14/9/16

Jorge Luis Borges: Animosos*







I
Animoso en la pelea,
jocoso entre la metralla,
dirá quien así me vea:
Ese hombre… ¡es hombre-batalla!
II
Te daré muerte de plomo,
o de no, muerte de acero;
una, clavada en el lomo;
otra, con el revolvero.
III
Ya la guerra desatada
viene y te arrastra en su ola;
o te lastima la espada
o te aturde la pistola.
IV
No siempre la guerra es guerra,
no todo es pánico y grito;
gozamos buenos asuetos
coreando Rufián Bonito.
V
Con impetuoso donaire
me juego por el caudillo.
¡Con la espada pincho el aire
y disparo el pistolillo!
VI
Mofletes de colegial,
bigotillo retorcido.
Desfilo y dice la gente:
¡Es el capitán cupido!
VII
De estatura elemental
soy espejo de soldados;
la barba a lo delantal
me cubre hasta los calzados.
VIII


Danzo y brinco en la batalla
como un enorme juguete;
amago con espadín
y disparo el pistolete.
IX
La cosa más endiablada
no la aprendes de una vez;
hay que ser buen japonés
para oblicuar la mirada.
X
¡Cómo a la tórtola gustan
las indolencias del nido!
¡Cómo a este brazo conforta
manejar sable temido!
XI
Por más visajes que me haga
no me apabulla la gente;
entro en acción y me digo:
más miedo carga el de enfrente.
XII
El enemigo me ve;
porto morrión altanero;
en la carga soy final
pero en la fuga, primero.
XIII
Encabezando la tropa
soy bizarro monigote;
desfilo y dice la gente:
¡Aquí hay hombre! ¡Aquí hay bigote!**
Dice Betina Edelberg: “Borges inventó otra de sus diabluras: envió a Adolfito y Silvina, a Mar del Plata, unas coplillas que llamaba animosos. Al pasar varios días, una tarde llegó a casa alarmado y me dijo que seguramente las habían tomado en serio porque no había recibido ninguna respuesta. Solía recitarlas con tono altisonante y un acento que pretendía imitar a Alfonso Reyes. Años más tarde le propuse publicarlas en una Antología del humor poético, que me habían encargado, y aceptó feliz: me dictó trece animosos (los caracteres en negrita me fueron sugeridos por el propio Borges, quien al recitar ponía énfasis en la palabra y estallaba en carcajadas estruendosas) […] Al pie de página Borges explicaba el "origen" de los animosos (acaso esto había desconcertado a los Bioy)”. En Betina Edelberg, “Versión de Borges”, Palabra y Persona, publicación del Centro Argentino del PEN Club Internacional, Buenos Aires, Nº 6, Borges. Centenario, octubre de 1999 (N. del E.).
** “Estas coplillas corresponden a la época, legendaria ya, de las Parcialidades Incruentas (1964-65). A diferencia de otras colecciones apócrifas de suyo, el ramillete popular que brindamos al público argentino tiene el tufillo inimitable de la marisma. Acaso arrebatado por su entusiasmo, nos escribe un folklórico: ‘No ha muerto el animoso; me atrevo a sospechar que sigue contando, en los más agrestes bohíos, con la tolerancia de los oyentes’” (J. L. B.)

Nota
*En Betina Edelberg, Canto al humor. Antología imperfecta del humor poético, Buenos Aires, Ediciones Puma, febrero de 1968.


Luego en Textos recobrados 1956-1985
Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi
© 2003 María Kodama
© Emecé editores Buenos Aires 2003

Foto original: Captura Borges encuentro con las artes y las letras,  RTVE 
entrevista de los periodistas Paloma Chamorro, José Luis Jover y Marcos Ricardo Barnatán 

a Jorge Luis Borges en el año 1976, a sus 77 años


13/9/16

Jorge Luis Borges: Entrevista con Enrique Krauze sobre Baruch Spinoza [México, 9 de noviembre de 1978]







Desayuno more geometrico (Entrevista con Enrique Krauze)

Después de Schopenhauer, Hume y Berkeley, Spinoza es, quizá, el filósofo más querido para Borges. En sus ensayos y cuentos hay varias menciones explícitas a Spinoza que, como acostumbraba el propio filósofo, omiten toda referencia a su biografía y abordan, en cambio, el corazón de su sistema metafísico. Borges evoca, por ejemplo, la famosa sentencia “todas las cosas quieren persistir en su ser”, y lo hace tanto para explicar la presunción de inmortalidad del constructor de la Muralla China, como para lamentar que eternamente, al igual que la piedra que persevera en ser piedra y el tigre en ser tigre, él deba quedar en el otro Borges. Junto a Parménides, Platón, Kant y Bradley, Borges distingue siempre a Spinoza en la genealogía idealista. Algunos de los adjetivos que aplica al dios spinoziano resumen largos teoremas y escolios, como cuando lo llama “inagotable” o “indiferente”. De la Ética, Borges acude principalmente a las dos partes iniciales, las que definen a Dios y al espíritu. En cambio, apenas toca las dos secciones intermedias en las que Spinoza desciende al plano de los hombres, explica la naturaleza de los sentimientos y previene contra la servidumbre humana. El libro quinto de la Ética, sobre “la potencia del entendimiento o la libertad humana”, devuelve al hombre a la divinidad y quizá por eso atrae nuevamente la atención borgiana.
Que a Borges le interesa la invención de Dios mucho más que la vertiente normativa en el sistema de Spinoza resulta evidente en los dos sonetos que ha dedicado al filósofo de Amsterdam. En ellos se encuentran cinco maneras distintas de nombrar el parto de Dios en la Ética: Spinoza sueña un claro laberinto, construye a Dios, lo engendra, lo labra, lo erige. No obstante, aparte de las evocaciones habituales a su oficio de pulidor de lentes y a su origen judío, Borges desliza también dos líneas centrales en la biografía del filósofo: a Spinoza “no lo turba la fama” ni “el temeroso amor de las doncellas”. Sobre ambas libertades han escrito capítulos enteros los “arduos” eruditos. Los dos versos finales del soneto más reciente expresan, con una economía digna del amor dei intellectualis, la “beatitud” spinoziana:

el más pródigo amor le fue otorgado,el amor que no espera ser amado.

¿Ha contribuido el laberinto racionalista de Spinoza a labrar algunos cuentos de Borges? Quizá la cábala o el idealismo de Berkeley proponen una metafísica que consiente mejor su conversión en literatura fantástica que la infinita divinidad de Spinoza. Para ejecutar ese otro milagro, Borges habría tenido que ser no “un argentino extraviado en la metafísica”, sino en la moral.
La cafetería del hotel Camino Real no es precisamente la Spinozahuis de La Haya, pero Borges pasó por México y con una generosidad y paciencia en verdad spinozianas, accedió a hablar sobre la vida del filósofo y su relación con él, sobre el Spinoza que no está en los ensayos y los sonetos y sobre otros temas que pudieran resonar.

Borges, usted había prometido a sus lectores un libro sobre Spinoza ¿lo está escribiendo ahora?
No. Yo junté muchos libros, empecé a leerlos y me di cuenta de que mal podía explicar a los otros lo que no podía explicarme a mí mismo, y me he corrido a Swedenborg, que es más fácil. Creo entenderlo, creo que fue el maestro de Blake y que lo que hay de pensamiento en Blake se debe a Swedenborg. Luego, con María Kodama, estamos escribiendo ya un libro sobre Snorri Sturlusson, el gran historiador islandés.

