13/8/16

Juan Carlos Onetti: Borges, su madre y Utrillo






Creo que entre escoliastas, reporteros, autores de tesis, amigos y enemigos, y con la ayuda generosa del propio Borges, se ha dicho ya cuanto hay que decir respecto a su obra. Si algo falta aparecerá, sin dudas, en este número de merecido homenaje que hoy le dedican los Cuadernos Hispanoamericanos*.
Por eso, cuando me propusieron escribir una treintena de páginas sobre Borges sentí que no me correspondía glosar antecedentes, decir que las traducciones vikingas son muy buenas, así como las traducciones de las teorías o sistemas de Schopenhauer, Hume y Berkeley al idioma del relato. Y tampoco divagar sobre su poesía metafísica.
Me limitaré a traer noticias trasnochadas. Unos días antes de embarcarme estuve comiendo con Borges. Motivos: me habían elegido para asesorar el traslado de un cuento de Jorge Luis Borges al cine. Se trataba de «El muerto», uno de mis preferidos dentro de la obra de Georgie. (Yo también tengo derecho).
A pesar de su ceguera, ahora total e irremediable, el aspecto de Borges era el mismo de años atrás; su sentido del humor, incambiado.
Por ejemplo: alguien habló de Neruda y recordó que el poeta quiso hacer un holocausto con su primer libro. Invitó a varios amigos, bebieron vino chileno —que algo significa—, hicieron una gran fogata y fueron quemando los doscientos ejemplares de la edición.
Borges jugueteó un ratito con su bastón blanco y luego balbuceó, inocente y sorprendido:
—Pero si ya había aprendido, ¿por qué no siguió haciendo lo mismo con lo que publicó después?
Segundo ejemplo: fue mencionado un escritor que había puesto de lado la disciplina que ejercía, tal vez el psicoanálisis, para dedicarse a escribir novelas. Borges:
—Me parece una crueldad, ¿no? Hacerle eso a los enfermos y a los lectores.
Hubo otras burlas borgianas y él repetía, impasible, que era hombre humilde, ignorante en materia de política literaria. Después de los postres, Borges anunció que se iba, puntualmente y como siempre, a las doce de la noche.
(Esto sucedió pocos días antes de la muerte de su madre).
En ese momento se inclinó hacia mí y dijo con una tristeza dulce y resignada:
—Todos los días, a cualquier hora, tengo un momento de terror. Porque a mí me operaron los ojos siete veces, ¿no? Hasta conseguir dejarme completamente ciego. Y le dije a mi madre que había recuperado la vista. Como usted sabe, ella es muy anciana y se está muriendo. Y no cree que me hayan curado. Así que cada día cuando entro a su dormitorio para saludarla me obliga a un examen. En esa habitación tenemos desde hace años un Utrillo que yo conozco de memoria. Cada detalle, cada tono de color. Y ella me pregunta qué cuadro hay en la pared. Y yo, claro, le voy recitando el restorán, el balcón con ropa colgada, la curva suave que hace la callecita al final. El terror proviene de que su escepticismo, sensible, haga que alguna vez ordene cambiar el cuadro o suprimirlo. Este posible fracaso me daría mucho dolor por ella.
Esto es muy poco; pero es otra cara de la moneda Borges. Doy fe y había testigos.



* N° 505-507, Madrid, 1992
















En Juan Carlos Onetti: Artículos 1975-1992 
La presente edición digital se corresponde con el Volumen XI de las Obras completas
de Onetti de Galaxia Gutenberg, 2013

Foto: Borges y Onetti en Barcelona por Dorothea Muhr (1978)


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