que hay ahora en Buenos Aires; de que todo anda tan mal que no le quedan dudas de que lo mejor sería que volviera Perón. 
Esto me recordó que, al comienzo de la Segunda Guerra, cuando Inglaterra defendía sola al mundo libre, nos reunimos en el restaurant chino La Pagoda, en Diagonal y Florida, para firmar un manifiesto en favor de los aliados. Esa mañana, los primeros en llegar fuimos Borges, Petit de Murat, Martínez Estrada y yo. Entre Borges y yo explicamos nuestro propósito. Martínez Estrada dijo que él quería hacer una salvedad o, por lo menos, un llamado a la reflexión. Nos preguntó si no habíamos pensado que tal vez hubiera alguna razón, y quizá también alguna justicia, para que unos perdieran y otros triunfaran, si no habíamos pensado que tal vez de un lado estaban la fuerza, la juventud, lo nuevo en toda su pureza, y del otro, la decadencia, la corrupción de un mundo viejo. Yo pensé que con un personaje así no se podía ni siquiera discutir y, mentalmente, lo eliminé de la posible lista de firmantes. Me equivocaba. Petit de Murat se levantó y dijo que para nosotros el asunto era más simple: «De un lado está la gente decente, del otro los hijos de puta». «Si es así —contestó Martínez Estrada, tomando un color que pasó de grisáceo a amarillento— firmo con ustedes encantado» y, ante mi asombro, subimos a las oficinas de Argentina Libre y estampó su firma en nuestro manifiesto. 

Martes, 15 de mayo. Come en casa Borges. Corregimos Bustos Domecq (Seis Problemas) para posibles editores. 

Viernes, 18 de mayo. Por teléfono, Borges; almorzó con Esther Zemborain, comió con Alicia Jurado: qué día. El hijo menor de Esther (cató­lico, probablemente nacionalista) habría resumido así la cuestión universitaria: «Ellos nos llaman nazis y saben que no lo somos. Nosotros los llamamos comunistas y sabemos que no lo son. Pero parece que conviene hablar así». 

Martes, 22 de mayo. A las siete pasadas vamos a la casa de Borges, donde se celebra el octogésimo aniversario de su madre. Cecilia Ingenieros, Delfina Mitre, infinidad de gente. Hay tanta gente que uno sólo cabe en el sitio que ocupa de pie: Borges me contará después que su madre, en la reunión, de pronto sintió algún mareo y se consoló pensando que de todas maneras no podría caer. 
Durante la fiesta, Rinaldini elogia el actual gobierno, diciendo: «Por primera vez se ha llamado a gobernar a los jóvenes». BORGES: «No me parece atinado elogiar a los jóvenes contra los viejos en casa de una persona que ha cumplido ochenta años». 

Miércoles, 23 de mayo. Come en casa Borges. 