¿De cuándo data su cercanía con Spinoza?
Mi padre fue profesor de psicología en Buenos Aires. Tenía una gran biblioteca inglesa, pues una de mis abuelas era inglesa. Yo me eduqué en la biblioteca de mi padre y, entre esos libros, estaba la Historia biográfica de la filosofía de Lewis, un judío que fue amante de George Eliot. Hay allí un capítulo, sobre todo emotivo, sobre Spinoza. De modo que diremos que data de siempre… Usted sabe que yo me enseñé alemán en 1977, llevado por Carlyle. Yo adquirí el Buch der lieder de Heine, la novela El Golem de Meyrink …

Heine fue un poco el san Pablo del spinozismo. En su libro sobre Alemania…
Me encontré una frase mucho muy linda sobre Heine, Stevenson lo cita y dice: “El más perfecto de los poemas del más perfecto de los poetas”. Qué lindo que él diga eso, ¿no? Sobre todo Stevenson. Bueno, sabía lo que decía. Las mejores obras que Heine escribió fueron las últimas “wer von euch ist Jehuda ben Halevi”. Aunque siempre fue un gran poeta. Hasta cuando escribía poemas que un muchacho argentino que no sabía alemán podía entender. Decía Heine que los alemanes que lo visitaban en París se encargaban de curarlo de la nostalgia… Yo he encontrado que hay dos escritores que se parecen mucho. Las frases de uno pueden ser de otro. Los versos no, los versos de Heine son superiores, pero, digamos, el humor, las bromas, son Oscar Wilde y Heine. Y los dos con el culto, para mí incomprensible, de Napoleón. Yo no admiro a Napoleón, yo creo que si uno admira a Napoleón uno está obligado a admirar a Hitler. Yo me rehuso. A diferencia de Carlyle, yo detesto a los dictadores.

¿Usted piensa que hay un momento anterior en la crítica de Dios comparable al Tractatus Theologico-Politicus?
Le voy a contestar de un modo evidente. Es Descartes. Yo creo que Spinoza es la continuación lógica de Descartes. Descartes se dejó llevar por esa pequeña secta de la cual yo abomino, por esa secta protestante, por esa herejía que es la Iglesia de Roma; pero si se aceptan las premisas de Descartes, salvo que uno llegue al solipsismo, se llega al spinozismo. Eso quiere decir que Spinoza fue un pensador más coherente y, desde luego, mucho más valiente que Descartes. La valentía es para mí, sencillamente porque yo soy cobarde, una virtud esencial. Yo admiro mucho el valor, quizá porque soy de familia de militares: el coraje, la virtus, lo propio del hombre.

¿Y anterior a Descartes?
Yo encontraría uno, pero esto que yo digo no tiene ningún valor porque yo soy un ignorante. Yo diría que Escoto el Erígena. Yo no sé si usted esté de acuerdo conmigo, pero Escoto es un pensador extraordinario. Creo que corresponde al siglo IX. Desarrolló un sistema, y un sistema, además, que es un poco more geometrico, como el de Spinoza. Usted recuerda que él empieza:

Por aquello que no es creado y crea, que es Dios
Por aquello que es creado y crea, son los arquetipos
Por aquello que es creado y no crea, somos nosotros
Por aquello que no es creado y no crea, somos nosotros
cuando volvemos a la divinidad.

Tiene ese amor de la simetría típico de Spinoza, que es lo que estorba ahora la lectura de su obra.

Hay quien piensa que ese método geométrico proviene de la cábala…
Bueno, es muy curioso, porque él habla mal de los cabalistas; pero desde luego está cerca de la cábala. A mí me ha interesado mucho la cábala. Yo he leído versiones del Zohar, del Sefer Yetzirah, aunque quizá lo único que he entendido es el libro de Gerhard Scholem. Yo lo conocí en Tel-Aviv. El gobierno había arreglado que yo tenía que pasar media hora con Scholem, media hora dedicado a visitar una fábrica de jabón, otra media hora para saludar un gasómetro. Son cosas que se les ocurren únicamente a los gobiernos. Yo les dije, bueno, que el gasómetro se embrome, ¿no? A mí la fábrica de jabones… yo soy indigno de ella. Y me pasé toda la tarde y toda la tarde siguiente conversando con Scholem, que me enseñó muchas cosas. Scholem me mandó su libro porque Roger Caillois le dijo que yo había escrito un poema sobre el Golem y que había usado como rima Scholem (que era la única posible). Lo decepcioné. Yo no era lo suficientemente exótico, yo era un señor cualquiera… Es lo que ocurre con Argentina, el país que felizmente tiene menos color local del mundo. El país más insípido. Usted sabe que ahora, si uno quiere ver gauchos, uno tiene que ir a Brasil. Gauchos, en Buenos Aires, ya no quedan. Quería decirle otra cosa: la palabra “gaucho” y la palabra “pampa” no se usan jamás en el campo. Si usted dice “pampa” o dice “gaucho”, se hace ver enseguida que es porteño, porque la gente dice “el campo” y “un paisano”, pero nadie en el mundo, salvo Martín Fierro, que es un gaucho creado por la literatura, dice “soy un gaucho”. Nadie jamás se jactó de ser gaucho. Yo recuerdo a mi madre decir: “Si alguien dice ‘soy gaucho’, es un bruto, no un gaucho”.

Pero volviendo a la cábala, hay una cosa que sorprende sobre la cábala y Spinoza, es…
No, no. Yo creo que él habla en alguna parte de los delirios cabalistarum.

… y sin embargo, esa relación tiene algo de cabalista: el valor numérico de la palabra Dios, en hebreo, es el mismo que el de la palabra naturaleza, 86: una confirmación del Deus sive natura.
Es claro que a Spinoza, que no tenía una mente literaria o retórica, tenían que desagradarle las metáforas, los símbolos, el hecho de que los libros de la cábala fueran escritos para señalar un camino. Yo creo que todo en el Zohar está escrito para ser interpretado por el maestro, para ser explicado. No se propone enseñar las cosas, se propone indicar caminos. Aunque Spinoza tiene que haberlo leído. Él dominaba el hebreo, sobre eso no hay ninguna duda, ¿no es cierto?

No, ninguna. Y tampoco hay duda de que leyó libros sobre el Zohar…: ¿Usted ha notado la buena prensa que ha tenido siempre Spinoza entre los socialistas, a partir de Marx?
No, pero he notado que Spinoza ha tenido esa virtud de inspirar devociones. Por ejemplo, recuerdo los famosos ensayos de Renan, de Arnold. Posiblemente el Spinoza de Novalis no fuera exactamente el que fue, ni el de Coleridge tampoco, pero todos lo ven como un santo y se siente la santidad de Spinoza.

Quizá la devoción socialista por Spinoza tenga que ver con su supuesto ateísmo…
Como se confunde ateísmo y panteísmo.

…y eso a pesar de que Heine escribió que nadie se ha expresado sobre la divinidad de manera más sublime que Spinoza.
Von Gott gezungen, sí, nimmer… Le voy a contar una anécdota de Coleridge. Parece que de él y Wordsworth se sospechaba que eran partidarios de la Revolución francesa y se les veía un poco como posibles traidores. Entonces los siguió alguien y comunicó que estaban hablando todo el tiempo de un espía y ese espía era… Spy-Nousa. Se pusieron a buscar al espía Nousa. Además Nousa es una persona que se mete en las cosas, que está nousing aroundwho can Spy-Nousa be? Entonces dejaron de molestar a Wordsworth y a Coleridge y se fueron a buscar al que era, evidentemente, la cabeza.

