31/3/16

Jorge Luis Borges: Fantasmas







La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición
de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.

El Aleph, 1949


Creo que debemos pensar que todas las personas con las cuales hablamos son, digamos, fantasmas
efímeros, y debemos ser más buenos con ellos.

Borges para millones, 1978







En Borges A/Z 
A. Fernández Ferrer y J. L. Borges, 1988
Retrato de Borges en 1963, revista Gente
Digitalización Mágicas Ruinas, 2013
Portada del libro Borges A/Z
Colección La Biblioteca de Babel

30/3/16

Juan José Saer: Borges francófobo






«Nada gana el Quijote con que lo refieran de nuevo»: el 29 de enero de 1937, Borges publicaba esta frase en su columna literaria de la revista El Hogar, un semanario mundano para el que escribió, de 1936 a 1939, una serie de ensayos, reseñas bibliográficas y biografías sucintas de escritores contemporáneos. Seleccionadas y reunidas en libro en 1986, esas crónicas son sin duda el texto más importante de Borges aparecido en volumen desde El hacedor (1960). A diferencia de las autoimitaciones deslavadas de los años setenta, los Textos cautivos nos sumergen otra vez en la efervescencia borgiana de la década del treinta, y en los antecedentes teóricos inmediatos de muchas de sus páginas fundamentales. Al margen de los grandes mitos culturales de su obra, esos artículos periodísticos han preservado sus lecturas cotidianas y, sobre todo, el juicio que le merecen sus contemporáneos, de los que, salvo rarísimas excepciones, no se ocupan los ensayos críticos de Inquisiciones y de Discusión.
Las almas delicadas (de las que formo parte) deben abandonar toda esperanza antes de entrar: lo arbitrario se pasea con total libertad en esas páginas. En primer lugar, la predilección de Borges por la literatura anglosajona deja de ser un mero gusto estético para alcanzar las fronteras de la obsecuencia, y en cuanto a sus ideas políticas, no problem: se ajustan en todo a la doctrina oficial del Foreign Office. Pero a eso ya nos tenía acostumbrados. Su inclinación conocida por ciertos escritores de segundo orden (H. G. Wells, Chesterton, Leon Bloy) es complementada en esta antología por la exaltación o la mención de autores de tercero, de cuarto e incluso de ene-orden. Es verdad que, de los grandes, aparecen O’Neill, Joyce, Virginia Woolf, Faulkner, pero son únicamente estos dos últimos los que salen ilesos. Los elogios que reciben Pound, Joyce o Eliot vienen siempre acompañados de críticas severas. Así, Pound, por ejemplo, igual que Mallarmé y James Joyce, incurre en la «coquetería literaria» de usar la inteligencia para simular el desorden. Y Joyce, si bien es probablemente el escritor más eminente de su época, «sus primeros libros (anteriores a Ulises) no son importantes», y, en cuanto a Finnegans Wake, es una «concatenación de retruécanos cometidos en un inglés onírico y que es difícil no calificar de frustrados e incompetentes»: los de Jules Laforgue le parecen superiores. En compañía de estos rigores cuánta admiración, benevolencia o imparcialidad para autores como Ellery Queen, Louis Golding, Countee Cullen, Eddna Ferber e incluso Mae West (por su contribución a la literatura moderna y no al arte cinematográfico).
Una sola pasión puede compararse en intensidad a la anglofilia de Borges: su francofobia. Si no vacila en ser neutro con Mae West, complaciente con un tal Alan Griffiths (título de su novela: Of Course, Vitelli!), es implacable con Corneille, sangriento con Breton, desdeñoso con Baudelaire. Llama a Isidore Ducasse «el intolerable conde de Lautréamont» y afirma que Rimbaud fue «un artista en busca de experiencias que no logró». En media página, mata de un solo tiro dos pájaros de especies diferentes, Etiemble y Daniel-Rops; en otra ridiculiza a Romain Rolland, y en párrafos sucesivos se permite ser condescendiente con Jules Romains (a causa de una epopeya en verso) y con Lenormand. A pesar de que ya estamos en 1939 no se encuentra, en las 338 páginas del volumen, la menor referencia a Gide o a Proust. Dos autores se salvan de la hecatombe: Henri Duvernois, porque su libro «acaso no es inferior a los más intensos de Wells», y Robert Aron, autor de una novela llamada La victoria de Waterloo, título que podría explicar el entusiasmo de Borges, que no se priva de ilustrar a sus lectores: «el título puede parecer paradójico en París, pero para nosotros, los argentinos, Waterloo no es una derrota». A simple vista, adivinamos una especie de alergia a lo que Thomas De Quincey —uno de los maestros de Borges— llamó «las normas parisinas en materia de sentimiento».
Por curioso que parezca, esos dislates, esas manías —qué escritor no los comete o no las tiene—, todos esos extraños caprichos reunidos constituyen una excelente literatura, y Textos cautivos (el título es de los compiladores), por su sensatez teórica, por su gracia verbal, por su humor constante, merece figurar entre los mejores libros de Borges. Las «biografías sintéticas de autores» recuerdan las biografías de facinerosos de la Historia universal de la infamia, y las reseñas críticas, los resúmenes de libros imaginarios de los años cuarenta, con la delicia suplementaria de que muchos de los libros verdaderos que comenta son más inverosímiles que los ficticios. Fue probablemente el primero que habló de William Faulkner en idioma español: «en sus novelas no sabemos qué pasa, pero sabemos que lo que pasa es terrible». Es, me parece, gracias a las obligaciones didácticas de esos artículos periodísticos, que el barroquismo un poco decorativo de su prosa juvenil adquiere la sencillez y la precisión incomparable de los grandes textos de las dos décadas venideras.
Pero volvamos a un tema preciso de esas crónicas: Paul Valéry. En la «biografía sintética» más que sibilina que le dedica, adverbios, opiniones indirectas y adjetivos ambiguos, califican la prosa de Valéry, después de haber demolido en forma lapidaria su poesía. Según Borges, «Monsieur Teste es quizá la invención más extraordinaria de las letras actuales». Pero, en el contexto, «extraordinaria» no es necesariamente un elogio, y podemos interpretarla como «curiosa», «inverosímil», «monstruosa». Ya en un artículo importante de 1930, «La supersticiosa ética del lector», leemos que «el hábito hiperbólico del francés está en su lenguaje escrito asimismo: Paul Valéry, héroe de la lucidez que organiza, traslada unos olvidables y olvidados renglones de La Fontaine y asevera de ellos (contra alguien): les plus beaux vers du monde». Es verdad que a la muerte de Valéry, en 1945, Borges escribió su necrológica, en la revista Sur, pero, a pesar de algunos elogios de circunstancia, la sempiterna objeción vuelve a aparecer: «Valéry ha creado a Edmond Teste; ese personaje sería uno de los mitos de nuestro siglo si todos, íntimamente, no lo juzgáramos un mero Doppelgänger de Valéry». ¡Una idea fija! En Santa Fe, una tarde de 1968, es decir treinta y ocho años después de las primeras reticencias, durante una caminata se detuvo bruscamente y me lanzó a quemarropa: «¿No le parece una grosería de parte de Valéry llamar “Cabeza” (Teste) a un señor muy inteligente?»
La «biografía sintética» de Paul Valéry apareció en El Hogar el 22 de enero de 1937, es decir una semana antes de que apareciera, en un artículo sobre Unamuno, la frase que cito al principio: «Nada gana el Quijote con que lo refieran de nuevo…». Un año y medio más tarde, el 10 de junio de 1938, Borges reseña (y refuta) la Introduction a la Poétique, publicación en volumen del curso de Valéry en el Collège de France. De ese libro, Borges cita la idea de Valéry según la cual una verdadera historia de la literatura debería ser «una historia del espíritu como productor o consumidor de literatura, historia que podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor». Más adelante, analizando otros conceptos (en particular el de la literatura como resultado de una simple combinatoria de las propiedades del lenguaje y, por otra parte, el de que la obra literaria sólo existe en acto, lo que equivale a decir durante la lectura), Borges observa una contradicción: «Una parece reducir la literatura a las combinaciones que permite un vocabulario determinado; la otra declara que el efecto de esas combinaciones varía según cada nuevo lector». Y Borges analiza esa variación histórica de un texto literario, tomando como ejemplo un verso de Cervantes.
