11/3/16

Lisa Block de Behar: Borges. Razones y ficciones del nombre







A Ariel



Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
J.L.B.





En uno de los cuentos más conocidos de Borges y el que continúa siendo –y con justicia– su cuento más citado, el narrador afirma, resignándose a la inutilidad de todo ejercicio intelectual o reivindicándola, que:

Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo, giran los años y es un mero capítulo –cuando no un párrafo y un nombre– de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad final es aún más notoria.1 

De aplicarse esa predicción, de atribuirse hipotéticamente a la obra del propio Borges (y no sin cierta ironía), las precariedades de una poética descaecida o de una poesía en vías de extinción, era de esperarse que vaticinara la desaparición de sus ensayos, cuentos y poemas, deseando, sin embargo, que sólo un poema permaneciera a salvo. Si tal presagio hubiera llegado a verificarse con los años, ¿qué habría preservado del inevitable desgaste, del desastre, de la destrucción o de las irrupciones de una barbarie que no deja de acechar la historia de hombres y obras? Si de sus incontables escritos pudiera salvarse algo –decía–, sólo anhelaba que fuera “El golem” el que perdurara. Pero ni siquiera todo el poema que, según entendía, es demasiado extenso. Sería suficiente una estrofa, la primera bastaría:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo. 

Es extraño. En un poema que, por su ambientación rabínica, su tema cabalístico, su título en hebreo reclama la tradición judía, Borges empieza por hablar del “griego”. Formula esa referencia, además, como una aclaración que aparece entre paréntesis, un par convencional de signos al que recurre más de una vez para empezar un poema aunque se vea como una marca inusual de comienzo y, especialmente, del comienzo de un poema.2 Ni Sócrates, ni Platón, ni Cratilo, si bien es este último el personaje del Diálogo que se preocupa por el origen de los nombres, de su verdad, de su naturaleza, de su etimología. Lo menciona, es cierto, pero localizado, “en el Cratilo”, un espacio que hace rimar, por otra parte, con Nilo. 

Sin duda, una vez más, es la cuestión del nombre la que está en juego en este comienzo, no sólo el problema de las tensiones semánticas entre el nombre común, que remite al arquetipo, al concepto, a la Idea, y el nombre propio, en el que coinciden la designación y su particular referencia geográfica. No dice quién dice aunque se nombra el lugar donde dice. Pasa de la cosa al arquetípico nombre de la rosa, de un lugar determinado en el mapa o en el desierto a la palabra que lo nombra. ¿Por qué preservar esa reliquia poética? ¿Por qué precisamente involucrar a “El golem”, un poema sobre un ser imaginario, inánime, creado con barro por el erudito rabino de Praga, que desliza sus misterios entre el griego que no se nombra y el nombre del río de Egipto, de resonancias negativas, que pertenece a un paisaje ajeno y lejano?

Semejante al Nombre, el poema está hecho de “consonantes y vocales”, de “letras y sílabas cabales”; entre cábalas y otros procedimientos aleatorios no sorprende que coincidan tema y materia verbales en un mismo poema y, si bien no es nada raro que en poesía se hable de poesía, como el lenguaje habla del lenguaje, es esa coincidencia indiscernible entre decir y hacer que define la función poética, la que pudo haber dado vida al Golem, una criatura que surgió de la palabra –como quien dice de la nada–, el sitio donde podría guarecerse o desaparecer como polvo en el polvo o aire en el aire.

¿Cuál sería el nombre que, al fin, pronunció Judá León, “el Nombre que es la Clave”,3 que conoce y mantiene en secreto? Al final de esa estrofa, la única que debería sobrevivir según el testamento agorero de Borges, aparece una palabra en clave, una llave que cierra el texto y, más allá de los enigmas que el rabino no revela, se sobrentiende una negación o una denominación nihilista, la voz que clama en el desierto y, hierático, próximo a la esfinge, el Nilo o el nombre del río atraviesan el vacío donde el caudal y la palabra apenas fluyen.

Sin revelaciones ni ocultamientos, adversa a cualquier estremecimiento apocalíptico, la obra de Borges abunda en figuraciones impensadas de cierta lógica paradojal apta para anticipar una estética de la desaparición que no diferenciaría de una desaparición de la estética:

Por lo demás, descreo de las estéticas. En general no pasan de ser abstracciones inútiles; varían para cada escritor y aun para cada texto y no pueden ser otra cosa que estímulos o instrumentos ocasionales.