Viernes, 25 de mayo. Comen en casa Borges y Wilcock. Refieren que Martínez Estrada, en un artículo en Marcha, de Montevideo, dice que Perón fue el más inteligente de nuestros gobernantes, que fue grande por sus defectos como por sus virtudes; que con él se acabaron los baqueanos y aparecieron los topógrafos, los técnicos, y que nadie se atreverá a probarle a él, Martínez Estrada, que lo que ha dicho no es verdad.3  BORGES: «Al que afirma que dos y dos son cinco le corresponde la prueba. No hay por qué registrar las sandeces de Martínez Estrada. Recordar, en su contra, el librito de Historia de todas las literaturas:4 Historia de parte de su ignorancia». 
Borges cuenta una anécdota de Tallón, suerte de boxeador enfermo, poeta malo, a quien su antiperonismo dejó sin trabajo, viviendo a costa de su mujer; pobre, pero sobre todo haragán e inescrupuloso. Un muchacho Armani había ganado un premio literario de mil pesos. Estaba muy contento: mil pesos todavía significaban algo. Armani y Clemente visitaron a Tallón. Cuando llegó el momento de irse, Tallón les dijo: «No, debemos comer juntos». Pero eran las nueve pasadas, todos tenían hambre y en la casa no se advertían preparativos para la comida. Finalmente todos fueron a comer a un restaurant. Tallón dijo: «Que pague el del premio». Después explicó que le parecía muy justo que Armani hubiera triunfado, pero que él creía que Fulano iba a ganar el premio, y que Fulano le había prometido un traje para el caso de ganar el premio, así que Armani le había birlado el traje. Armani era un muchacho muy tímido y respetuoso. Parece que a los pocos días los amigos vieron a Tallón con un traje nuevo. 
Con Borges hablamos de una posible nueva edición de la Antología poética argentina, con amputaciones (Marechal —a quien siempre consideré mal poeta—, Gloria Alcorta y otros inexplicables inquilinos de nuestro libro) y agregados (nuevos poemas de Wilcock, de Capdevila, etcétera). También hablamos del Club de cuentistas y preparamos una lista de colaboradores para el primer volumen: Enrique Amorim (fundador del primer —fracasado por las circunstancias políticas— Club de cuentistas),5 Peyrou, Silvina, Borges, yo, Wilcock, Mujica Láinez, Marcial Tamayo, Francisco Ayala, Beatriz Guido (that ineffective syndicate),6 Rosa Chacel, Elva de Lóizaga, José Bianco, Rodolfo Walsh, el increíble Pippig,7 y el oscuro Eandi. 
En un momento en que Wilcock se retira, pregunto a Borges si en algún diccionario, junto a la expresión ad usum delphini, no se leería: «Dícese del órgano sexual de los pederastas». 
Borges menciona un extraño uso de ese: «Me equivoqué, usted no es ese amigo...». Concluyo: «...entre cuyas fauces, como el domador de leones del circo de nuestra niñez, pondríamos la cabeza». Le sugiero que este uso del ese debe de ser galicista: «Elle n'est pas cette femme qu'on admire». Cuando salimos de casa, le digo que un mal poeta podría escribir: «La luz quedó encerrada en el ascensor, como un pájaro en la jaula». BORGES: «Peor aún sería: "Salimos a la oscuridad de la calle como cartas que se echan en el buzón". ¿Qué es esto? ¿Creacionismo? O si no: "Los árboles, en filas como recuerdos". Un poeta prudente escribiría: "Las calles, como espacios entre las casas"». 
Se habla después de «tiempo arrodillado» y se dice que podría ser el título de un libro; se habla de masticables (palabra con que ahora se designa el chewing gum ¿para distinguirlo de la carne, de las legumbres, del pan?). Borges dice que en la Plaza de Mayo, entre las escarapelas y el patriotismo, se oía, el 25, la voz de los vendedores de masticables. Propongo: 

Mi corazón apelotonado, 
otro masticable de tu olvido. 

Domingo, 27 de mayo. Llama Borges; por la manera en que elogia mi nota de La Nación,8 sospecho que la encontró superficial. Me cuenta estas anécdotas: 
A la muerte del padre, la hija, acompañada de su amiga judía, está rezando junto al cuerpo. Llega la otra hija, escritora (escritöra, diría Xul)9 y antisemita, y, al ver a la judía, se enfurece: «¿Para qué rezas? ¿Vos creés que Dios va a escucharte? Vos deberías rezarle a un chancho». Borges explica: «Quizá porque no comen jamón, cierta gente cree que los judíos adoran a una cabeza de cerdo. Los judíos creían que los primeros cristianos adoraban a un asno, o a una cabeza de asno». 
Una Madame Armide plagia íntegramente los poemas del olvidado (ay, no tanto, gime Madame Armide, cuando lee Le Figaro) escritor André Lafon. De cincuenta y tres poemas de su libro, treinta y cinco son de Lafon. En algunos cambia una palabra: chatte se convierte en chienne, por ejemplo; estos cambios a veces rompen la medida del verso. ¿De quién serán los restantes poemas de Madame Armide? El cronista del Figaro nada dice al respecto. 

