20/3/16

Jorge Luis Borges visto y oído por Esteban Peicovich (algunos pasajes)







(11) No sé por qué dicen que carezco de sentimientos. O que a mi vida fueron negadas ciertas experiencias fundamentales. Supongo que se refieren al amor. Se equivocan los que piensan que no he conocido el amor. Puedo afirmar que he vivido enamorado. El primer amor (ideal, por cierto), de mi vida fue una actriz, Ava Gardner. Solía ver sus películas dos veces por día. Apenas terminada la función, deseaba que llegara el día siguiente para volver a verla. El amor exige pruebas. Pruebas sobrenaturales.

(12) A mi bisabuelo paterno le hicieron una operación que apareció en una revista porque en aquel tiempo fue algo notable. No se cómo la harían porque entonces no existía la anestesia. Tal vez le darían un poco de alcohol. Hay una novela de Melville, el autor de Moby Dick, que sirvió mucho como ballenero y en la marina norteamericana. Él cuenta de una operación a bordo de un velero, en alta mar, por el año 1870 o algo así, en la que había que amputar una pierna a un marinero. Entonces se reunió con toda la tripulación en la cubierta del barco, sacaron al marinero atado a una tabla, lo emborracharon con ron y luego se dio la orden de empezar a tocar la banda, de modo que el hombre estaba embrutecido por el alcohol, la música y además llamaron a sus dos mejores amigos, que se fueron encima y le dijeron malas palabras y le rompieron la cara a puñetazos. El marinero trataba de defenderse pero no podía por estar atado, y aprovecharon eso para amputarle la pierna. Se supone que igual sufrió bastante. A mí me hicieron muchas operaciones. En la última, la anestesia no duró y el médico me dijo que me iba a doler, pero que estuviera quieto porque si no, me quedaría irremediablemente ciego. Yo sentía el dolor, aunque no era muy fuerte. Si una tierrita en el ojo molesta, cómo no va a molestar un bisturí con los ruidos del raspaje. Pero me quedé quieto, a pesar de sentir en mi corazón como martillazos, y lo único que pensé fue en no moverme. Ni siquiera reparaba en el resultado: si yo giraba la cabeza, la posibilidad de mi visión habría concluido. No, no pensé en Dios. Sólo me preocupé de centrar la atención en la inmovilidad. Mi madre estaba a mi lado y yo no pensaba en ella, ni en mí, ni en nada. Me decía como un grito: yo no debo moverme.

(13) Como ser humano, soy una especie de antología de contradicciones, de gaffes, de errores, pero tengo sentido ético. Eso no quiere decir que yo obre mejor que otros, sino simplemente que trato de obrar bien y no espero castigo ni recompensa. Que soy, digamos, insignificante, es decir, indigno de las dos cosas. El cielo y el infierno me quedan muy grandes.

(16) Creo que el ejercicio de las armas es verdaderamente honroso, más allá del hecho de ejercerlo por unas u otras causas. La misión del soldado es algo noble, y sé que al decir esto me enemisto con mucha gente. No tengo interés en enemistarme ni en congraciarme con nadie, pero hay que pensar que la poesía empieza con la épica. En todas las culturas del mundo se empieza siempre con las armas.

(17) Yo anhelo un arte que traduzca la emoción desnuda, depurada de los adicionales datos que la preceden. Un arte que rehuya lo dérmico, lo metafísico y los últimos planos egocéntricos y mordaces. Para esto, como para toda poesía, hay dos imprescindibles medios: el ritmo y la metáfora. El elemento acústico y el elemento luminoso... La metáfora, esa curva verbal que traza casi siempre entre dos puntos –espirituales– el camino más breve.