¿Por qué de la profusa producción de sus obras sólo querría que perduraran cuatro versos? ¿Por qué no le pesa esa reducción? ¿Por qué no le pesa el resto? ¿Por qué ese descrédito respecto a la estética? ¿Acaso coincide con la sentencia que condenó a la poesía, a mediados de siglo? No sólo la poesía; solidarios, fueron amenazados el arte, el conocimiento, las teorías y las disciplinas que los estudian. ¿Teorías? ¿Todavía? Vale recordar que el narrador del cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” comprueba, sin estupor, que “No hay ciencias en Tlön”; por eso, no sería ni tan escandalosa ni tan inesperada esa carencia. Silenciosa, la literatura se habría dispersado en citas; las páginas en éter; en eternidad la historia.

La acelerada disipación y gradual evanescencia de las obras en repeticiones incontables, suspendidas en redes invisibles que expanden la literatura en un inabarcable estado de sitios, comprometen el espacio y otras extensiones: “Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo”. Las fugas que la fantasía literaria propicia, los encuentros que las citas satelitales multiplican y la sucesión de negaciones que implican están más cerca de la esperanza que del desaliento. Sin apartar la memoria de las aniquilaciones masivas que las violencias del siglo XX provocaron y que renuevan el terror a comienzos del siguiente siglo, aun sin proponérselo, esos avances incontenibles logran desafiarlos. (Aun cuando sólo fuera un wishful thinking, tampoco lo descartaría.)


Una vocación derogatoria

Las predicciones de tales desapariciones no suscitan ni desesperación ni lamentos en la obra de Borges, que se complace en superarlas por una suerte de humor que la distingue sin ignorarlos. Pasos indecisos de una danza macabra acompasan sus textos con figuras de un animado cortejo, anticipado por los espectros que rondan una poética del silencio, de la aniquilación, de la nada, celebrando un desfile más festivo que fúnebre. No es la primera vez que esa inminencia sigilosa confirma la conversión del mundo en poesía. Otro poeta ya había anunciado una tregua literaria afirmando que el mundo existe para acabar en un libro. Pero, aunque bello, ese libro también se termina y nada asegura que, material, un buen día desaparezca, siempre que el trámite digital siga atendiendo colecciones igualmente hermosas y completas. A pesar de esa fatalidad, se empecinaba Amos Oz 5 en su deseo de ser libro; no escritor: libro, abrigando la esperanza de que –más que las personas, perseguidas, deportadas, torturadas, quemadas– algún ejemplar del libro sobreviviera en alguna parte, aun si fueran aquellas novelas que, similares a la que ansiaba escribir Flaubert, fueran novelas sobre nada.

Entre sus escritos de principios de los años treinta, Borges había reconocido y asignado a la literatura, a diferencia de las otras artes, el discutible privilegio de saber anunciar su enmudecimiento, de “enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin”. Extiende a la pluralidad de formas literarias esa fatalidad, la contradictoria fortuna de invocar y revocar al mismo tiempo, la ambigua virtud del nombre, que tanto designa como deroga. Una vocación derogatoria la del vocablo, de la voz que pronuncia y anula y, valiéndose del mismo medio, suprime. Modulada esa convicción por tantas versiones diferentes, ya no se retractará de haberla confesado.

Admitiendo que el mundo fuera creado por la palabra, no debería sorprender que fuera destruido por la misma vía o voz. Las variantes de la obliteración literaria, literal o gráfica, dan lugar a la representación emblemática del mapa que describe y desplaza el territorio imperial en ese escueto texto muy bien llamado “Del rigor en la ciencia”. De manera semejante, en “La parábola del palacio” la perfección del poema acabó con el palacio imperial, el poeta y el poema, y poco o nada resta del imperio y de las alabanzas que lo exaltaron. La imitación perfecta releva el mundo al pie de la letra. Tal vez por tal razón Borges decía que era perfecta La invención de Morel, una novela que, en la novela, acaba con el mundo, sus paisajes, personajes, sus aventuras.

Si consintió en que de toda su obra sólo restara una estrofa, su ficción llevó al extremo la perfecta brevedad nominal a la que aspiraba: “Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra”. La exageración de semejante afirmación resulta tan desmesurada como esa palabra que busca e imagina. Inexplicablemente, las ausencias propuestas por su poética en varias e insistentes versiones no ha llamado suficientemente la atención de los especialistas. Esa especializada desaprensión se podría justificar, entre otros motivos, por registrarse la aserción dentro de una ficción que es tan sorprendente como el propio Tlön, el planeta donde “Los metafísicos no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro”.