Justamente esa devoción romántica ¿en qué se originaba? ¿Por qué se identificaban con Spy-Nousa?
Lo buscaban huyendo un poco del dios personal, que yo no he entendido, por lo demás. Recuerdo esa frase de Bernard Shaw, tan linda: God is in the making, y the making somos nosotros.

Un tema fascinante y misterioso es la excomunión de Spinoza. El antecedente de Uriel da Costa…
Conozco el nombre, nada más.

…este hombre se suicidó en Amsterdam en 1640 (Spinoza tenía ocho años de edad) por un conflicto de creencias, de identidad, parecido al que catorce años después separaría a Spinoza de la Sinagoga. Da Costa era originalmente católico, estudió en la Universidad de Coimbra, huyó de Portugal a Holanda…
Es lindísima la Universidad de Coimbra, no sé si usted la conoce.
Portugal es un país lleno de melancolía. Una cosa rara. Portugal sabe que ha perdido un imperio. Los españoles no saben que lo han perdido. Los españoles creen, por ejemplo, que usted y yo somos, no súbditos, pero sí, desde luego, virreinales. Usted sabe que Julián Marías propuso en un artículo verdaderamente bochornoso que La Nación le publicó, que por qué, en lugar de decir México, Colombia, Uruguay, no decíamos “Las Españas”. ¿No es increíble eso? Pero en España no es raro.

El virrey Ortega y Gasset no pensaba otra cosa… pero volviendo a la excomunión, ¿debió significar una tragedia para Spinoza?
Yo creo que no. Y sin embargo, trataron de asesinarlo. Yo he leído que él corrió peligro personal…

…alguien sacó un puñal después de una función de teatro. Él conservaba el gabán con la huella…
Sé también que fue un buen patriota holandés y que se jugó por la patria, porque Holanda representaba entonces la república, la tolerancia. Yo soy de ascendencia española, desciendo de conquistadores españoles del Río de la Plata, pero cuando yo leí The Rise of the Dutch Republic estaba de parte de Holanda… Yo no sé qué es una excomunión, pero sin embargo creo que él tiene que haber sentido el hecho de ser rechazado por sus hermanos. Vamos a ponerlo de un modo más módico y personal: yo he firmado declaraciones opuestas a una posible guerra con Chile. Entonces, mucha gente ha dicho que yo no soy argentino. A mí me ha dolido eso, aunque no sé muy bien qué es ser argentino, pero ya el hecho de pensar que había compatriotas míos y vecinos míos, que me veían como un forastero y como un traidor, me dolió. De modo que tiene que haber dolido; además, era una comunidad pequeña…

Es curioso que Spinoza llame la atención de los judíos en las márgenes del judaísmo…
Porque Spinoza está equidistante de la Iglesia y la Sinagoga.

…y ambas lo reclaman, a veces, para sí, y lo rechazan también.
A mí me han pedido en la Hebraica conferencias sobre Spinoza que yo he hecho como he podido, pero ahora los nacionalistas judíos lo usan. Es lo malo, ¿eh? Bernard Shaw dijo que “la única tragedia en la vida es ser usado para fines innobles”. Ser usado es horrible. Ahora, yo no digo que los fines de quienes usan a Spinoza sean innobles, pero ser usado es horrible, aun en el amor: tiene algo de soborno.

Pero en fin, que como Spinoza vivió en los albores de la época de la Razón debió sentirse seguro, protegido por la nueva diosa.
No, no. Usted sabe que Milton dejó un libro de doctrina cristiana que se acerca al panteísmo. Ese libro se publicó póstumamente y los manuscritos él los había mandado a Holanda. Creyó que en Holanda uno podía decir cualquier cosa, en Inglaterra no. Ese libro de Milton es muy curioso porque se acerca al panteísmo. En todo caso, él dice que el universo es el cuerpo de Dios. Un panteísmo un poco moderado por el hecho de que Milton empezó siendo puritano, calvinista y algo le quedó siempre. Siempre queda algo de calvinismo o de cualquier fe.

El panteísmo fue alguna vez una tendencia importante en la religión judía.
Sí, pero en el Antiguo Testamento no, en el Antiguo Testamento, al contrario, es el Dios personal. Es, además, el Dios que ha hecho un pacto, ¿le parece poco un pacto con la divinidad?

No, me parece lo más personal del mundo.
Dígame, ¿usted sabe hebreo?, entonces puede enseñarme algo que he estado buscando toda mi vida. En inglés, la Biblia inglesa traduce I am that I am no ego sum qui sumo ¿Por qué? ¿Está relacionado con el hebreo? Debería ser yo soy aquel que soy, pero jamás yo soy el que soy. Ahora, según Buber, eso tiene una razón mágica: se pensaba que si alguien daba su nombre, se ponía en poder del otro. Entonces Dios elude toda información. Cuando Moisés pregunta su nombre, Dios contesta soy el que soy, es decir, no contesta. Hay unos versos de Amado Nervo —yo no soy devoto de Amado Nervo— pero él escribió: “Dios sí existe. Nosotros somos los que no existimos” que vendría a ser, un poco, el comentario a soy el que soy; es decir, ustedes son adjetivos míos, que es lo que pensaría Spinoza, además.

No, no creo que yo le pueda aclarar esto, pero quizá Buber tuviera buenas razones.
…claro que sería una lástima. Sería mejor que ese Dios fuera el Dios de los teólogos, que la teología haya ido enriqueciendo a Dios.

Por cierto, Buber pertenece a una larga genealogía de pensadores, que comienza con Mendelssohn y Lessing y llega hasta nuestros días, que trata con piedad a Spinoza.
Bueno, es que hablando de un personaje muy distinto, hablando de Edgar Allan Poe con Octavio Paz, yo le dije que Poe había legado una imagen muy vívida de sí mismo. Quizá la obra de todo escritor sea eso y Spinoza nos ha dejado una imagen vívida, él que no se proponía ser vívido absolutamente… Hay una página en prosa mía y es ésta: “Un hombre se propone dibujar el universo. Tiene una pared, que nada nos cuesta imaginar como infinita, adelante, y en ella va dibujando anclas, torres, espadas, etcétera… y luego llega así al momento de su muerte. Entonces ve ese vasto dibujo. Le es dado ver ese dibujo infinito y ve que ha dibujado su propia cara”. Ahora, yo creo que eso es lo importante en un escritor. Es el caso de Poe o el caso de Spinoza que son tan disímiles, aunque Poe escribió “Eureka”, que es un sistema panteísta. Podemos imaginarlos.

Y aunque Spinoza no haya escrito casi ninguna página sobre sí mismo…
Luego, al menos gramaticalmente, el enigma: la fórmula hebrea es Ejeyé asher ejeyé. Ejeyé utiliza la letra “vav conversiva”, que vuelve simultáneos todos los tiempos verbales. Dios habría dicho: Fui soy seré el que fui soy seré.

Todo eso ha ido dibujando su cara, como en la parábola mía. Bueno, siento haberlo defraudado. Usted me ha dado una mañana muy linda.

***

En la noche, casualmente, hubo una posdata more geometrica. Octavio Paz platicaba con Borges. Hay algo extraordinario en Spinoza, explicaba éste, algo que produce vértigo. Spinoza concibe un número infinito de atributos pero sólo dos conocidos: extensión y tiempo. “Por ejemplo. Tomo mi bastón y golpeo en el piso; esto sucede en el tiempo y el espado pero al mismo tiempo sucede un infinito número de cosas en un número infinito de realidades. ”Probablemente Octavio Paz entrevió en esto una justificación de la otredad y dijo: “¿Quiere usted decir que mientras ocurre esto, un eco del golpe repercute en otros mundos?” No, concluyó Borges, “no sólo un eco sino que el hecho mismo ocurre en un número infinito de realidades. Se siente vértigo al pensar esto”.

