12/7/15

José Emilio Pacheco: Dos momentos y una postdata*





In memoriam Mauricio Magdaleno

I. Borges en 1969

Argentina es un país extraño, capaz de producir a los dos hispanoamericanos más influyentes de todos los tiempos: Borges y Guevara. El boom se inició con la Revolución cubana y el Premio Internacional de los Editores que Borges y Beckett compartieron en 1961. Poco antes François Mauriac, Roger Caillois y André Maurois habían hablado admirativamente del escritor que en el curso de los sesenta se transformó en celebridad mundial: inspirador de Michel Foucault en Las palabras y las cosas, de la nueva novela y el nuevo cine; lectura obligatoria para todo escritor europeo o norteamericano que aspire a ser contemporáneo.
Después de tantos años de inferioridad ante nuestra madrastra adoptiva, la cultura europea, es imposible no sentir un gozo vindicatorio ante este segundo “retorno de los galeones”. El adjetivo “borgiano” circula ya en todas las lenguas; el crítico Richard Kostenaletz atribuye el descenso novelístico de Estados Unidos al desconocimiento de Borges y Beckett, los dos grandes maestros de la ficción actual; en las universidades los jóvenes impugnadores llenan auditorios para aplaudir las conferencias y recitales de Borges… Los ejemplos podrían multiplicarse. A Borges le ha tocado algo que ni buscó ni desea: no la humilde notoriedad del escritor sino la gloria en vida.
Por más que su lectura sea una de las mejores experiencias que puede darnos nuestro idioma, Borges no es un escritor fácil. Entre quienes hablan de él muchos sólo conocen al personaje o bien han hojeado los sustitutos de la lectura: aquellos libros sobre los libros de Borges que ya abundan en español, inglés y francés. Al margen de lo anecdótico, es necesario subrayar que Borges escribe la mejor prosa narrativa de nuestros días en castellano y en la ensayística comparte ese primer sitio con Octavio Paz. Borges ha hecho por la narración lo que hace setenta años hizo Rubén Darío por el verso: ambos son los renovadores, los fundadores que cambiaron desde América la lengua española y al hacerlo transformaron nuestra manera de hablar, de escribir, de leer y de pensar.
El pasado 24 de agosto Borges cumplió setenta años y publicó Elogio de la sombra con textos escritos a partir de 1967. Simultáneamente apareció el Diálogo con Borges de Victoria Ocampo. A Borges le han preguntado tantas veces las mismas cosas que resultaba muy difícil lograr una entrevista original. Victoria Ocampo la obtuvo haciendo que Borges trazara una autobiografía de urgencia con base en el álbum de familia.
Borges siempre tiene algo nuevo que decir o agregar a lo ya dicho. Una amistad de cuatro décadas, que sin embargo no se permite el tuteo o el voseo, le hace sentirse más cómodo con Victoria Ocampo que con ningún otro de sus interlocutores. Al ver las fotos de sus padres, sus casas, sus rostros de niño y adolescente, al leer esta conversación, uno entra en ese territorio en que la vida se hace literatura y la literatura vida.
Si por su difusión internacional Borges ha sido un protagonista de los sesenta, las obras en que está basada su fama fueron escritas en la década que se extiende entre 1939 y 1949, fecha de publicación de El Aleph. En cambio su gran obra poética intraducible por estar casi siempre rimada, no comienza verdaderamente hasta 1958 con la aparición en la revista Sur de cuatro sonetos: “Una brújula”, “Una llave en Salónica”, “Un poeta del siglo XIII” y “Un soldado de Urbina”, escritos al borde de los sesenta años.
A partir de 1955 Borges ya no pudo escribir a mano e ideó un nuevo método de composición: hacer borradores mentales caminando por las calles de Buenos Aires y una vez terminado el texto dictarlo a su madre. El relato breve y el poema con rima son las formas que mejor se adaptan a este método. Pero su organización mental y su memoria le han permitido después hacer cuentos, ensayos y versos libres, a despecho de la sombra “lenta y mansa” que elogia en su más reciente libro:
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla (…)
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años…
En su juventud Borges descubrió que “las palabras pueden ser no sólo un juego de símbolos sino una magia y una música”. Al desaparecer las imágenes, la música se ha afinado aún más para él y se ha desvanecido la línea divisoria entre poesía y prosa. Como El Hacedor y sus dos antologías personales, Elogio de la sombra es un volumen mixto; Borges desearía que lo leyéramos como un libro de versos.