Espero que mis lectores ya perciban el sentido de mi demostración: en los escritos periodísticos que acabo de señalar está el origen del primer cuento de Ficciones, el primer cuento que Borges escribió, en 1939, después de un accidente grave, un cuento que, por otra parte, goza de una celebridad mundial y de una estima particular entre sus lectores franceses: me refiero a «Pierre Menard, autor del Quijote». Ese cuento ha servido a muchos estudiosos para deducir de él la quintaesencia de la poética borgiana, su manifiesto sobre la figura del creador y de su concepción de la literatura. En rigor de verdad, la idea que Borges tiene de la literatura es exactamente opuesta a la de Pierre Menard: su cuento es una sátira de «las normas parisinas en materia de sentimiento» y el personaje principal una caricatura, o una reducción al absurdo, de Paul Valéry. Comparar a Borges con su criatura sería, más que una equivocación crítica, una verdadera ofensa: para Borges, Pierre Menard es, en el mejor de los casos, un frívolo, y, en el peor, un plagiario y un charlatán.
«Pierre Menard…» es uno de los hechos más curiosos de la literatura contemporánea: un texto al que la crítica, que sin embargo rara vez deja de percibir su intención satírica, se obstina en interpretar al revés de lo que el autor se ha propuesto. Se ha querido ver repetidas veces en el personaje de Pierre Menard la figura emblemática de todo escritor, pero esa interpretación, que puede ser válida para todo el mundo, no lo es para Borges. De los diecisiete cuentos que contiene Ficciones, es el único claramente cómico, y en los otros cuentos en que se habla de escritores, como el «Examen de la obra de Herbert Quain» o «El milagro secreto», la concepción del trabajo y de la ética del hombre de letras (experimentación y dignidad política) contrastan sugestivamente con las ambigüedades de «Pierre Menard…». Casi treinta años después de haber escrito «Pierre Menard…», Borges compuso con Bioy Casares una parodia, «Homenaje a César Paladión», donde, con trazos un poco más gruesos, construye otra figura de plagiario. Los dos cuentos tienen aproximadamente el mismo esquema: un esnob se empecina en exaltar, contra toda evidencia, una personalidad literaria que no es otra cosa que un farsante. En los cuentos encontramos una situación narrativa idéntica: del personaje en cuestión, el lector sabe más que el narrador, ya que al lector le es permitido juzgar imparcialmente los elementos que presenta el narrador, a quien la admiración obnubila. Así el narrador de «Pierre Menard…», que no vacila en creer que su admirado maestro ha reescrito palabra por palabra ciertos capítulos del Quijote, se niega a examinar la cuestión capital de los borradores, esos borradores que nadie ha visto y que permiten legítimamente sospechar a los detractores de Menard que su supuesta reescritura no es más que una simple transcripción, es decir un plagio. Pero el plagio (que, por otra parte, es una obsesión borgiana y no únicamente en relación con una metafísica de la identidad) es ridiculizado no por razones morales, sino por ser el síntoma de una teoría literaria equivocada. El plagiario César Paladión llama a sus apropiaciones —Emile, Egmont, Le chien des Barkerville, Les georgiques en traducción española, e incluso De divinatione en latín, etcétera— una «ampliación de unidades», imitando el ejemplo de Pound o Eliot que en sus obras poéticas incluyen fragmentos de diversos autores. Su crédulo comentador menciona un tratado, La línea Paladión-Pound-Eliot que, como por casualidad, fue impreso en París en 1937. Demás está decir que Paladión es contemporáneo de Menard y que su exégeta lo compara con Goethe, con quien «comparte» un Egmont. Para el panegirista de Nîmes «el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes», que le parece innecesario y contingente, y no vacila en considerar a Cervantes un mero precursor del «simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste».
Es verdad que hay una ambigüedad deliberada en el cuento, pero su razón de ser está en la verosimilitud del contexto narrativo y no en una supuesta adhesión borgiana a las teorías literarias de su personaje. La alusión a John Wilkins y a Raymundo Lulio como antecedentes de la concepción que Valéry tiene del lenguaje y de la literatura no debe hacernos olvidar que, en repetidas ocasiones, Borges ha considerado el lenguaje universal de Wilkins y el Ars Magna de Lulio como meras curiosidades no exentas de ridículo. Esos pretendidos fundamentos teóricos de la práctica literaria de Menard no soportan el contraste con las enormidades —Cervantes precursor— que profiere su exégeta. La virulencia de la sátira excede incluso lo puramente literario: los amigos de Pierre Menard coquetean con el fascismo (alusión a D’Annunzio, otra bête noire de Borges), y el narrador —que algunos han confundido estúpidamente con Borges— se permite insidiosas alusiones antisemitas: «el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras».
Podemos pues afirmarlo sin vacilaciones: «Pierre Menard, autor del Quijote» es un arreglo de cuentas con la literatura francesa —o con la idea que Borges se hacía en los años treinta de la literatura francesa. Particularmente, con el simbolismo y el postsimbolismo y, personalmente, con la figura de Paul Valéry. Ignorarlo, equivaldría a ignorar l’element transatlantique de sa nature (Henry James). Excepción hecha de Flaubert, de algunos versos de Verlaine y del inenarrable Leon Bloy, Borges consideraba la literatura francesa como artificial y frívola. Que esa convicción era intensa lo demuestra el hecho de que llega a tratar de frívolo incluso a Pascal.
Obviamente, la frivolidad francesa es un lugar común, un prejuicio, y de ningún modo un concepto y, en general, las opiniones de Borges sobre la literatura francesa se manifiestan mediante observaciones satíricas o rasgos de malhumor. Tal vez habría que preguntarse si esas reticencias borgianas no revelan una suerte de incompatibilidad. Si en el mejor de los casos Pierre Menard no es un estafador, podríamos preguntarnos si lo que Borges critica en su método literario (el de Valéry), no es una especie de voluntarismo conceptual que él juzga inadecuado para la creación literaria. Si esto fuese verdad (y muchos textos de Borges que no puedo citar aquí podrían tal vez testimoniarlo) nos encontraríamos ante una curiosa paradoja: Borges sería exaltado por la crítica francesa en nombre de ciertos valores literarios a los que Borges se opuso durante toda su vida. Por una coincidencia histórica, la obra de Borges comienza a ser apreciada en Francia en pleno auge del formalismo estructuralista y postestructuralista, que ha puesto de relieve, preferentemente, una versión intelectualista de sus escritos. En mi opinión, esa versión es tan legítima como cualquier otra. De lo que no estoy seguro, es de que esa opinión pueda ser también la de Borges. Y no son sus salidas caprichosas de los últimos años, sino muchos de sus textos capitales los que me hacen dudar. Hacer de Borges una especie de discípulo de Pierre Menard es tan aventurado como identificar la filosofía política de Shakespeare con las ambiciones truculentas de Macbeth.
(1990)

