4/8/18

Isidoro Blaisten: Borges y el humor







Pensé que, antes de referirme al humor de Borges, sería oportuno definir qué es el humor. En este sentido, me resultó interesante citarme a mí mismo. Mi humilde definición del humor figura en mi libro Cuando éramos felices, bajo el título "Humor, poesía y estupidez". El libro se publicó en 1992, pero creo que este título, "Humor, poesía y estupidez", tiene algo de premonitorio al menos para estas reflexiones, porque mi teoría consiste en afirmar que el humor de Borges estuvo regido por la poesía y en constante lucha contra la estupidez.

En esa época, yo había escrito: "Creo que el humor, como la poesía, da lugar a la metáfora. El humor es siempre una metáfora, la intuición que establece el nexo entre dos imposibles. Enlaza dos ideas imposibles y las torna visibles. El humor es un dictamen de belleza que encierra en su mecanismo poético el júbilo del descubrimiento.

La poesía descorre el velo de la belleza, el humor desgarra el velo de la estupidez."

En ese mismo libro, agregaba esta cita de otro libro, curiosamente también mío, llamado Anticonferencias: "Ante el estupor que provoca la incorregible estupidez humana, el humor impone su desmesura. Entonces el humor es una infracción, pero de alguna manera nos está ofreciendo un ordenamiento del caos, quizá la única forma de ordenamiento y la única forma de salvación: la del absurdo. Decía Lugones: ´Yo sé que cinco más cinco son diez, pero me da una rabia...´".

Definido el humor, se trata de descubrir su mecanismo. Demostrar cómo en Borges el mecanismo del humor es el mismo, tanto en su literatura como en su vida. Trataré de comparar ciertos artificios de su literatura con ciertas respuestas, anécdotas y sucedidos, algunos de ellos muy conocidos.

Voy a rescatar estas tres respuestas de Borges, porque considero que su notable síntesis confirma mi teoría de que el humor de Borges estuvo regido por la poesía y en constante lucha contra la estupidez.

Cuando Borges era presidente de la SADE, un miembro angustiado le preguntó:

Borges, ¿qué podemos hacer por los jóvenes poetas?

Disuadirlos contestó Borges.

Otro desmesurado, en cierta ocasión, le estrechó la mano y, pleno de emoción, le dijo:

¿Usted sabe, Borges? Yo escribo.

Yo también.

Hubo una señora que lo paró en la calle y le preguntó:

¿Usted es Borges, verdad?

Momentáneamente.

Contar anécdotas de Borges y alardear de su amistad se ha convertido este año en un deporte nacional, en una extraña competencia, porque, por más sociable que sea una persona, ¿cuántos amigos puede tener? Una vez Horacio Salas me dijo: "Solamente con saludar a tantos presuntos amigos, a Borges se le hubiera ido la vida y no hubiera escrito una sola línea".


Haikus y cadetes

Creo que para comprender el humor de Borges no debemos dejar de lado algo que muchas veces se deja de lado. El hecho de que Borges era un hombre ciego y solo, ansioso de recibir a alguien en su casa, alguien con quien hablar, alguien a quien dictarle un poema ("Me apunta un poema", solía decir). Por ejemplo, cuando venía el cadete de la tintorería a traer un traje, hacía pasar al japonesito y lo sentaba y le hablaba del teatro No, del Kabuki-za, de haikus y de tankas. El pobre muchacho, azorado, no veía el momento de irse.

Borges habla de una soledad central. Esa soledad central es, a mi entender, la base de su humor.

Yo creo que en Borges el humor era un sistema de salvación. Borges traslada las imposibilidades de su vida: el amor que nunca tuvo, el deseo de un hijo el hijo que nunca tuvo, el no haber peleado en los campos de batalla como sus mayores, toda esa serie de imposibilidades, ese corpus de imposibilidades, lo sublima, como se dice ahora, y lo convierte en una figura retórica, da vuelta la red, la seda de los párpados, pacta secretamente en las raíces y desmorona la realidad cotidiana.

Creo que eso tiene el humor de Borges: la capacidad de desmoronar la realidad cotidiana, pero no sólo la realidad, sino también la seguridad. Esa seguridad cotidiana que nos da la aceptación de las convenciones. Borges solía hablar (mal) de cosas sagradas. Cosas tan sagradas como el fútbol, el tango, Gardel.

Del fútbol dijo: "El fútbol es popular porque la estupidez es popular".

Del tango: "Esa danza de burdel inventada en 1880 y que no tiene nada que ver con la historia argentina: nadie quería el tango hasta que vieron que se bailaba en París".

