9/8/15

Jorge Luis Borges: Página sobre la lírica de hoy (1927)







Quiero dejar escritas aquí mis cuatro verdades íntimas y últimas, sobre la poesía que con petición de principio se llama poesía de hoy. Muchísimo he conversado con ese asunto y aun sobre él. Para arrepentirme de las ya excesivas zonceras que sobre nueva sensibilidad y no tradición he debido leer, pensar, escuchar y hasta en equivocada hora escribir, pienso regularme esta sola página. Seré notado y releído por breve y diré mi chica verdad. Eso es lo que me importa.

De nueva sensibilidad, hablan los que promulgan esa poesía. El que festeja de antemano todo lo de hoy, se ampara en esa fórmula; igual, el que de antemano lo desentiende. Sirve para condenar y justificar, no para comprender. La imprudencia de uno se sirve de esa formulación para hospedar cuantas alegorías enclenques le ponen por delante; el desgano del otro, para descreer de Olivari, de Molinari, ¡de nuestro ya indudable Güiraldes, hace unos días! sin concederles un bien intencionado cuarto de hora de su atención. Es fórmula que los escritores no usan, pero sí los escolares que aun no entienden y los orondos señores cuarentones y cincuentones que no entendieron nunca. Es conjetura no utilizable que nos está obligando a esa otra conjetura, inútil también, de los precursores. En efecto, se empieza por la observación casi gramatical de que son muchas las metáforas en los escritos de hoy, y de ahí, con lógica resbalosa, se infiere que la metáfora es cosa privativa de nuestro tiempo. Bien, ¿pero qué hacer con San Juan Evangelista, con Esquilo, con Shakespeare, con Quevedo, con Mallarmé, con Swinburne, con Torres Vülarroel, con Lugones y hasta con D. Rafael Obligado? Se les decreta precursores, y listo.

Eso es como decir que Dios, a pesar de sus relativas condiciones de animador, no se atrevió de golpe a la repentizada fabricación de un Pedro V. Blake, y antes -digamos que para hacerse la mano- tuvo que frangollar un Quevedo. Eso es como decir que Shakespeare es uno de los trámites de Dios en busca de Alberto Hidalgo y que el día martes no es más que un sábado fracasado y que a nuestro Donjuán Manuel acaban de ascenderlo a Primo de Rivera los españoles. Yo no creo en la nueva sensibilidad: creo en la insensibilidad poética de los más y en la (esporádica) sensibilidad poética de los menos.

No creo tampoco en la tradición. Esa palabra está con reverencia en muchos discursos y es atacada en otros. Sin embargo, yo creo que es tan indigna de sumisiones como de ultrajes. Es una serie de prudencias para escribir, es un montón de no verificadas observaciones cuya validez, en el mejor de los casos, no pasaría nunca de empírica. Por ejemplo:

Es emocionante oír hablar de los dioses griegos.

No es tan emocionante oír hablar de revólveres como de espadas.

Conviene cada tanto tiempo hablar de la luna.

En la lectura particular que se llama verso, es lindo enfatizar cada pausa con una sílaba parecida.

En la otra lectura particular que se llama prosa, no es lindo enfatizar cada pausa con una sílaba parecida.

Catorce renglones de catorce sílabas cada uno valen mucho más -socialmente- que diez de a ocho.

Todo se puede comparar con un galgo y nada con un cuzco.

Etcétera.

Eso y solamente eso es la tradición. Su fin es precauciona!: el poeta puede oír o desoír sus bien intencionados consejos, sin resultar por eso peor ni mejor. Debo declarar, sin embargo, que el verso libre me parece menos extravagante, menos inexplicable, más virtualmente clásico, que los estrafalarios rigores numéricos del soneto.

No creo en la general poesía de hoy; creo sí en las realidades poéticas que están en libros o en páginas o en renglones de Paco Luis Bernárdez, de Ricardo E. Molinari, de Norah Lange, de Carlos Mastronardi, de Panchito López Merino, de Olivari otra vez.


Postdata

Demasiado se conversó de Boedo y Florida, escuelas inexistentes. Creo, sin embargo, en la correlación de la parroquia, de la sección electoral, del barrio, con la literatura. Añado, sin ningún etcétera de confianza, el siguiente borrador de clasificación:

a) Escuela de la indefinida apetencia o de los antiguos barrios del Sur
María Alicia Domínguez, Susana Calandrelli, González Carbalho

b) Escuela del malhumor obrerista y del bellaquear o de los barrios nuevos del Sur 
Alvaro Yunque, Aristóbulo Echegaray, Juan Guijarro

c) Escuela de lafina cursilería o de Flores
Atilio García y Mellid, Bartolomé Galíndez.

d) Escuela de la rima a más no poder o de las tertulias del Centro 
Luis Cané, Conrado Nalé Roxlo, Ernesto Palacio

e) Escuela de las palabras abstractas y definitivas o de Belgrano
Carlos Mastronardi, Ulises Petit de Murat, Pondal Ríos

f) Escuela de lo aventurero, del agua o del Paseo de Julio y la Boca
Raúl González Tuñón, Héctor Pedro Blomberg, Pedro Herreros

g) Escuela de las bien practicadas puestas de sol o de las caminatas por el Noroeste
Norah Lange, Ricardo E. Molinari, Paco Luis Bernárdez, J.L.B.

Esta localización, como se ve, no conduce a nada. 



Nosotros, Buenos Aires, Año 21, Vol. 57, N° 219-20, agosto-septiembre de 1927
Textos recobrados 1919-1929
© María Kodama 1997/2007
Foto: Borges by Guy Le Querrec, Paris 1977 (detail) Magnum Photos


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