Juan José Saer: El concepto de ficción (1997)
© 1997, Herederos de Juan José Saer
© 1997, Companía Editora Espasa Calpe Argentina S.A./Aries
Buenos Aires, Seix Barral, 2014 (cuarta edición)

Foto: Juan José Saer por Fabián Marelli Vía


29/3/16

Jorge Luis Borges: Entrevista con Néstor J. Montenegro [15 de diciembre de 1983]












El 10 de diciembre de 1983 el doctor Raúl Alfonsín asumió la presidencia del país, poniendo fin al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, una dictadura de más de siete años, que tuvo como consecuencia la persecución y desaparición de 30.000 personas. Para recordarlo hemos seleccionado una entrevista a Jorge Luis Borges sobre aquellas elecciones, las ilusiones del escritor y el momento político de entonces.



“Ahora quiero vivir, quiero ver este renacimiento”
Jorge Luis Borges no es el mismo. El 30 de octubre cambio su escepticismo por alegría y esperanza. No cesa de hablar de Raúl Alfonsín y dice: “Ha ocurrido algo asombroso, inesperado…” Por eso, ya no desea la muerte. Hoy, en forma exclusiva habla para Gente. Por qué gritó “¡Viva la Patria!” cuando visitó a Alfonsín; qué opina de Firmenich, de Isabel Perón, el destape, la inmoralidad. Por qué no quiere que Alfonsín sea líder. Sus ilusiones y advertencias, en esta nota.

Borges, ¿qué es ahora la democracia en la Argentina?
Ahora es una esperanza, no un imposible. Ha ocurrido algo asombroso. Cuando hablé con el presidente electo, quien recibió a un grupo de escritores, le pude manifestar mi gratitud personal porque había ocurrido algo inesperado. Yo estaba en Madison, capital de Wisconsin, dando una serie de conferencias cuando llegó la noticia, el lunes por la mañana...


¿Y qué sucedió en usted para que cambiara su habitual escepticismo por este optimismo que ahora se le nota? Porque usted confió en el Proceso, luego se desilusionó, lo atacó y ahora no ocultó su emoción al hablar con Alfonsín...
Desde luego, estaba con una emoción increíble y sigo todavía maravillado de que haya ocurrido esto. Estaba seguro de que ocurriría lo contrario, que ganarían los peronistas; tenía miedo de volver al país. Y aquí estoy otra vez, para colaborar con esta democracia. Posiblemente Alfonsín también haya tenido miedo.


¿Cómo y por dónde supone usted que debe comenzar la difícil tarea de volver a poner el país en marcha?
Tenemos un camino muy arduo que recorrer todavía. Hay que desandar muchos años del gobierno militar. Lo primero es la situación económica, luego, durante tantos años la deshonra, la corrupción, la coima. Todos estamos un poco manchados tal vez. Es muy difícil modificarlo en forma rápida. No sé si la gente espera un milagro de la noche a la mañana. Si nuestra esperanza es impaciente, creo que es un grave error. Ahora mismo, el peso argentino, traspuestas las fronteras, se evapora. Cuando me ofrecen dinero argentino, es lo mismo que me ofrecieran hojas secas... Tantos años que yo me dejé engañar con los militares, con los militares que subieron al poder...


Pero no sólo usted. Mucha gente pensó lo mismo...
Gran parte del pueblo argentino. Es que se esperaba no que fuera un gobierno eficaz, sino honesto, que se diferenciara del peronismo. Pero despojaron el país, lo expoliaron, lo destrozaron. Han cometido todos los errores y todos los crímenes posibles. Hasta se habla de 30.000 desaparecidos... Desaparecidos es un eufemismo, pero es decir 30.000 personas, acaso secuestradas, torturadas y tal vez asesinadas. Hasta inventaron una guerra.



Un lobo feliz


¿Sabe usted que el futuro gobierno piensa reducir el presupuesto de Defensa y ampliar el de Educación y Salud Pública?
Me parece excelente. Esta muchacha que le abrió la puerta a usted, nació en un pueblo de Corrientes, muy apartado de la capital. Cuando era chica tenía que hacer varias leguas a caballo para llegar a la escuela primaria. Cuando cursó el segundo grado y debió pasar a tercero, no había maestros. Pero en esos dos años había pasado del guaraní al castellano, lo cual es un avance. Esta mujer es inteligente, sagaz, pero supersticiosa. Cree en los lobizones, todas esas supersticiones guaraníes. No cree que los hombres hayan llegado a la Luna. Esta mujer ha sido mentalmente amputada. Ya no se puede hacer nada. Si eso ocurrió en Corrientes habrá ocurrido en otras provincias también. Mientras tanto todo el territorio está invadido por frivolidades como el fútbol. Se ha gastado en desfiles, aniversarios y en estatuas. Qué raro, un país con una historia tan breve como el nuestro, tiene más aniversarios que un país de siglos. Estamos abrumados por próceres. Mi padre decía que pasamos del culto del catecismo al culto de los próceres. Aquí, lo difícil es no ser prócer; cuando alguien muere ya lo es. Por ejemplo, si estos generales que han gobernado estos años, en su divino bien, en sus insensatas empresas, querrían ser próceres, tendrían también sus estatuas.


Por lo que leí y escuché, pude percibir otros Borges después del 30 de octubre...
Claro, estoy lúcido todavía. Feliz, estimulado y atónito. Quizá todavía incrédulo de que haya sucedido esto. Reitero, yo estaba en Madison, capital de Wisconsin, en la región de los grandes lagos, en el día de Halloween, que es la noche de las brujas. Todo el mundo se había disfrazado: profesores, estudiantes...


