8/10/15

Arturo Villalobos: Borges y el eterno retorno





      

Pocos filósofos se hicieron acreedores a las  refutaciones de Borges como ocurrió con el caso de Nietzsche; aparte de que este pensador era una referencia obligada  cuando Borges atacaba a los germanófilos, que abundaban en Argentina durante los años de la segunda guerra mundial, dos ensayos suyos nos permiten asomarnos a la disputa imaginaria, sobre la pluma y el papel,  entre el escritor y el filósofo (ya que nunca se conocieron, lamentablemente): Algunos pareceres de Nietzsche (1940) y La doctrina de los ciclos (1936). El primero, rescatado en Textos recobrados, como su nombre lo indica, se limita a pasar revista, sin abandonar la ironía teñida de perplejidad y respeto intelectual, de algunas ideas atrevidas que están en la periferia del pensamiento de Nietzsche. Borges conocía lo descomunal que podía ser la empresa de intentar una refutación sistemática,  más aun tratándose de un pensador que se quiere asistemático, así que se limitó a transmitir ciertas sospechas en el lector acerca de la coherencia aforística de Nietzsche. Es en el segundo ensayo, recopilado en Historia de la eternidad, donde Borges revela un formidable poder lógico y, al menos temporalmente, logra destruir la versión de Nietzsche de la teoría del eterno retorno. Sin embargo, a la luz de nuestra época, pese a lo aplastante de los argumentos de Borges, la discusión puede continuar.
            Dejemos a un lado el estilo poético con que Nietzsche postulaba su versión de la doctrina: él imaginaba un universo hecho de  materia en cantidad finita dentro de un espacio finito. En consecuencia, la materia está hecha de átomos también en cantidad finita, por innumerables que parezcan. Y también, por innumerables que parezcan, hay una cantidad de combinaciones posibles entre los átomos. Si el tiempo es infinito, necesariamente habrá no sólo simples repeticiones de algunas combinaciones universales de átomos, sino cíclicas repeticiones de todas las combinaciones posibles. Basta imaginarse al universo como una inmensa mesa de billar donde las bolas están chocando  eternamente unas con otras. La eternidad produce un eterno retorno cíclico de configuraciones en las bolas de la mesa. Todo el universo se vuelve una máquina – la máquina de Laplace - destinada a repetirse infinitamente en todas sus modalidades y secuencias posibles.  Las consecuencias son temibles: no sólo somos como máquinas que han sido producidas por otra máquina más gigantesca aun, con toda la anulación de nuestro libre albedrío que ello supone, sino que cualquier acto humano es justificable porque no es controlable. Además, por si fuera poco, será repetido una infinitud de veces. La necesidad se vuelve cósmica y la libertad ficticia. No está de más señalar el rasgo curioso de que Borges consideraba al libre albedrío como una ficción necesaria.
            Son dos los argumentos que edifica Borges contra la tesis de Nietzsche. El primero de ellos, de índole matemática, expone la teoría de los números transfinitos de Cantor: existen conjuntos de números en que existen dentro de ellos partes  tan voluminosas como esos mismos conjuntos. Por ejemplo: el conjunto de los números pares es potencialmente tan grande como el de los números naturales del cual forma parte. Ambos se pueden poner en relación y para cada número natural hay uno par, como para  una potencia de 10 o un múltiplo de 365:


1          2          3          4          5          6          7             ... n
2          4          6          8         10        12         14          ...2n
110      210       310       410       510       610          710              ...n10
365     730      1,095   1,460   1,825   2,190   2,555     ...365n  