Junto a la inteligencia perdurable, lo que caracteriza al Borges de 1969 es la humildad. El prólogo resulta ejemplar: descree de las estéticas, recuerda que ninguna norma es obligatoria y el tiempo se encargará de abolirla: afirma que este tomo no es mejor ni peor que los otros pero añade a los espejos, laberintos, tigres y espadas dos temas nuevos —la vejez y la ética— y concluye:
La poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos porque es don del Azar o del Espíritu: sólo los errores son nuestros. Espero que el lector descubra en mis páginas algo que pueda merecer su memoria: en ese mundo la belleza es común.
Hay otra novedad, la reaparición del versículo que Borges no empleaba desde los “Two English Poems” de 1934 y ahora vuelve quizá como resultado de su traducción de Whitman.
Más allá de su ritmo, la forma tipográfica del versículo sirve para anunciar al lector que la emoción poética, no la información ni el razonamiento, es lo que está esperándolo.
Por ejemplo, “The Unending Gift” que apareció como prosa en la Nueva antología personal adquiere otro significado al republicarse en forma versicular.
Los poemas en rima consonante se hallan en minoría frente a los versos libres. Elogio de la sombra se parece más a los textos juveniles de Borges que a su obra de los últimos años. Algunos poemas tienen “argumento” y su desarrollo es semejante al de un relato, ya sea el monólogo de Cristo como hombre o el de un bibliotecario chino. Hay tres composiciones dedicadas a Israel y dos a James Joyce, un homenaje a Inglaterra y otro a las cosas que “durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido”.
Es una lástima que los poetas de nuestra lengua no hayan visto hasta qué punto Borges demuestra las posibilidades actuales de la rima y de las formas populares. Sus milongas son un equivalente de lo que representan en inglés las baladas y los pareados de W.H. Auden. La rubay, la cuarteta de Omar Khayyam, parece una forma excepcionalmente flexible con sus tres versos aconsonantados y uno suelto:
Que la luna del persa y los inciertos
oros de los crepúsculos desiertos
vuelvan. Hoy es ayer. Eres los otros
cuyo rostro es el polvo. Eres los muertos.
El versículo se convierte en un instrumento que reúne la fluidez de la prosa y la intensidad del verso:
Ahora es invulnerable como los dioses. Nada en la tierra puede herirlo, ni el desamor de una mujer ni la tisis ni las ansiedades del verso, ni esa cosa blanca, la luna, que ya no tiene que fijar en palabras.
Sin embargo, el mejor Borges poeta es el Borges de sus rimas, incesantes variaciones de un mismo tema reescrito cada vez desde otro ángulo. Por ejemplo, en su concentrada eficacia, “Laberinto” es el equivalente lírico de un cuento magistral, “La casa de Asterión”:
Sé que en la sombra hay otro cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que destejen y tejen este Hades y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.
En un género ya característicamente borgiano, a medio camino entre el poema en prosa y el microrrelato, Elogio de la sombra presenta dos ejemplos extraordinarios —“Pedro Salvadores” y “Una oración”— y otros que poco añaden al prestigio de Borges. El primero cuenta la historia de un perseguido por el dictador Juan Manuel de Rojas que se oculta durante nueve años en un sótano. Empieza acosado y termina como un animal tranquilo en su madriguera o en una especie de oscura deidad. “Como todas las cosas, el destino de Pedro Salvadores nos parece un símbolo de algo que estamos a punto de comprender.”
“Una oración” es una crítica al padrenuestro y al non omnis moriar, el “no moriré del todo” que ha sido la esperanza de tantos poetas. Borges dice “no” al otro mundo y a la fama póstuma: “Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo”. Tiene clara conciencia de lo que ha hecho pero carece de toda pretensión al respecto:
Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
Si alguna página de estos tiempos escrita en nuestro idioma alcanza a sobrevivir será probablemente de Borges. De él puede decirse sin cambiar una palabra lo que T. S. Eliot afirmó de Mark Twain:
Es uno de esos contados escritores, escasos en cualquier literatura, que descubrieron una nueva manera de escribir, válida para ellos mismos y para los demás… Uno de esos escritores que pusieron al día su lenguaje y al hacerlo purificaron el lenguaje común.