De Gardel: "Dudo de la virilidad de ese compadrito francés, Carlos Gardel: ¿acaso no se empolvaba la cara?".

Pero, si admitimos que glorificar a Borges se ha convertido en una moda nacional, debemos admitir también que las modas nacionales son cíclicas. Porque hubo un tiempo en que estaba de moda denostarlo. Quizá sea algo generacional, porque también mi primer acercamiento a Borges data de la época en que leerlo no era bien visto, mejor dicho, era mal visto; mejor dicho, podía llegar a ser un estigma.

En esa época, para muchos Borges no sólo era un "reaccionario" y un "extranjerizante". Para algunos, directamente era un "agente inglés" y para otros, un literal traductor del inglés. Al respecto hay una curiosa anécdota: un periodista le había preguntado si él primero escribía en inglés y después lo traducía al castellano. "Efectivamente", le contestó Borges, "es como usted dice. Y le diré más, le diré que una de las cosas que más me costó traducir del inglés fue:

Negro el chambergo y la ropa 
negro el charol del zapato. 
Un balazo lo tumbó 
en Thames y Triunvirato. 
Se mudó a un barrio vecino. 
El de la Quinta del Ñato."

La dirección de El Aleph

Sucede que muchas veces Borges era tomado en su literalidad. Esa literalidad peligrosa que a veces conducía a la estupidez. Hubo un periodista español que se sintió muy ofendido porque Borges no le dio la dirección exacta de la calle Garay donde estaba El Aleph. Borges dijo que no, que no había tal dirección, que era una fantasía. "Hmm, algo de eso me sospechaba yo", dijo el periodista y se fue enojado.

Es que con Borges uno tendía a volverse estúpido. Era muy difícil superar, por ejemplo, una estúpida tentación que nos acechaba a todos: querer estar a la altura de Borges. Había como una obligación idiota de decir cosas inteligentes y el resultado era patético.

Es común decir que Borges es inimitable. Es cierto. Y sospecho que su escritura es y será intransferible. Creo que hay escritores que dejan algún lugar para el plagio, alguna fisura para la sustitución. Borges es único, no deja discípulos. Todo intento de apropiación termina y terminará en parodia. No obstante, hubo periodistas que cuando tenían que entrevistar a un jugador de fútbol eran normales y escribían con naturalidad, pero, en cuanto tenían que entrevistar a Borges, escribían, si era de mañana: "Entrevistamos a Borges una fervorosa mañana"; si era de tarde, escribían: "En la vaga tarde", y si era de noche, ponían: "La noche lateral de la entrevista".

Tratemos ahora de buscar el personaje más estúpido de toda la obra de Borges. Yo creo que quizá sea Carlos Argentino Daneri y veamos cómo lo describe Borges en el cuento El Aleph: "Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. [...] Es autoritario, pero también es ineficaz".

Uno piensa que esa conjunción adversativa, ese pero, va a introducir un epíteto distinto, algo que rescate la figura de Carlos Argentino, pero no. Borges dice: "pero también es ineficaz".

Y aquí reside la eficacia del humor de Borges. De la misma forma más adelante dice, refiriéndose a las ideas del mismo personaje: "Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura". Y agrega: "Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante".

Este procedimiento hecho de transgresión y sustitución es muy usual en la obra de Borges, y el mismo Borges se encarga de explicarlo. En su ensayo El arte de injuriar, transcribe la célebre parodia de insulto que improvisó el doctor Johnson: "Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando".

Esto se suma a lo sorpresivo. La interrupción del orden del pensamiento lógico que se aprecia nítidamente en la descripción de Carlos Argentino Daneri.

En el humor de Borges, una sola palabra da vuelta todo el sentido de las convenciones. La sola enumeración, por ejemplo, de los títulos que componen Historia universal de la infamia da cuenta de esa negación de la tranquilidad que da la costumbre. Veamos, por ejemplo, El atroz redentor Lazarus Morell. ¿Cómo un redentor puede ser atroz? Veamos, por ejemplo, El proveedor de iniquidades Monk Eastman. ¿Cómo alguien puede ser proveedor de iniquidades?; en general, un proveedor nos da cosas buenas: la leche, las frutas y hortalizas, la factura para el mate, las masas para el té. Veamos también El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké. ¿Cómo un maestro de ceremonias puede ser incivil?

Tomar precauciones

En el libro Borges, sus días y su tiempo , María Esther Vázquez cuenta que cuando Borges "era todavía profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, una mañana irrumpió un muchacho en su aula y lo interpeló:

Profesor, tiene que interrumpir la clase.