¿Usted también se disfrazó?
Sí, aunque le tengo mucho miedo a las máscaras, acepté, porque si no hubiera sido un aguafiestas. Entonces invertí dos dólares en una gran cabeza de lobo. Entré en una sala llena de esqueletos, de fantasmas, de vampiros y grité (en latín): "El hombre es un lobo para el hombre". En ese momento me tiraron de la manga y me dijeron al oído que había ganado el doctor Alfonsín. Entonces se me ocurrió, ya que tenía la cara de lobo... entré en la sala aullando y les grité a los esqueletos, a los fantasmas, a los osos y a los tigres. Estaba en un ambiente fantástico; pero había sucedido algo mucho más fantástico en la patria, un milagro mayor. Mucho más importante que este pequeño milagro, que yo apareciera en la reunión con una gran cabeza de lobo.



Sí, yo grité "¡Viva la Patria!


Usted estuvo con varios intelectuales en una reunión que convocó el doctor Alfonsín. ¿Cómo fue el clima, qué impresión le causó el Presidente?
La mejor impresión. Es la primera vez que lo veía en mi vida. Habló muy bien, sin énfasis, con serenidad, con tranquila convicción.


¿Habló a solas con usted, qué le dijo?
Cambiamos algunas corteses trivialidades. Me agradeció que hubiera ido y yo le agradecí que me hubiera invitado. Después hablé básicamente con el director del Fondo Nacional de las Artes y con Gorostiza.


¿Qué opina de la gente que ha sido nombrada en el área cultural, Carlos Gorostiza, por ejemplo?
Son desconocidos para mí. El único Gorostiza que yo conocí era un autor mexicano. No sabía que había un Gorostiza aquí.


También es escritor. Ha escrito muchas obras de teatro...
Bueno, entonces eso puede explicar por qué había en esa reunión pocos escritores y mucha gente de la televisión y de la radio.


Estaba Bioy Casares con usted...
Era el único escritor que yo reconocí. Me llamó la atención que no hubiera otros escritores, por ejemplo, José Bianco y tantos otros.


¿Por qué gritó ¡Viva la Patria! al finalizar la reunión?
Lo hice espontánea y casi secretamente para mí. Sí, yo grité ¡Viva la Patria! pero sin saberlo. Fue como una interjección. Me salió muy naturalmente. Es como si uno dijera ¡ay! cuando le duele, por ejemplo.


Fue espontáneo, lo sintió...
Sí, sentí eso y lo expedí. Esa interjección fue espontánea y correspondía a mi felicidad. Lo sentí entonces y lo sigo sintiendo ahora.


Eso me hace recordar cuando usted también gritó en el ’55 ¡Viva la Patria, viva Córdoba, viva la libertad!..
Sí, fue muy linda esa mañana, pero esa mañana nos defraudó. No sabemos si el porvenir nos defraudará. Creo que no, porque hay una diferencia y es que la revolución del ’55, que vino de Córdoba, estaba en todos nosotros. En cambio ésta es una decisión que ha tomado el pueblo argentino. La decisión de salir de la pesadilla, de volver a la cordura, de volver al buen sentido, de trabajar y al deseo de vivir en paz. Creo que Alfonsín tiene las mejores intenciones, pero le va a resultar muy difícil. Ciertamente no le envidio la presidencia, además no entiendo nada de política. Quizá sea un error suponer que los gobiernos pueden resolver todo, más ahora con una situación tan intrincada en este país. Ha sido destrozado, está en agonía. Resultará muy difícil reconstruirlo.


¿Cómo será la imagen que tendrán ahora de nosotros en el exterior?
Eso ya ha cambiado. Aquella mañana en Wisconsin, todo el mundo me dijo: "Ahora podemos tratar con un gobierno que va a condescender al diálogo". Tendremos un Congreso donde se va a discutir. En cambio vivimos siete años con personas autoritarias e inexplicables. Insensatos que no admitieron posibilidad de diálogo. ¿Usted recuerda cuando el Herald publicó listas de personas desaparecidas por el gobierno? Después el director, Cox, tuvo que huir del país por las amenazas que recibió. Los demás diarios nunca dijeron nada.



La esperanza, Firmenich y el peronismo


El doctor Alfonsín lo invitó a la asunción del mando...
Eso está muy bien. Lo mismo que la haya invitado a Isabel.


¿Nota usted un cambio en la mentalidad argentina en esta instancia histórica? ¿Puede ser duradero?
Yo creo que nuestro deber es que sea duradero. Creo que antes no teníamos derecho a la esperanza. Ahora tenemos el deber de la esperanza. En cuanto a mí, hace un mes el derecho a la esperanza era imposible. Podía profesarla pero era una hipocresía. No creía en ella. Ahora podemos usar esa hermosa palabra: esperanza, con sinceridad o sea a lo que corresponde, a lo que sentimos. Antes significaba un acto de fe. Pero supongo que para que todo se arregle, tendremos que esperar unos años.


Las cosas no se pueden modificar de un día para el otro...
La gente está pensando en términos de días o de meses. Eso es absurdo. Todo esto será muy lento. Pienso así, aunque no sea un hombre político. Soy un mero hombre de letras. A mi edad puedo morir en cualquier momento. No podría hacer nada.


Pero usted no quiere morir ahora...
Quiero vivir. Me gustaría llegar a ver este renacimiento. Además debo concluir cinco libros en preparación. Soy un imprudente. Puedo morir en cualquier momento. Las estadísticas no fallan. Si pienso en mis contemporáneos, en mis afectos contemporáneos, todos han sido más prudentes y están bajo tierra. En cambio yo, sigo tercamente viviendo. Cuando era joven pensaba en el suicidio. A mi edad el tiempo se encargará de suicidarme.


Borges, ¿el nuevo gobierno, debe olvidar el pasado?
Lógicamente, no. Debe actuarse dentro de la ley. Que la justicia no sea impaciente. Recuerdo una frase de Almafuerte: "Sólo pide justicia, pero será mejor que no pidas nada". Es una frase un poco triste. Pero en este caso si no se hiciera justicia es una forma de complicidad. O un modo de congraciarse con los culpables. Creo que esa justicia tiene que ser pública. Lo que ha ocurrido aquí es realmente terrible. Cuando Hitler resolvió perseguir a los judíos, eso se hizo públicamente. Aquí todo se hizo clandestinamente. Creo que uno de los mayores defectos argentinos es la hipocresía: no importa que las cosas sucedan. Lo importante es que no se sepa.


Conoce usted a Firmenich y Vaca Narvaja?
Bueno, Firmenich es un asesino confeso.


Quieren volver al país...
Sería un exceso de tolerancia, ¿no? Si vuelven deben ser encarcelados. Pero posiblemente regresen con impunidad y publicidad también. Quizá también sea mejor un exceso de tolerancia, que un exceso de rigor. ¿Usted recuerda cómo secuestraron y torturaron y finalmente lo mataron al general Aramburu? Si se perdona a Firmenich, también tendrían que perdonar a los culpables de 30 mil desaparecidos. Aquí han venido a verme madres y abuelas de Plaza de Mayo. Casi todas son sinceras. Han llorado y esas lágrimas han sido verdaderas. Como no soy político, no tengo que tomar esa decisión. Será muy difícil encontrar una vía media, entre el perdón y la justicia. Hemos estado perdonando a personas que no se han arrepentido jamás. A los que se han jactado de sus crímenes. Si tenemos fe, podremos sobrevivir. Yo no veré todo eso. Usted que es joven, podrá ver la resurrección de la patria. Yo ya no tengo mucho tiempo.