Desde la perspectiva de esa estética espectral y la gnoseología en extremo minimalista que la fundamenta, parece oportuno adelantar las incógnitas de un cuento donde, “en realidad, o en las alegorías” –según entendía Kafka–, el narrador se propone la búsqueda de una palabra, como quien se propone la búsqueda arqueológica de una reliquia sagrada o de un tesoro perdido. Incluido en El libro de arena, el cuento se titula “UNDR”, con mayúsculas, una sigla, menos misteriosa que el místico tetragramaton, sin duda menos venerable, sin ser menos prodigiosa. No escasean títulos de poemas de Borges o de otros autores, de cuentos o novelas que consten de cuatro números, cifrando en la fecha de un año particular, a veces futuro, un universo milenario o aludiendo en The Sign of Four, por explícito no menos intrigante, por literal menos medido. En apariencia, no es fácil encontrar un título tan sucinto, literal y a la vez tan enigmático para otro cuento, aunque en Otras inquisiciones ya podría haber llamado la atención que el ensayo “Nueva refutación del tiempo” se articulara en dos capítulos; el primero lleva la letra “A” mayúscula como título; el segundo capítulo se titula, según el mismo orden, “B”. Circunspecta, la serie alfabética compromete un ordenamiento aparente, que la coherencia del ensayo prevé y propicia.

No obstante, son varios los títulos donde la brevedad nominal da que pensar. Un poema “Yo” en La rosa profunda (1975), otro poema “Tú” en El oro de los tigres (1972), un poema “Él” en El otro, el mismo (1964), anticiparían una austeridad que, personal, pronominal, anterior o posterior al nombre, alertaría sobre los recursos con que cuenta el lenguaje, dramática o gramaticalmente, para significar poco o no significar, para disimular una identidad que se discute, un velo verbal que indica o señala, no más. Un objeto tan teatral como una máscara oculta la persona pero, propalada desde el griego a otros idiomas, no impide que sea el ser, hombre y mujer, un ser indiscriminado. Con signo contrario, “Nadie” no se diferencia de “Alguien” e, indefinidos ambos, progresan en el pasaje de “Alguien a Nadie”,6 de la necesaria indefinición Primordial a la no identidad de Shakespeare, que “se parecía a todos los hombres, salvo en lo de parecerse a todos los hombres”.

Precisamente, por la astucia de designarse “Nadie”, Odiseo se suprime y supera el trance, sin distanciarse del azaroso itinerario de sus odiseas y de los territorios que ya sea como Ulises u Olisipo recorriera, fundando la ciudad, según la leyenda, en la costa occidental del Viejo Continente que dio nombre a Lisboa. La máscara es la misma: “Pessoa”, el nombre propio del poeta, el que multiplica el ocultamiento en patronímicos o heterónimos que revelan la pluralidad de una vida, en tantas vidas como nombres, o más:

[…] el origen mental de mis heterónimos reside en una tendencia orgánica y constante en mí a la despersonalización y a la simulación. […] así todo se acaba en silencio y poesía.

Entrevisto entre las reliquias arqueológicas y los resquicios poéticos, el misterio del nombre acecha, a la vuelta de caminos donde se cruzan los relatos míticos, épicos, trágicos, religiosos, como el enigma de una esfinge dispuesta a sacrificar a quien no acierte la solución que, en definitiva, sólo posterga otro enigma, el mayor, que es condición del hombre. En Otras inquisiciones (1952), en más de una oportunidad, Borges transcribe un pasaje de Léon Bloy, de quien no deja de asombrarle la convicción combativa, la fe más militante depositada en las premeditaciones sobre Dios que le impiden dudar del determinismo, minucioso, secreto, el más simbólico, que se hace Verdad en la Sagrada Escritura. Es tal la admiración hacia quien alguna vez Borges calificó como profeta o visionario que, en el mismo volumen, con una diferencia de un par de páginas, insiste en transcribir la misma referencia, la misma cita, textual, de la que omite apenas algunas palabras.9 Transformada por sus nuevos contextos, el fragmento de Bloy irradia a través de todo el pensamiento de Borges asociándolo al método que los cabalistas judíos aplicaron a la interpretación de las Escrituras. La extensión prolongada, infrecuente, que le reserva en dos breves ensayos, la incidencia de estos dos ensayos en su obra, valen la transcripción:

Después León Bloy escribió: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz… La historia es un inmenso texto litúrgico, donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida” (L’Âme de Napoléon, 1912).10 

A continuación, en “El espejo de los enigmas”, Borges vuelve a hacer referencia al mismo libro de Bloy, asignándole como único propósito el de descifrar el símbolo Napoleón, en el que reconocería al precursor de otro héroe que advendría en el porvenir, ya que para “ce journaliste de combat”, como se suele definir a Bloy, cada hombre está en la tierra para simbolizar algo que ignora y para contribuir, en distinta medida, a edificar la Ciudad de Dios.

Me interesa señalar el “carácter jeroglífico –ese carácter de escritura divina, de criptografía de los ángeles– en todos los instantes y en todos los seres del mundo” que le atribuye Borges a las ponderadas reflexiones de Bloy. La incomprensión del sentido sólo se debe a la ignorancia de su propia condición que es condición del hombre, sobre la que vuelve hacia el final de “El espejo de los enigmas”: Ningún hombre sabe quién es, afirmó León Bloy, y para Borges, además de señalar ese desconocimiento primario, era el propio Bloy quien ilustraba “esa ignorancia íntima” de quien, a pesar de que se creía un católico riguroso, “fue un continuador de los cabalistas, un hermano secreto de Swedenborg y de Blake, heresiarcas”.

Tratándose de la imposibilidad de descifrar los secretos del hombre, que apenas se disimulan bajo la máscara del nombre, las letras, como cáscaras, se desprenden en trozos significativos de un lenguaje oculto que, en pedazos, hace proliferar los sentidos. Al combinar esos cabos sueltos en acrósticos y anagramas afortunados, las letras devienen símbolos articuladores de una significación que su función lingüística, exclusivamente distintiva, les niega. Frente al rigor de una práctica escritural, espiritual, donde nada es contingente, se descarta la participación del azar. Entre tanta determinación, no se debería pasar por alto una errata que responde a un resorte menos trivial que el mero descuido, acercándose al lapsus sintomático de shibboleth,11 que revela, por defecto, la identidad. En la primera edición de las Obras Completas (Buenos Aires, 1974), como en el segundo volumen de la edición de 1989, en el último párrafo de ese renombrado ensayo que es “El espejo de los enigmas”, aparece destacada en itálicas la aseveración sobre la que redundamos, pero donde el experto tipógrafo confunde “hombre” con “nombre”: “Ningún nombre sabe quién es”, y el lector, sin vacilaciones, consiente sin advertir la errata, o sin considerarla tal.

La confusión de ambos términos, además de ser justa en teoría y coherente en el discurso, se verifica válida también en las estadísticas. Sin ceder a la tentación cuantitativa del registro, revisando sin detenimiento la escritura de Borges, se observa que es demasiado frecuente, casi constante, la asociación de hombre y nombre como para suponer que la confusión fuera sólo accidental, fortuita o de responsabilidad ajena. La estrecha asociación, que la semejanza de sonidos pone en evidencia el español, excede las coincidencias de una paronomasia que pretende restringirse, de manera abusiva, a simples juegos de palabras. De eludirlos, incurriría en una inadvertencia cuando son esos juegos los que descubren, por razón poética, las afinidades más profundas que la inútil o esforzada voluntad de no repetir intenta evitar, desconociendo que esas coincidencias contribuyen a rescatar del olvido o de la indiferencia una historia que con frecuencia las legitima.

Gentil o hebreo o simplemente un hombre
Cuya cara en el tiempo se ha perdido;
Ya no rescataremos del olvido
Las silenciosas letras de su nombre.12

Las aliteraciones, las rimas, reúnen a ambos –hombre y nombre– en una semejanza distinta, mística, ecos de una suerte de resonancia universal que el descuido y el silencio tornan más originales, más extrañas.

Pensaba que el poeta es aquel hombre
Que, como el rojo Adán del Paraíso
Impone a cada cosa su preciso
Y verdadero y no sabido nombre.13 

Destacados por el final del verso, los términos riman dentro de una armonía mayor que la estrofa articula, pero los mismos vuelven a aparecer en otra estrofa, con la que vuelven a rimar, a distancia, por encima de los límites de una composición o de una página, en cualquier pasaje del libro o de otros libros. En la Divina Comedia la fe del poeta descarta la eventualidad de que el nombre de Cristo pueda rimar con otra palabra que no sea Cristo y, al ser para él el Ser sin par, más allá de la doctrina, sólo rima consigo mismo. El hombre tiene en el nombre un ente prójimo, una entidad inseparable y propia con la que, sin conflicto, se confunde.

