14/4/16

Jorge Luis Borges: Puedo ser un impostor [Entrevista, abril de 1978]










Después de haber recibido el doctorado honoris causa de la Universidad de la Sorbona, Jorge Luis Borges escapó de todos los honores públicos y se fue a visitar a sus antiguos compañeros del Colegio Calvinista de Ginebra. Un sueño que desde 1920 no realizaba. Como si fuera un secreto sólo confesado a un mínimo grupo de amigos, Borges nos relató sus experiencias y sensaciones en Suiza y en Egipto. Un país siempre deseó conocer y que de alguna manera siempre está presente en todos sus escritos. "Las Mil y Una Noches", el desierto, la Esfinge, las pirámides y toda la mitología a través de la sensibilidad del mejor escritor de lengua castellana.
Como un profeta, quizá como aquel Homero que nombra en "El Inmortal", ya olvidado de glorias, premios, aplausos y ceremonias, sabe, sin embargo del triunfo (para su mal) y también del respeto y la admiración que despierta cuando camina muy despaciosamente por la calle, apoyándose en su bastón.


—Yo creo que la gente está equivocada conmigo. En cualquier momento pueden darse cuenta de su error y pensar que soy un impostor.



El oficio de periodista obliga a desconfiar. Jorge Luis Borges no puede pensar así.


—¿Por qué no? Yo no merezco estos honores. Yo no tengo obra. Lo mío es fraccionario. No poseo una literatura en conjunto. Yo creo que el premio de la Universidad de la Sorbona puede ser el error de un país. O de todo un conjunto de países. Basta leer la historia universal para saber cuántas veces el mundo se ha equivocado. Yo soy doctor honoris causa de Oxford, de la Universidad de La Plata, de Columbia University, de Santiago de Chile, de Cincinnati y ahora de la Sorbona. Y cada vez que otorgan un premio de esta naturaleza tengo ganas de atajarlos y decirles que estamos todos equivocados. Mi único título verdadero es el de bachiller; todos todos los demás son dones que me han sido otorgados.



Un viaje hacia el pasado



—Mi vida desgraciadamente es pública. Digo desgraciadamente porque yo detesto la publicidad.

Este último viaje me permitió, gracias a la buena voluntad del gobierno francés, realizar un itinerario hacia el pasado. Volver a mis fuentes, a mis raíces. En los días en que estuve en París me alojé en la misma habitación que Oscar Wilde, en un hotel en la orilla sur del Sena. Pero por desgracia nada queda del gran poeta inglés. Lo único que hoy recuerda su paso es una sencilla placa en la puerta de su cuarto.
Luego de la ceremonia de la entrega del diploma que me acreditaba como digno de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de la Sorbona, me fui a Ginebra. Fue como una escapada de criatura. Tenía muchas ganas de volverme a ver con mis antiguos compañeros de colegio. Se puede decir que Suiza es una de mis segundas patrias, porque yo me he educado allí.
Llegué a Ginebra en 1914, cuando tenía 15 años. En ese lugar nos sorprendió la guerra y mis padres decidieron quedarse a vivir Yo hice mi bachillerato en el Colegio Calvinista. Ahora, a mi regreso, fui a mi antigua casa, toqué sus muros y pude comprobar que donde viví tantos años al lado de los míos ya no queda nada. Pero pude encontrar a mis viejos amigos.
¡Qué raro! Los amigos que yo tengo en Suiza son judíos polacos. El Dr. Simón Slinsky y el Dr. Maurice Abramovich. Son ciudadanos hervéticos, desde luego, pero por los nombres se puede saber que no son suizos. Ellos tenían noticias mías por los diarios y porque se han traducido varios de mis libros al francés. ¿Por el premio de la Sorbona? No. Ellos no sabían nada. En Europa no se le dio importancia. Ni siquiera en Francia; sólo aquí tuvo trascendencia. De uno de mis compañeros se puede decir que no lo veía desde 1918 ó 1920. Todos han desarrollado sus vidas. Uno es médico de barrio, trabaja para una obra social y el otro es un concejal del Partido Comunista. El tercero que me hubiera gustado encontrar era un librero que ya murió. Lo que fue muy grato es que uno de ellos todavía conserva un mazo de barajas españolas que yo le regalé cuando era estudiante. Realmente pasé días muy gratos en Ginebra. Hay un cuento mío que se llama "El Otro", donde se puede decir que yo converso con el Borges niño. Si bien este viaje a Suiza no fue el encuentro con mi niñez sino con mi adolescencia es posible que se pueda hacer una suerte de paralelismo entre ese escrito y el viaje de ahora.


Oriente: el tiempo y la eternidad



"El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza." (del libro Historia de la Eternidad).