¿Por qué? preguntó Borges.

Porque una asamblea estudiantil ha decidido que no se dicten más clases hoy para rendir homenaje a Fulano de Tal.

Ríndanle homenaje después de la clase agregó Borges.

No. Tiene que ser ahora y usted se va.

Yo no me voy, y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio.

Vamos a cortar la luz prosiguió el otro.

Yo he tomado la precaución de ser ciego. Corte la luz, nomás.

Borges se quedó, habló a oscuras, fue el único profesor que dictó su clase hasta el final, y sus alumnos, impresionados, no se movieron del aula."

Observemos ahora esta respuesta: "Yo he tomado la precaución de ser ciego". Observemos el mecanismo de su construcción, y veremos que es el mismo de frases como "proveedor de iniquidades". Uno toma la precaución de cerrar la puerta, de abrigarse, de cerrar el gas cuando se va de vacaciones, de depositar el dinero en el banco para que el cheque no sea devuelto por falta de fondos. Pero Borges toma la precaución de ser ciego, y para mí su construcción, su mecanismo es el mismo que va a dar lugar a verbos sorprendentes: "fatigar las redacciones", o "esa noche nos ilustró la verdadera condición del Rosendo".

Esta forma de distorsionar las convenciones del pensamiento se mantiene a lo largo de toda su obra y en todos los géneros que abordó. En el libro de ensayos Siete noches , en la conferencia titulada La poesía, Borges dice: "Sentimos la poesía como sentimos la proximidad de una mujer", y agrega: "Hay gente que siente escasamente la poesía; generalmente se dedica a enseñarla".

Ese fulgor de lo inesperado, ese "generalmente se dedican a enseñarla", no gustó. Muchos profesores no se rieron, pero Borges nunca se preocupó por las consecuencias de sus dichos. Borges utiliza el humor en todos los géneros que transita y, como es un gran poeta, utiliza el humor también en la poesía. En aquel famoso poema "Fundación mítica de Buenos Aires" ese poema tan lindo, cuyos dos versos finales todos recuerdan: "A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:/ La juzgo tan eterna como el agua y el aire", en ese poema, que escribió cuando aún no tenía 30 años, se perciben las diabluras del humor y se desliza la picardía criolla.

"Pensando bien la cosa, supondremos que el río/ era azulejo entonces como oriundo del cielo/ con su estrellita roja para marcar el sitio/ en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron."

Estos versos de arte mayor, alejandrinos, hechos más para la solemnidad que para la broma, son manejados por Borges con tal maestría que el humor se filtra con total naturalidad. El último verso del cuarteto, "en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron", significa exactamente: "los indios se comieron a Juan Díaz de Solís". La omisión del apellido Solís ejecuta con gracia una especie de humor por sustracción.


No va jamás al baño

Otro ejemplo curioso se encuentra en el poema que Borges, poco antes de morir, dedica a Sherlock Holmes. Borges amaba a Sherlock Holmes y morirá con el recuerdo del detective. Es un recuerdo ingenuo, melancólico, de las lecturas de su infancia. En el poema, le llaman la atención dos cosas: que Sherlock Holmes nunca tuviese relaciones sexuales, que Sherlock Holmes a lo largo de tantas historias nunca fuera al baño: "No va jamás al baño. Tampoco visitaba/ ese retiro Hamlet, que muere en Dinamarca/ y que no sabe casi nada de esa comarca/ de la espada y del mar, del arco y de la aljaba."

Vemos entonces cómo, en un poema del principio de su vida y en otro poema del final de su vida, el humor está ahí, permanente, claro y luminoso como la esperanza.

Por eso, no es casual que Borges, en el segundo prólogo de Historia universal de la infamia , escriba: "Bernard Shaw ha dicho que toda labor intelectual es humorística". Ni que hacia el final, refiriéndose a su propio libro, diga en tercera persona: "El hombre que lo ejecutó era asaz desdichado, pero se entretuvo escribiéndolo; ojalá algún reflejo de aquel placer alcance a los lectores".

Vamos a ver ahora cómo un hombre asaz desdichado busca la salvación utilizando el hecho poético que entraña el humor y que es, a mi entender, la quintaesencia de toda literatura.

Borges era un hombre ciego y sin amor, y Bioy Casares me dijo una vez que eso era como una doble soledad: la soledad del ciego y la soledad del solo. Quizá por eso, para Borges, el humor, como la poesía, se convierte en una manera de vivir.