Si alguien pregunta “¿Quién es?”, la respuesta es un nombre, y ese nombre basta. El nombre es una de las más caras máscaras del hombre, que lo oculta y lo revela a la vez. Pero no es sólo doble esa figura, semejante al drama en el drama, o “el agua en el agua”, la dualidad no acaba ahí sino que es origen y final de sucesivas revelaciones y ocultamientos: un nombre puede esconder otro nombre y esa denominación recóndita e ilimitada –como la semiosis– desplaza su secreto en un secreto más hondo, tanto que, de nombre en nombre, el verdadero se esconde:

El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos).14 

Metáfora del desplazamiento, un símbolo es como otro símbolo; el desconocimiento como el conocimiento, complejos y desconcertantes ambos; por el mismo vocablo, concierne tanto al cosmos como al discurso, recurrentes, trabadas por la escritura, llamándolas por su nombre, cosas y palabras no se diferencian:

Sé que la luna o la palabra luna
Es una letra que fue creada para
La compleja escritura de esa rara
Cosa que somos, numerosa y una.15

A diferencia del saber que se formula, de los métodos y teorías que lo ordenan, la visión, que prescinde de límites disciplinarios, los procura; de ahí que sea un requisito tan convencional como natural la necesidad de definir, de dar un fin, un término, un nombre y

Me impuse, como todos, la secreta
Obligación de definir la luna.

Más que al hombre, al poeta, esa obligación compromete un lenguaje previo que, sigiloso, anterior al conocimiento y a la dispersión de Babel, opte por una comunicación muda, casi nula que, por sucinta, no pasa por el dominio particular de una lengua, no pasa por el conocimiento, no pasa.

Por el nombre, el poeta rememora con vaguedad un conocimiento anterior a los desvelamientos del conocimiento y a las consecuencias del castigo; recuerdos borrosos de otro espacio, de otros tiempos más allá del tiempo, sombras que el hombre apenas evoca, sombras de sombras, las nombra, indisociables, antiguas y ubicuas:

De sueños, que bien pueden ser reflejos
Truncos de los tesoros de la sombra,
De un orbe intemporal que no se nombra.16

No hace falta decir que, en sus textos, Borges hace cuestión y pasión del nombre. En “Parábola del palacio”17 el poeta encuentra la palabra perfecta que hace desaparecer, al pronunciarla, el palacio del Emperador. Un pronunciamiento poético provoca la crueldad del Príncipe, quien hace desaparecer (ya se dijo), por súbita y soberana orden, poeta, palabra y poema. Por la proeza poética, por su propia y paradójica perfección, resta el silencio. El narrador de la parábola cuenta que los descendientes del poeta siguen buscando en vano la palabra del universo capaz de tales hazañas. Inasible, como el horizonte siempre en fuga, recuerdan con vaga o ninguna precisión esa voz única interior o anterior al lenguaje, a la articulación, a las definiciones, o sólo evocan la promesa de una revelación esperada pero que aún no llega. Empeñados, en denodado afán por encontrar la maravilla, recuperan voces del pasado, desde los orígenes de su propia lengua hasta las afinidades con lenguas distantes, aun sabiendo que la palabra se reserva su magia en secreto, ya que es condición del encanto su reserva: “las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios”.18 

Como en la parábola, también en “UNDR” el poeta cuenta que ya no define cada hecho, “lo ciframos en una palabra que es la Palabra”. Realiza una apuesta en silencio, casi un gesto, para “guardar (el) silencio” que es mantenerlo y ocultarlo a la vez.

Dijo la palabra Undr, que quiere decir maravilla.19 

La maravilla de la palabra la significa, un prodigio que asombra, wonder en inglés, Wunder, en alemán, undr, en el antiguo nórdico, la ancestral lengua de las sagas, a través de las lenguas.

Similar a las consonantes que inscribe el rabino en la frente del golem, que hacen oscilar la comprensión entre dos extremos, entre la verdad y la muerte, desde el principio de la estrofa hasta el verso del final, cunden indiscernibles el río y el nombre. También una abreviatura cifra en meras consonantes la palabra y la maravilla que da razón al cuento.