Adiós Borges. ¿Recuerda lo que dijo esta mañana sobre los románticos y Spinoza? Usted tiene también la virtud de inspirar devociones.
No, no. Ustedes se equivocan conmigo. Yo soy una alucinación colectiva.

9 de noviembre de 1978






En Vuelta, Núm, 29, Vol. 3, abril de 1979
Luego en Borges y México
©Miguel Capistrán (editor)
Ed. Mondadori, México DF, 2012
Retrato de Jorge Luis Borges, Foto AP/Associated Press


12/9/16

Alberto Manguel: Con Borges [Parte 3]






Por tratarse de un hombre que consideraba el universo como una biblioteca y que confesaba haber imaginado el Paraíso «bajo la forma de una biblioteca», el tamaño de su propia biblioteca era toda una decepción, tal vez porque él sabía, como dijo en cierto poema, que el lenguaje únicamente puede «simular la sabiduría». Los invitados a su casa esperaban hallar un sitio atiborrado de libros, estantes llenos, pilas de volúmenes bloqueando las puertas, sobresaliendo de cada recoveco, una jungla de tinta y papel. Por el contrario, descubrían un ámbito en el que los libros ocupaban unos pocos rincones discretos. Cuando el joven Mario Vargas Llosa visitó a Borges a mediados de los años cincuenta, recorrió el lugar humildemente amueblado y preguntó por qué el Maestro no vivía en un sitio más grande y más lujoso. A Borges le ofendió el comentario. «A lo mejor en Lima hacen las cosas así —le contestó al indiscreto peruano—. Pero aquí, en Buenos Aires, somos menos devotos de la ostentación.»

Las pocas estanterías, sin embargo, contenían lo esencial de sus lecturas, empezando por las enciclopedias y los diccionarios, gran orgullo de Borges. «Me gusta hacerme cuenta de que no soy ciego, que me acerco a los libros como un hombre que puede ver —solía decir—. Ando curioso de nuevas enciclopedias. Me imagino que puedo seguir en sus mapas el curso de los ríos y que descubro maravillas en las descripciones.» Le gustaba explicar que, de niño, acompañaba a su padre a la Biblioteca Nacional y que, una vez allí, demasiado tímido para pedir un libro, se contentaba con algún tomo de la Britannica que hallaba en los estantes de libre acceso y leía el primer artículo que se desplegaba ante sus ojos. A veces era afortunado, como cuando escogió el volumen De-Dr y se informó acerca de los Druidas, los Drusos y Dryden. Jamás abandonó este hábito de entregarse al ordenado azar de alguna enciclopedia, y pasaba horas enteras hojeando o pidiendo que le leyesen los tomos de la Bompiani, la Brockhaus, la Meyer, la Chambers, la Britannica (en su undécima edición, con ensayos de Macaulay y De Quincey, adquirida con el dinero del segundo Premio Municipal de Literatura de 1929), o también el Diccionario Enciclopédico de Montaner y Simón. Con frecuencia yo le buscaba un artículo: sobre Schopenhauer o el sintoísmo, sobre Juana la Loca o el fetch escocés. Luego él pedía que algún dato especialmente interesante fuera registrado, con su número de página correspondiente, al final de tan revelador volumen. Misteriosas anotaciones, fruto de manos distintas, salpicaban las páginas de guarda de sus libros.

En las dos estanterías bajas del salón comedor se hallaban las obras de Stevenson, Chesterton, Henry James y Kipling. De allí tomó una vez una edición pequeña y encuadernada en rojo de Stalky & Co., con la cabeza del dios elefante Ganesha y la esvástica hindú que Kipling había escogido como su emblema para luego renegar de ella durante la guerra, cuando el antiguo símbolo fue apropiado por los nazis. Era el ejemplar que Borges había comprado en Ginebra, siendo adolescente; el mismo ejemplar que habría de regalarme cuando dejé la Argentina en 1968. De esas mismas estanterías me hizo extraer los volúmenes de los cuentos de Chesterton y los ensayos de Stevenson, que leímos a lo largo de muchas noches y que él comentaba con extraordinaria perspicacia y agudeza, sin ocultar su pasión por estos grandes escritores y mostrándome además de qué manera habían trabajado para construir sus cuentos, desmontando algunos párrafos con la amorosa intensidad de un maestro relojero. Allí guardaba también Un experimento con el tiempo de J. W. Dunne, diversos libros de H. G. Wells, La piedra lunar de Wilkie Collins, varias novelas de Eça de Queiroz encuadernadas en cartón amarillo, libros de Lugones, Güiraldes y Groussac, el Ulises y el Finnegans Wake de Joyce, las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, novelas policiales de John Dickson Carr, Milward Kennedy y Richard Hull, Life on the Mississippi de Mark Twain, Buried Alive de Enoch Bennett, una pequeña edición rústica de Un hombre en el zoológico y De dama a zorro de David Garnett, con delicadas ilustraciones en blanco y negro, las obras más o menos completas de Oscar Wilde y las obras más o menos completas de Lewis Carroll, Der Untergang des Abendlandes de Spengler, los muchos tomos de la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano de Gibbon, varios libros de matemática y filosofía, entre ellos algunos de Swedenborg y Schopenhauer, y el Wörterbuch der Philosophie de Fritz Mauthner, que Borges amaba tanto. Buena parte de estos libros lo acompañaban desde su juventud; otros, en inglés y en alemán, llevaban las etiquetas de las librerías de Buenos Aires en que habían sido comprados —Mitchell’s, Rodríguez, Pygmalion—, librerías que ya no existen. Era usual que les contase a sus invitados que la biblioteca de Kipling (que él había visitado) curiosamente albergaba en su mayoría libros científicos, libros sobre historia asiática o de viajes, principalmente a la India. Concluía que Kipling no había querido ni necesitado la obra de los demás poetas o novelistas, como si hubiese sentido que le bastaba con sus propias creaciones. Borges sentía lo contrario: decía que en primer lugar era lector y que eran los libros ajenos lo que más deseaba a su alrededor. Aún conservaba la edición de tapas rojas de Garnier en la que había leído el Quijote por primera vez (un segundo ejemplar, comprado poco antes de su treintena, luego de que el primigenio desapareciera), no así la traducción al inglés de las fábulas de los hermanos Grimm, el primerísimo libro que recordaba haber leído.

Las pequeñas estanterías de su dormitorio contenían libros de poesía y una de las más completas colecciones de literatura anglosajona e islandesa en toda América Latina. Aquí Borges conservaba los libros que le servían para el estudio de lo que él mismo una vez describió como «las ásperas y laboriosas palabras / Que con una boca hecha polvo / Usé en los días de Nortumbria y de Mercia / Antes de ser Haslam o Borges». Algunos de estos libros yo los conocía porque se los había vendido en Pygmalion: el diccionario de Skeat, una versión anotada de La batalla de Maldon, el Altgermanische Religions Geschichte de Richard Meyer. La otra estantería albergaba los poemas de Enrique Banchs, de Heine, de San Juan de la Cruz, y diversos estudios sobre Dante, por Benedetto Croce, Francesco Torraca, Luigi Pietrobono o Guido Vitali.