—Luego aproveché unos días y me fui para satisfacer un viejo deseo mío, que era conocer el Oriente. El Oriente que uno entrevé un poco en Andalucía, un poco en Grecia, y que no se siente en Israel, porque es un país nuevo. Yo fui a Egipto. Allí tuve dos sensaciones. La primera de estar en un país intemporal. Es lo que uno siente ante los monumentos egipcios. Están construidos en la eternidad, o por la eternidad, pero al mismo tiempo sentí que los egipcios actuales son gente bastante pueril. Actúan como criaturas pícaras. Son muy curiosos. Yo no puedo decir si he visto las Pirámides. Un ciego no ve nada. Pero el hecho de saber que uno está frente a ellas ya es algo, y es mucho, quizá todo. Por ejemplo, cuando me paré ante la Esfinge, yo no veía su forma, como no veo su cara ahora. Pero luego de haberla contemplado tantas veces en grabados y en fotografías, estar delante de ella y sentir su presencia, junto a la gravitación del desierto, fueron cosas que me emocionaron muchísimo. Ahí también pueden influir recuerdos literarios. Porque un desierto, ¿qué es? Es una gran extensión llena de arena. Pero ya conozco otros desiertos. El de Texas, el de Nuevo México, y conozco el pequeño desierto de la provincia de Mendoza. Pero no me han impresionado así. Tal vez sea porque sabía que estaba en el Sahara. Que al lado mío se hablaba en árabe. Y después porque estaba en El Cairo y allí se redactó el libro de "Las Mil y Una Noches". Eso tuvo que influenciarme mucho. También estuve en Alejandría y en Luxor, que es el nombre que tiene ahora Tebas, la ciudad de las cien puertas. Ahí visité sus dos palacios, el de Luxor y el de Carnac. Luego fui a los Valles de Los Reyes y de Las Reinas y navegué por el Nilo. Yo todavía no creo que haya estado en Egipto. Es como un sueño. Creo que tal vez estuve en otro lugar. En otro país.

Lo dice como para reafirmarse de lo contrario. Tal vez en su memoria todas las noches aparezcan los laberintos que soñó antes de conocer Egipto, y se acuerde de aquel verso que escribió: A un Poeta Menor de la Antología.

¿Dónde está la memoria de los días 
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron 
dicha y dolor y fueron para ti el universo?
El río numerable de los años los ha perdido; 
eres una palabra en un índice.
Dieron a otros gloria interminable los dioses,
inscripciones y exergos y monumentos 
y puntuales historiadores; 
de ti sólo sabemos, oscuro amigo 
que oíste al ruiseñor, una tarde.



La raza y el origen del ser



—Y ahora pienso en otros sitios. Quisiera conocer Persia o el norte de la India. Porque siempre me he sentido atraído por el Oriente. Esta palabra que tiene un sentido tan preciso y que es tan difícil de definir. Yo creo que todos de alguna manera nos sentimos atraídos por el Oriente, y además creo que todo este cúmulo de significados que nosotros le atribuimos, para los orientales no existe. Ningún japonés siente afinidad con un persa, o un persa con un chino, o un hindú con un hebreo y éste con un marroquí. Creo que sólo para nosotros existe el concepto del Oriente, y posiblemente cada uno de ellos sólo pertenezca a su país. Pasa un poco como en América latina. Nadie se siente latinoamericano. Somos argentinos o colombianos. Los europeos son los que nos agrupan, y a lo mejor ni siquiera somos argentinos, sino porteños o entrerrianos. En mí se conjugan varias razas. Mi apellido Borges es portugués. El apellido de mi madre, Acevedo, es judío portugués. Yo tengo una abuela inglesa. Tengo ascendientes vascos, y, como todos los españoles, mi origen es árabe. Bueno, yo no sé hasta dónde se puede hablar de razas en este país. Yo creo que ser argentino es un acto de fe. Ser argentino es sentirse argentino, aunque sea muy difícil definirlo. Es lo que decía San Agustín sobre el tiempo. "¿Qué es el tiempo?: Si no me lo preguntan lo sé. Si me lo preguntan lo ignoro". Quiere decir que el ser argentino, como el tiempo, es esencial, pero no se puede definir con otras palabras.



La lluvia



Sobre la penumbra de la sala y apagando la voz de Borges, la lluvia comienza a golpear los vidrios de las ventanas. Se detiene. Escucha. Interroga para estar seguro.



—Sí, llueve.

—¡Qué suerte! Es mucho mejor así.

Y de golpe saltan a la prodigiosa memoria del escritor los versos que hace unos años su creación nombró.

Bruscamente, la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa,
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.



El otro yo de Borges



—A veces pienso que hay que cambiar la imagen que la gente tiene de uno para no repetirse. Por ejemplo, yo soy melancólico, y todos creen que soy risueño. Las frases ingeniosas que me adjudican no siempre han salido de mi boca. No soy un ser hiriente y sarcástico. Cuando digo algo no es para herir, sino que lo digo con la mejor buena voluntad y buena fe. Creo que se tergiversan muchas de mis intenciones. Un periodista, el otro día me llamó y me preguntó si podía decir qué equipo ganaría el mundial. Yo contesté que no importaba la nacionalidad, porque al fin y al cabo los que juegan son los individuos. Ese periodista debió creer que se lo decía irónicamente, y no fue así. Los que van a jugar son gente, y lo único importante es eso y no su nacionalidad.



El avión es una diligencia



—Es posible que antes de que termine este año pueda volver a Oriente. Pero lo que más me molesta de los viajes son los aviones. Es todavía un medio de transporte muy primitivo. Tengo la sensación de estar en una diligencia. Qué vehículo es ése que no ofrece al pasajero una cama. En los vuelos que duran muchas horas las personas tienen que ir sentadas. Además, no se percibe el paisaje. Sólo nubes. La única ventaja que tiene es que llega muy rápido a su destino. Yo prefiero el barco. Allí puedo sentir el agua, tal vez algún continente. En el avión todo es muy monótono e incomodo. Por otra parte, todos los aeropuertos se parecen.



La lluvia persiste, la estola de armiño que la Universidad de la Sorbona le entregó en mérito a su obra quedó en un rincón, casi olvidada dentro de una bolsa de polietileno casera. Ya no importa. Borges está más allá de todos los premios. Al salir, como al pasar recordamos el poema 1964. 

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Sólo me queda el goce de estar triste, 
esa vana costumbre que me inclina 
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina. 



Texto Cristina Matino
Fotografía: Carlos Pesce
En: revista Siete Días Ilustrados
5 de abril de 1978
Digitalizado por Mágicas Ruinas, 2003



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