Por eso, entre abreviaturas y coincidencias, tal vez no sea sólo anecdótico citar de la introducción a la lista de abreviaturas que presenta el On Line Etymology Dictionary que, de rigor, ordenado y sistemático, hace constar:

Suele olvidarse que [los diccionarios] son repertorios artificiosos, muy posteriores a las lenguas que ordenan. La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico.



1. Jorge Luis Borges, “Pierre Menard, autor del Quijote”, Ficciones, Buenos Aires, 1944.

2. J.L. Borges, “El golem”, El otro, el mismo. Obras completas, vol. II, Buenos Aires, Emecé, 1989 [1964], p. 263; también en el primer verso de “Elogio de la sombra”, Elogio de la sombra. Obras completas, vol. II, Buenos Aires, Emecé, 1989 [1969], p. 395.

3. J.L. Borges, “El golem”, El otro, el mismo. Obras completas, op. cit., p. 263.

J4. .L. Borges, “Prólogo”, Elogio de la sombra. Obras completas, vol. II, Buenos Aires, Emecé, 1989 [1969], p. 353.

5. Amos Oz, Historia de amor y oscuridad, Madrid, Siruela, 2006.

6. J.L. Borges, “De alguien a nadie”, Otras inquisiciones. Obras completas, vol. II, Buenos Aires, Emecé, 1989 [1952], pp. 115-117.

7. Ibidem., p. 116.

8. Fernando Pessoa, Sur les hétéronymes, traduit du portugais et préfacé par Rémy Hourcade, París, Unes/Trans-en-Provence, 1985.

9. “Il n’y a pas un être humain capable de dire ce qu’il est [avec certitude]. Nul ne sait ce qu’il est venu faire en ce monde, à quoi correspondent ses actes, ses sentiments, ses pensées; [qui sont ses plus proches parmi tous les hommes], ni quel est son nom véritable, son impérissable Nom dans le registre de la lumière. [Empereur ou débardeur, nul ne sait son fardeau ni sa couronne.] L’Histoire est comme un immense Texte liturgique où les iotas et les points valent autant que des versets ou des chapitres entiers, mais l’importance des uns et des autres est indéterminable et profondément cachée”. Transcribo la cita extraída de L’Âme de Napoléon, según figura en las “Notes et variantes”, establecidas por Jean Pierre Bernès para Borges. Œuvres complètes, Bibliothèque de La Pléiade, París, Gallimard, 1993.

10. J.L. Borges, “Del culto de los libros”, Otras inquisiciones. Obras completas, vol. II, op. cit., p. 94.

11. En hebreo ese término significa “espiga [o] arroyo”. Fue un salvoconducto lingüístico que sirvió para identificar, por la pronunciación, a los miembros de dos tribus semitas. Libro de los Jueces, cap. XII, vers. 1-15.

12. J.L. Borges, “Lucas, XXIII”, El hacedor. Obras completas, vol. II, Buenos Aires, Emecé, 1989 [1960], p. 218.

13. “La luna”, idem., p. 197.

14. J.L. Borges, “El simulacro”, El hacedor. Obras completas, vol. II, op. cit., p. 167.

15. “La luna”, idem., p. 198.

16. J.L. Borges, “El sueño”, El otro, el mismo. Obras completas, vol. II, op. cit., p. 318.

17. J.L. Borges, El hacedor. Obras completas, vol. II, op. cit., pp. 179-180.

18. J.L. Borges, “El idioma analítico de John Wilkins”, Otras inquisiciones. Obras completas, vol. II, op. cit., p. 86.

19. J.L. Borges, “UNDR”, El libro de arena, Buenos Aires, Emecé, 1975.

20. J.L. Borges, “Prólogo”, El otro, el mismo. Obras completas, vol. II, op. cit., p. 236.



En: Block de Behar, Lisa
En clave de be. Borges, Bioy, Blanqui y las leyendas del nombre
Siglo XXI Editores, México, 2011
Foto: Borges, Lisa Block de Behar y Jacques Derrida
En el departamento de Borges, Maipú  994, sexto piso
Buenos Aires, Octubre de 1985 ©Isaac Behar
Incluida en: Block de Behar, Lisa
Borges, the passion of an endless quotation
Second Edition, State University of New York Press
New York, 2014

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