4/9/15

Jorge Luis Borges: El mapa secreto






En un famoso ensayo sobre El asesinato considerado como una de las bellas artes, De Quincey refiere la muerte violenta de un sumo sacerdote en Jerusalén, que fue apuñalado, no en la oscuridad o en la soledad, sino a la luz del mediodía, durante una ceremonia religiosa, entre la muchedumbre. De Quincey explica que la luz y las muchedumbres pueden obrar a modo de velos, y recuerda el epíteto secreto que Milton, en el Paraíso perdido, aplicó a la cumbre de una montaña y que Bentley, su irreverente editor, quiso reemplazar por sagrado. De Quincey defendió la versión original y explicó que la cumbre de una montaña, en pleno mediodía, puede ser invisible y secreta. Aquí cabe recordar, asimismo, a Goethe, que censuró en un breve poema a los insensatos que quieren penetrar en lo íntimo de la naturaleza, ignorantes de que en la naturaleza no hay nada íntimo y todo está a la vista y es fondo y forma, esencia y apariencia. Quiero rememorar también un verso de un hombre que fue, para quienes tuvimos la dicha de conocerlo, uno de los más admirables. Hablo de Macedonio Fernández y de aquel verso suyo que dice: la realidad trabaja en abierto misterio.
He recordado estos secretos a voces, estos abiertos misterios, estas cosas públicas y escondidas, porque me parecen singularmente aplicables a Buenos Aires. Buenos Aires, desde luego, es algo más que una determinada extensión surcada de calles que se cortan en línea recta y en la que hay muchas casas bajas y muchos patios. Para todo porteño, Buenos Aires, al cabo de los años, se ha convertido en una especie de mapa secreto de memorias, de encuentros, de adioses, acaso de agonías y humillaciones, y tenemos así dos ciudades: una, la ciudad pública que registran los cartógrafos, y otra, la íntima y secreta ciudad de nuestras biografías. A ese mapa personal podemos agregar hoy, venturosamente, otros puntos, donde se ejecutaron los hechos de la Revolución, y que definen (público y entrañable a la vez) un mapa de glorias.
Quiero confiarles ahora la historia de mis relaciones con Buenos Aires. Hacia mil novecientos veintitantos (no recuerdo la fecha exacta y no trato de recuperarla) yo volví a Buenos Aires al cabo de una larga ausencia que fue un destierro para mí. Resolví entonces cantar esa redescubierta ciudad o, más modestamente, cantar mi barrio de Palermo, que me fue dado no sólo en lo que veía y recuperaba, sino en los versos de Evaristo Carriego y en la interrogada memoria de los vecinos. Durante muchos años me consagré a esa tarea literaria de fácil apariencia y de realización muy difícil. Largamente busqué la definición poética de Buenos Aires; a esos afanes corresponden los libros que se titulan Fervor de Buenos AiresLuna de enfrenteCuaderno San Martín. Los releo ahora y en sus páginas no hallo recuerdos de los temas que tratan, sino de tal mañana o de tal atardecer en tal casa donde los escribí. Encuentro, en cambio, memorias precisas de Buenos Aires, el sabor preciso de Buenos Aires, en otras páginas de otros escritores. Básteme nombrar a Sicardi, en cuyo Libro extraño está el caótico y rudimentario principio de otro barrio porteño, el barrio de Almagro. En sus páginas están, asimismo, las iras del turbio Maldonado, que, como por obra de una magia perversa, bruscamente pasaba de la lamentable sequía a la inundación. Quiero, asimismo, recordar los versos esenciales y precisos de Fernández Moreno, que milagrosamente se identifican con las imágenes más íntimas de nuestra memoria… Un día llegó en que desistí del propósito de hallar una versión poética de Buenos Aires y escribí un cuento fantástico-policial que se intituló “La muerte y la brújula”. Los personajes de esa fábula tienen nombres irlandeses o escandinavos; la historia ocurre en una ciudad que es, como Buenos Aires, deformada en espejos de pesadilla. En la ciudad de mi relato hay una calle de salobres y tortuosas recovas que se llama la Rue de Toulon; esa calle es una magnificación o perversión del Paseo de Julio. Hay, asimismo, un territorio de interminables y desconsolados suburbios hechos de llanura y de ocasos; en ese territorio se reflejan Villa Luro, Mataderos o Chacarita. Hay en el sur de la imaginaria ciudad una antigua quinta que se llama Triste-le-Roy; esa quinta, llena de simetrías un poco horribles, se llama (se llamó) en la realidad el hotel Las Delicias. Nada dije yo a mis amigos sobre el propósito esencial de aquel cuento, pero algunos descubrieron en él, por primera vez, el sabor de Buenos Aires, la entonación que yo busqué en vano hasta entonces. Así me fue dado entender que hay algo —una reserva central, un pudor— en Buenos Aires que no quiere que la describamos abiertamente, sino por obra de alusiones y símbolos. Claro está que para entenderlos hay que estar en el secreto. Hablar de alusiones y de pudor es hablar de Enrique Banchs; éste, en el soneto final de la admirable serie La urna, escribió:
Como es su deber mágico, dan flores
Los árboles. El sol en los tejados
Y en las ventanas brilla. Ruiseñores
Quieren decir que están enamorados.
Algún supersticioso del color local podría objetar que esos versos no suceden en Buenos Aires, ya que aquí no hay tejados, sino azoteas, y ya que el ruiseñor es un pájaro que pertenece menos a la realidad que a la tradición literaria. Yo respondería que precisamente por estos eufemismos, por estos errores que tienen su raíz en la modestia, por estos no creíbles tejados y ruiseñores, este soneto es obra de un poeta de Buenos Aires, es decir, de un hombre pudoroso.
* En diario Crítica [primer número del] Suplemento Literario Letras Hispano-Americanas, a cargo de Héctor A. Murena, Buenos Aires [20 de] octubre de 1956. Palabras pronunciadas en la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

En Textos recobrados 1956-1986
Maria Kodama y Emecé Editores
Buenos Aires, 2003




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