27/6/16

Jorge Luis Borges: Isidoro Acevedo







   ¿De quién es la memoria de los días 
que fueron tuyos en el tenue tiempo 
de la ciudad perdida que seguimos 
llamando Buenos Aires? Era otra, 
con las calles de tierra y con el patio 
propicio a la diamela y a la tarde, 
y cariñosas quintas en Barracas, 
y las orillas en que entraba el campo 
y el cimbrón de la res en los corrales 
de Miserere y la caliente daga 
del mazorquero en la garganta humana. 
¿De quién serán ahora esos recuerdos 
y los otros más íntimos, abuelo, 
de Leonor tu mujer, hija de Suárez, 
el de Junín, y la pausada muerte 
de Estanislao del Campo, tu vecino, 
que fue tu amigo y sigue siendo el nuestro, 
y el caballo sudado y las patriadas 
de Cepeda y Pavón y el Puente Alsina? 
Tuyos no son, que eres apenas polvo. 
Míos no pueden ser; los entreveo 
y se van como un sueño en la alborada 
y por ventura son más míos que tuyos 
y hoy son de quien los mira en este pálido 
espejo de palabras apagadas, 
salvo que exista inconcebiblemente 
un archivo de Dios, una memoria 
de todo lo que fue desde el principio, 
que también se dilata hacia un pasado 
que no tiene principio. Mi tarea 
es rescatar lo ajeno, lo de nadie, 
lo que sólo perdura en una anécdota, 
en el daguerrotipo que se borra, 
en el mármol que cubre la ceniza. 
Soy una piedra rúnica que el tiempo 
roe y destroza en un antiguo páramo. 
Soy aquel que ha trazado una escritura 
secreta que no entiende y que ninguno 
acabará de descifrar. Dios sabe 
si llegará la sombra que la espera.



En revista Davar, Buenos Aires, Número 214, Invierno de 1970
Luego en Textos Recobrados 1956-1986 (1997)
Retrato de Borges, ©Susan Meiselas/Magnum Photos 
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