Martes, 29 de mayo. Por la mañana, con Borges, vamos a la editorial Raigal, en la esperanza de cobrar algo por los Cuentos breves y extraordinarios. Nos felicitan por la venta del libro, nos piden otro (que pensemos qué podemos proponerles), postergan el pago por quince días. «Hemos montado la máquina para entrar en el combate del negocio editorial», nos aseguran. Piden que prestemos nuestra colaboración para reuniones en que los autores firmarán sus libros. «Esto no será la remanida reunión para la firma de libros», nos dicen; la diferencia es tan sutil que no la advertimos. 
Le hablo a Borges de mi posible nota sobre la Enciclopedia de la Pléiade10 me dice que Huxley viajaba con una enciclopedia —la décimoprimera edición de la Britannica.11 
Me cuenta una anécdota: Rosa Chacel va a la calle Alsina, con una muestra de género, para comprar un corte; de pronto se encuentra frente a una vidriera con libros, levanta la vista, ve que está frente a la editorial Losada: Guillermo de Torre está en la puerta. Guillermo exclama: «Si vienes con un libro de cuentos, ya te lo prevengo: no te lo publicaremos, no te lo publicaremos». Rosa muestra el género, explica su inofensivo propósito. Guillermo se aplaca un poco y concede: «Bueno, si me garantes que no se trata de ningún género literario». 
Me dice que no está feliz en la Academia de Letras: le gustaría escribir contra ellos. También le gustaría escribir un artículo en defensa del idioma español, afirmando que sin duda será un idioma internacional, que esto debe alegrar a quienes lo escribimos, pero que las academias, defendiendo un idioma arcaico y sus localismos e idiotismos y paremiología, se oponen a esa expansión del idioma. 
Me cuenta algunas miserias de José Luis Romero: en un palco del Teatro Cervantes se reía ostensiblemente de Dell'Oro Maini (Norah, invitada de Romero, estaba incómoda); a comunistas aseguró de su simpatía por su partido; a muchachos estudiantes azuzó contra Dell'Oro. 

Miércoles, 30 de mayo. Comen en casa Borges, Resta y su mujer. BORGES: «Un señor me ha comunicado su plan de hacer un diario en que se adule al pueblo, se olviden los crímenes del peronismo, se ataque (pour la galerie) al gobierno». BIOY: «El plan me parece una inmoralidad; ese señor, un crápula». BORGES: «Así ha de ser. Ahora, mucha gente suspira por atraer a los peronistas: Estela [Canto] fue al Rosario, atacó al gobierno, a la Marina y a Aramburu. Le pregunté por qué lo hacía ahora y no en tiempos de Perón. Este pilar de la rectitud contestó que porque ahora hay garantías de que a uno no le va a pasar nada».  

Notas
1. Cf. BIOY CASARES, Reseña de WILSON , E., The Scrolls from the Dead Sea (1956) [La Nación, 17/6/56] . Para la hipótesis sobre los esenios, véase D E QUINCEY, Thomas, «On the Essenes» (1840). 
2. Cf. la versión de Borges en LOUBE T Jr., Enrique, Nueve famas [México D.F.: FCE, 1975] : 81-2. 
3. «Sucesores y albaceas del peronismo» [M, 23/3/56]. Borges respondió con un artículo en Acción (Montevideo), 4/6/56, en que afirma que «Aramburu y Rojas podrán estar a veces equivocados pero nunca serán culpables. Por eso considero mala la actitud de Martí­nez Estrada, por ejemplo, que ha dado conferencias, y hecho publicaciones que significan un elogio indirecto de Perón». 
4. MARTÍNEZ ESTRADA, Ezequiel, Panorama de las literaturas (1946).
5. Según Bioy [En Gente, nº 511 (1975)], «cuando yo empecé a escribir y lo conocí a Borges, habíamos pensado formar una especie de club y someternos los manuscritos unos a otros, pero nunca lo hicimos». Entre los probables miembros estaban también S. Dabove, M. Peyrou, Silvina Ocampo, E. Wernicke, E. Amorim, E. Mallea, H. Eandi y L. Barletta. 
6. En la entrada del 27 de mayo de 1956 de su Diario, explica Bioy: «Beatriz Guido es un sindicato. Varias manos escriben para ella. Cuida todos los lados: mantiene a su Torre Nilsson, porque la introduce en el cinematógrafo; a Drago, porque es La Nación. En su nuevo film, el protagonista es un homosexual que tiene prendados a todos los homosexuales; ese público está asegurado. Ignacio Pirovano [...], arbiter del gusto en la sociedad, será un aliado, porque hará las decoraciones; el film se rodará en la casa de una familia de nacionalistas; la simpatía de éstos se descuenta». 
7. Su novela Isla (1946) está bajo el influjo excesivo e increíble de Bioy. Según una reseña anónima: «El recuerdo de La invención de Morel [...] planea sobre esta nueva versión del caso clásico de Robinson [...]» [La Nación, 30/6/46]. 
8. Reseña de HARTLEY , L. P, A Perfect Woman (1956) [La Nación, 27/5/56]. 
9. «Xul [...] dijo que habría que inventar un signo ortográfico para sugerir el carácter irónico de un párrafo. Propuso la diéresis, para sugerir que algo no era auténtico: escritör, pensadör, filösofo» [Bioy Casares, Descanso de caminantes: 428]. 
10. Reseña de Encyclopédie de la Pléiade; Histoire des Littératures (1956) [La Nación, 12/8/56]. 
11. Borges [El Hogar, nº 1509 (1938)] sigue a Swinnerton [The Georgian Literary Scene (1938), XVI, 2], según el cual Huxley «is the only man I ever heard of [...] who, on setting out to go round the world, caused a special packing case to be made for his Encyclopaedia Britannica». Sin embargo, Huxley dice que en sus viajes sólo lleva «a volume (any one of the thirty-two will do) of the twelfth half-size edition of the Encyclopaedia Britannica» [«Books for the journey». In: Along the Road (1925)]. 


