24/8/15

Jorge Lafforgue: El día que Borges cumplió 76 años










Por primera vez, la celebración no contó con una presencia fundamental: la de su madre. Cómo trascurrió el escritor esa jornada. Quiénes lo visitaron. Qué confidencia deslizó


El viernes 22 Norberto Firpo me encargó realizar una nota sobre el cumpleaños de Jorge Luis Borges, el mayor escritor argentino viviente y una figura clave de la cultura de nuestro tiempo (y esto es así, objetivamente, sin el menor asomo de exaltación retórica). Borges, nacido en pleno centro de Buenos Aires el 24 de agosto de 1899, cumplía dos días después setenta y seis años. Por primera vez su madre, doña Leonor Acevedo, no estaría a su lado. El año pasado, para idéntica fecha, Emecé distribuyó los tres mil ejemplares de la primera edición de sus Obras Completas, dedicadas a "Madre, que desde la niñez me has dado tantas cosas"; aunque ya no era necesaria la conmovedora confesión, a un tiempo "íntima y general", para corroborar ese entrañable amor.


¿Qué recuerdos le traería entonces la repetida fecha? ¿Se prestaría Borges a evocarlos? ¿Cómo festejaría ese día? Y en .tal sentido, ¿permitiría la quizá perturbadora intromisión del periodismo? Un par de horas después, en su casa, había obtenido su categórica respuesta.



Las perspectivas no eran precisamente halagüeñas; sin medias tintas Borges me había espetado un rotundo "No".


Casi un cuento



Son las seis de la tarde de ese viernes y estoy en la casa del escritor, un departamento de tres ambientes en la porteña esquina de Maipú y Marcelo T. de Alvear, donde ahora vive sin otra compañía que la de Fanny, su fiel servidora desde hace años, y la de quienes lo visitan (que no son pocos). Le comento primero una propuesta que le hacen por mi intermedio para que prologue una antología de obras de Leopoldo Lugones en una colección venezolana; de inmediato acepta la propuesta, sugiere la inclusión del cuento Yzur, y la emprende con ese escritor que "de algún modo resume toda la literatura argentina"'.



Hablamos luego de Los orilleros, un guión que escribiera con Adolfo Bioy Casares, cuya reedición por la Editorial Losada ha de ser simultánea con el estreno del film dirigido por Ricardo Luna. "Espero que esta vez no se olviden de mandarme entradas", agrega, en obvia referencia a un comentado lapsus de los productores de El muerto, film de Héctor Olivera basado sobre un cuento de Borges que se ha estrenado el día anterior. Hablamos también de los avatares y alternativas del Primer Certamen Latinoamericano de Cuentos Policiales, organizado por Siete Días (ver recuadro, página 18) y de cuyo jurado forma parte junto con Marco Denevi y Augusto Roa Bastos. Por último, le manifiesto el motivo concreto de mi visita: cubrir una nota acerca de su próximo cumpleaños.


En forma circunstancial conozco a Borges desde hace años, y lo he tratado con relativa asiduidad en estos últimos tiempos. Lo he visto alegre, triste —muy triste, cuando murió su madre—, temeroso en contados momentos, lapidario bajo el énfasis ingenuo, sutil en la ironía, conversador paciente y admirable, siempre dispuesto a someterse a los trajines del recuerdo, rara vez fastidiado... Nunca, como el viernes pasado, lo vi tan sensiblemente alterado.

"No quiero saber nada de este asunto —me ataja en seguida y en voz muy alta—; ese día no voy a estar; me voy a ir a cualquier parte, como hacíamos con mi madre. Pero, ¿por qué se les ha ocurrido semejante idea?" Trato de apaciguarlo. Apenas un poco menos exaltado, prosigue: "Es que no tiene ningún sentido. ¿Para qué recordarme esa fecha? Mejor olvidarla, borrarla". Le explico que en un programa radial acaba de levantarse la perdiz; que él es un hombre público, una figura célebre, y que tal vez a su pesar deba resignarse a ver frustrados sus propósitos de olvido y anonimato. Recién entonces —aunque dudo que por la eficacia de mi discurso— comienza a recobrar su fisonomía habitual. "El domingo no voy a abrir la puerta ni atender el teléfono. ¿No le parece? Además, hace poco murió mi madre y no estoy para festejos".