 La paradoja consiste en que existen tantos números pares como naturales, a pesar de que es evidente que hay números naturales que no son pares.  En El Aleph, Borges menciona de pasada un libro alemán sobre teoría de conjuntos y señala que esta letra hebrea es el símbolo de los números transfinitos, en que el todo no es mayor que las partes. La teoría es una de las más extrañas y difíciles en la matemática, probablemente el germen de una nueva ciencia, tal vez por ahora inconcebible, pero Borges termina concluyendo que el universo es un número infinito de términos, por lo tanto, las posibles combinaciones entre sus términos –  o átomos – son también infinitas, reduciendo casi a cero la probabilidad de un retorno. Así, vence a Nietzsche por anticipado. Borges parece confiar demasiado en las abstracciones de la matemática, pasando por alto las oscuridades de la física: la infinitud de términos del universo es una ficción matemática, nadie ha probado que sea una realidad física.  Las teorías más aceptadas de la  física moderna, por el contrario, conciben a  un universo ilimitado pero no infinito, como la superficie de una esfera, mientras que el cuanto, como la mínima cantidad de energía posible, establece límites para la reducción infinitesimal.
            El segundo argumento merece de respuesta sólo una hipótesis, porque se trata del decisivo; Borges lo formula en dos partes. La primera es tan concreta como ilustrativa: Basta proyectar una luz sobre una superficie negra para que se convierta en calor. El calor, en cambio, ya no volverá a la forma de la luz. La segunda hace uso de la segunda ley de la termodinámica, la cual establece que toda la energía del universo se encamina progresivamente a su desorganización. Llegará, al cabo de miles de millones de años, un tiempo en que toda la temperatura del universo estará repartida uniformemente por todos sus puntos. Borges: A fuerza de intercambios el universo entero lo alcanzará, y estará tibio y muerto. No se habla de números fantásticos, como los transfinitos, sino de una ley física, el universo tiene marcado un final.
            La reciente física, sin embargo, abre una nueva posibilidad para el retorno. El universo está expandiéndose y aún no se sabe si seguirá expandiéndose para siempre, se detendrá en un punto estático o, por el efecto de la gravedad, se contraerá de nuevo para colapsarse en  el punto primigenio del Bing-Bang y estallar de nuevo. Paul Davies en El universo desbocado, pinta bastante surrealistamente, sin proponérselo, la teoría del astrónomo y cosmofísico Thomas Gold:

En un planeta como la tierra, todo sería muy extraño. En vez de mezclarse con el agua caliente, los bloques de hielo crecerían y emitirían calor, que harían hervir el agua restante. Las personas, en lugar de hacerse viejas, se harían más jóvenes, al invertirse el metabolismo de sus cuerpos, y sus células emitirían energía, que viajaría por un circuito preestablecido para volver al sol.

            Y, por supuesto, el calor de la superficie negra se transformaría en luz. Paul Davies explica porqué  no hay razón para incomodarse ante estas alucinantes perspectivas:

            El tiempo no se puede invertir, ya que no se está moviendo: es, en realidad, sólo una medida de cambio y movimiento. La elección de palabras es sólo una conveniencia lingüística; lo que sucede verdaderamente es que todos los procesos físicos se invierten en comparación con el orden temporal original.

Así, se produce un retorno doble: viviremos nuestras vida tanto hacia atrás como hacia adelante, en ambos casos sin el menor recuerdo de esas vidas, y sin poder distinguir cuál es la dirección del flujo temporal, es decir, si vamos del pasado al futuro o al contrario. Ignoro si esto sea más espantoso y amoral que la teoría original del eterno retorno, Borges apunta al final de su ensayo la ausencia de  significado en una sucesión infinita de ciclos, su absurdo inherente, su delirio circular y sin sentido. En el enigmático final de un cuento suyo, La muerte y la brújula, se juega con la idea de un retorno cíclico para el detective y el criminal que lo ultima, ambos dentro de un laberinto de temporalidades.
¿Pero no es también revelador que uno de sus cuentos, El jardín de senderos que se bifurcan (1941), aborde el tema de los mundos narrativos paralelos que difieren entre sí casi imperceptiblemente, prefigurando la teoría cuántica de los universos múltiples, orbes ramificados e incomunicados en una vasta red de líneas temporales, postulada por Hugh Everett en 1957? Las hipótesis de un eterno retorno, y en ocasiones la ficción científica (Olaf Stapledon o Ray Bradbury), también juegan con la idea de un universo agotando todas sus posibilidades,  que serían en sí mismas otros universos. A Borges le obsedía el tema de la causalidad, a fin de cuentas ávido lector  de David Hume, y  sus consecuencias para la práctica narrativa, como aparece en un cuento como Examen de la obra de Herbert Qüainn. Se diría que para Borges, el narrador se enfrenta a la causalidad de lo real  tanto como a la fertilidad salvaje de los signos, a los intentos muchas veces desastrosos por clasificar el cosmos como a la ambigüedad  de las palabras.
 Se ha dicho que Borges ha sido el escritor más literario de Hispanoamérica, que, al igual que Cervantes, entendía al universo como un libro. También podría decirse que escasos autores como él se han arriesgado a visitar  regiones tan disímbolas del pensamiento humano y transmitirnos, con esa impecable lucidez,  las señales de sus expediciones. Borges sospechaba (porque su literatura es ajena a dogmatismos y nos contagia de sus sospechas)  que  ambos órdenes se reflejan mutuamente: el cosmos mental y el otro, el infinito y paradójico, el  que buscaba desde niño con la meticulosidad de un detective, desde que su padre le enseñó  el problema de Aquiles y la tortuga sobre un tablero de ajedrez.



Arturo Villalobos, texto inédito año 2008
Blog personal
Foto AV en Manzanillo - Colima (México) (sin atribución de autor), 2008



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