En Adolfo Bioy Casares, Borges
Edición al cuidado de Daniel Martino
Barcelona, Ediciones Destino ("Imago Mundi"), 2006


Imagen: Borges conversa con Bioy Casares el 27.11.1985
en Librería Casares
Foto cedida por Alberto Casares Vía


15/12/16

Jorge Luis Borges: Definición del germanófilo







13 de diciembre de 1940


Los implacables detractores de la etimología razonan que el origen de las palabras no enseña lo que éstas significan ahora; los defensores pueden replicar que enseña, siempre, lo que éstas ahora no significan. Enseña, verbigracia, que los pontífices no son constructores de puentes; que las miniaturas no están pintadas al minio; que la materia del cristal no es el hielo; que el leopardo no es un mestizo de pantera y de león; que un candidato puede no haber sido blanqueado; que los sarcófagos no son lo contrario de los vegetarianos; que los aligatores no son lagartos; que las rúbricas no son rojas como el rubor; que el descubridor de América no es Américo Vespucci y que los germanófilos no son devotos de Alemania.

Lo anterior no es una falsedad, ni siquiera una exageración. He tenido el candor de conversar con muchos germanófilos argentinos; he intentado hablar de Alemania y de lo indestructible alemán; he mencionado a Hölderlin, a Lutero, a Schopenhauer o a Leibnitz; he comprobado que el interlocutor "germanófilo" apenas identificaba esos nombres y prefería hablar de un archipiélago más o menos antártico que descubrieron en 1592 los ingleses y cuyas relaciones con Alemania no he percibido aún. 

La ignorancia plenaria de lo germánico no agota, sin embargo, la definición de nuestros germanófilos. Hay otros rasgos privativos, quizá tan necesarios como el primero. Uno de ellos: al germanófilo le entristece muchísimo que las compañías de ferrocarriles de cierta república sudamericana tengan accionistas ingleses. También le apesadumbran los rigores de la guerra sudafricana de 1902. Es, asimismo, antisemita; quiere expulsar de nuestro país a una comunidad eslavogermánica en la que predominan apellidos de origen alemán (Rosenblatt, Gruenberg, Nierenstein, Lilienthal) y que habla un dialecto alemán: el yiddish o juedisch.

De lo anterior cabría tal vez inferir que el germanófilo es realmente un anglófobo. Ignora con perfección a Alemania, pero se resigna al entusiasmo por un país que combate a Inglaterra. Ya veremos que tal es la verdad, pero no toda la verdad, ni siquiera su parte significativa. Para demostrarlo reconstruiré, reduciéndola a lo esencial, una conversación que he tenido con muchos germanófilos, y en la que juro no volver a incurrir, porque el tiempo otorgado a los mortales no es infinito y el fruto de esas conferencias es vano.