Ya más tranquilo, proseguimos hablando de otros temas y, un rato después, acordamos continuar la lectura de los cuentos policiales del concurso el mismísimo domingo a la mañana. Fijamos una hora y, al despedirme, le pregunto bromeando: "¿Debo traerle un regalo?" Me responde sin titubear: "Si me trae un regalo, salen disparados usted y el regalo".

El domingo 24, con perspectivas tan poco promisorias y con medio centenar de relatos policiales bajo el brazo, me dirijo a la cita. Son las 10.25 cuando oprimo el timbre en el departamento B del sexto piso, frente a una pequeña chapa que dice "Borges". La muchacha me había informado que "el señor habitualmente se levanta alrededor de las 9" y, luego de desayunar con suma frugalidad, estará listo para trabajar. Al trasponer el hall me inquieta ver a una joven interrogando al Maestro, grabador en mano. Habiendo averiguado que sólo se trata de una audición radial, me apoltrono en un sillón del living-comedor a esperar. Mientras observo detenidamente los objetos que nos rodean escucho retazos de una historia que no desconozco.



De Carriego, Quintiliano y Chesterton



Estoy sentado en un sillón grande, de espaldas al ventanal y flanqueado por dos bibliotecas de un cuerpo empotradas. Frente a mí hay tres sillones y hacia la pared de la izquierda un pequeño escritorio con una lámpara. En el ambiente, bastante amplio, traza la divisoria un enorme dressoir, con algunos objetos de platería peruana traídos por el bisabuelo de Borges, el coronel Isidoro Suárez al regresar de la campaña libertadora; por encima de este mueble se destaca La anunciación, uno de los cuadros más famosos de Norah Borges, pintado hacia 1945; en las paredes del cuarto hay también varios retratos de familia y dos grabados de Giovanni-Battista Piranesi. En el otro sector, bajo una lámpara de caireles, se extiende una mesa grande con varias sillas, al lado de una biblioteca en esquina dominada por la Encyclopaedia Britannica y las ediciones inglesas del siglo pasado, principalmente, y paralela a un chiffoniere 'Imperio'.



"Carriego era de escasa estatura —escucho grabar a Borges— y tenía una vivacidad febril. Solía concurrir a casa de mis padres, en Serrano y Guatemala, todos los domingos después del hipódromo. Él vivía cerca, en Honduras y Coronel: en esa época había menos militares y por eso a la calle Coronel Díaz se la llamaba simplemente Coronel. Por casa venían también Marcelo del Mazo, Charles de Soussens, mi primo Alvaro Melián Lafinur, Macedonio Fernández, Alfredo Palacios y Múscari, un poeta que ha desaparecido del todo y que escribía versos de corte modernista. A Carriego yo le debo haber descubierto que la poesía es un fuego, una pasión. De su boca escuché los versos del único poeta genial que hemos tenido, Almafuerte, autor de los mejores y de los peores versos de la literatura argentina (para escribir los mejores, tal vez sea necesario incurrir en los peores). Más que por su obra en sí misma, Carriego tiene un gran valor porque descubrió las posibilidades literarias de las orillas (entonces no se decía suburbio ni arrabal). Y las orillas eran también Palermo. Por ejemplo, Palermo Chico era entonces el Barrio de los Tachos. Recuerdo que cuando Victoria Ocampo inauguró allí su casa, yo le dije: Pero caramba, Victoria, usted se ha venido abajo; mire que venirse al Barrio de los Tachos."


A las 11 me instalo en la mesa para comenzar la lectura de los cuentos policiales. Tarea casi imposible, al menos en el día de hoy. Tocan el timbre y un joven estudiante se presenta aduciendo que ha venido según una cita previamente concertada. Borges le pide disculpas, le dice que carece de agenda, que suele cometer esos errores, que está ciego y, en un discurso cuyo tono patético se va acentuando hacia el final, concluye: "Yo soy una ruina humana". Azorado y murmurando frases ininteligibles, el joven parte. Borges entonces me comenta que Quintiliano, en sus lecciones de retórica, aconseja persuadir con todos los medios posibles, pero sin llegar nunca a arrojarse a los pies. "Llamándome ruina humana, creo que desoí el consejo de Quintiliano", sonríe.

