27/11/17

Marcos-Ricardo Barnatán: «Tuvimos una patria y la perdimos»





Hace pocos años Borges prologaba con amargura un libro de poemas de Manuel Mujica Láinez. Estaban vivos los dos, pero igualmente heridos por un país que había cambiado dramáticamente. "Manuel Mujica Láinez, tuvimos una patria, recuerdas, y los dos la perdimos". Manucho vivía enclaustrado en su finca cordobesa, a la que llamó El Paraíso, y Borges se entregaba compulsivamente a los víajes para estar lejos de Buenos Aires. La patria en la que se habían reconocido ya no existía, se había desangrado lentamente en los últimos 15 años de violencia y descomposición. Ya en 1974 me confesaba Borges en su casa de la calle Maipú su deseo de vivir en Europa; su ciudad le era entonces especialmente hostil, vivía amenazado de muerte y recibía con estoicismo el generoso insulto de su Gobierno. El poeta que había cantado como ninguno los fervores de Buenos Aires comprobaba que el infierno era algo más que una creación de los teólogos y que podía ser parte rutinaria de la realidad. Ginebra resultó ser así la estación final del noble viajero. Tenía para Borges el sabor inigualable de la adolescencia, en Ginebra Borges volvía a ser joven, volvía a descubrir la literatura y a escribir sus primeros poemas en francés, en Ginebra Borges volvía a ser feliz. Por eso la elección última de retornar a los orígenes y morir en el exilio resulta comprensible. Un hombre hecho de soledad, de amor y de tiempo, como él mismo se definió, buscó en el cantón de Ginebra la última de sus patrias.


Argentino

Pero Borges no dejó nunca de ser argentino en el sentido más ecuménico, y sólo una cultura como la argentina pudo producir un genio literario de su naturaleza. Borges era europeo como sólo puede serlo un argentino, y así lo testimonia su literatura plagada de algo más que curiosidad por los sectores más profundos y heterodoxos de la tradición cultural occidental, desde las antiguas literaturas germánicas hasta la Kábala, sin renunciar tampoco a la gran manifestación artística de su tiempo, el cine.
Ejerció una indiscutible maestría en la literatura de nuestra lengua con una socarrona humildad. Su influencia indeleble en los grandes escritores latinoamericanos ha sido reconocida por quienes respetaban su literatura más allá de las coincidencias o divergencias políticas. Cortázar, Vargas Llosa, Cabrera Infante e incluso García Márquez y Carlos Fuentes han repetido muchas veces que ellos no hubieran sido lo que son si no hubieran bebido del manantial borgiano. Y no sería ocioso indagar en el ámbito de otras literaturas, como la francesa, la italiana y las de habla inglesa, donde la huella de su obra puede ser reconocida.
La proyección internacional lograda por Borges es única en la historia de la literatura argentina. Ninguno de los escritores importantes que había dado su país, ni siquiera su admirado Leopoldo Lugones, había conseguido vencer los límites estrictos del mundo hispánico. Borges era un personaje conocido en los grandes semanarios europeos y norteamericanos a quien se le pedía opinión sobre lo divino y lo humano, y además gozaba de la veneración de los círculos universitarios de todo el mundo. Popular y elitista a la vez, podía escribir la letra de una milonga o hablar del anglosajón para iniciados, emocionar con la rotunda sencillez de unos versos dramáticos o internarnos en el laberinto de una prosa elaborada y precisa, tramada de perplejidades metafísicas.
Su retrato no puede dejar de ser contradictorio, sus reacciones imprevisibles incluso para los que le conocíamos de cerca y habíamos estudiado con cierta minuciosidad su obra y su vida. Fue anarquista como su padre durante muchos años, incluso después de renegar del vanguardismo que inflamó sus años juveniles. Llegó a cantar la revolución rusa de octubre en versos hoy olvidados. Y su escepticismo político le permitió ser en sus años mozos radical, cuando su clase social y sus amigos eran conservadores. Fue ferozmente antinazi durante la guerra, y no dejó de mostrar su simpatía por la República española. Sintió las guerras de Israel como algo propio y cantó en poemas militantes la resurrección del pueblo judío. Sufrió la dictadura peronista con valentía, y tras aprobar el golpe militar que derrocó a Isabel Perón, acabó reconociendo su error y condenando la carnicería. Se opuso a la guerra de las Malvinas cuando el más feroz nacionalismo contagiaba a los argentinos de todos los colores.
Estigma
Varias generaciones de escritores hemos recogido de una u otra forma sus lecciones, muchos directamente en las aulas y otros sobre todo en sus libros. La prosa, el verso y el ensayo de nuestra lengua tiene ya el estigma borgiano grabado sobre su rostro, y será difícil que lo borren las modas o las escuelas literarias venideras. En sus últimos meses, Borges y María Kodama preparaban el volumen de las obras completas para la Bibliothèque de la Pléiade, era una de las formas más sublimes de su consagración como clásico. La muerte previsible le impidió el gozo de palpar la fina hoja y sentir el aroma intenso de la tinta, una de las maneras de constatar la realidad que solía tener el maestro muerto. Los libros, que eran no sólo parte esencial de su vida sino una prolongación de su propio cuerpo, de su propia alma.
En El País, Madrid, 16 de junio de 1986
Jorge Luis Borges junto a Marcos-Ricardo Barnatan (der)
Fotografía tomada en abril de 1973 en ingreso a entrevista en la Televisión Española
Gentileza Marcos-Ricardo Barnatán
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