¿Se ha revertido la ética en nuestro país a partir del 30 de octubre?
Espero que se haya revertido, pero me parece raro que la gente pueda cambiar esencialmente. No creo que los cómplices de ayer, sean los patriotas de hoy. El hecho del 30 de octubre fue una decisión del pueblo argentino. Me contaron que el último acto en la avenida 9 de Julio, fue una suerte de suicidio del peronismo. Con toda esa ceremonia macabra del ataúd, la coronación, el muñeco y el fuego, convencieron a muchos de que no querían ser gobernados por esa gente.



Isabel, el destape y la libertad


¿Qué opina de la invitación que el doctor Alfonsín le hizo a Isabel Perón?
El hecho de que ella vuelva significa que aceptó el resultado de las elecciones, lo cual es un buen signo. Tenía miedo que dijera que hubo trampas. Además fue presidente constitucional; creo que corresponde la invitación.


Usted recién hablaba de la impaciencia, que la gente puede querer o quiere soluciones rápidas. ¿Y si existieran sectores que quieren volver a golpear las puertas de los cuarteles, como ya sucedió con otros gobiernos democráticos?
En todo caso debo tratar de no creer. Los militares se han desacreditado tanto. Además supongo que no se han avergonzado de lo que han hecho. Pero mientras exista una democracia estoy seguro de que no volverán.


Después de tantos años de censura, ha surgido en la Argentina el fenómeno del "destape"....
Bueno, es una etapa necesaria y no es nada comparado con lo que se ve en España. Usted va por la calle y puede observar a señores vestidos de Mae West, con chambergos y plumas y nadie se asombra. En los Estados Unidos también, usted puede salir a la calle como quiera, mientras no moleste a nadie...


Pero la libertad, ¿tiene límites?
Sí, pero creo que la libertad tiene sus propios límites. Es muy natural que aquí haya un desahogo ahora.


Antes de dejar el gobierno, los militares anunciaron que habían logrado el enriquecimiento del uranio, es decir que, la Argentina puede fabricar armas nucleares...
Siguen con la idea de la potencia. Yo diría que toda arma es terrible. Desde un cuchillo a una piedra. Ahora, las armas nucleares son más terribles, porque amenazan no a una persona, sino a toda una comunidad.



Consejo final


Si es posible establecerlas, ¿qué diferencias nota usted entre Perón y Alfonsín?
Una diferencia de ética muy grande. No creo que haya ningún parecido. Además, no creo que la gente haya votado a Alfonsín, pensando en Alfonsín. Se ha pensado más bien, en el buen sentido, en la cordura, no en una persona. Aunque esa persona haya sido una providencia. Yo le agradezco a Alfonsín que exista, pero no creo que ese voto haya sido para él. Nadie pensó, al votar, en Alem ni en Yrigoyen. Se ha votado pensando en la salvación de la patria. Además, no creo que Alfonsín quiera que piensen en él personalmente. Aquí tenemos esa mala costumbre de los líderes.


¿Que mensaje tendría usted para los argentinos en esta instancia histórica?
Que esperen, pero sin impaciencia. Es el único modo de conservarnos, sin desesperarnos. Que sean pacientes y fríos. Creo que todos sabemos que nos esperan años muy difíciles, pero hay una meta. Nada es imposible. Yo personalmente me siento muy feliz. Desde el 30 de octubre, siempre digo que ocurrió un milagro. Pero al mismo tiempo, sé que esa felicidad mía tiene que ser paciente.


Con Alfonsín, ¿surge un nuevo líder en la Argentina?
Sería mejor que no se lo viera así.







En revista Gente, Número 960
15 de diciembre de 1983
Foto: Borges en su casa, 1983
©Christopher Pillitz/Getty Images
Al pie: doble página de la publicación

28/3/16

Jorge Luis Borges: Paul Groussac






He verificado en mi biblioteca diez tomos de Groussac. Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en afición tan personal como la adquisición de libros, ni probé fortuna dos veces con autor intratable, eludiendo un libro anterior con un libro nuevo, ni compré libros —crasamente— en montón. Esa perseverada decena evidencia, pues, la continua legibilidad de Groussac, la condición que se llama readableness en inglés. En español es virtud rarísima: todo escrupuloso estilo contagia a los lectores una sensible porción de la molestia con que fue trabajado. Fuera de Groussac, sólo he comprobado en Alfonso Reyes una ocultación o invisibilidad igual del esfuerzo.

El solo elogio no es iluminativo; precisamos una definición de Groussac. La tolerada o recomendada por él —la de considerarlo un mero viajante de la discreción de París, un misionero de Voltaire entre el mulataje— es deprimente de la nación que lo afirma y del varón que se pretende realzar, subordinándolo a tan escolares empleos. Ni Groussac era un hombre clásico —esencialmente lo era mucho más José Hernández— ni esa pedagogía era necesaria Por ejemplo: la novela argentina no es ilegible por faltarle mesura, sino por falta de imaginación, de fervor. Digo lo mismo de nuestro vivir general.

Es evidente que hubo en Paul Groussac otra cosa que las reprensiones del profesor, que la santa cólera de la inteligencia ante la ineptitud aclamada. Hubo un placer desinteresado en el desdén. Su estilo se acostumbró a despreciar, creo que sin mayor incomodidad para quien lo ejercía. El fácit indignatio versum no nos dice la razón de su prosa: mortal y punitiva más de una vez, como en cierta causa célebre de La Biblioteca, pero en general reservada, cómoda en la ironía, retráctil. Supo deprimir bien, hasta con cariño; fue impreciso o inconvincente para elogiar. Basta recorrer las pérfidas conferencias hermosas que tratan de Cervantes y después la apoteosis vaga de Shakespeare, basta cotejar esta buena ira —Sentiríamos que la circunstancia de haberse puesto en venta el alegato del doctor Pinero fuera un obstáculo serio para su difusión, y que este sazonado fruto de un año y medio de vagar diplomático se Imitara a causar "impresión" en la casa de Coni. Tal no sucederá, Dios mediante, y al menos en cuanto dependa de nosotros, no se cumplirá tan melancólico destino—, con estas ignominias o incontinencias: Después del dorado triunfo de las mieses que a mí llegada presenciara, lo que ahora contemplo, en los horizontes esfumados por la niebla azul, es la fiesta alegre de la vendimia, que envuelve en un inmenso festón de sana poesía la rica prosa de los lagares y fábricas. Y lejos, muy lejos de los estériles bulevares y sus teatros enfermizos, he sentido de nuevo bajo mis plantas el estremecimiento de la Cibeles antigua, eternamente fecunda y joven, para quien el reposado invierno no es sino la gestación de otra primavera próxima... Ignoro si se podrá inducir que el buen gusto era requisado por él con fines exclusivos de terrorismo, pero es malo para uso personal.