En alguna parte (quizás en la habitación de su madre) estaba la literatura argentina que había acompañado a la familia en su viaje a Europa, poco antes de la Primera Guerra Mundial: el Facundo de Sarmiento, las Siluetas militares de Eduardo Gutiérrez, los dos tomos de la Historia argentina de Vicente Fidel López, Amalia de Mármol, Prometeo y Cía de Eduardo Wilde, Rosas y su tiempo de Ramos Mejía, varios libros de poesía de Leopoldo Lugones y el Martín Fierro de José Hernández, libro que Borges adolescente había seleccionado para llevar a bordo del barco y que doña Leonor desaprobó a causa de sus pinceladas de color local y de violencia ramplona.

Si algo faltaba en las bibliotecas del departamento eran sus propios libros. No sin orgullo explicaba a los visitantes que solicitaban ver una edición temprana de una de sus obras que él no poseía ni un volumen en el que estuviera impreso su nombre «eminentemente olvidable». Una vez, estando yo en su casa, el cartero trajo un gran paquete que contenía una edición de lujo de su relato «El Congreso», publicada en Italia por Franco Maria Ricci. Era un inmenso libro, encuadernado en seda negra, metido en un estuche del mismo material, con letras de oro impresas en un papel Fabriano azul hecho a mano, con cada ilustración volcada artesanalmente (el cuento había sido ilustrado con pinturas tántricas) y con cada ejemplar numerado. Borges me pidió que le describiese el objeto. Escuchó con suma atención y exclamó: «Pero eso no es un libro, es una caja de bombones». Y acto seguido se lo obsequió al tímido cartero.

En ocasiones es él mismo quien escoge un libro de un estante. Conoce, desde luego, dónde se halla cada ejemplar y allí se dirige, infaliblemente. Pero a veces se encuentra en un lugar donde los estantes no le son familiares, en una librería nueva por ejemplo, y entonces sucede algo inquietante: Borges recorre con sus manos los lomos de los libros, como abriéndose camino al tacto por la superficie accidentada de un mapa en relieve y, aunque desconoce el territorio, su piel parece descifrar la geografía. Haciendo correr sus dedos por libros que nunca antes abrió, algo semejante a la intuición de un artesano le dirá de qué se trata el volumen que está tocando. Hasta es capaz de descifrar nombres y títulos que con certeza no puede leer. (Una vez vi a un viejo sacerdote vasco trabajando de esta forma entre nubarrones de abejas, distinguiéndolas y asignándoles distintas colmenas; y también recuerdo a un guardabosques en las Rocosas canadienses que sabía exactamente en qué sector del bosque se encontraba con sólo pasar sus dedos por el liquen de los troncos.) Puedo dar fe de que entre el anciano bibliotecario y sus libros existe un vínculo que las leyes de la fisiología tacharían de imposible.


Con Borges
Madrid, Alianza Editorial, 2004, Págs. 32-42
Título original: Chez Borges
Alberto Manguel, 2001
Traducción: Traducido del inglés por Eduardo Berti
Fotos: Sara Facio. Ésta en pág. 43





11/9/16

Jorge Luis Borges: Prólogo a «Recuerdos de Provincia», de Domingo Faustino Sarmiento