II. Borges en 1975

Hace seis años, cuando ya Borges disfrutaba y padecía el mayor prestigio y el mayor reconocimiento que ha conocido un escritor de nuestro idioma, cuando ya se daba por terminada su carrera y nadie esperaba que nuevos libros se añadieran al canon, tuvo el valor de emprender una última etapa a la que debemos Elogio de la sombraEl informe de BrodieEl oro de los tigres o El libro de arena. Al mismo tiempo se ha convertido en un escritor de lengua inglesa mediante la rescritura —más que la simple traducción— de sus libros clásicos publicados entre 1941 y 1962.
El Borges de los últimos tiempos ha abandonado en los dos idiomas que le son íntimos “las sorpresas inherentes al estilo barroco”. La publicación del libro de sus Prólogos y de Borges y el cine, estudio y compilación de Edgardo Cozarinsky, permite ver las diferencias y similitudes entre el Borges de los cuarenta y el Borges de 1975.
Entre uno y otro hay un hecho crucial: la pérdida de la capacidad de leer y escribir, la casi absoluta ceguera en que desembocó hace veinte años su miopía. Para que tuviéramos conciencia de lo que esto ha significado en la vida y obra de Borges, fue preciso esperar la entrevista a Jean-Paul Sartre recién publicada por Michel Contact en Le Nouvell Observateur. Sartre considera su profesión de escritor completamente deshecha al quedarse ciego, despojo que le quita toda razón de su existencia. Para Sartre el estilo es la manera de decir tres o cuatro cosas en una, lo que no excluye la sencillez sino al contrario. El estilo le está prohibido desde ahora a Sartre. Al volverse imposible la escritura se suprime para él la auténtica actividad del pensamiento. La manera literaria de exponer una idea o una realidad necesita de la corrección: Sartre ya no puede corregir porque es incapaz de releerse.
Hay una diferencia enorme entre dictar y redactar. Sartre piensa que si dictara no conseguiría nada semejante a lo que fueron los textos escritos y rescritos por su mano.
Sartre es un gran expositor oral. Borges se expresa tímidamente y con gran dificultad (excepto cuando se halla entre amigos), pero al transcribirse en letra impresa esas palabras de tan ardua enunciación tienen el mismo resplandor de sus páginas. A diferencia de Sartre, Borges siguió adelante, compuso en silencio, preparó borradores mentales que no dicta hasta que se encuentran acabados y pulidos. Tras quince años de entrenamiento en el poema rimado y la prosa breve pudo hacer cuentos de nuevo y también la mejor versión de Whitman que existe en nuestro idioma (Hojas de hierba, 1969).
A los setenta y cinco años “no puedo prometer ni prometerme sino esas pocas variaciones parciales que son, según se sabe, el recurso clásico de la irreparable monotonía… Escribo para mí, para los amigos y para atenuar el paso del tiempo”, dice en El libro de arena. Si careciera de otro valor, queda en pie la justificación de este volumen como discurso del estilo. Todas sus páginas son modelos de sencillez, equilibrio y precisión.
Quienes encuentren “sentimentales” estas razones —como si la literatura no estuviese hecha por personas concretas para gente concreta— y prefieran al Borges de hace treinta años tienen hoy la inesperada maravilla de un libro nuevo compuesto en su mayor parte por el Borges de entonces: la reunión de sus Prólogos.
En 1970 Borges declinó el ofrecimiento de dos autores mexicanos (Homero Aridjis y un contemporáneo suyo) para recopilar los textos que puso al frente de los libros ajenos, textos que nada tienen en común con esa aburrida y prescindible excrecencia del compromiso amistoso, la necesidad económica o la competencia académica, a la que llamamos prólogo. Afortunadamente Borges cambió de opinión y compiló a solas este volumen.
Una característica revolucionaria de este anarquista, que se ostenta de derecha con la misma ofensiva impetuosidad de la vanguardia en la que militó hace cincuenta años, es dinamitar la teoría de los géneros. Borges tiene cuentos que son ensayos, críticas narrativas, versos ensayísticos, poemas que son relatos, prosas que pertenecen de lleno a la poesía. Nada tan lejano a Borges como aspirar a una crítica que no sea una distinta forma de arte. Prólogos nos muestra al artista como crítico y al crítico como artista. Sus notas no quieren ser ciencia literaria sino ensayos en la definición de T.W. Adorno: planteamientos de un “yo” ante el mundo, un “yo” que contempla lo histórico, las manifestaciones del espíritu objetivo, la cultura como si fueran naturaleza. Borges siempre tiene algo lúcido, inquietante y revelador que decirnos aunque el objeto de su reflexión sea tan transitado como Cervantes, Shakespeare o el Martín Fierro.
Inmensas extensiones de bosque han sido arrasadas para nutrir la industria académica de los comentarios sobre Borges. Con todo, el libro de Edgardo Cozarinsky es el primero acerca de Borges y el cine. En 1931 Borges hizo reseñas cinematográficas para Sur, algunas llenas de aciertos precursores, otras equivocadas como la que intenta demoler Citizen Kane. La falibilidad de Borges lo humaniza: su agudeza lo lleva a excluir esta nota de las que añadió a Discusión en 1957.
Cozarinsky detalla los recursos que Borges ha tomado del cine para la puesta en escena verbal de sus cuentos y recorre sus aventuras cinematográficas como guionista, cita obligada en los textos de la crítica actual, presencia en las películas de Godard, Benayoun, Resnais, Allió… “doble” de Mick Jagger en Performance, autor adaptado por Torre Nilson, Múgica, Santiago y Bertolucci. Borges y el cine es un libro irremplazable.

