3/2/17

Jorge Luis Borges: "La balada de la cárcel de Reading"





En su final declinación, la primavera suele ostentar jornadas dulcísimas que no son menos asombrosas y bienquistadas de todos que las que en su comienzo atendieron y cuyo agrado consabido se enriquece de todas las memorias que las bonanzas de septiembre legaron. Jornadas hay que abrevian en su don último la plenitud de una estación. También en los descensos y diciembres de las épocas literarias hay escritores que resumen la entereza de gracia que hubo en su siglo y en cuya voz se clarifica esa gracia. No de otra suerte Heine (letzter Fabelkónig der Romantik, último soberano legendario del imperio romántico, según reza su dicho) reinó sobre los altos ruiseñores y las rosas pesadas y las lunas innumerables que fueron insignias de su época. 

En la labor de Wilde confluyen asimismo dos fuertes ríos, el prerrafaelismo y el simbolismo, ríos que informaron corrientes de una más indudable manantialidad que la suya y de una voz más entrañal en el canto. Básteme citar, entre los ingleses, los magistrales nombres de Swinburne, de Rossetti y hasta del propio Tennyson. Los tres lo aventajaron fácilmente en intensidad y además el primero en la invención de altivas metáforas, el segundo en tecniquería y el último en halago sonoro. Al recordar estas notorias verdades, no es mi intención contradecir la agradabilidad peculiar que hay en los escritos de Wilde, sino ubicarlo con justicia en su tiempo. Wilde no fue un gran poeta ni un cuidadoso de la prosa, pero sí un irlandés vivísimo que encerró en epigramas un credo estético que otros anteriormente diluyeron en largas páginas. Fue un agitador de ideas ambientes. Su actividad fue comparable a la que hoy ejerce Cocteau, si bien su gesto luce más suelto y travieso que el del citado francesito. Obra de pura travesura la suya, suscitó siempre el ajeno asombro sin incurrir jamás en el solemnismo ni en las grandiosas vaguedades que tan comunes son en los artistas que sólo quieren asustar y de las que hay sobrados ejemplos en Almafuerte y en Hugo. Esa teatralidad wildeana que nunca se embaucó a sí misma y que jamás degenero en sermón, es cosa plausible y más aún si recordamos la petulante vanidad que hubo en él. Es sabido que Wilde pudo haberse zafado de la condena que el pleito Queensberry le infligió y que no lo hizo por creer que su nombradía bastaba a defenderlo de la ejecución de ese fallo. Una vez condenado, estaba satisfecha la justicia y no había interés alguno en que la sentencia se realizase. Le dejaron pues una noche para que huyese a Francia y Wilde no quiso aprovechar el pasadizo largo de esa noche y se dejó arrestar en la mañana siguiente. Muchas motivaciones pueden explicar su actitud: la egolatría, el fatalismo o acaso una curiosidad de apurar la vida en todas sus formas o hasta una urgencia de leyenda para su fama venidera. 

Todo es posible en tratándose de él y en el aclaramiento de ese gesto está la solución del otro enigma psicológico que resalta en su vida: el de la conversión de Wilde. Hay quien ha puesto en duda la veracidad de esa conversión; yo estoy casi seguro de ella. Un hecho para mí es indubitable: la transformación total de su estilo, su abandono de frases ornamentales, su dicción simple, casi familiar y vernácula. En la conmovedora "Ballad of Reading Gaol" abundan los pormenores realistas y hay una involuntaria y áspera dejadez de expresión. We banged the tins and bawled the hymns (Golpeamos las latas y aullamos los rezos) dice en el tercer canto, frase tan imposible en el autor de Salomé como pudiera serlo un chiste en las composiciones de Oyuela. 

Erraría sin embargo quien arbitrase que el único interés de la famosa "Balada" está en el tono autobiográfico y en las inducciones que sobre el Wilde final podemos sacar de ella. Nada más lejos de mi pensar; la "Balada" es poesía de veras y éste es dictamen que la emoción de todo lector confiesa y repite. Su austeridad es notabilísima; casi nada sabemos del personaje central y casi lo primero que sabemos es que va a ser ajusticiado, que es una inexistencia. Sin embargo, su muerte nos conmueve. Poder inexistir con eficacia a un personaje que apenas se ha hecho existir, es hazaña de gran valía. Wilde ha cumplido esa proeza.





En El tamaño de mi esperanza (1926)
Foto:Jorge Luis Borges en conferencia en el Ateneo Esteban Echeverría de San Fernando 27 de octubre 1971
Cortesía de Esteban Gilardoni
Al pie: primera edición de "The Ballad of Reading Gaol" (1898), 
publicada bajo el seudónimo C. 3. 3. 
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