Tan infiel y tan rudimental es el arte del análisis literario, la disciplina que llamaron retórica los antiguos y que ahora (creo) solemos denominar estilística, que en el día de hoy, al cabo de un autoritario ejercicio de veinte siglos, casi nunca es apto para razonar la eficacia de los textos que le proponen. Claro está que las dificultades varían. Hay escritores —Chesterton, Mallarmé, Quevedo, Virgilio— no inaccesibles al análisis; ningún procedimiento, ninguna felicidad hay en ellos que no pueda explicar, siquiera parcialmente, el retórico. Otros —Joyce, Whitman, Shakespeare— incluyen zonas refractarias a todo examen. Otros, aún más misteriosos, no son analíticamente justificables. No hay una de sus frases, examinada, que no sea corregible; cualquier hombre de letras puede señalar sus errores; las observaciones son lógicas, el texto original acaso no lo es; sin embargo ese incriminado texto es eficacísimo, aunque no sepamos por qué. A esa categoría de escritores que no puede explicar la mera razón, pertenece nuestro Sarmiento. Lo anterior, por supuesto, no significa que el arte idiosincrásico de Sarmiento es menos literario que el de otros, menos puramente verbal; significa, según he insinuado al principio, que es demasiado complejo —o acaso demasiado sencillo— para el análisis. La virtud de la literatura de Sarmiento queda demostrada por su eficacia. El curioso lector puede comparar algún episodio de estos Recuerdos o de cualquier otro libro autobiográfico de su pluma, con la correspondiente versión del mismo episodio en las trabajadas páginas de Lugones; línea por línea, la versión de Lugones es superior; en conjunto, es harto más conmovedora y patética la de Sarmiento. Cualquiera puede corregir lo escrito por él; nadie puede igualarlo. 
Recuerdos de Provincia, por lo demás, es un libro riquísimo; en ese caos venturoso es dable encontrar hasta páginas antológicas. Una de ellas, no la más célebre pero sí la más memorable, es la historia de don Fermín Mallea y de su dependiente, página que sería fácil dilatar en un largo relato psicológico, sin añadidura alguna esencial. Tampoco falta la excelente ironía: por ejemplo, cuando se defiende que a Rosas lo llamen Héroe del Desierto "porque ha sabido despoblar a su patria" (página 169). 
El decurso del tiempo cambia los libros; Recuerdos de Provincia, releído y revisado en los términos de 1943, no es ciertamente el libro que yo recorrí hace veinte años. El insípido mundo, en esa fecha, parecía irreversiblemente alejado de toda violencia; Ricardo Güiraldes evocaba con nostalgia (y exageraba épicamente) las durezas de la vida de los troperos; nos alegraba imaginar que en la alta y bélica ciudad de Chicago se ametrallaban los contrabandistas de alcohol; yo perseguía con vana tenacidad, con afán literario, los últimos rastros de los cuchilleros de las orillas. Tan manso, tan irreparablemente pacífico nos parecía el mundo, que jugábamos con feroces anécdotas y deplorábamos "el tiempo de lobos, tiempo de espadas" (Edda Mayor, I, 37) que habían merecido otras generaciones más venturosas. Recuerdos de Provincia, entonces, era el documento de un pasado irrecuperable y, por lo mismo, grato, ya que nadie soñaba que sus rigores pudieran regresar y alcanzarnos. Recuerdo que en sus páginas y en las páginas congéneres del Facundo me parecían inútiles y acaso demasiado evidentes las diatribas contra el primero de los caudillos, Artigas; contra uno de los penúltimos, Rosas. La peligrosa realidad que describe Sarmiento era, entonces, lejana e inconcebible; ahora es contemporánea. (Corroboran mi aserto los telegramas europeos y asiáticos.) La sola diferencia es que la barbarie, antes impremeditada, instintiva, ahora es aplicada y consciente, y dispone de medios más coercitivos que la lanza montonera de Quiroga o los filos mellados de la mazorca. 
He hablado de crueldad; el examen de este libro demuestra que la crueldad no fue el mayor mal de esa época sombría. El mayor mal fue la estupidez, la dirigida y fomentada barbarie, la pedagogía del odio, el régimen embrutecedor de divisas, vivas y mueras. Como ha dicho Lugones: "Es eso lo que no puede perdonarse a Rosas: la esterilidad de veinte años en un país que a los cien ha progresado como vemos" (Historia de Sarmiento, capítulo cuarto). 
La primera edición de Recuerdos de Provincia apareció en Santiago de Chile, en 1850. Sarmiento contaba treinta y nueve años a la sazón. Historiaba su vida, historiaba las vidas de los hombres que habían gravitado en su destino y en el de su país, historiaba sucesos casi inmediatos, de repercusión dolorosa. La forma de los hechos contemporáneos suele ser indistinta; es menester que pase mucho tiempo antes que percibamos su configuración general, su básica y secreta unidad. Sarmiento ejecuta la proeza de ver históricamente la actualidad, de simplificar e intuir el presente como si ya fuera el pasado. Abundan ahora las biografías; centenares de ejemplos de ese género fatigan las imprentas; ¿cuántas rebasan e interpretan los hechos circunstanciales que narran, como lo hace Sarmiento? Sarmiento ve su destino personal en función del destino de América; alguna vez explícitamente lo afirma: "En mi vida tan destituida, tan contrariada i sin embargo tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado i noble, me parece ver retratarse esta pobre América del Sud, ajitándose en su nada, haciendo esfuerzos supremos por desplegar sus alas i lacerándose a cada tentativa, contra los hierros de la jaula". Su visión ecuménica no empaña su visión de los individuos. Fatalmente, propendemos a ver en el pasado una rígida publicación de meras estatuas. Sarmiento nos descubre los hombres que ahora son bronce o mármol: "aquella juventud arjentina que habían visto representada en la guerra por Necochea, Lavalle, Suárez, Pringles i tantos calaveras brillantes, los primeros en las batallas, los primeros para con las damas, i si el caso se presentaba nunca los postreros en los duelos, la orjía i en las disipaciones juveniles"; el Deán Funes "que, al aspirar el perfume de una flor, se sintió morir y lo dijo así a los tiernos objetos de su cariño, sin sorpresa, i como de un acontecimiento que aguardaba"... Ahora no es difícil la visión de nuestras guerras civiles y de las tiranías que las coronaron (escribo tiranías, porque sospecho que los diversos lugartenientes no eran menos poderosos que el Restaurador, ya que uno de ellos lo derribó); para sus desdichados contemporáneos la época no era menos inexplicable que para nosotros el año 1943. 
Sarmiento, múltiple enemigo de España, no se deslumhra, sin embargo, con la gloria militar de la Revolución; la juzga prematura, sabe que el dilatado y casi despoblado país no era entonces capaz de un ejercicio razonable de su libertad y nos deja esta observación: "Las colonias españolas teman su manera de ser i lo pasaban bien, bajo la blanda tutela del rei; pero vosotros habéis inventado reyes con largas espuelas nazarenas, apenas desmontados de los potros que domaban en las estancias". La alusión es límpida; en el mismo capítulo afirma: "Rosas es el discípulo del Dr. Francia i de Artigas en sus atrocidades, i el heredero de la inquisición española en su persecución a los hombres de saber i a los extranjeros". 
Paradójicamente, Sarmiento ha sido motejado de bárbaro. Quienes no quieren compartir su aversión por el gaucho, afirman que él también era un gaucho, equiparando de algún modo el ímpetu bravio del uno en las disciplinas rurales con el ímpetu bravio del otro en la conquista de la cultura. La acusación, como se ve, no pasa de una mera analogía, sin otra justificación que la circunstancia de que el estado del país era rudimentario y a todos salpicaba de violencia, quién más, quién menos. Groussac, en una improvisación necrológica, hecha casi exclusivamente de hipérboles, exagera la rudeza de Sarmiento, lo llama "el formidable montonero de la batalla intelectual" y lo compara previsiblemente con un torrente andino. (Gramaticalidades aparte, Groussac es menos universal que Sarmiento: éste difiere de casi todos los argentinos; aquél se presta a confusión con todos los universitarios de Francia.) Lo cierto es que Sarmiento puso en el culto del Progreso un fervor primitivo; Rosas (míenos impulsivo, menos genial), deliberadamente exageró su afinidad con los rústicos, afectación que sigue embaucando al presente y que transforma a ese enigmático hacendado-burócrata en un montonero arriesgado a lo Pancho Ramírez o a lo Quiroga. 
Ningún espectador argentino tiene la clarividencia de Sarmiento. Sobre lo que fue la conquista de esta zona de América: fragmentaria y lentísima ocupación de casi desiertas llanuras. Sabe que la revolución, a trueque de emancipar todo el continente y de lograr victorias argentinas en el Perú y en Chile, abandonó, siquiera transitoriamente, el país a las fuerzas de la ambición personal y de la rutina. Sabe que nuestro patrimonio no debe reducirse a los haberes del indio, del gaucho y del español; que podemos aspirar a la plenitud de la cultura occidental, sin exclusión alguna. 
Negador del pobre pasado y del ensangrentado presente, Sarmiento es el paradójico apóstol del porvenir. Cree, como Emerson, que en el centro del hombre está su destino; cree, como Emerson, que la evidencia de que se cumplirá ese destino es la esperanza ilógica. Sustancia de las cosas que se esperan, demostración de cosas no vistas, definió San Pablo la fe... En un incompatible mundo heteróclito de provincianos, de orientales y de porteños, Sarmiento es el primer argentino, el hombre sin limitaciones locales. Sobre las pobres tierras despedazadas quiere fundar la patria. Le escribe, en 1867, a Juan Carlos Gómez: "Montevideo es una miseria, Buenos Aires una aldea, la República Argentina una estancia. Los Estados del Plata reunidos, son un casco de potencia de primer orden, un pedazo del mundo, un frente de la raza enfrenada en América, la tela para grandes cosas" Luis Melián Lafinur: Semblanzas del pasado, I, 243). 
Nadie puede leer este libro sin profesar por el valeroso hombre muerto que lo escribió, un sentimiento que rebasa la veneración y la admiración: la plena e indulgente amistad. Who touches this book, touches a man, pudo haber escrito Sarmiento en el término de la obra. Hay quienes juzgan que este libro debe su autoridad a Sarmiento y buena parte de su fama a la del autor; olvidan que Sarmiento, para la generación actual de argentinos, es el hombre creado por este libro. 

DOMINGO F. SARMIENTO: Recuerdos de Provincia. Prólogo y notas de J. L. B. Buenos Aires, Emecé Editores, Colección El Navío, 1944. 


POSDATA DE 1974 

Sarmiento sigue formulando la alternativa: civilización o barbarie. Ya se sabe la elección de los argentinos. Si en lugar de canonizar el Martín Fierro, hubiéramos canonizado el Facundo, otra sería nuestra historia y mejor.






En Prólogos con un prólogo de prólogos (1975)
Portada e interior de la edición original
Prologada y anotada por Jorge Luis Borges
Buenos Aires, 
Emecé Editores, 1944

10/9/16

Jorge Luis Borges: Qué será del caminante fatigado





Wo wird einst des wandermüden…
¿En cuál de mis ciudades moriré?
¿En Ginebra, donde recibí la revelación,
no de Calvino ciertamente, sino de Virgilio
y de Tácito?
¿En Montevideo, donde Luis Melián
Lafinur, ciego y cargado de años, murió
entre los archivos de esa imparcial
historia del Uruguay que no escribió
nunca?
¿En Nara, donde en una hostería japonesa
dormí en el suelo y soñé con la terrible
imagen del Buda, que yo había tocado y no
visto, pero que vi en el sueño?
¿En Buenos Aires, donde soy casi un
forastero, dados mis muchos años, o una
costumbre de la gente que me pide un
autógrafo?
¿En Austin, Texas, donde mi madre y yo
en el otoño de 1961, descubrimos América?
Otros lo sabrán y lo olvidarán.
¿En qué idioma habré de morir? ¿En el
castellano que usaron mis mayores para
comandar una carga o para conversar un
truco?
¿En el inglés de aquella Biblia que mi
abuela leía frente al desierto?
Otros lo sabrán y lo olvidarán.
¿Qué hora será?
¿La del crepúsculo de la paloma, cuando
aún no hay colores, la del crepúsculo del
cuervo, cuando la noche simplifica y
abstrae las cosas visibles, o la hora trivial,
las dos de la tarde?
Otros lo sabrán y lo olvidarán.
Estas preguntas no son digresiones del
miedo, sino de la impaciente esperanza.
Son parte de la trama fatal de efectos y de
causas, que ningún hombre puede
predecir, y acaso ningún dios.
* En diario Clarín, Buenos Aires, 20 de marzo de 1980, y con motivo de la muerte de Borges, 
el 15 de junio de 1986.
Y en:
Borges en Revista Multicolor, Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1995, págs. 1718; 2ª Ed., 1999.