Invariablemente mi interlocutor ha empezado por condenar el Pacto de Versalles, impuesto por la mera fuerza a Alemania en 1919. Invariablemente yo he ilustrado ese fallo condenatorio con un texto de Wells o de Bernard Shaw, que denunciaron en la hora de la victoria ese documento implacable. El germanófilo no ha rehusado nunca ese texto. Ha proclamado que un país victorioso debe prescindir de la opresión y de la venganza. Ha proclamado que era natural que Alemania quisiera anular ese ultraje. Yo he compartido su opinión. Después, inmediatamente después, ha ocurrido lo inexplicable. Mi prodigioso interlocutor ha razonado que la antigua injusticia padecida por Alemania la autoriza en 1940 a destruir no sólo a Inglaterra y a Francia (¿por qué no a Italia?), sino también a Dinamarca, a Holanda, a Noruega: libres de toda culpa en esa injusticia. En 1919 Alemania fue maltratada por enemigos: esa todopoderosa razón le permite incendiar, arrasar, conquistar todas las naciones de Europa y quizá del orbe... El razonamiento es monstruoso, como se ve.

Tímidamente yo señalo ese monstruo a mi interlocutor. Este se burla de mis anticuados escrúpulos y alega razones jesuíticas o nietzscheanas: el fin justifica los medios, la necesidad carece de ley, no hay otra ley que la voluntad del más fuerte, el Reich es fuerte, la aviación del Reich ha destruido a Coventry, etcétera. Yo murmuro que me resigno a pasar de la moral de Jesús a la de Zarathustra o de Hormiga Negra, pero que nuestra rápida conversión nos prohíbe apiadarnos de la injusticia que en 1919 sufre Alemania. En esa fecha que él no quiere olvidar, Inglaterra y Francia eran fuertes; no hay otra ley que la voluntad de los fuertes; por consiguiente, esas naciones calumniadas procedieron muy bien al querer hundir a Alemania, y no cabe aplicarles otra censura que la de haber estado indecisas (y hasta culpablemente piadosas) en la ejecución de ese plan. Desdeñando esas áridas abstracciones, mi interlocutor inicia o esboza el panegírico de Hitler: varón providencial cuyos infatigables discursos predican la extinción de todos los charlatanes y demagogos, y cuyas bombas incendiarias, no mitigadas por palabreras declaraciones de guerra, anuncian desde el firmamento la ruina de los imperialismos rapaces. Después, inmediatamente después, ocurre el segundo prodigio. Es de naturaleza moral y es casi increíble.

Descubro, siempre, que mi interlocutor idolatra a Hitler, no a pesar de las bombas cenitales y de las invasiones fulmíneas, de las ametralladoras, de las delaciones y de los perjurios, sino a causa de esas costumbres y de esos instrumentos. Le alegra lo malvado, lo atroz. La victoria germánica no le importa; quiere la humillación de Inglaterra, el satisfactorio incendio de Londres. Admira a Hitler como ayer admiraba a sus precursores en el submundo criminal de Chicago. La discusión resulta imposible porque las fechorías que imputo a Hitler son encantos y méritos para él. Los apologistas de Artigas, de Ramírez, de Quiroga, de Rosas o de Urquiza disculpan o mitigan sus crímenes; el defensor de Hitler deriva de ellos un deleite especial. El hitlerista, siempre, es un rencoroso, un adorador secreto, y a veces público, de la "viveza" forajida y de la crueldad. Es, por penuria imaginativa, un hombre que postula que el porvenir no puede diferir del presente, y que Alemania, victoriosa hasta ahora, no puede empezar a perder. Es el hombre ladino que anhela estar de parte de los que vencen.

No es imposible que Adolf Hitler tenga alguna justificación; sé que los germanófilos no la tienen.