En Anticonferencias, escribí que hay gente que no tiene sentido del humor y hay gente que no tiene sentido. Borges tenía un gran sentido del humor, pero además tenía buen humor. Hay quienes tienen sentido del humor, pero lucen avinagrados, como descontentos. Borges se reía a carcajadas como un adolescente y, como diría Neruda, reía "con risa de arroz huracanado".

Una noche, fuimos a comer con Borges y varios escritores a un restorán. El lugar estaba extrañamente vacío. "Por algo será", pensamos unos cuantos. Hicimos el pedido. Como siempre, Borges pidió papa natural. Pero pasó más de media hora y el pedido no venía y no venía. Ya habíamos agotado varias paneras y varias botellas de agua mineral, ya habíamos pellizcado todo lo que se podía pellizcar y la comida no venía.

De pronto, en mitad del silencio, se oyó la voz de Borges decir:

Caramba, ¡qué bien se ayuna en este restorán!


La plaza de Pehuajó

Hace diez años, en 1989, en Londres, le hice un reportaje al escritor Guillermo Cabrera Infante, que salió publicado ese mismo año en La Nación. Allí, Cabrera Infante cuenta que la primera vez que Borges fue a Inglaterra había dado una serie de charlas en Westminster Hall, y dice:

"Y en este lugar, desde que vino Mark Twain, en 1905, no había habido tanta gente para oír a un escritor extranjero [...] Ahí dio dos o tres charlas. Alcancé a ir a una. Fue memorable. Por aquel entonces había habido aquella polémica entre Nabokov y él. Nabokov habló muy bien de Borges al principio, pero después dijo que Borges era una casa que no tenía nada más que la fachada. Borges sabía eso. En la conferencia, le pasaban papelitos con preguntas. Y le pasaron un papelito que decía: '¿Qué opina, Borges, de Nabokov?´. Y dijo él: ´Nabo..., Nabo qué?´."

Esto contó Cabrera Infante, y yo pienso que encontrarle la etimología de nabo a Nabokov únicamente se le podía ocurrir a Borges.

Borges atendía a la literalidad, al sonido y al sentido de las palabras. Y siempre las palabras eran, para él, como una música. Una vez me dijo: "Suena bien, está bien".

Y ese sonido, esa música, es la música de la poesía. Y es también la síntesis de la poesía, que Borges descubría en el hecho más baladí, en el acto más cotidiano. Gran bebedor de tés digestivos, Borges decía que el tecito Cachamai era "una antología de hierbas".

Solo y ciego, Borges hizo de su soledad y su ceguera una literatura única e incomparable. Tengo para mí que el gran vehículo de esta literatura es el humor, la poesía del humor. Sería ocioso y tedioso enumerar los textos de Borges donde el humor cumple su función poética y redentora: un esplendor verbal que va de El Aleph a El Zahir, de La fiesta del Fénix a Pierre Menard autor del Quijote, de La Cábala a La Poesía, de las biografías a las reseñas, de El arte de injuriar a Las alarmas del doctor Américo Castro.

El humor en Borges nunca es circunstancial, es intenso y profundo. Manifiesto, latente o aposentado, atraviesa y sostiene toda su obra como una delicada nervadura.

Es también una forma cotidiana de la poesía, su ejercitación permanente. Hay un hecho que ocurrió en Pehuajó y que figura en Borges, sus días y su tiempo. María Esther Vázquez le recuerda a Borges la vez que estuvo en Pehuajó y un estúpido lo volvió loco recitándole coplas camperas. Pregunta María Esther:

"Y aquella de Pehuajó que inventaste, ¿cómo era?

Un poco escandalosa. Había una persona de Pehuajó que me tenía harto. Entonces yo le pregunté si él conocía aquella famosa copla de Pehuajó y se la recité mientras la inventaba

En el medio de la plaza 
del pueblo de Pehuajó...

(observá, María Esther, la aliteración: plaza, pueblo, Pehuajó, que se repite en el último verso)

En el medio de la plaza 
del pueblo de Pehuajó 
hay un letrero que dice: 
la puta que te parió.

¿Y sabés qué me contestó el hombre en cuestión? 
´Sí, Borges, ya la conocía...´."

Creo que aquí llegamos a uno de los momentos estelares de la estupidez y su reducción al absurdo por la gracia poética del humor insuperable de Borges. Creo, también, que se impone la despedida. Borges dijo una vez que "las despedidas y el suicidio pierden su dignidad si los menudean". Yo creo que, muchas veces, a Borges la dignidad del humor lo salvó del suicidio.




En diario La Nación, Suplemento de Cultura
1° de diciembre de 1999
Borges en el Ateneo Esteban Echeverría de San Fernando, 1975 
Foto Cortesía de Esteban Gilardoni





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