III. Posdata: una polémica de 1973

En mayo de 1973 fue otorgado a Borges el nuevo Premio Internacional de Literatura Alfonso Reyes que constaba de cien mil pesos anteriores a la era de la devaluación permanente. Los diarios se llenaron de opiniones encontradas. Para uno de nuestros mayores poetas, Carlos Pellicer, Borges era “un declarado enemigo de México. Escribió poemas contra esta nación… alabó a los soldados victoriosos que penetraron en tierras aztecas y enalteció a los adversarios de la batalla de El Álamo. Despreció a la gente del río Bravo al sur y tuvo gestos y palabras ofensivas para el país… Por trascendente, enorme, importante que sea la tarea cumplida en el campo internacional de las letras, el escritor Jorge Luis Borges no debía haber sido postulado a ningún premio por los mexicanos… Al enemigo —y Borges es enemigo de México— se le puede tratar con respeto y hasta con admiración. Pero no se le premia”. (Pellicer; entrevistado en Excélsiorpor Rodolfo Rojas Zea.)
El martes 29 de mayo de 1973 Cristina Pacheco publicó en El Universalla única nota que conocemos hasta hoy sobre las referencias a México en la obra de Borges. El mayor agravio era desde luego el soneto “Texas” de 1961, que en su línea final dice: “y esas otras Termópilas. El Álamo”. En cambio había el elogio constante a Reyes, una reseña sobre el joven Maples Arce, testimonios de que Borges se supo de memoria “La suave patria” y juzgó a López Velarde superior a Lugones, una cita de Rubén M. Campos y El folclore literario de México.
En el capítulo dedicado a Billy the Kid en la Historia universal de la infamia (1935) se afirma dos veces que al morir debía a la justicia veintiuna muertes “sin contar mejicanos”, pero estas palabras se citan entrecomilladas como provenientes del mismo Billy. Un subcapítulo del relato se llama “Demolición de un mejicano” (otra vez con jota). La víctima es hollywoodescamente descrita como “más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales”. Borges añade que Billy the Kid “puso en los mejicanos el odio que antes le inspiraban los negros” y que a veces “las guitarras y los burdeles de México lo arrastraban”.
En el cuento “El Aleph” (1945) contiene dos menciones: “un oleoducto al norte de Veracruz” y “un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala”. En la entrevista con Ronald Christ que publicó The Paris Review y más tarde fue incluida en la serie Writers at Work hay una observación acerca de la dificultad de tener amigos mexicanos o suizos, ya que la única actividad de quienes habitan ambos países es ser guía de turistas.
Hasta 1973 las líneas más extensas de Borges sobre México estaban en su desconocido prólogo a Juárez y Maximiliano, la obra teatral de Franz Werfel. Borges dijo en 1946 que el Maximiliano de Werfel “es un hombre complejo y escrupuloso, a quien han extraviado las circunstancias en un mundo implacable. Antes de combatir está derrotado, porque lo desarman la piedad y la lucidez. Incurre, gradualmente, en la falta máxima: la de admitir que su enemigo pueda tener razón. Dicta decretos filantrópicos: ampara al peón y al indio. Obra de esta manera porque ya entrevé que su causa, intrínsecamente, no es justa. A través de las derrotas y las traiciones (toleradas por él, íntimamente fomentadas por él), Maximiliano se convierte en su propio juez y en su propio verdugo. Siente un afecto inexplicable por Juárez. A éste (que acabará por fusilarlo en Querétaro) nunca lo vemos. En esa ocultación hay algo más que un hábil artificio dramático: Juárez es de algún modo la conciencia del triste emperador”.
En diciembre de aquel año Borges llegó por vez primera a México y recibió el premio que tiene el nombre de su gran amigo. Volvió en 1978 y en 1981, elogió en lo sucesivo al país (y a sus escritores) pero jamás le dedicó un poema como el que hizo para marcar su reconciliación con España.
Para Borges México fue sobre todo Alfonso Reyes. Murió sin haber escrito el cuento del personaje más borgianamente trágico de nuestra historia y tal vez el padre que Borges hubiera querido para sí: el general Bernardo Reyes que fue bravo entre los bravos, lo tuvo todo y lo perdió todo, cayó del inmenso poder militar y político a la humillación de rendirse a solas ante su antiguo caballerango y, como en un poema o un cuento de Borges, murió en una carga suicida de caballería contra el Palacio Nacional que sólo muerto pudo conquistar. (Gracias a una investigación hemerográfica de Miguel Ángel Flores.)






* “Inventario”,  Proceso, núm. 505, 7 de julio de 1986, pp. 50-52.

En Borges y MéxicoMiguel Capistrán, editor
Penguin Random House Grupo Editorial México, 1 jul. 2012
Foto: José Emilio Pacheco por Oscar Alarcón Vía


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