En Textos cautivos (1986)
Foto: Borges en su casa en 1981
por Eduardo Di Baia/AP



14/12/16

Jorge Luis Borges: Los dones






Le fue dada la música invisible
que es don del tiempo y que en el tiempo cesa;
le fue dada la trágica belleza,
le fue dado el amor, cosa terrible.

Le fue dado saber que entre las bellas
mujeres de la tierra sólo hay una;
pudo una tarde descubrir la luna
y con la luna el álgebra de estrellas.

Le fue dada la infamia. Dócilmente
estudió los delitos de la espada,
la ruina de Cartago, la apretada
batalla del Oriente y del Poniente.

Le fue dado el lenguaje, esa mentira,
le fue dada la carne, que es arcilla,
le fue dada la obscena pesadilla
y en el cristal el otro, el que nos mira.

De los libros que el tiempo ha acumulado
le fueron concedidas unas hojas;
de Elea, unas contadas paradojas,
que el desgaste del tiempo no ha gastado.

La erguida sangre del amor humano
(la imagen es de un griego) le fue dada
por Aquel cuyo nombre es una espada
y que dicta las letras a la mano.

Otras cosas le dieron y sus nombres:
el cubo, la pirámide, la esfera,
la innumerable arena, la madera
y un cuerpo para andar entre los hombres.

Fue digno del sabor de cada día;
tal es tu historia, que es también la mía.


En Atlas (1984)
Foto:  Jorge Luis Borges, Montevideo, 1982, durante una filmación para la BBC
Foto ©El País, Uruguay


13/12/16

Jorge Luis Borges: La vuelta a Buenos Aires








Otra vez en mi derredor la ciudad se dispersa en arrabal como bandera gironada.
Otra vez alcanzables por los ojos padecen las estrellas como en la cercanía
     de amorosa mano hay caricias.
Está su límpido desvelo sobre la bondad de los patios y la hurañía de las verjas agrestes.
En mis miradas el recuerdo de largo cielo y mar; en los oídos el tropel de huraños vocablos.
Y la noche tan sola como mi corazón sin arrimo.
La ineficaz incantanción de mis versos ha enmudecido como la misma olvidanza.
En este sitio apalabré felicidades a mis ventura[s], encandiladas y ágiles como las liviana[s] enseñas.
Desdeñador de limpia soledad, hecho tan ávido como la carne el espíritu.
Enmarañada en esperanzas el alma como la diestra del varón en crenchas de mujer.
En ti, villa de antaño, hoy se lamenta mi soledad pordiosera.
Arduo silencio brota donde yo puse generosidad de esperar.
Son forasteros en mi carne los besos y único el viento es abrazador de mi tronco.
Ya no sabe amor de mi sombra.
Yo te rezé [sic] mis palabras todas, mi patria, y me ves tan aislado como el viento.
Acaso todos me dejaron para que te quisiese sólo a vos:
Visión de calles doloridas: mi Buenos Aires, mi contemplación, mi vagancia.



Luna de enfrente, Buenos Aires, Editorial Proa, 1925
Poema excluido por Borges en la edición de 1943

En Textos recobrados 1919-1929 (1997)
Buenos Aires, Sudamericana, 2011


Nota de esta edición:
Luna de enfrente, 1925, contenía veintisiete poemas. Al reeditar su poesía en 1943 Borges excluyó: "Tarde cualquiera", "La vuelta a Buenos Aires", "A la calle Serrano", "Patrias", "Soleares", "Por los viales de Nimes", "El año cuarenta" y "En Villa Alvear". Incluimos a continuación estos ocho poemas que no fueron publicados en revistas antes de la primera edición del libro. Publicamos también las primeras versiones editadas de "Los llanos" (pág. 182), 'Jactancia de quietud", "Singladura" y "A Rafael Cansinos Assens" (págs. 196-197), "Montevideo" (pág. 199), "Dualidad en una despedida" (pág. 203) y "Antelación de amor" (pág. 204). Los restantes poemas que integraban la primera edición de Luna de enfrente fueron corregidos por Borges a lo largo del tiempo; puede encontrarse su última versión en Luna de enfrente y Cuaderno San Martín, Buenos Aires, Emecé Editores, 3a edición, 1995.El colofón de Luna de enfrente dice: "Este libro se acabó de imprimir el día 4 de Noviembre de 1925 en los talleres de G. Ricordi e C. que tienen su residencia en Buenos Aires. Calle Bolívar, 1610".

