25/5/15

Raquel Arias: Encuentro con Borges (1971)






Borges, ¿qué puede usted decirme acerca de Elogio de la sombra?
—Corresponde a una aceptación de la muerte. No una aceptación resignada, melancólica, sino dichosa. ¡Sí, dichosa! Semejante a la aceptación de la ceguera en Hesse. Habiendo cumplido setenta años, sé lo que debo hacer, conozco mis límites y lo que debo aceptar. Un muchacho joven piensa “Voy a ser un Shakespeare, o un Bolívar, o un Einstein. Voy a ganar mucho dinero. Voy a ser un ermitaño”, y todos esos futuros le parecen igualmente posibles.
Yo, por ejemplo, cuando era chico oía decir en casa: “Fulano tiene talento pero es un raté”. Y había concebido yo mismo la ambición de ser un raté… (Ríe.) ¡Desde luego que no sabía qué era un raté, pero me parecía una categoría importante! Más tarde leí de alguien a quien calificaban de escritor fragmentario. Yo era muy joven y aquello, igualmente, me fascinó. Me preguntaba: “¿Podré llegar a ser un escritor fragmentario?”.
En fin, lo que quería decirle es que uno nunca sabe bien, al comienzo, qué quiere hacer de su vida, es más bien la vida quien lo hace. Por eso, lo que parece en un momento deseable, luego se desecha. El éxito, por ejemplo. No recuerdo bien quién lo dijo, creo que fue Chesterton: “Nada fracasa tanto como el éxito”.
Sin embargo usted eligió su vida, usted eligió escribir desde pequeño.
—No sé si yo lo elegí. Mi destino es literario. Recibí esto como una herencia. Mire, mi abuelo militar editó La Cruz del Sur. Mi padre, que era abogado, se consideraba escritor y dejó algunas páginas admirables en verso. También escribió una novela histórica El caudillo, un drama titulado Hacia la nada, un libro de ensayos y un libro de cuentos: El jardín de la cúpula de oro. En mi casa siempre se entendió que yo debía ser el escritor, que yo tenía que realizar el destino literario negado a mis mayores.
En cuanto a mí, yo no escribo porque crea que lo que escribo es bueno. Escribo porque siempre tuve necesidad de hacerlo. Si no escribo siento desventura y remordimiento. Yo creo que todos nos entusiasmamos con lo que hacemos, con lo que sabemos hacer… Sí, supongo que esto les ocurre a todos, salvo a los empleados públicos (ríe), o a personas raras.
Volviendo a Elogio de la sombra hay allí una página que me impresionó mucho. Me refiero a “Una oración”. La considero algo fuera de serie dentro de su obra que generalmente causa impresión de fuego de artificio, y en la cual las inquietudes metafísicas se ocultan tras el brillo de las palabras. Esta página, en cambio, sobrecoge por su desnudez, por su sinceridad.
—Le agradezco su interpretación. Es usted la primera persona que me habla de eso. Sí, yo quisiera que esa página fuera leída como algo distinto. Sobre mis setenta años la muerte puede sobrevenir en cualquier momento. Sentí la necesidad de decir una oración, una oración enteramente personal.
Pensé: aquí está el Padrenuestro como un paradigma de oración: ¿qué es lo que yo puedo aceptar del Padrenuestro? Solo, frente a la muerte, sin tratar de ser brillante, sin tratar de ser blasfemo, ¿qué puedo honestamente pedir yo, hoy, en el siglo XX?
Mi boca ha pronunciado y pronunciará miles de veces y en los dos idiomas que me son íntimos, el Padrenuestro, pero sólo en parte lo entiendo. Esta mañana, la del día primero de julio de 1969, quiero intentar una oración que sea personal, no heredada. Sé que se trata de una empresa que exige una sinceridad casi sobrehumana. Es evidente, en primer término, que me está vedado pedir. Pedir que no anochezcan mis ojos sería una locura; sé de millares de personas que ven y que no son particularmente felices, justas o sabias. El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced, por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que ya se haya roto. Nadie merece tal milagro. No puedo suplicar que mis errores me sean perdonados; el perdón es un acto ajeno y sólo yo puedo salvarme. El perdón purifica al ofendido, no al ofensor, a quien casi no le concierne. La libertad de mi albedrío es tal vez ilusoria, pero puedo dar o soñar que doy. Puedo dar el coraje, que no tengo; puedo dar la esperanza, que no está en mí; puedo enseñar la voluntad de aprender lo que sé apenas o entreveo. Quiero ser recordado menos como poeta que como amigo; que alguien repita una cadencia de Dunbar o de Frost o del hombre que vio en la medianoche el árbol que sangra, la Cruz, y piense que por primera vez la oyó de mis labios. Lo demás no me importa; espero que el olvido no se demore. Desconocemos los designios del universo, pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia es ayudar a esos designios que no nos serán revelados. / Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo.
—Por lo demás —continúa Borges— no le dé tanta importancia a ese libro; a mi edad sé que no puedo escribir ni mucho peor ni mucho mejor que antes. Yo quiero considerar a Elogio de la sombra mi quinto libro de versos, pero allí hay de todo: prosa, verso, letras de milongas. Incluyo dos temas nuevos: la vejez y la ética.
Llegados a este punto, y aunque la respuesta parezca obvia a cualquiera de sus lectores, permítame preguntarle: ¿Cree en Dios? ¿Le interesa la Teología?