No hay muerte de escritor sin el inmediato planteo de un problema ficticio, que reside en indagar —o profetizar— qué parte quedará de su obra. Ese problema es generoso, ya que postula la existencia posible de hechos intelectuales eternos, fuera de la persona o circunstancias que los produjeron; pero también es ruin, porque parece husmear corrupciones. Yo afirmo que el problema de la inmortalidad es más bien dramático. Persiste el hombre total o desaparece. Las equivocaciones no dañan: si son características, son preciosas. Groussac, persona inconfundible, Renán quejoso de su gloria a trasmano, no puede no quedar. Su mera inmortalidad sudamericana corresponderá a la inglesa de Samuel Johnson: los dos autoritarios, doctos, mordaces.

La sensación incómoda de que en las primeras naciones de Europa o en Norte América hubiera sido un escritor casi imperceptible, hará que muchos argentinos le nieguen primacía en nuestra desmantelada república. Ella, sin embargo, le pertenece.

1929





En Discusión (1932)
Luego en OOCC Tomo I (1923-1949)
Buenos Aires, Emecé, 1996
Foto: Borges en el escritorio de Paul Groussac, 1962
Biblioteca Nacional de Buenos Aires Vía
Crédito: Sara Facio




27/3/16

Jorge Luis Borges: Escaparate - Porcelana







Semejante a ese guerrero chino que encima de las olas espumosas y malvas saluda la mansión donde los gestos de su hijito florecen. 
Semejante al guerrero chino que se dirige, gracias al dragón monstruoso y pueril, hacia la costa adorable. 
Y su esposa le tiende el cuerpito radioso y vivo del niño. 
Pero siempre el espacio dorado los separa, siempre el héroe venera los suyos sin lograr abrazarlos.
Así yo ignoraré mis amores. 
Así yo deberé desconocerte.






En Textos recobrados 1919-1929 (1997)
Primera publicación en Tableros
Madrid, Año 2, Número 3, 15 de enero de 1922
Portada del ejemplar con xilografía color de Rafael Barradas
Retrato juvenil de Borges ©Fundación Sur
En Ocampo, Victoria; Diálogo con Borges 
Fundación Sur/El Ateneo, Buenos Aires, 2014


26/3/16

Jorge Luis Borges: La Recoleta








Aquí no está Isidoro Suárez, que comandó una carga de húsares en la batalla de Junín, que apenas fue una escaramuza y que cambió la historia de América.
Aquí no está Félix Olavarría, que compartió con él las campañas, la conspiración, las leguas, la alta nieve, los riesgos, la amistad y el destierro. Aquí está el polvo de su polvo.
Aquí no está mi abuelo, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre en La Verde.
Aquí no está mi padre, que me enseñó a descreer de la intolerable inmortalidad.
Aquí no está mi madre, que me perdonó demasiadas cosas.
Aquí bajo los epitafios y las cruces no hay casi nada.
Aquí no estaré yo. Estarán mi pelo y mis uñas, que no sabrán que lo demás ha muerto, y seguirán creciendo y serán polvo.
Aquí no estaré yo, que seré parte del olvido que es la tenue sustancia de que está hecho el universo.



Atlas (1984)

Con María Kodama
©1984, Borges, Jorge Luis
©1984, Edhasa

Óleo: Leonor Acevedo de Borges por Haydée Lagomarsino de Miranda 
1972 - Colección privada


25/3/16

Jorge Luis Borges: En Islandia el alba








Esta es el alba.
Es anterior a sus mitologías y al Cristo Blanco.
Engendrará los lobos y la serpiente
que también es el mar.
El tiempo no la roza.
Engendró los lobos y la serpiente
que también es el mar.
Ya vio partir la nave que labrarán
con uñas de los muertos.
Es el cristal de sombra en que se mira
Dios, que no tiene cara.
Es más pesada que sus mares
y más alta que el cielo.
Es un gran muro suspendido.
Es el alba en Islandia.



En La moneda de hierro (1976)
Foto: Borges en Madrid, 1980
©Antonio Suárez

24/3/16

Jorge Luis Borges: La luna








Cuenta la historia que en aquel pasado
tiempo en que sucedieron tantas cosas
reales, imaginarias y dudosas,
un hombre concibió el desmesurado
proyecto de cifrar el universo
en un libro y con ímpetu infinito
erigió el alto y arduo manuscrito
y limó y declamó el último verso.
Gracias iba a rendir a la fortuna
cuando al alzar los ojos vio un bruñido
disco en el aire y comprendió, aturdido,
que se había olvidado de la luna.
La historia que he narrado aunque fingida,
bien puede figurar el maleficio
de cuantos ejercemos el oficio
de cambiar en palabras nuestra vida.
Siempre se pierde lo esencial. Es una
ley de toda palabra sobre el numen.
No lo sabrá eludir este resumen
de mi largo comercio con la luna.
No sé dónde la vi por vez primera,
si en el cielo anterior de la doctrina
del griego o en la tarde que declina
sobre el patio del pozo y de la higuera.
Según se sabe, esta mudable vida
puede, entre tantas cosas, ser muy bella
y hubo así alguna tarde en que con ella
te miramos, oh luna compartida.
Más que las lunas de las noches puedo
recordar las del verso: la hechizada
dragon moon que da horror a la balada
y la luna sangrienta de Quevedo.
De otra luna de sangre y de escarlata
habló Juan en su libro de feroces
prodigios y de júbilos atroces;
otras más claras lunas hay de plata.
Pitágoras con sangre (narra una
tradición) escribía en un espejo
y los hombres leían el reflejo
en aquel otro espejo que es la luna.
De hierro hay una selva donde mora
el alto lobo cuya extraña suerte
es derribar la luna y darle muerte
cuando enrojezca el mar la última aurora.
(Esto el Norte profético lo sabe
y también que ese día los abiertos
mares del mundo infestará la nave
que se hace con las uñas de los muertos.)
Cuando, en Ginebra o Zurich, la fortuna
quiso que yo también fuera poeta,
me impuse, como todos, la secreta
obligación de definir la luna.
Con una suerte de estudiosa pena
agotaba modestas variaciones,
bajo el vivo temor de que Lugones
ya hubiera usado el ámbar o la arena.
De lejano marfil, de humo, de fría
nieve fueron las lunas que alumbraron
versos que ciertamente no lograron
el arduo honor de la tipografía.
Pensaba que el poeta es aquel hombre
que, como el rojo Adán del Paraíso,
impone a cada cosa su preciso
y verdadero y no sabido nombre.
Ariosto me enseñó que en la dudosa
luna moran los sueños, lo inasible,
el tiempo que se pierde, lo posible
o lo imposible, que es la misma cosa.
De la Diana triforme Apolodoro
me dejó divisar la sombra mágica;
Hugo me dio una hoz que era de oro,
y un irlandés, su negra luna trágica.
Y, mientras yo sondeaba aquella mina
de las lunas de la mitología,
ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
la luna celestial de cada día.
Sé que entre todas las palabras, una
hay que recordarla o figurarla.
El secreto, a mi ver, está en usarla
con humildad. Es la palabra luna.
Ya no me atrevo a macular su pura
aparición con una imagen vana;
la veo indescifrable y cotidiana
y más allá de mi literatura.
Sé que la luna o la palabra luna
es una letra que fue creada para
la compleja escritura de esa rara
cosa que somos, numerosa y una.
Es uno de los símbolos que al hombre
da el hado o el azar para que un día
de exaltación gloriosa o de agonía
pueda escribir su verdadero nombre.