Imagen: Borges y María Kodama en New York
Foto de Pedro Meyer [+] Sitio oficial



12/12/16

Jorge Luis Borges: Prólogo a "El Paso de los Libres" de Arturo Jauretche







La patriada (que no se debe confundir con el cuartelazo, prudente operación comercial de éxito seguro) es uno de los pocos rasgos decentes de la odiosa historia de América. Si fracasa, le dicen chirinada —y casi nunca deja de fracasar. En el benigno ayer, el estanciero le prestaba sus peones (y alguna vez su vida o la de sus hijos) con esperanza razonable de triunfo, o sino de olvido y postergación; ahora el ferrocarril, los aeroplanos, el chismoso telégrafo* y la ametralladora versátil, aseguran el pronto desempeño de la expedición punitiva y la vindicación del Orden. En la patriada actual, cabe decir que está descontado el fracaso: un fracaso amargado por la irrisión. Sus hombres corren el albur de la muerte, de una muerte que será decretada insignificante. La muerte, siéndolo todo, es nada: también los amenazan el destierro, la escasez, la caricatura y el régimen carcelario. Afrontarlos, demanda un coraje particular. El fracaso previsto y verosímil borra los contactos de la patriada con las operaciones militares de orden común, sólo atentas a la victoria, y la aproxima al duelo, que excluye enteramente las ideas de ganar o perder —sin que ello importe tolerar la menor negligencia, o escatimar coraje—. Ya lo dice Jauretche, en una de sus estrofas más firmes:

En cambio murió Ramón 
jugando a risa la herida: 
siendo grande la ocasión 
lo de menos es la vida.

Recordemos que ese Ramón Hernández murió de veras y que el poeta que labró más tarde la estrofa compartió con el hombre que murió esa madrugada y esa batalla. El hecho, en sí, es patético. Yo pienso en los corteses cantores de Islandia y de Noruega, diestros en artes de piratería también; yo pienso en el capitán Hilario Ascasubi "cantando y combatiendo los tiranos del Río de la Plata". 
No en vano he mencionado ese nombre. El Paso de los libres está en la tradición de Ascasubi —y del también conspirador José Hernández. La adecuación de la manera de esos poetas al episodio actual es tan feliz que no delata el menor esfuerzo. La tradición, que para muchos es una traba, ha sido un instrumento venturoso para Jauretche. Le ha permitido realizar obra viva, obra que el tiempo cuidará de no preterir, obra que merecerá —yo lo creo— la amistad de las guitarras y de los hombres. 

Salto Oriental, noviembre 22 de 1934.








*En el prólogo de Ediciones Coyoacán, Buenos Aires, 1960, dice "teléfono".

En: Jauretche, Arturo; El Paso de los LibresEditorial "La Boina Blanca",  Buenos Aires,  (1934)
Y en: Jauretche, Arturo;  El Paso de los Libres, Ediciones Coyoacán,  Buenos Aires, (1960). 
Jauretche, Arturo; El Paso de los Libres, Ediciones Corregidor,  Buenos Aires,  (1992).
Luego en: Textos Recobrados 1931-1955 (2007)
Portadilla y cover de la primera edición

11/12/16

Jorge Luis Borges: El ápice







No te habrá de salvar lo que dejaron
escrito aquellos que tu miedo implora;
no eres los otros y te ves ahora
centro del laberinto que tramaron

tus pasos. No te salva la agonía
de Jesús o de Sócrates ni el fuerte
Siddharta de oro que aceptó la muerte
en un jardín, al declinar el día.

Polvo también es la palabra escrita
por tu mano o el verbo pronunciado
por tu boca. No hay lástima en el Hado

y la noche de Dios es infinita.
Tu materia es el tiempo, el incesante
tiempo. Eres cada solitario instante.




En La cifra  (1981)
Imagen: Wall Poem, Leiden: Jorge Luis Borges, El Apice
Groenhovenstraat 18, Leiden, The Netherlands
Crédito: I Harsten, 2008



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