—Son dos preguntas bien diferentes.
Sí, creo en Dios, pero no en un Señor que está sobre mí observándome. Le diría que creo en Dios de un modo ético. La ética ha sido siempre mi preocupación, ¡herencia quizá de mi abuela inglesa y mis antepasados cuáqueros! En cuanto a la Teología, me interesa como forma de literatura fantástica… Y como entiendo que usted se refiere a la Teología cristiana, le diré que me interesa tanto como el hinduismo, el budismo o cualquier otra concepción. Es decir que yo acepto la Biblia, o la filosofía platónica, o ideas sobre la negación del mundo material, o sobre el tiempo cíclico, ¡o sobre lo que sea!… y veo qué puedo hacer literariamente con eso.
Muchos me han preguntado acerca de los sistemas religiosos o metafísicos que han creído encontrar en mis cuentos. ¡Pero no! En mis cuentos yo siempre he mezclado la metafísica y los dogmas con el hecho apócrifo, la farsa con la realidad, ¡sin contar con que he bromeado siempre un poco! Ya le digo: a las ideas filosóficas y religiosas las estimo por su valor estético. Nunca pretendí entenderlas del todo. No lo creo posible además…
Aparte del ejercicio propiamente literario, ¿en qué ha encontrado a lo largo de su vida mayores satisfacciones?
—Los viajes…, los amigos…, la cátedra.
Durante doce años dicté Literatura Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras. Algunos dicen “El magisterio es un apostolado”. ¡Para mí fue siempre un gusto! Me encantaba hablar de Literatura Inglesa con mis alumnos. Un día me notificaron que me jubilaban. Tenía que dejar la cátedra porque se juzgaba que era demasiado viejo para seguir enseñando.
Yo, entonces, me presenté a las autoridades de la Facultad y les pregunté si tenían ya un candidato para reemplazarme. Me contestaron que no, que todavía no lo tenían. Entonces les propuse un arreglo: “Hasta que encuentren otro profesor yo sigo dictando las clases… y cobro solamente la jubilación”. Con este arreglo yo perdía dinero, claro. La jubilación era escasa, y se me iba casi toda en tomar taxis para ir y volver de la Facultad. Pero era feliz: tenía tres días por semana plenamente justificados.
Me dejaron continuar por un tiempo, con cierta desconfianza; creo que sospechaban una especie de “complot”, ¡mi petición parecía tan rara! Al promediar el segundo cuatrimestre me comunicaron que mi caso estaba “fuera de Reglamento”, que me avisarían oportunamente. Y como esta frase aquí, es sinónimo de nunca, me despedí de la Facultad. Pero aún conservo dos alumnos que vienen a casa y estudian conmigo escandinavo e inglés antiguo. Y yo les estoy muy agradecido, sinceramente agradecido.
¿Y los amigos?
—Sí, también. He tenido y tengo muy buenos amigos. Creo que la amistad es la mejor pasión argentina. Cuando estuve en EE.UU., en el 67, un profesor de Literatura me preguntó en qué país le aconsejaba yo radicarse por un par de años para estudiar y, sobre todo, escribir. Dudaba entre Brasil o la Argentina. Yo le dije: “Mire, si usted busca algo espectacular, paisajes, etc., vaya a Brasil. Buenos Aires es una ciudad gris, uno la quiere viviendo en ella; inclusive el paisaje de la pampa (¡tan exaltado!) no tiene nada de especial: es una región verde igual a todas las regiones llanas. Pero eso sí: en mi país podemos ofrecerle amistades”. Una de las cualidades del alma argentina es la hospitalidad, una apertura de espíritu que nos permite interesarnos en muchos países, culturas y problemas diferentes.
La épica lo ha interesado siempre mucho, ¿a qué se debe?
—Es verdad, siempre he sentido más la poesía épica que la lírica o la elegíaca. Quizá se debe a que desciendo de militares. Mi abuelo, el coronel Borges era jefe de fronteras durante las guerras contra los indios del Sur; mi bisabuelo, Isidoro Suárez, estuvo al frente de un regimiento de caballería que participó en las batallas de Ayacucho y Junín… (ríe). ¡Ya ve! ¡Mi bisabuelo anduvo también luchando por Venezuela!
A pesar de su declarado entusiasmo por la épica, últimamente ha regresado a una forma de expresión más lírica.
—Tiene usted razón en parte, ya que también he escrito algunos cuentos que aparecerán publicados en El informe de Brodie. Pero resulta que como casi no veo, me es imposible hacer “borradores”… ¡los “borradores” los hago en mi cabeza! Por eso prefiero expresarme en versos rimados o con paralelismo, que son más fáciles de retener. En mi caso, además, creo que el verso regular es más satisfactorio…, el verso libre requiere el aliento de una gran inspiración, como la de Walt Whitman por ejemplo. Mi regreso a esta forma de expresión se debe también a otro motivo: la vejez. ¡A los setenta años importa más la verdad que la originalidad!
¿A través de cuál de sus obras considera que se ha expresado más plenamente?
—Hay varias… el “Poema de los dones”, el “Poema conjetural”… “Límites”, esa Oración, de que hemos hablado…


* En Imagen. Quincenario de Arte, Literatura e Información Cultural
Caracas, N° 90, 1-15 de febrero de 1971. Entrevista de Raquel Arias

En Textos recobrados 1956-1986 (2003)
Foto: Captura de Jorge Luis Borges, una vida de poesía
Documental de Fernando Arrabal, 1995


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