El Hacedor (1960)
Luego en JLB, Obra poética 1923/1985
© María Kodama y © Emecé Editores
Buenos Aires, 1989

Foto: Borges en Palermo (Sicilia), 1984
© Ferdinando Scianna/Magnum Photos



23/3/16

Jorge Luis Borges: Entrevista con Mario Ghbara [Salta, mayo de 1964]








Don Jorge, ¿qué está haciendo en la actualidad?

En estos momentos estoy revisando con María Esther Velázquez un libro titulado Antigua Literatura Germánica, que es un texto sobre la literatura medioeval de Inglaterra, Alemania y Escandinavia, que publicó hace años el Fondo de Cultura Económica de México y que una editorial de París quiere traducir al francés. Hace unos cuatro años que estoy estudiando, o tratando de estudiar las lenguas germánicas medievales, de suerte que ahora puedo hablar de estos temas basándome en un conocimiento directo de los originales.



¿Y en la provincia de Buenos Aires está haciendo algo?

La Dirección de Cultura de la provincia de Buenos Aires me ha encargado la posibilidad de una versión cinematográfica del Martín Fierro. En estos días aparecerá una milonga de Guastavino cuya letra he escrito y que se titula la Milonga de dos hermanos.
Asimismo tengo mis tareas de director de la Biblioteca Nacional y dicto cátedras de literatura inglesa y norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires.



¿Qué nos puede decir de la actualidad literaria nacional?

Yo querría destacar en lo referente a la poesía, los nombres de Carlos Mastronardi, de Silvina Ocampo y de Silvina Harriague, y en lo referente a la prosa los nombres de Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou, de Eduardo Mallea y de Manuel Mujica Láinez. Este último ha vuelto, renovándola, a la antigua tradición de la novela caudalosa, llena de aventuras, destinos y vicisitudes.



¿Y de los escritores de la nueva generación?

No puedo hablar con mayor autoridad de la producción más reciente, pues hace diez años mi vista no me permite leer ni escribir, de tal manera que he quedado rezagado.
Al hablar de los poetas he olvidado un nombre importante, el de Miguel de Etchebarne, autor de un poema épico de las orillas: Juan Nadie (Vida y muerte de un compadre).



En El Tribuno, Salta, mayo de 1964
Imagen: María E. Vázquez, Ricardo Dorré, José J. Botelli
Jorge Luis Borges y 'Pajarito' Velarde
Salta, 27 de mayo de 1964


22/3/16

Borges en El Hogar: 10 de marzo 1939







Lytton Strachey q [B S]
  
Giles Lytton Strachey nació en Londres en 1880 y murió en el condado de Berkshire el 21 de enero de 1932. Esas fechas y esos lugares parecen agotar su biografía. Era uno de esos caballeros ingleses que desdeñosamente carecen de biografía, acaso porque “no les interesa su propia vida” (como a nuestro Almafuerte) o porque les interesan más las vidas ajenas que pueblan la literatura o la historia. Era alto, demacrado, casi abstracto, con el fino rostro emboscado detrás de los atentos anteojos y de la rojiza barba rabínica. Para mayor recato, era afónico.

Hijo de una escritora, lady Jane Strachey, y del general Sir Richard Strachey, se educó en un ambiente intelectual. Hizo sus estudios en Cambridge y publicó en 1912 su primer libro: Landmarks in French Literature. En 1918 publicó Eminent Victorians, cuatro asombradas biografías de Manning, de Florence Nightingale, del doctor Arnold y del general Gordon. Ese libro (y los sucesivos) marcan la perfección de un género que muy pronto fue remedado y abaratado por Emil Ludwig. Hablar de la ironía de Strachey es un lugar común; más notable que esa ironía es su convivencia feliz con una impasible urbanidad y con un incoercible impulso romántico… “Escribo sin intenciones ulteriores”, declaró una vez Lytton Strachey: confesión que no le perdonarán quienes juzgan las obras literarias por sus intenciones políticas.

Tres años laboriosos dedicó Strachey a la preparación y redacción de Queen Victoria, que apareció en 1921. Es, quizá, su obra capital. Publicó también Books and Characters (1922), Pope (1926) y Portraits in Miniature (1931). No hay que olvidar el gran experimento romántico Elizabeth and Essex, que no ha regocijado con exceso a los historiadores, pero sí al que escribe esta nota.


DELPHOS, OR THE FUTURE OF INTERNATIONAL LANGUAGE
de E. S. Pankhurst q [R]

Este divertido volumen finge ser una vindicación general de los idiomas artificiales y una vindicación particular de la “interlingua” o latín simplificado de Peano. Parece redactado con entusiasmo, pero la extraña circunstancia de que la autora se haya documentado exclusivamente en los artículos con que el doctor Henry Sweet contribuyó a la Enciclopedia Británica, nos deja barruntar que su entusiasmo es más bien moderado o ficticio.
La autora (y el doctor Henry Sweet) dividen los idiomas artificiales en idiomas a priori y a posteriori, es decir, en originales y derivados. Los primeros son ambiciosos e impracticables. Su meta sobrehumana es clasificar, de un modo perdurable, todas las ideas humanas. No juzgan imposible una clasificación definitiva de la realidad; urden vertiginosos inventarios del universo. El más ilustre de esos catálogos razonados es, sin duda, el de Wilkins, que data de 1668. Wilkins distribuyó el universo en cuarenta categorías, indicadas por nombres monosilábicos de dos letras. Esas categorías estaban subdivididas en géneros (indicados por una consonante), y esos géneros en especies, indicadas por una vocal. Así “de” quiere decir elemento; “deb”, fuego; “deba”, la llama.
Doscientos años después, Letellier siguió un método análogo: “a”, en el idioma internacional que propuso, vale por animal; “ab”, por mamífero; “abo”, por carnívoro”; “aboj”, por felino; “aboje”, por gato; “abod”, por canino; “abode”, por perro; “abi”, por herbívoro; “abiv”, por equino; “abive” por caballo; “abivu”, por asno.
Los idiomas construidos a posteriori son menos interesantes. De todos ellos el más complejo es el volapük. A principios de 1879 lo ideó un sacerdote alemán, Johann Martin Schleyer, para promover la paz entre las naciones. En 1880 le dio los últimos toques y lo dedicó a Dios. Su vocabulario es absurdo, pero su facultad de comprimir en una palabra muchos matices no debe merecer nuestro desdén. Interminablemente abundan las inflexiones; en volapük el verbo puede tomar 505.440 formas distintas. (Peglidalöd, por ejemplo, quiere decir: “Usted debe ser saludado”.)
El volapük fue aniquilado por el esperanto, el esperanto por el idioma neutral, el idioma neutral por la interlingua. Esos últimos —“equitativos, simples y económicos”, según dijo Lugones— son inmediatamente comprensibles por todo aquel que posee una lengua románica.
He aquí una sentencia redactada en el idioma neutral:

Idiom Neutral es usabl no sole pra skribasion, ma et pro perlasion; sikause in kongres sekuant internasional de medisinisti mi av intension usar ist idiom pro mie raport di maladirit “lupus”, e mi esper esar komprended per omni medisinisti present.