Leo en voz alta algunos cuentos. Borges escucha atentamente y, a menudo, introduce tanto observaciones estilísticas como acotaciones al margen, casi siempre humorísticas (a un cuento descartable lo clasifica en la segunda categoría fijada por Chesterton, y aclara que éste alguna vez dividió a los cuentos policiales en dos categorías: los del cuarto amarillo y los del peligro amarillo).



Salutaciones, pausa gastronómica y final



Pero las interrupciones se suceden: brevemente lo saluda el profesor norteamericano Mark Mirsky, con quien arregla una cita para el día martes; el teléfono, por su parte, suena cada cinco minutos. Borges agradece los augurios e invariablemente repite: "Mejor sería no recordar esta fecha; ahora estoy trabajando en un concurso de cuentos". La segunda frase produce una situación cómica: luego de habérselo dicho a una tal Mariana, ésta vuelve a llamarlo enojada, porque "sucede lo de siempre, un concurso de cuentos y no se le ha informado a mi hermana Adela, que podía ganarlo". Por suerte, el adjetivo "policial" zanja la cuestión.



Hacia el mediodía llega el fotógrafo de Siete Días, Gerardo Horovitz (se lo presento y le aclaro que, si no se opone, nos sacará algunas fotos mientras trabajamos; Borges concede, no sé si resignado o gustoso); poco después se hace presente la pintora Norah Borges, un año y medio menor que su hermano Jorge Luis, viuda del crítico español Guillermo de Torre (Norah es absolutamente remisa a cualquier tipo de publicidad y lo demuestra una vez más huyendo de las cámaras de Horovitz).


A las 12.30 lo visita Luis de Torre, su sobrino mayor, que se dedica a ordenar algunos papeles y revisar documentos, pues es el abogado de la familia. Llama por teléfono Carlos Frías, uno de los directores de Emecé. Llega Miguel de Torre, su otro sobrino —igualmente devoto del tenis y de las obras de arte—, acompañado de su hijo Gonzalo, que le entrega a Borges unos pañuelos de regalo; en seguida lo saludarán Babo, la mujer de Miguel, y la pequeña hijo de ambos. Poco antes de las 13, todos ellos se han retirado.

Invito entonces a Borges a comer afuera, pero declina, pues Fanny ya le ha preparado el almuerzo. Lamenta que la comida sea poca y no pueda invitarnos a compartir la mesa, aunque no tiene ningún inconveniente en que nos quedemos conversando. El menú consiste en una sopa de sémola; ravioles a la manteca ("¡Qué felicidad! —se relame—, la comida italiana es la que más me gusta"); y un postre que no sé si es yoghurt o una crema liviana; todo esto acompañado por sólo medio vaso de agua y unas rodajas de pan con dos trocitos de gruyere. Le pregunto como puede comer ese queso picante sin vino. "Jamás he bebido —responde— sólo alguna copita de grapa en El Fénix para darme ánimo antes de mis primeras conferencias; en Inglaterra me hicieron probar un poco de cerveza caliente". Desde luego, Borges tampoco fuma.

Otros temas se desgranan en la prolongada sobremesa: por ejemplo, el de los negros, acerca del cual Borges tiene ideas incompartibles; la narrativa de Jack London; un ciclo de diez conferencias que ha titulado "Preferencias" y otros proyectos de trabajo; algunas ciudades bonaerenses que supo amar (Adrogué, La Plata); el recuerdo conmovido de su madre ("Siento su ausencia en todo momento, pero muy particularmente al entrar de la calle, entonces me pregunto por qué sigo viviendo...")

Son casi las 16 cuando me retiro. Tal vez Borges no podrá dormir su acostumbrada siesta, pues dentro de media hora comenzarán a llegar los cinco o seis fieles con los cuales estudia anglosajón antiguo, escandinavo y otros idiomas remotos. Más tarde lo pasará a buscar un íntimo amigo que acaba de regresar de Europa ("El señor Adolfito", como me aclara Fanny; o Adolfo Bioy Casares, como no es difícil deducir).

Mientras encamino mis pasos nacía la plaza San Martín, bajo la pertinaz llovizna que no ha cesado, pienso en Borges, con tristeza, con admiración, con afecto. 










En revista Siete Días Ilustrados
29 de agosto de 1975
Jorge Luis Borges con Jorge Lafforgue
Fotografías por Gerardo Horovitz
Edición digital Mágicas Ruinas, 2003

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