Luego en Textos recobrados 1956-1986
Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi
© 2003 María Kodama
© Emecé editores
Buenos Aires, 2003

Foto: Borges (sin atribución) 
Agencia SIGLA Vía IberLibro



9/9/16

Jorge Luis Borges: Juan, I, 14







Refieren las historias orientales
la de aquel rey del tiempo, que sujeto
a tedio y esplendor, sale en secreto
y solo, a recorrer los arrabales.

Y a perderse en la turba de las gentes
de rudas manos y de oscuros nombres;
hoy, como aquel Emir de los Creyentes,
Harún, Dios quiere andar entre los hombres

y nace de una madre, como nacen
los linajes que en polvo se deshacen,
y le será entregado el orbe entero,

aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
pero después la sangre del martirio,
el escarnio, los clavos y el madero.



En El otro, el mismo (1964)
Foto sin atribución vía La Gaceta de Tucumán

8/9/16

Jorge Luis Borges: Purgatorio, I, 13





Como todas las las palabras abstractas, la palabra metáfora es una metáfora, ya que vale en griego por traslación. Consta, por lo general, de dos términos. Momentáneamente, uno se convierte en el otro. Así, los sajones apodaron al mar camino de la ballena o camino del cisne. En el primer ejemplo, la grandeza de la ballena conviene a la grandeza del mar; en el segundo, la pequeñez del cisne contrasta con lo vasto del mar. Nunca sabremos si quienes forjaron esas metáforas advirtieron esas connotaciones. En el verso 60 del canto I del Infierno se lee: «mi ripigneva là dove’l sol tace»[92].
Donde el sol calla; el verbo auditivo expresa una imagen visual. Recordemos el famoso hexámetro de la Eneida: «a Tenedo, tacitae per amica silentia lunae».
Más allá de la fusión de dos términos, mi propósito actual es el examen de tres curiosas líneas. La primera es el verso 13 del canto I del Purgatorio: «Dolce color d’oriental zaffiro»[93].
Buti declara que el zafiro es una piedra preciosa de color entre celeste y azul, muy deleitable a la vista y que el zafiro oriental es una variedad que se encuentra en Media. 
Dante, en el verso precitado, sugiere el color del Oriente por un zafiro en cuyo nombre está el Oriente. Insinúa así un juego recíproco que bien puede ser infinito[94].
En las Hebrew Melodies (1815), de Byron, he descubierto un artificio análogo: «She walks in beauty, like the night.»
Camina en esplendor, como la noche; para aceptar este verso, el lector debe imaginar a una mujer alta y morena que camina como la Noche, que es a su vez una mujer alta y morena, y así hasta el infinito[95].
El tercer ejemplo es de Robert Browning. Lo incluye la dedicatoria del vasto poema dramático The Ring and the Book (1868): «O lyric Love, half angel and half bird...»
El poeta dice de Elizabeth Barrett, que ha muerto, que es mitad ángel y mitad pájaro, pero el ángel ya es mitad pájaro, y se propone así una subdivisión, que puede ser interminable.
No sé si puedo incluir en esta antología casual el discutido verso de Milton (Paradise Lost, IV, 323): «...the fairest of her daughters, Eve.»
La más hermosa de sus hijas, Eva; para la razón, el verso es absurdo; para la imaginación, tal vez no lo sea.


Notas

[92] «me hacía volver donde el sol calla». 

[93] «Dulce color de oriental zafiro». 
[94] Leemos en la estrofa inicial de las Soledades de Góngora:
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa,
media luna las armas de su frente
y el Sol todos los rayos de su pelo
luciente honor del cielo,
en campo de zafiros pasce estrellas;
[95] Baudelaire ha escrito en Recueillement: «Entends, ma chère, entends, la douce Nuit qui marche». 
(El silencioso andar de la noche no debería oírse).


En Nueve ensayos dantescos 
Introducción de Marcos Ricardo Barnatán
Barcelona, Seix Barral, 1982

Photo: Borges in his Manhattan apartment in 1971

Credit Tyrone Dukes / The New York Times

7/9/16

Antonio Tabucchi: Borges, el clarividente ciego








Si tomamos las dos grandes categorías en las que podría dividirse por convención aproximada la literatura en general –la de los aristotélicos y la de los platónicos–, Borges pertenece sin duda a la segunda. Es decir, a esa categoría de escritores y poetas que entre un objeto y la idea de un objeto prefieren cantar a esta última. En suma, no a lo real, sino a su conceptualización o su quintaesencia: como, para que nos entendamos, el Stil Novo no cantó a la mujer, sino a su transfiguración; los Trovadores no cantaron al amor sino a su ideal; Ariosto no cantó a las armas y los caballeros sino a sus fantasmas; Shakespeare no cantó al teatro del mundo sino al Teatro como divinidad ciega de nuestra vida; Yeats no cantó a su pueblo sino a la imagen mítica que tenía de éste. 


En el caso de la modernidad, si hay alguien que supo expresarla como en una declinación gramatical, casi como en un manual con instrucciones de uso, transmitiéndonos el método de esa expoliación de la realidad física en favor de la idea platónica de ésta, fue probablemente Stephane Mallarmé, quien, sabiendo que la carne es triste y habiendo leído todos los libros, anhelaba el Libro Absoluto (quién sabe si no totalmente en blanco), nuestro destino final y nuestra síntesis, que como la esfera divina de Pascal, tiene la circunferencia por todas partes y el centro en ningún lugar.

En el siglo XX, muchos son los grandes escritores que (cada uno a su modo, por supuesto) forman con Borges la tropa de los platónicos: por ejemplo Pessoa, Kafka, cierto Eliot, cierto Montale. Aquellos que, tomando la idea de lo real y, contándola, poetizándola, la elevaron a metáfora de la condición humana. No sé si Borges es un “auténtico” escritor o más bien un filósofo que usó la literatura: pero ésta es obviamente una cuestión irrelevante y hasta un sofisma. Lo cierto es que sus cuentos, algunos de los cuales hoy pueden incluso resultar excesivamente académicos y eruditos, sobrecargados como están con un surtido de simbologías barrocas, teorías esotéricas verdaderas o presuntas, espejos deformantes y viejos libros apócrifos encuadernados en cuero marroquí, mantienen (más aún, van adquiriendo) la ambigua y alarmante fuerza de alegorías. Quien sabe si acaso, obedeciendo inconscientemente al misterioso destino de su desgraciada enfermedad, Borges no nos resulta hoy similar a la figura del vidente ciego que imaginaron nuestros antiguos: un creador de oráculos, en parte aterradores, emitidos en forma de cuentos breves. 