MI VIDA ESQUIMAL de Paul-Emile Victor r [R]

El onceno libro de la Odisea habla de la nación y de la ciudad de los hombres cimerios, que viven en el borde del mundo y a quienes no mira el dios con sus rayos, ni cuando trepa por el cielo estrellado, ni cuando regresa a la tierra, y sobre cuyas desdichadas cabezas es interminable la noche. En el borde del mundo y entre los sucesores de los cimerios ha pasado un invierno casi dichoso el etnólogo francés Paul-Emile Victor. Su diario (que ha aparecido en Londres y París) prescinde felizmente de aventuras y de pintorescas anécdotas y narra el cotidiano vivir de un villorrio esquimal, al norte de los últimos glaciares de Melville Bay. En esas tierras hiperbóreas el autor ha construido chozas abovedadas de nieve y chozas de hueso, ha manejado alguna vez el arpón, ha sido comensal en toscos banquetes de sangre coagulada, ha adoctrinado en las maniobras del ajedrez a un viejo pescador de ballenas (que acabó por vencerlo), ha asistido a la muerte de una mujer, ha añorado una librería que está en París, ha jugado con perros y con niños —Iosepi, Azak, Tipú— y, sobre todo, ha sido lo que no suelen ser los viajeros: un hombre entre los hombres.

Para mayor contraste, Victor intercaló después en su diario —un poco a la manera de John Dos Passos en U.S.A.— fragmentos de noticias contemporáneas: “Miss España es nombrada Miss Europa”, “Quinientos mil nazis acuden al Congreso de Nurenberg”, “Furiosa batalla en Irún”… El propósito de esas interrupciones nada tiene de problemático: se trata de insinuar que la civilización es harto más absurda que la barbarie. El siglo XVIII creyó haber descubierto en los pieles rojas al virtuoso homme de la nature, incontaminado; Paul-Emile Victor, en este amenísimo libro, nos propone otro candidato: el hombre esquimal.

Muchas y excelentes fotografías ilustran la obra.


DE LA VIDA LITERARIA r

Es muy sabido que Miguel de Cervantes escribió El Quijote en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Es menos sabido que muchos otros han aprovechado esa impuesta tranquilidad para redactar páginas perdurables. Los señores A. G. Stock y Reginald Reynolds han publicado en Londres la primera antología carcelaria. Se titula Prison Anthology, y entre sus colaboradores figuran Sacco y Vanzetti, Jeremías, O. Henry, san Pablo, Marco Polo, John Bunyan, María Estuardo, Verlaine, Dostoievski, Voltaire y Mahatma Gandhi.

El doctor Albert Schweitzer —músico, teólogo y misionero— ha ejercido durante muchos años la medicina en África. Ha publicado un libro de recuerdos, Aus meinem afrikanischen Tagebuch, que abunda en amenísimos rasgos. Quizá la más agradable de sus historias es la del negro viejo que recobró la vista después de una operación de cataratas y que bailó, solemne y jubiloso, alrededor del hospital.



Nota


En mayo de 1935, la revista El Hogar presentó una sección en la que los hombres de letras más sobresalientes seleccionaban su cuento preferido. El 26 de julio, Jorge Luis Borges eligió “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair. Según ha comentado Borges, León Bouché, director de la revista, lo invitó entonces a colaborar. Su cometido era dirigir la página titulada “Libros y autores extranjeros”, que llevaba ya cinco números en marcha y se dividía en cuatro secciones: Ensayos [E], Biografías Sintéticas [B S], Reseñas [R], y otros comentarios publicados bajo  el título “De la Vida Literaria”.
Desde el 16 de octubre de 1936, la página aparece cada quince días con firma de Borges, hasta el 7 de julio de 1939. Con el correr del tiempo, hay varios cambios. A partir del 14 de octubre de 1938 desaparece la sección Biografía Sintética, que puntualmente se verá los días 10 y 24 de febrero de 1939; el 10 de marzo se publica por última vez dedicada a Lytton Strachey. Finalmente, el 5 de mayo de 1939, la página se reduce a la mitad.
En 1986 la editorial Tusquets publicó en el volumen Textos cautivos una selección de las colaboraciones de Jorge Luis Borges en la revista entre 1936 y 1939. En 2000, Emecé Editores reunió en el volumen Borges en El Hogar (1935-1958) los textos que habían quedado sin recoger. Hemos refundido aquí ambos libros siguiendo una pauta cronológica y marcando la procedencia de cada texto bien con una llamada cuadrada [q] (Textos cautivos), bien con una redonda [r] (Borges en El Hogar). Junto al título de cada entrada, hemos agregado también, entre corchetes y al margen, las siglas que indican la sección original a la que pertenece —[E], [B S] o [R]—, y dejado los comentarios del cuarto apartado bajo el epígrafe original “De la Vida Literaria”. Los textos que en Borges en El Hogar se señalaron con las siglas [L N] (o Libros Nuevos) están aquí agrupados, por coherencia, bajo el epígrafe [R]. Además de la página de “Libros y autores extranjeros”, Borges publicó otros artículos en la revista, como el “Prólogo a la edición alemana de ‘La carreta’” o “Después de las ‘Iniciales del misal’”, que fueron recopilados en Borges en El Hogar y también reproducimos. Lo mismo ocurre con las diversas traducciones que dicho volumen incluye y que marcamos en nuestra edición con la sigla [T]. Por último, Borges en El Hogar se cierra con colaboraciones en su mayoría posteriores a 1939 (notas, encuestas, opiniones, una conferencia y un cuestionario), que agrupamos en la breve miscelánea final.











Jorge Luis Borges. Textos cautivos (1986)
Edición de Enrique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal 
Barcelona, Tusquets Editores, 1986, col. Marginales, núm. 92
Borges en El Hogar (1935-1958) 
Buenos Aires, Emecé, 2000

Fotos cabezal: Cover, portada y contratapa Textos cautivos (Tusquets, 1986)
Foto al pie: Cover El Hogar 1935-1958 (Emecé, 2000)





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