10/3/18

Bernardo Schiavetta: Borges como símbolo de soberanía literaria





Con una y otra musa, soberana
Góngora



Paul Valéry ha escrito que, para los cultores de Mallarmé, tras haber descubierto su poesía, cualquier otra les resultaba carente de sutileza, descuidada : tout leur semblait naïf et lâche après qu’ils l’avaient lu.1 

Tal es exactamente mi sentimiento ante la prosa de Borges. 

¿Puede acaso decirse lo mismo de su poesía? La poesía y la prosa de Borges comparten un mismo universo temático, y en ambas aparecen las mismas características estilísticas. Con ironía, pero sin sarcasmos, las hipálages y otras galas de la milenaria tradición poética esmaltan la prosa de Borges; en ella, hasta las más chamuscadas flores retóricas, transformadas en un puro encanto literario, reviven como la rosa de Paracelso. Sin embargo, cuando Borges las utiliza en el verso, en su entorno tradicional, hay detractores que las desdeñan. 

Opacada porque se la percibe sobre el fondo de su brillante prosa, la poesía borgeana es objeto de un malentendido. El poeta Roberto Juarroz aseguraba no haber encontrado ninguna lección útil en ella.2 Muchos, en los países de lengua española, la juzgan con gran condescendencia: es demasiado clásica, dicen. Curiosamente, los mismos, cuando se presenta la ocasión, aun fuera de todo contexto, aun incompletos, reconocen sin dudar tales y tales de sus versos. Pongamos, por ejemplo, Hay cenizas en el viento o Los libros y la noche. Son títulos de libros de autores argentinos, fragmentos que cualquier honesto lector reconoce como citas del “Poema conjetural” y del “Poema de los dones”. 

Incontestablemente, Borges ha escrito versos intrínsecamente memorables. Tales reconocimientos me parecen más significativos que el juicio de cuantos siguen, sinceramente o no, cierta doxa anticlásica que prevalece todavía (personas que han aprendido las buenas costumbres pueden desviar con disgusto la mirada de una imagen obscena… y no pueden evitar después que la misma imagen las obsesione). No dudo, empero, que los versos de Borges sean demasiado clásicos a veces. Dudo que lo sean de manera ingenua: 

Perdidos estarán como Cartago 
Que con hierro y con sal borró el latino. 

Estos versos de “Límites” (El Otro, el mismo, 1964) no desentonarían en el poema “A las ruinas de Itálica” de Rodrigo Caro. En un escrito del siglo XX, su anacronismo estilístico es escandaloso. Lo es, en todo caso, para quienes no aceptan sino una poesía liberada de todo formalismo prosódico y de claridades demasiado explicativas. Sí, la poesía de Borges peca por ser límpida (aunque por culta pueda ser difícil) y a menudo métrica y rimada. El malentendido nace de cierta supersticiosa ética del lector, de un horizonte de expectativas inadecuado, demasiado contemporáneo. Examinemos ahora en el mismo libro (en El hacedor, pero en el “Museo" final), un segundo poema también intitulado “Límites”, escrito en verso libre ya rancio (digno, irónicamente, de un museo): 

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) 
Hay alguno que ya nunca abriré. 

A esas dos líneas corresponde, en el primer “Límites”, esta cuarteta: 

Tras el cristal ya gris la noche cesa 
Y del alto de libros que una trunca 
Sombra dilata por la vaga mesa 
Alguno habrá que no leeremos nunca. 

Los dos poemas podrían muy bien admitir una tercera versión en prosa, porque el uno y el otro son, para su autor, versiones equivalentes (literariamente equivalentes). En efecto, Borges ha afirmado sin ambigüedades que las diferencias entre “las formas de la prosa y las del verso” son para él “accidentales” (prólogo a Elogio de la sombra, 1969). Así, acerca de “El tercer hombre”, en La cifra (1981), una nota indica “esta página cuyo tema son los secretos vínculos que unen a todos los seres del mundo, es fundamentalmente igual a la que se llama «El bastón de laca». Borges afirma una y otra vez las identidades literarias entre algunos de sus poemas, canciones y prosas. Dice: “Alexander Selkirk no difiere de Odisea, libro vigésimo tercero, El puñal prefigura la milonga que he titulado Un cuchillo en el Norte y quizás el relato «El encuentro»" (prólogo a El Otro, el mismo, 1964). 

Paradojalmente pues, si una página en verso y la otra en prosa son “fundamentalmente idénticas”, lo más importante no se sitúa en su equivalencia, sino en los accidentes formales que las individualizan. En materia de poesía, pues, lo importante será percibir con deleite cómo tales articulaciones sintácticas son reforzadas por un final de verso (medido o libre), cómo tales otras lo son por un encabalgamiento entre dos versos (medidos o libres), o bien cómo esa palabra (y ninguna otra) va a asociarse, en el caso de las rimas, con aquella palabra (y con ninguna otra). 

La equivalencia del verso y de la prosa, como la yuxtaposición de rasgos estilísticos clásicos y no clásicos, atacan por cierto la supersticiosa ética del lector, el de su época y el de la nuestra, pero le proponen en cambio un contrato de lectura ucrónico. Digo ucrónico y no transhistórico, porque postular lo transhistórico es proponer una teoría de la realidad, verdadera o falsa, como lo exige la lógica científica. Lo ucrónico, en cambio, sólo puede ser una forma de ficción, la aceptación lúdica de una realidad alternativa, ni verdadera ni falsa. 

Que la lectura del estilo sea un acto de ficción, tal es el esfuerzo estético que la poesía de Borges requiere de sus lectores, gracias esa “momentánea fe que exige de nosotros el arte”3, según la versión borgeana de la willing suspension of disbelief de Coleridge. 

Baste con citar, para concluir, unos párrafos del prefacio en francés que escribió para sus OEuvres publicadas en lacolección La Pléiade: “Conozco hoy escritores que componen su obra en función de la historia de la literatura […] Eliot escribe que saber lo que quiere nuestro siglo importa más que saber lo que uno mismo quiere (eso proclama, ebrio de historia) ¿Tendré que explicar que soy el menos histórico de los hombres? Las circunstancias de la historia me alcanzan tanto como las de la geografía y política, pero creo ser un individuo, más allá de esas tentaciones.”4 

Más allá de esas tentaciones, versos y prosas de Borges son, eminentemente, en la mejor acepción de la palabra, literatura. 

Si, como lo sostuvo agudamente Barthes, ser vanguardista es saber lo que ya no es posible 5, entonces las modas neovanguardistas argentinas han ido limitando hasta la miseria los medios creativos del poeta, quitándole no sólo libertad, sino soberanía. Indiferente, como lo fue, a las dictaduras del presente, Borges es, para mí, símbolo de soberanía literaria. 


Notas

1 “Lettre sur Mallarmé”, OEuvres, Pléiade, Gallimard (1968), t.I, p. 639
2 Cf., en este volumen, el ensayo de Wilson, p. 145 (de próxima publicación en este blog)
Otras inquisiciones (1964), "El primer Wells", p. 127
4 OEuvres complètes, Pléiade, Gallimard (1996), t. I, p. x.
5 “Réquichot et son corps”, OEuvres complètes, 2002, t. IV,p. 397


En Autores varios: Borges como símbolo, Buenos Aires 2017
© 2017, Schiavetta, Bernardo
Coedición a cargo de audisea y Reflet de Lettres


Foto: Bernardo Schiavetta por Daniel Mordzinski
Salon du Livre de Paris 2014


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