8/1/16

Jorge Luis Borges: Reverencia del árbol en la otra banda







Hay un ambiente de raigambre y tupido en la literatura uruguaya, bien como de entidá que se engendró a la vera de hondos árboles y de largas cuchillas y que por quintas y ceibales hizo su habitación. Ese sentir arracimado y selvático late en la entereza de su decurso y lo hace equiparable al de los ríos que arrastran camalotes y cuyas aguas retorcidas copian un entrevero de ramas. No es el que tuvieron los griegos, para quienes el bosque sólo fue una linda frescura, una vacación (boscaje frutecido mil veces, sin sol ni viento, dice el Edipo rey) sino un sentir dramático de conflicto de ramas que se atraviesan como voluntades. Su oposición más fácil está en la poesía porteña, cuyos ejemplares y símbolos fueron siempre el patio y la pampa, arquetipos de rectitud. 

Para testificar este aserto, basta comparar el paisaje del Santos Vega de Ascasubi al del Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín, libros entrambos de segura bostezabilidá, pero significativos y fuertes. Un sentimiento pánico informa el limo de las gestas del último, gestas, dice el cantor: 

que narran el ombú de nuestras lomas, 
el verde canelón de las riberas, 
la palma centenaria, el camalote, 
el ñandubay, los talas y las ceibas 

Es evidente la delectación del poeta con la frondosidá y tupidez de los sustantivos que enfila y con el campo embosquecido que ellos suponen. Ascasubi, muy al contrario, se deleita ascéticamente con el despejo de la noble llanura donde el anegadizo corazón puede sumergirse a sus anchas y la compara con el mar. Semejanza es ésta que aunque muy traída y llevada, no es por eso menos verídica y se arrima al lenguaje criollo que llama playa al escampado frente a las casas y da el nombre de isla a los bosques que tachonan el llano. (No de la pampa, sino isleños, fueron los dos primeros gauchos conversadores que se metieron al tranquito en la literatura y los imaginó un oriental: Bartolomé Hidalgo) 

Hasta aquí, sólo he tratado del árbol como sujeto de descripción. En escritores ulteriores en Armando Vasseur y paladinamente en Herrera y Reissig adquiere un don de ejemplaridá y los conceptos se entrelazan con un sentido semejante al de los ramajes trabados. El estilo mismo arborece y es hasta excesiva su fronda. A despecho de nuestra admiración ¿no es por ventura íntimamente ajena a nosotros, hombres de pampa y de derechas calles, esa hojarasca vehementísima que por Los parques abandonados campea? Claro está que hablo de un matiz y que el criollismo a todos nos junta, pero el matiz no es menos real que el color y en este caso basta para dilucidar muchas cosas. Por ejemplo, la forasteridá de Lugones hombre de sierras y de bosques en nuestro corazón.

En los actuales uruguayos en Juana de Ibarbourou, en Pedro Leandro Ipuche, en Emilio Oribe, en María Elena Muñoz el árbol es un símbolo. La tierra honda de Ipuche no es sino un entrañarse con el árbol en una suerte de figuración panteísta que hace de las ramas un anhelar y que traduce su raigambre profunda en origen divino. En La colina del pájaro rojo de Oribe, la noche misma es un fuerte árbol que se agacha sobre la tierra y de cuya altivez han de desgajarse los astros como en San Juan Evangelista se lee. Para María Elena Muñoz, el árbol es un templo y una inquietud de almacigo alza y conmueve su dicción.

El árbol duro surtidor e inagotable vivacidá de la tierra es uno de los dioses lares que en la poesía de los uruguayos presiden. Sé también de otro dios, largamente rogado por María Eugenia Vaz Ferreira y hoy por Carlos Sabat Ercasty. Hablo del Mar.




En El tamaño de mi esperanza (1926)
Foto: JLB (a la izq., con barba), Esther Haedo, Enrique Amorim
y probablemente Guillermo de Torre y Norah Borges en la playa 

(Las Nubes, Salto Oriental, verano de 1934)
Fuente


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