(22) Lo barroco se interpone entre el escrito y el lector. Por otro lado, el barroquismo es como un pecado de vanidad: parece como si el escritor barroco estuviera pidiendo que se lo admire. Se siente el arte barroco como un ejercicio de la vanidad, aun en el caso de los más grandes escritores. (23) En España, y aun aquí, en la Argentina, se puede conversar todavía. A mí me gusta conversar con los chauffeurs, con los mozos de café... En España yo he estado conversando con un pastor en la sierra de Guadarrama; con un pastor, ¿se imagina? Fui feliz. En Estados Unidos no se puede dialogar con un profesor. Yo he estado en una comida y una señora me dijo: “¿Usted es latinoamericano?”, y yo: “No hay latinoamericanos: hay argentinos, colombianos, chilenos; no creo que nadie se sienta latinoamericano: cada uno se siente de su república”. “¿Y usted qué enseña?”. “Yo enseño literatura argentina”. “¿Argentiniana?”. “No, señora, argentina; no existe esa palabra argentiniana, inventada para que rime con colombiana y con boliviana”. “¡Ah!, qué interesante, sí. De modo que es usted español”. “No señora: dejé de ser español en 1810; pero en fin, digamos que sí. Enseño literatura argentina, que es una rama de la literatura castellana...”. “Yo soy profesora también”. “¿Y usted qué enseña?”. “Yo enseño conversación”. Yo pensé que sería conversación en castellano, o en alemán, o en sueco... “No, conversación en inglés. Mis alumnos tienen una media de 25 años. Se ha juzgado necesario”. Y yo me di cuenta que tenía razón. La gente dice, por ejemplo: “Yeah...” “Okay...”, una serie de sonidos básicos, así; y se acabó. De modo que tienen que enseñarles a conversar.

(32) Si todos los países llegaran a ser de clase media –eso sería la Utopía para mí– desaparecerían muchos males. Yo viví cinco años en Ginebra en la época de la Primera Guerra Mundial. La ciudad tenía en ese tiempo 120.000 habitantes; creo que había un comisario y dos vigilantes. ¿Por qué? Porque todo el mundo pertenecía a la clase media. No había gente ni muy pobre ni muy rica. En los países escandinavos, países de clase media, no hay criminales. (40) Estoy sumamente alarmado pues la Biblia recomienda vivir hasta los setenta y, pasado de ahí, según las Sagradas Escrituras, todo es pesadumbre y tristeza. Mi corazón camina perfectamente lo cual es malo, porque así no puedo esperar esa bendición que es un ataque cardíaco.

(43) Tengo la impresión de que la idea de culpabilidad es una idea protestante o judía más que católica. Porque los católicos tienen una idea más bien oficial de la responsabilidad: tienen la confesión, la absolución y la conciencia despreocupada. Por este motivo, me parece que no tiene ningún sentido para los escritores argentinos “escribir a lo Kafka”, porque este se basa sobre problemas que no tienen vigencia para una conciencia argentina. Aquí nadie está muy interesado en saber cuáles son sus relaciones con la divinidad, si actuó bien o mal, si será castigado con justicia o no. Todo esto está afuera de nuestro mundo. Por eso es que en general, el Kafka que se hizo aquí es totalmente falso puesto que se carece de los antecedentes que pueden producir un Kafka, dado que él era judío.

(50) Soy tan poco observador que cuando mi madre vivía le solicitaba detalles circunstanciales. Porque ahora se esperan detalles circunstanciales. Vamos a suponer que en un cuento describía un conventillo y alguien debía atravesar el patio. Podía haber flores. Entones le preguntaba a mi madre qué tipo de flores podían existir en un conventillo. Y mi madre me las mostraba y yo las ponía, porque no me detengo en esas cosas. En otra oportunidad, como me gustaba situar todo en el pasado para estar más libre, le preguntaba cómo era tal calle. Me acuerdo que un día estaba dictándole un cuento sobre Rosas y hablaba de los cascos de los caballos. “¿Sobre el empedrado? –preguntó mi madre– ¡Pero, estás loco!”. Y yo le había dictado empedrado por no decir asfalto. “Bueno –señaló mi madre–, que yo recuerde, en esa época, todas las calles de Buenos Aires eran de tierra, salvo Florida y Perú, que estaban empedradas...”. Y ella me evitó cometer esa gaffe de querer empedrar la calle Suipacha en tiempos de Rosas...



Esteban Peicovich: El palabrista. Borges visto y oído
Compilación al cuidado de Esteban Peicovich [TW] [FB] [fotos]
Buenos Aires, Editorial Marea, 2006
Foto: Borges y Peicovich - CEdoc.Perfil


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