Pensemos por ejemplo en el aleph. ¿Habrá alguna vez un punto del universo desde el cual el universo (que además somos nosotros) pueda ser abarcado en su totalidad? Es una extraña idea humana que matemáticos excéntricos, filósofos metafísicos, razonadores capciosos y teólogos heréticos cultivaron con cuidadosa manía y silogismos patéticos. El hecho de haber situado ese lugar privilegiado y absurdo en el sótano de una casa vieja descascarada en las afueras de Buenos Aires, a punto de ser demolida por las excavadoras debido al implacable crecimiento urbano, me parece una empresa genial. El extraordinario y angustioso mar infinito donde el personaje del cuento, recostado sobre el piso desnudo del comedor y con el ojo pegado al periscopio milagroso de aquel submarino ebrio a través del cual accedió a todo el saber, a todo lo que existe y ha existido en la literatura occidental, es comparable sólo al cerco detrás del cual, atravesando la eternidad, las estaciones muertas y la suya presente y viva, Leopardi logró naufragar en el mar del infinito, donde su pensamiento se anega.


Y en este punto la metáfora de ese sublime aleph de subsuelo revela su significado más profundo y melancólico; las aspiraciones son las más ilusorias, ambiciosas, patéticas, las más vanas que tenemos todos; recuperar con la memoria lo que ya no es nuestro: infancias pasadas, amores perdidos, sentimientos disipados; y comprender finalmente todo lo que no nos es dado comprender. El Aleph es un vistazo furtivo permitido por un poeta mediocre dueño de una casona en demolición de la periferia para que podamos ilusoriamente comprender el universo durante no más de diez minutos: el tiempo de un cuento breve o de una parada de subte. El Aleph es finalmente una epifanía joyceana accesible, explicada con un cuento a los pobres de espíritu como nosotros, que se deleitan frecuentando el Luna Park de la literatura, ilusionándose con poder reencontrar lo que perdieron al comprar el boleto del recorrido del tren de los fantasmas.


O, si se prefiere, El Aleph es un fenómeno de feria breve y económico que resume en veinte páginas sublimes la búsqueda proustiana. Muchos son los cuentos de Borges para leer como oráculos aterradores de nuestra condición actual. Y aunque su autor a menudo los adornó con conceptos extraídos de la tradición judeo-cristiana o de la civilización cretense (el poder creador del Verbo, del que todo desciende: la Cábala, el Laberinto, el Minotauro...), creo que se puede afirmar que no serían hoy tan eficaces y tan inquietantes si Borges, astutamente, no hubiera acompañado con sus ojos ciegos y su mirada implacable los descubrimientos y las intuiciones de la ciencia moderna: desde la relatividad hasta el observador inercial de Einstein, desde el teorema de Godel hasta las teorías de los fractales, hasta las de la astrofísica sobre el universo finito que avanza sin embargo de manera infinita pacientemente en la nada. En un mundo donde el objeto va perdiendo cada vez más significado a favor de la palabra que lo señala, en un mundo donde la palabra (el concepto, lo virtual) está volviéndose más real que aquello a lo que la palabra se refiere; en un mundo que se está despojando de materialidad, porque ésta pertenece sólo a las clases más ínfimas, y que concentra su poder en el hecho de “des-corporeizarse” para convertirse sólo en una gigantesca y monstruosa red de palabras e informaciones que servirán exclusivamente a quien sepa usarlas, ¿qué más aterradoramente “realista” que el cuento definido como “fantástico” titulado La biblioteca de Babel? En comparación, los muchachitos con aspiraciones caníbales a los que nuestras editoriales han dado tanto relieve nos parecen pobres habitantes de un período Cromañón olvidable. ¿Y puede haber hoy algo más realista que sus laberintos que apenas hace unos años parecían imaginarios, frente al laberinto on line de situaciones e hilos que envuelven a nuestro globo? ¿Y puede haber algo más atrozmente actual que el Pierre Menard que cuatrocientos años más tarde “compone” un nuevo Quijote reescribiéndolo exactamente igual al original, y al mismo tiempo produce un Quijote distinto? Quizá represente la clonación que amenazadoramente nos acecha y que parece obedecer a la aspiración de nuestra miserable eternidad destinada a lo reproducible. Es la espantosa idea de que el universo es serial, que pertenece a la época de la idea benjaminiana de la reproducibilidad técnica de la obra de arte, y que el buen Dios en definitiva tenía la imaginación limitada. Los replicantes de Blade Runner, que siendo idénticos a los humanos sin serlo tienen las mismas melancolías, somos obviamente nosotros; y la oveja Dolly, que siendo su madre es a la vez ella misma, obedece al mismo concepto. 

Pero tampoco falta la alegoría aterradora para aquellos que no hace muchos años, en tiempos de desenfrenado júbilo e insospechado optimismo, nos predicaban a todos que el arte es juego, la vida es juego, el mundo es juego. Para todos ellos, quizá, la vida siga siendo juego, entre otras cosas porque los lugares que querían ocupar fueron ocupados, pero el arte es otra cosa. Todo ahora se está convirtiendo en un juego, pero indescifrable, amenazador e inquietante, como el sistema de ese cuento que se titula La lotería de Babilonia, que no servía para otra cosa que justificar la existencia de quienes la jugaban. Y hay muy poco de qué alegrarse, me parece.

Es difuso el reflejo de Borges en la literatura contemporánea. Los reflejos, no obstante, siempre han existido porque, como sabemos, la literatura se autofecunda. Otra cosa son los epígonos, con frecuencia de calidad en absoluto despreciable, incluso porque algunos aspectos de Borges son fácilmente imitables y reproducibles: la idea combinatoria, la transformación de lo real en geometría, la seducción de las matemáticas y de la ciencia. De todos modos, si en Borges esos conceptos procedían siempre de fuertes ideas filosóficas y teológicas, en sus continuadores se reducen con frecuencia a puro juego combinatorio, al cultivo del ajedrez o las cartas de póker. En suma, a algo instrumental y quizá venal que recuerda el cálculo de las probabilidades y el sistema para jugar a la lotería. Todos hoy conocen el uso de la computadora: Borges se interesa en conocer el alma. Y si ésta eventualmente no existe, Borges comenzó a suponerla, insinuando que quizá sea la nuestra. Por eso lo sentimos tan actual.


Texto e imagen en Revista Ñ
Diario Clarín, 6 de septiembre de 2011
Autoría de Antonio Tabucchi
Versión castellana de Cristina Sardoy

6/9/16

Jorge Luis Borges: Caja de música








Música del Japón. Avaramente
de la clepsidra se desprenden gotas
de lenta miel o de invisible oro
que en el tiempo repiten una trama

eterna y frágil, misteriosa y clara.
Temo que cada una sea la última.
Son un ayer que vuelve. ¿De qué templo,
de qué leve jardín en la montaña,

de qué vigilias ante un mar que ignoro,
de qué pudor de la melancolía,
de qué perdida y rescatada tarde,

llegan a mí, su porvenir remoto?
No lo sabré. No importa. En esa música
yo soy. Yo quiero ser. Yo me desangro.



En Historia de la noche (1977)

Foto: Borges (1975) by Willis Barnstone 
at Borges at Eighty: Conversations AA.VV., 1982 
 Edition, foreword and photographs: Willis Barnstone 
Contributing authors: Willis Barnstone, Alastair Reid, 
Dick Cavett, Alberto Coffa, Kenneth Brechner & Jaime Alazraki



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